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Relatos Ardientes

El nuevo preso aprendió a obedecer a su amo

Mariano era un muchacho callado, de esos que bajan la mirada cuando alguien les habla fuerte. Lo había criado su abuela desde que perdió a sus padres, y la mujer, por puro amor, lo había envuelto en algodones hasta asfixiarlo. A los veintitrés años seguía siendo tímido con las mujeres, no había tenido novia ni había tocado a nadie. Lo imaginaba, sí, pero sus deseos no pasaban de eso: imágenes que se apagaban en la oscuridad de su cuarto.

La vida le iba bien dentro de su pequeñez, hasta el día en que tuvo una idea que lo arruinó todo.

Su abuela suspiraba cada vez que pasaban frente a la vidriera de una joyería del centro. Había un medallón de oro que ella miraba como se mira algo imposible. Ni ella ni Mariano tenían con qué comprarlo. Y él, con esa necesidad de regalarle una alegría a la única persona que lo quería, empezó a pensar en robarlo. Le diría que lo había pagado con una comisión del trabajo. Durante semanas estudió los horarios, las cámaras, los turnos del vigilante. Una tarde lo logró, o creyó que lo lograba. Guardó el medallón en un escondite, esperando el cumpleaños de la vieja.

Una semana después, la policía golpeó la puerta de su casa.

Lo juzgaron rápido y lo condenaron a cuatro años y medio por robo calificado.

El penal de Santa Rosa del Sauce, a las afueras de la provincia, no tenía buena fama. Se hablaba de guardias comprados, de pabellones donde mandaban los presos y no las autoridades, de cosas que entraban y salían a cambio de dinero. Mariano no sabía nada de eso cuando cruzó la reja. Lo aprendería pronto.

Lo asignaron a la celda 118. Su compañero resultó ser un tal Néstor.

Néstor Vargas, al que todos llamaban «el Toro», era un hombrón de espaldas anchas y mirada quieta, de esas que no necesitan gritar para dar miedo.

Apenas vio entrar a su nuevo compañero —flaco, pálido, con cara de animal asustado—, el Toro sonrió despacio. Conocía esa cara. Sabía exactamente lo que le habían puesto delante.

—La cucheta de arriba es tuya. ¿Cómo te llamás?

—Mariano, señor… —dijo con un hilo de voz.

—Yo soy Néstor. Y acá adentro, en esta celda, el que manda soy yo. ¿Queda claro?

—Sí, señor…

—Cuando te diga que hagas algo, lo hacés sin chistar. Así nos llevamos bien. Si me hacés enojar, te voy a hacer la vida imposible. ¿Entendiste?

—Sí, señor…

Esa primera noche, con la celda a oscuras y el resto del pabellón en silencio, la voz grave del Toro subió desde la cucheta de abajo.

—Bajá. Ahora.

Mariano, que ya le tenía pánico, obedeció antes de pensar. Lo último que quería era darle un motivo.

El Toro se incorporó y se plantó en el centro de la celda, con las piernas separadas. Le ordenó arrodillarse frente a él.

—¿Alguna vez se la chupaste a alguien?

—No, señor —contestó Mariano, temblando.

—Bueno. Hoy aprendés.

Se abrió el pantalón sin apuro. Mariano cerró los ojos un segundo y, cuando los abrió, lo tenía ahí, a la altura de la cara. Le pareció enorme, una cosa ajena y amenazante.

—¿Qué esperás? Abrí la boca.

Con la garganta cerrada por las ganas de llorar, Mariano obedeció. El Toro no tuvo paciencia ni delicadeza: empujó y entró de una vez.

—Dale. Empezá.

El asco le subió desde el estómago. Lo intentó, pero el cuerpo no le respondía. El Toro lo agarró del pelo y le cruzó la cara con dos cachetazos secos que le hicieron ver luces. Lentamente, entre sollozos contenidos, Mariano empezó a mover la boca como pudo.

—Así. Usá la lengua. Más despacio.

No supo cuánto duró. Solo supo que en algún momento el hombre se tensó, lo sujetó de la nuca y le descargó todo en la boca.

—Ni se te ocurra escupir. Te lo tragás.

Mariano dudó, y esa duda le costó otra amenaza:

—O te lo tragás ahora, o te dejo en la enfermería tres meses. Vos elegís.

Juntó fuerzas de donde no las tenía y tragó.

***

La noche siguiente fue peor. Mariano dormía, o lo intentaba, cuando sintió que la cucheta crujía y el peso del Toro subía detrás de él. Le ordenó bajarse el pantalón y darse vuelta. El hombre escupió, lo acomodó con una mano en la cadera, y empujó. A Mariano le pareció que lo partían al medio. Quiso gritar y se mordió el brazo para no hacerlo.

—Quedate quieto. No me hagas renegar.

El Toro fue de adelante hacia atrás con un ritmo lento y pesado, mientras Mariano apretaba los dientes y lloraba en silencio. Cuando terminó, lanzó un gruñido ronco y se quedó un rato encima, recuperando el aire, como si el cuerpo del muchacho fuera un mueble cómodo.

Así, noche tras noche, semana tras semana, el Toro fue moldeando a Mariano. De día lo tenía de sirviente: le lustraba los zapatos, le tendía la cama, le ordenaba la ropa, le preparaba el mate. De noche lo usaba a su gusto.

No tardó en correrse la voz. En todo el pabellón sabían que el flaco de la 118, al que ya llamaban «la nena», era la cosa de Néstor el Toro. Su sombra. Su propiedad.

***

Una mañana, en el comedor, dos internos se acercaron a la mesa donde Mariano comía en silencio junto al Toro.

—Néstor. Tenemos plata —dijo el más alto, un tipo de cuello grueso al que llamaban Tobías, señalando a Mariano con el mentón—. Queremos la nena un rato. ¿Cuánto?

—¿Cuánto tienen?

—Treinta lucas —dijo el otro, más bajo y rechoncho, de nombre Ramón.

—Es poco. Tengo que coimear al guardia para que la lleve a tu celda. Además sabe hacer las cosas. Yo le enseñé.

—Bueno. Cuarenta. Es todo lo que juntamos.

—Cerrado. Y les estoy haciendo precio. Esta noche, a las once, te mando la nena un par de horas. Devolvémela entera.

Tobías le pasó un fajo doblado bajo la mesa. El Toro lo contó con el pulgar sin sacarlo del bolsillo y asintió.

Esa tarde, el Toro le ordenó a Mariano afeitarse la cara, las piernas, todo. Quería que los dos quedaran conformes, que lo recomendaran, que el negocio de prestar a su nena creciera.

—Naciste para esto —le dijo, mirándolo de arriba abajo cuando terminó—. Vas a hacerlos quedar contentos. Si no, ya sabés.

A las once, el guardia Sandoval abrió la reja de la 118, intercambió dos palabras con el Toro, recibió su parte en la mano y se llevó a Mariano por el pasillo en penumbra. Lo dejó en la celda 123, frente a los dos hombres, y volvió a cerrar.

—Vení, nena —ordenó Tobías.

—Sí, señor —respondió Mariano, que tenía grabada la advertencia del Toro.

No voy a llorar, se dijo. Si lloro, es peor.

Tobías se bajó el pantalón, lo hizo arrodillar y lo usó sin miramientos. Mariano cerró los ojos y trabajó con la boca, intentando que terminara rápido. Ramón se acercó por el costado, impaciente.

—Pará, Tobías. Ahora a mí.

—Ya escuchaste —dijo el alto.

Mariano pasó de uno al otro como un objeto que se comparte. Los dos hombres se reían por lo bajo, comentaban, lo manoseaban entre risas. Cuando se cansaron de eso, le ordenaron desnudarse y tirarse boca abajo en el piso frío.

Ramón fue primero. Lo penetró de golpe y Mariano dejó escapar un grito ahogado que hizo reír a los dos. El hombre lo embistió con fuerza, sin pausa, mientras el muchacho apretaba la frente contra el cemento. Después fue el turno de Tobías, que entraba y salía como un pistón, cuidándose de no terminar todavía, alargando el rato que habían pagado.

Luego lo acostaron de costado. Tobías volvió a llenarle la boca mientras Ramón lo tomaba por detrás. Los dos a la vez, durante un tiempo que a Mariano se le hizo eterno. Al final, casi al mismo tiempo, se sacudieron y terminaron en él.

—Tragá todo —ordenó Tobías. Mariano obedeció.

Un rato más tarde, Sandoval lo devolvió a la 118. El Toro dormía boca arriba, plácido. Mariano fue derecho a la pileta y se hizo tres buches, intentando sacarse el gusto. No lo logró. Subió como pudo a su cucheta, con el cuerpo dolorido, y se largó a llorar tapándose la boca con la almohada.

A partir de esa noche, muchos internos se acostumbraron a alquilar a la nena del Toro, previo pago. Mariano dejó de pelear contra eso. Se resignó, como quien se acostumbra al ruido de un caño que gotea.

***

Pasaron tres años. El Toro cumplió su pena y salió en libertad. Nueve meses más tarde, por buena conducta, también salió Mariano. Su abuela había muerto durante su encierro, así que volvió a la casa vacía, ahora solo para él, con la idea de empezar de nuevo lejos de todo aquello.

Apenas una semana después, su peor pesadilla golpeó la puerta. Era el Toro.

No pidió permiso. Entró como si la casa le perteneciera, dejó un bolso en el living y, en pocos días, se instaló. Mariano comprendió, con una amargura sorda, que la reja no había cambiado nada: seguía siendo la propiedad de Néstor el Toro.

El hombre le ordenaba traerle una cerveza, lavarle la ropa, lustrarle los zapatos, prepararle la comida. Y casi todas las noches lo usaba igual que en la celda. Mariano volvió a ser lo que había sido adentro: sirviente de día, cosa de noche.

Un mes después, el Toro le trajo unas cajas de pastillas y le ordenó tomarlas. Eran hormonas. Mariano quiso negarse y bastó una mirada para que abriera la boca. Con las semanas, el Toro fue observando el resultado con una satisfacción callada, y Mariano, con horror, vio cómo su propio cuerpo dejaba de ser suyo: las formas se le redondeaban, las caderas se le ensanchaban, el pecho cambiaba bajo la remera.

Entusiasmado, el Toro empezó a comprar ropa por internet, talles de mujer a la medida de Mariano. Prendas ajustadas, provocativas. Ropa interior, medias, zapatos de taco. Le ordenó ponerse todo.

—Naciste para puta —dijo, mirándolo de arriba abajo, como había dicho la primera noche en la celda.

¿Qué buscaba con todo eso?, se preguntaba Mariano. La respuesta llegó una tarde, al caer el sol.

—De ahora en más te llamás Mariana —dijo el Toro—. Vas a salir a la calle. Caminás diez cuadras para aquel lado, hasta donde empieza la zona roja, cerca de la vieja estación. Donde paran las chicas.

—No, señor, por favor… —suplicó Mariano.

—Callate. Cuando llegues, movés el cuerpo y conseguís clientes. Y volvés con plata. Si no, te doy la paliza de tu vida.

Así, hormonado y vestido como lo que el Toro quería que fuera, Mariano salió a la calle por primera vez convertido en Mariana, a buscar clientes en la zona roja del sur de la ciudad.

***

Son las once de la noche de un día cualquiera. Mariana camina por la vereda mal iluminada de la zona roja, una más entre tantas siluetas que esperan junto al cordón. Los autos pasan despacio, las luces los recortan, algunos frenan, otros siguen. De pronto uno se detiene un poco más adelante. Una mano la llama por la ventanilla. Mariana respira hondo y se acerca.

Ya se ha resignado a esta vida. Sabe que van a pasar muchos años —tal vez todos— antes de que pueda, alguna noche, dejar de ser la propiedad de Néstor el Toro.

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Comentarios (6)

RaulBdsmFan

Bua que relato!! me dejo sin palabras literalmente. Tremendo 😳

Julietax_rd

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de mas

Darky_Mx

Muy bien escrito, se nota que conocen el tema a fondo. Me engancho desde el primer parrafo sin soltarlo

LectorNocturnoAR

Llevo años leyendo relatos de este genero y pocos me han atrapado tan rapido. La dinamica de poder esta muy bien lograda sin volverse burda, eso es dificil de conseguir. Felicitaciones, de verdad

CrisCba87

Me recordo a otro relato que lei hace tiempo pero este lo supera con creces. Sigue asi!

ElDestapado

Esto no es para todos los gustos, pero si es lo tuyo te va a volar la cabeza jajaja. Muy bueno

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