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Relatos Ardientes

Lo que el embarazo despertó en mi amiga Sofía

Sofía siempre fue la más conservadora del grupo. De las cuatro amigas que salimos juntas desde la facultad, ella era la que bajaba la voz para contar que se había dado un beso apasionado, la que cambiaba de tema cuando la conversación se ponía subida de tono, la que nunca terminaba de responder cuando alguien le preguntaba directamente cómo le iba en la cama. Valeria coleccionaba amantes y nos dejaba con la boca abierta. Natalia tenía historias que terminaban siempre con algún detalle que nadie esperaba. Yo me ubicaba en algún punto intermedio. Y Sofía era la recatada, la que escuchaba más de lo que contaba, la que se ponía colorada si alguien decía algo demasiado explícito.

Entonces quedó embarazada.

El bebé tiene fecha para mediados de enero, y el embarazo le está sentando de una manera que ninguna de nosotras hubiera imaginado. Nos llamó hace unos días para que fuéramos a ver cómo había quedado el cuarto, todo pintado de verde pastel con dibujos de animales de la selva en las paredes. Estuvimos mirando la cuna, los muebles pequeños, las cositas colgadas del techo, y yo pensé que íbamos a pasar una tarde tranquila tomando café y hablando de pañales y de nombres para el bebé.

Me equivoqué bastante.

Sofía mide poco más de metro y medio, es delgada con unos rasgos suaves y esa boca carnosa que siempre le hemos envidiado un poco, de esas bocas que no necesitan nada para llamar la atención. El embarazo la cambió de formas sorprendentes: sigue siendo igual de fina por todas partes, pero tiene una panza enorme que parece incongruente con su cuerpo pequeño, y sus pechos crecieron dos tallas completas. Se los nota tensos, llenos, con las venas marcadas bajo la piel clara. Ese día llevaba un vestido de tela fina, escotado, que los marcaba sin ningún pudor, y yo la veía moverse por la cocina preparando café y pensaba que cualquier desconocido en la calle se la comería con la mirada. El embarazo le sentó de maravilla en todo excepto en los pies, que los tiene bastante hinchados.

— No saben lo caliente que estoy — nos dijo mientras nos sentábamos alrededor de la mesa, con una naturalidad que nos dejó a las tres sin palabras. — Con esto del embarazo algo me pasa que no entiendo.

— Espero que tu marido esté a la altura — dije yo.

— Más que a la altura. El médico me dijo que puedo seguir teniendo relaciones sin problema mientras me sienta bien, así que... — Se encogió de hombros con una sonrisa. — Casi todos los días. A veces lo despierto de madrugada porque no aguanto. Lo sacudo y le digo que me necesita ahora mismo.

— Bienvenida al club — dijo Valeria.

— El problema es que con la panza no puedo hacer cualquier posición — continuó Sofía. — Pero encontramos las que funcionan. De costado, en cucharita. O en cuatro, con él detrás. O yo en el borde de la cama, acostada boca arriba, con las piernas hacia afuera, y él de pie frente a mí. Esa última nos encanta porque puede entrar bien y controlar todo el ritmo él.

— ¿Que te controle? — Valeria enarcó una ceja.

— Sí. — Sofía no bajó la mirada. — Me di cuenta de que me gusta eso. Que lleve él el ritmo, que decida cuándo para y cuándo sigue, que yo solo reciba. Antes nunca lo hubiera pedido. Me hubiera parecido raro, casi humillante. Pero ahora...

Y ahí hizo una pausa que nos dejó a las tres con ganas de saber más.

— ¿Ahora qué? — preguntó Natalia.

— Le pido que me pegue.

Silencio completo en la cocina.

— ¿Que te pegue? — repitió Natalia, despacio.

— En la cola. — Sofía ni se inmutó. — No siempre fuerte, aunque a veces sí. No sé en qué momento empecé a pedirlo. Fue una noche que estábamos en cuatro y de repente le dije que me diera. Y él lo hizo. Y fue muy, muy bueno. Ahora es parte de lo que hacemos cada vez, ya no me imagino sin eso.

Yo miraba a Sofía y trataba de cuadrar esa imagen con la chica que conocía desde hacía años. No cuadraba para nada, y eso hacía que todo resultara todavía más fascinante.

— ¿Puedo contarles algo más que quede acá entre nosotras? — preguntó, aunque ya estaba claro que iba a contarlo de todas formas.

— Obvio — dijimos las tres casi al mismo tiempo.

— Me volví adicta a hacerle sexo oral. De mañana, de noche, cuando él menos se lo espera. El otro día se despertó antes del despertador con una erección y yo no lo dudé un segundo. Me senté en la silla que tenemos al lado de la cama, le pedí que se acercara porque no me puedo arrodillar con la panza, y lo atendí ahí. Y claro que me lo tragué todo, porque si no hacerlo tiene poco sentido.

— No perdés los vicios — le dije.

— ¿Cuáles vicios? Si esto es nuevo para mí. — Volvió a reírse. — Nunca había sido así. Ahora no me imagino dejando pasar ninguna oportunidad.

— ¿Y él cómo toma todo esto? — preguntó Natalia.

— Está encantado. Fascinado. Le hice un book de fotos el mes pasado, unas con vestido y algunas más personales, digamos. Las tiene guardadas en el celular. Me dice que es lo mejor que le han regalado en su vida. Si por él fuera, las tendría de fondo de pantalla.

— Cuánto lo querés al hombre — dijo Valeria.

— Mucho. Pero escuchen lo otro. — Sofía bajó un poco la voz, aunque no había nadie más en la casa. — Lo del anal.

— ¿Qué? — dijimos las tres a coro.

— Años diciéndole que no. Literalmente años. No era para mí, me daba incomodidad, no me gustaba la idea. — Hizo una pausa calculada. — El otro día se lo pedí yo.

— No puede ser.

— Puede ser y fue. Estábamos en cucharita, yo tenía mucho calor y estaba muy excitada, y de repente empecé a presionar hacia atrás de una manera que dejaba claro lo que quería. Él me preguntó si estaba segura. Le dije que sí. Y fue... fue muy bueno. No me lo puedo creer tampoco, pero me encantó. Y como estoy embarazada, lo hacemos a pelo en todo, que es una diferencia enorme.

El silencio que siguió fue de esos que uno no sabe bien cómo llenar.

— Sofía — dijo Valeria muy despacio —, ¿quién sos vos y qué hiciste con nuestra amiga?

Nos reímos todas, incluida ella, que se tapó la cara con las manos un segundo antes de volver a levantar la mirada sin ningún arrepentimiento.

***

La parte que más me impactó vino después, cuando nos contó lo que pasó unos días antes en el supermercado. Lo contó con esa misma calma, como si estuviera describiendo algo completamente normal.

Fue una mañana entre semana. Su marido trabajaba, ella fue sola a hacer la compra semanal. Llenó el carrito con comida y cosas para el bebé, fue a hacer la fila en la caja, y había dos hombres delante de ella. Deportivos, de espalda ancha, con camisetas de entrenamiento y shorts. De esos que se notan que van al gimnasio en serio.

Uno se dio vuelta, la vio con la panza y el carrito cargado, y le dijo:

— Disculpe, señora, pase usted primero.

— Ay, no me digas señora que me hacés sentir una vieja — le respondió ella.

— Perdón, jajaja.

— Te acepto el lugar porque estoy hecha una vaca con esta panza y me cuesta estar parada, pero señora no, que tengo veintitrés años.

— No diga eso, está divina.

Ahí fue cuando Sofía notó que los dos empezaron a mirarle el escote con un interés que era bastante obvio. Y en lugar de ignorarlo o de correrse el vestido, tiró los hombros hacia atrás, sacó pecho, y siguió hablando. El que estaba callado, el que todavía no había dicho nada, se le empezó a marcar el bulto bajo el short. Sofía nos dijo que lo vio perfectamente.

Si me dicen algo me los llevo al baño ahora mismo.

Pero no dijo nada. Terminó de pagar, se acomodó el escote con un gesto casual, los saludó con una sonrisa y siguió para adelante.

Pero ahí no terminó todo.

Se quedó dando vueltas por los locales de la entrada, entró a una perfumería, miró algunas cosas, se tomó su tiempo sin ningún apuro. Y cuando salió al estacionamiento con sus bolsas, los dos hombres seguían por ahí, cargando sus propias compras.

— Me están siguiendo — les dijo.

— Sos vos la que nos seguís a nosotros — respondió uno.

— Jajaja. Ya que me ofendieron tanto tratándome de señora, ¿al menos me llevan las bolsas al auto? Estoy muy cansada con esta panza de casi ocho meses, chicos.

Los dos fueron, sin dudarlo. Pusieron las bolsas en el baúl con toda la amabilidad del mundo. Y Sofía, mientras ellos estaban ocupados acomodando las cosas y tenían la atención puesta en el baúl, se corrió el vestido con mucha sutileza y dejó medio pezón al descubierto.

Un segundo. Solo un segundo antes de volverse a acomodar como si nada.

— Los vi mirando cuando se dieron vuelta — nos contó. — Se les cortó la conversación los dos a la vez. Yo me corrí el vestido como si fuera un gesto automático, los saludé con un beso en la mejilla a cada uno, les agradecí y me fui caminando. Uno de ellos se fue con una erección tan visible que se le marcaba en el short. Lo vi por el retrovisor cuando arranqué el auto.

— Ay, amiga — dije yo —, qué mala sos.

— ¿Por qué? No hice nada malo. Les di un poco de entretenimiento gratis. Ni siquiera les pasé el número. Y llegué a casa tan excitada que lo llamé a él al trabajo, le dije que viniera a comer a casa, y cuando llegó no llegó a sentarse. Le hice lo que sé hacer y le pedí que me acabara encima.

— No cambias más — dije yo.

— Cambié bastante. — Se rio. — O al revés: recién ahora me estoy descubriendo de verdad.

***

Nos pasamos el resto de la tarde riéndonos, tomando café frío que nadie había recordado terminar, oyendo más detalles de los que cualquiera de nosotras hubiera esperado escuchar de Sofía hace seis meses. Fue uno de esos encuentros en los que terminás sabiendo mucho más de una persona de lo que sabías antes de entrar, y eso cambia un poco cómo la ves.

Cuando me fui a casa esa noche todavía iba pensando en ella. En cómo el embarazo la había desarmado y vuelto a armar de otra manera. En cómo algo que parecía un cambio puramente físico estaba reconfigurando también todo lo demás: lo que quería, lo que pedía, los límites que había sostenido durante años y que ahora simplemente ya no existían.

Antes de dormir abrí el teléfono y vi que Sofía había subido una foto al Instagram. Un vestido claro, ceñido, con un escote amplio y generoso. Los brazos levantados por encima de la cabeza, la panza visible, una sonrisa de quien sabe exactamente lo que hace y exactamente el efecto que tiene. Ya tenía cientos de me gusta.

Le puse un corazón y cerré el teléfono.

Ojalá que todo le siga yendo bien. Y ojalá que su marido aguante el ritmo, que no debe ser nada fácil. Aunque por su cara, la última vez que lo vi, tampoco parecía estar quejándose demasiado.

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Comentarios (4)

Celeste_noche

Que relato!!! Me sorprendio completamente, no me lo esperaba para nada.

DiegoNocturno

Por favor que haya segunda parte. Sofia me tiene loco jajaja

MarcelinaF

Me encanto como esta narrado, se siente muy autentico. Sigue escribiendo asi!

CharlasNocturnas

Las confesiones entre amigas siempre guardan sorpresas. Muy bien escrito.

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