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Relatos Ardientes

Prometí que nunca más me vestiría de travesti

Había tomado la decisión el miércoles por la noche, sentado frente al espejo del baño con la cara sin maquillar y los ojos hinchados de no haber dormido. Me lo dije en voz alta, como si necesitara escucharlo para creerlo: Eso no vuelve a pasar. Fue un momento de debilidad. Punto final.

El jueves llamé al trabajo con una excusa vaga. El viernes dormí doce horas seguidas, como si el cuerpo intentara borrarlo todo a base de inconsciencia. El sábado me levanté convencido de que era otro hombre, uno que caminaba derecho por la acera y miraba a la gente sin que la vergüenza le quemara el pecho.

El domingo fui a su casa.

No a retomar nada. A cerrarlo. A decirle en la cara que lo de la semana anterior había sido un error, que yo no era esa persona, que me había vestido de mujer y me había dejado dominar en un momento de confusión que no se repetiría. Necesitaba decirlo, oírlo de mi propia boca, que él me lo confirmara con un gesto de indiferencia y que cada uno siguiera su camino.

Llamé al timbre con la mano firme.

Abrió Andrés.

No dijo nada. Solo me miró. Llevaba una camiseta gris ajustada, los brazos cruzados sobre el pecho ancho y esa calma suya que a mí siempre me ha deshecho por dentro. La misma calma de la semana anterior, cuando me tuvo arrodillada a sus pies con ropa que no era mía y yo le pedía permiso hasta para respirar.

—He venido a hablar —dije con la voz que había ensayado durante días.

Andrés se apartó de la puerta sin responder. Entré.

***

El salón estaba igual que siempre: ordenado, con las persianas a medio bajar y esa penumbra que hacía que el tiempo pasara distinto allí dentro. Olía a él, a ese perfume que no sé nombrar pero que me entra por la nariz y me baja directo al vientre. Me quedé de pie en el centro de la habitación mientras él se sentaba en el borde del sofá, sin prisa, mirándome con la expresión de alguien que ya sabe lo que va a ocurrir.

—Lo de la semana pasada fue un error —empecé—. No debió suceder. Yo no soy eso. No me visto de mujer, no me dejo... —Se me quebró la voz. La recuperé—. Quiero que lo olvidemos los dos y sigamos como si nada.

Andrés no dijo nada.

—¿Me has escuchado? —le pregunté, levantando el tono.

—Te he escuchado —dijo por fin, midiendo cada palabra.

Se levantó del sofá.

Debería haberme movido hacia la puerta, haberle dicho «perfecto, entonces estamos de acuerdo» y marcharme. Pero me quedé clavada en el suelo, mirándolo acercarse, y mis pies no obedecieron ni una sola de las órdenes que mi cabeza les daba.

Se paró a menos de un metro. Me recorrió de arriba abajo con los ojos, despacio, con esa expresión que no era exactamente desprecio ni exactamente admiración sino algo entre las dos cosas que me ponía la piel de gallina.

—¿Esto es todo lo que has venido a decirme? —preguntó.

—Sí.

Y entonces me agarró de la muñeca.

***

Me jaló hacia él con una sola mano y antes de que pudiera protestar ya tenía la otra en el cuello de mi camisa. No apretó. Solo sujetó. Pero yo lo sentí como si fuera una correa.

—Suéltame —dije. No sonó convincente ni para mí misma.

—No.

Me empujó suavemente hacia la pared. Cuando mi espalda tocó la superficie fría, algo en mí cedió, como si los músculos hubieran estado tensos durante días y de pronto recordaran que no tenía ningún sentido resistirse. Quise convencerme de que era miedo. Sé perfectamente que no era miedo.

Me dio una bofetada.

Calculada. Sin brutalidad pero sin vacilación alguna. El lado derecho de mi cara ardió y giré la cabeza involuntariamente. Antes de que pudiera recuperarme, otra en el izquierdo, igual de limpia.

—¿Quién te ha dado permiso para decidir lo que eres? —me dijo al oído.

Me tomó del pelo desde la nuca y tiró hacia atrás, obligándome a levantar la barbilla. Abrí la boca para respirar y él aprovechó para hundir los labios en mi cuello. No fue un beso. Fue una declaración de posesión: dientes, lengua, presión sostenida. Sentí cómo la marca se formaba en mi piel y no hice nada por impedirlo.

—En esta casa sigues siendo mía —dijo—. Cuando estás aquí, eres mi chica. ¿Entendido?

Intenté mover los brazos. Me los sujetó contra la pared sin esfuerzo aparente.

—¿Entendido? —repitió, más despacio.

—...Sí —susurré.

***

Me desabrochó la camisa botón a botón, sin prisa, sin apartar los ojos de los míos. Luego el cinturón, el pantalón, la ropa interior. Me quedé desnuda frente a él en medio del salón y toda la determinación que había traído desde casa se evaporó como si nunca hubiera existido.

No intenté cubrirme.

Me tomó por la cintura y me giró. Dos palmadas fuertes en las nalgas que me hicieron tambalear hacia adelante. El calor se extendió desde donde había golpeado hasta el centro del cuerpo, y entre mis piernas noté cómo mi pequeño sexo respondía a su manera, sin que yo se lo pidiera.

—Dormitorio —ordenó.

Fui.

***

Sobre la cama había algo doblado con cuidado. Me acerqué. Era un uniforme: falda oscura plisada por encima de la rodilla, delantal blanco con volantes, blusa de manga corta con cuello redondeado. Al lado, un par de sandalias de tacón bajo en tono piel. No era un disfraz de tienda de fiestas. Era ropa de verdad, de tela consistente, confeccionada para alguien de mi complexión.

—¿Cuándo...? —empecé.

—La semana pasada ya sabía que ibas a volver —dijo Andrés desde la puerta—. Vístete.

Me vestí.

Primero la blusa, luego la falda. El delantal se anudaba en la espalda y tardé un momento en que los dedos me obedecieran. Las sandalias tenían tiras ajustables y cuando las abroché y apoyé los pies en el suelo, algo cambió en mi postura, en el centro de gravedad, en la forma en que mi cuerpo ocupaba el espacio de la habitación.

Me acerqué al espejo de la puerta del armario.

No reconocí la imagen al principio. Y luego sí, de pronto, la reconocí, pero como a alguien que lleva mucho tiempo esperando detrás de una puerta cerrada y que por fin la ha encontrado abierta.

Aquí estás.

—Así —dijo Andrés detrás de mí, con una voz que no era de aprobación ni de burla sino de algo más antiguo y más serio—. Así es como debes estar.

Me besó en la sien, despacio, como quien sella algo.

—Ahora arrodíllate.

***

Me arrodillé antes de que la palabra terminara de sonar. Con los brazos extendidos a los lados y la frente inclinada hacia el suelo, igual que la semana anterior, porque el cuerpo lo había archivado en un lugar donde la vergüenza no llegaba.

—Perdóname —dije al suelo. La palabra salió sola, sin esfuerzo, como si llevara días acumulada detrás de los dientes esperando ese momento.

—Ya sé que lo sientes —dijo Andrés—. Levántate y pon las manos en la cama.

Me levanté. Me acerqué a la cama, apoyé las palmas en el edredón y sentí cómo él me subía la falda con calma, descubriendo lo que había debajo. El frío del aire en las nalgas me hizo apretar los ojos. Detrás de mí escuché el sonido del cinturón, la ropa cayendo al suelo.

—¿Querías escaparte? —preguntó.

—Tenía miedo —admití.

—Lo sé —dijo—. Aquí no tienes que tener miedo de nada.

Otra palmada, más fuerte que las anteriores. Gemí contra el edredón y no me moví.

Sentí sus manos separando mis nalgas con cuidado y luego la humedad de su saliva preparándome, fría al principio y después cálida. Arqueé la espalda sola, instintivamente, llevando el cuerpo hacia donde necesitaba ir sin que nadie me lo pidiera.

Sus pulgares entraron despacio, abriendo el músculo con paciencia. El dolor era conocido ya, y ya no era solo dolor. Apoyé la frente en el edredón y respiré hondo, dejando que el cuerpo cediera centímetro a centímetro.

—Estás bien —dijo. No era una pregunta.

—Estoy bien —confirmé.

***

Cuando entró en mí fue lento, mucho más que la primera vez, cuando todo había sido urgencia y descubrimiento y torpeza. Esta vez lo hizo con conciencia, empujando despacio, dejándome notar cada avance, cada apertura nueva en el interior de mi cuerpo.

Grité contra el edredón.

No de dolor, aunque había dolor. De todo lo que llevaba días negándome a reconocer.

Empezó a moverse. Despacio al principio, encontrando el ritmo, y luego más profundo, con las manos firmes en mis caderas. Cada empujón me sacudía hacia adelante y yo cerraba los dedos en la sábana buscando algo a qué aferrarme. La falda seguía puesta y el roce de la tela contra mi piel con cada movimiento añadía una capa más de sensación que no supe nombrar pero que agradecí en silencio.

—No te calles —ordenó.

Dejé de callarme.

Gemí cada vez que empujaba, lloré cuando el placer se volvió demasiado para contenerlo, le pedí que no parara con palabras que no me habría permitido decir en ningún otro lugar del mundo. Y él no paró. Siguió hasta que mi cuerpo convulsionó con un orgasmo que empezó en el centro y se derramó hacia afuera como una ola lenta, sacudiéndome de los pies a la cabeza, vaciándome de todo lo que no era ese momento exacto.

Mi pequeño sexo se contrajo y derramó lo suyo contra el edredón mientras yo temblaba sin poder controlar nada, ni los gemidos ni los sollozos ni los movimientos del cuerpo que ya no me pertenecía.

***

Andrés siguió un poco más, más rápido ahora, porque también él llevaba días esperando esto. Lo escuché tensarse y lo sentí vaciarse en mí con un sonido que no intentó suprimir. El calor de su semen dentro me hizo gemir por última vez, suavemente, como si fuera una despedida y un comienzo al mismo tiempo.

Nos quedamos así un momento, inmóviles, su cuerpo sobre el mío, su peso cálido y familiar apretando mis caderas contra la cama.

Después se tumbó a mi lado y yo me giré para mirarlo. Tenía los ojos cerrados y respiraba despacio. Le pasé una mano por el pecho sin pensar. Él la cubrió con la suya sin abrir los ojos.

—¿Vas a volver a venir a decirme que se acabó? —preguntó.

Tardé en responder.

—Probablemente sí.

Noté que sonreía aunque no lo vi.

—Bien —dijo—. Aquí estaré.

***

A ti que lees esto no sé qué decirte, porque probablemente ya lo sabes. Sabes lo que es construir durante días una versión de ti mismo que parece sólida, que camina derecha, que no necesita nada de nadie, y luego ver cómo se deshace en segundos en cuanto alguien te mira de la manera correcta.

Yo negaré esto mañana. Lo negaré la semana que viene y la siguiente. Volveré a ensayar las palabras frente al espejo, a convencerme de que es la última vez, a llamar al timbre con la mano firme.

Y él abrirá la puerta.

Y yo entraré.

Siempre entro.

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Comentarios (4)

PabloMza91

buenisimo!!! me quede sin palabras, que inicio tan fuerte

Ernesto68

Por favor una segunda parte, no puede quedar asi

menuditaymona

Que forma de arrancar un relato, desde el principio te engancha totalmente. Muy bueno

DiegoBaires

Me recordo a situaciones donde uno se dice 'la ultima vez' y nunca lo es... muy bien contado, se siente real

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