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Relatos Ardientes

La princesa guerrera se rindió ante el conde

Desde la almena más alta del castillo de Valdeluna, la princesa Mirena vio ondear los estandartes del conde Vorhaal sobre las murallas que hasta el amanecer habían sido suyas. La llamaban la Loba del Sur, y durante años ese nombre había bastado para que los ejércitos enemigos se lo pensaran dos veces. Esa noche, en cambio, el humo le quemaba la garganta y el olor a sangre se mezclaba con el llanto de los vencidos.

Su guarnición había resistido hasta lo imposible. Pero el conde tenía diez hombres por cada uno de los suyos, y la aritmética de la guerra no premia la valentía.

A su lado quedaban tres caballeros. Sir Bran, al que apodaban el escudero de hierro por la coraza que jamás se quitaba. Sir Halden, cuyo brazo derecho valía por una compañía entera. Y Sir Roric, el más viejo, el que siempre sabía dónde golpear y cuándo retirarse. Las armaduras de los tres estaban abolladas y oscurecidas de sangre seca.

—Mi princesa —dijo Sir Bran, con la voz quebrada—. Ha sido un honor serviros.

Mirena asintió. Tenía los ojos vidriosos, pero no dejó caer una sola lágrima delante de ellos.

—Y para mí, el más grande —respondió.

***

Bajaron juntos al salón del trono, donde los soldados del conde ya derribaban las puertas. Cuando comprendió que un paso más solo serviría para que los degollaran a todos sin sentido, Mirena levantó la mano.

—Bajad las armas —ordenó—. La batalla está perdida.

La rendición fue veloz y humillante. Les arrancaron las espadas, les desabrocharon las corazas a empujones y los arrastraron hasta el centro del salón, donde Vorhaal se había sentado ya en el trono que durante generaciones había pertenecido a la familia de ella. Era un hombre de cuerpo grueso y ojos pequeños, dos cuentas codiciosas hundidas en una cara satisfecha.

—La princesa guerrera —dijo, saboreando cada palabra—. No pareces tan temible sin tu acero.

Obligaron a los tres caballeros a arrodillarse ante el trono.

—Estos perros me han costado más bajas que toda la campaña del norte —declaró el conde—. Por esa insolencia, los ejecutaré aquí mismo, para que todo el que sueñe con desafiarme recuerde esta noche.

Dos guardias desenvainaron y se colocaron a la espalda de los caballeros.

—¡No! —gritó Mirena.

El grito le salió antes que el pensamiento. Aquellos tres hombres eran lo único que le quedaba: su familia, su honor, la última prueba de que alguna vez había sido alguien.

—¿Tienes algo que decir, princesa? —preguntó Vorhaal, encantado con su desesperación.

Fue entonces cuando tomó la decisión que iba a partirla en dos. Despacio, con una dignidad que resultaba obscena en mitad de aquella humillación, caminó hasta el centro del salón y se arrodilló ante el conde. No como una reina que negocia un tratado, sino como una mendiga.

—Os lo ruego, mi señor —dijo, y la voz apenas le tembló—. Clemencia. Matadme a mí si necesitáis una muerte, pero dejadlos vivir. Su único crimen fue serme leal.

El conde rio, un sonido áspero que rebotó en las paredes de piedra.

—Tu lealtad no vale nada. Tu vida, poco más. Pero veo que eres una mujer práctica. —Se recostó en el trono y la observó como un gato observa a un ratón herido—. Una petición de clemencia exige una ofrenda. Y tendrá que ser una ofrenda de verdad.

Se inclinó hacia delante, y su sombra cubrió la figura arrodillada de la princesa.

—El valor no alimenta el hambre de un conquistador, Mirena. Tus caballeros te han servido bien. Ahora me vas a servir tú.

Mirena cerró los ojos un instante. Sabía exactamente lo que le estaba pidiendo, y sabía el precio. Con dedos que apenas le obedecían, empezó a desatar los cordones del corpiño de cuero. La prenda cedió y cayó al suelo de piedra, dejando al descubierto sus hombros y el nacimiento de los pechos.

Aguanta. Por ellos, aguanta.

Después soltó las correas de la falda. Cada pieza que caía era un jirón de su orgullo que se desprendía con ella. Sus caballeros miraban con horror, debatiéndose entre apartar la vista para no deshonrarla más y la incredulidad ante lo que su señora estaba dispuesta a entregar por ellos.

Quedó solo con la camisa de lino, una tela fina que se le pegaba al cuerpo y transparentaba sus curvas. Volvió a arrodillarse y, con los brazos extendidos hacia delante, alzó la cara hacia el conde.

—Te ofrezco lo único que me queda —dijo—. Mi cuerpo. Hazme tu esclava, tu concubina, lo que quieras. Pero deja vivir a mis hombres.

Vorhaal contempló la escena con un interés que le encendía la mirada. Se levantó del trono y avanzó hasta ella, las botas embarradas rozando sus rodillas desnudas.

—Una oferta tentadora —murmuró—. Pero todavía queda tela.

Con los dientes apretados, Mirena se quitó la camisa. El lino resbaló por sus hombros, por sus caderas, hasta dejar sus pechos al aire. El frío de la noche le endureció los pezones, y el conde sonrió como quien encuentra un tesoro mejor de lo prometido.

—¡Mirad esto! —exclamó, volviéndose hacia sus hombres—. La que golpeaba con tanta fuerza, ahora tiembla de miedo.

Sus soldados estallaron en carcajadas. El conde le agarró un pecho y le pellizcó el pezón hasta arrancarle un gemido de dolor que ella no pudo contener.

—Qué piel tan fina —dijo, casi con desprecio—. Una guerrera debería tenerla curtida. Esta parece la de las damas de palacio. Solo sirve para morderla y marcarla.

La última prenda cayó del todo, y Mirena quedó completamente desnuda en mitad del salón, expuesta ante decenas de ojos. El conde la rodeó despacio, separándole los muslos con la punta de la bota.

—¿Sabéis lo que escondía bajo esa armadura que tanto miedo os daba? —preguntó a la sala—. Carne. Solo carne.

Le ordenó ponerse en pie y caminar. La obligó a dar una vuelta lenta por el salón mientras él y sus esbirros la devoraban con la mirada, y los caballeros, forzados a observar, bajaban la vista cargados de vergüenza.

—Date la vuelta —ordenó.

Mirena obedeció, sintiendo la espalda y el trasero desnudos expuestos al aire y a las risas. Se sentía como una res en un mercado de ganado, palpada antes de la compra. El conde se acercó por detrás, el aliento a vino caliente sobre su nuca, y le pasó la mano por la cintura hasta la curva de la cadera.

—Tenemos un trato, princesa —le susurró al oído, lo bastante alto para que lo oyera toda la sala—. Tus caballeros vivirán. Irán a las mazmorras, no al cadalso. Pero tú serás mía. Desde esta noche, vas a aprender cuál es tu nuevo lugar.

Volvió a colocarse frente a ella y tomó su propia espada. Mirena se tensó, pero él solo deslizó el plano frío del acero por la cara interna de sus muslos, despacio, como quien inspecciona una mercancía.

—Mirad, soldados —dijo, sin apartar los ojos de ella—. El acero de esta mujer ha cortado armaduras. Y ahora mi acero la recorre a ella, y no se atreve a moverse.

Detuvo el filo entre sus piernas, y lo que vio le ensanchó la sonrisa.

—Está húmeda —anunció con un regocijo cruel, lo bastante alto para que ella se muriera de vergüenza—. No de miedo, princesa. Tu cuerpo te traiciona delante de todos. Qué vergüenza tan deliciosa.

Mirena cerró los ojos. Las lágrimas le quemaban, pero apretó los dientes y no dejó que cayeran. Por dentro, en un rincón al que el conde jamás llegaría, seguía siendo la Loba del Sur, vestida de acero y de odio.

El conde apartó la espada y se dirigió a los guardias.

—Llevaos a estos tres a los calabozos. Pan y agua. Quiero que cada día recuerden que respiran gracias a la sumisión de su señora.

Arrastraron a los caballeros hacia la puerta. Sir Halden gritó algo, una maldición ahogada, antes de que el asta de una lanza en el estómago lo doblara en dos. Los tres mantuvieron la mirada clavada en Mirena hasta el último instante: gratitud y una vergüenza tan honda que dolía mirarla.

***

El camino hasta las habitaciones del conde fue una procesión de humillación. Sirvientes y soldados se asomaban a verla pasar, desnuda y escoltada; algunos se burlaban, otros la miraban con una lástima que era casi peor. Mirena mantuvo la barbilla alta y la vista al frente, como si marchara a una batalla y no hacia la pérdida de todo lo que era.

La cámara era opulenta, con una cama de dosel y cortinas de terciopelo rojo que parecían tragarse la luz de las velas. El conde echó el cerrojo, se quitó la capa y el jubón y se quedó en camisa.

—Aquí no hay princesas ni guerreras —dijo, acercándose con una sonrisa de depredador—. Aquí solo hay una presa.

La empujó sobre la cama, sin violencia todavía, casi con calma. Las sábanas de seda fría le erizaron la piel desnuda.

—Veamos si el fuego que te hizo famosa arde también aquí.

La besó. No fue un beso, fue una conquista: labios húmedos, exigentes, su lengua invadiéndola con la misma prepotencia con la que sus ejércitos habían entrado en el castillo. Mirena se quedó quieta, una estatua de mármol bajo su peso. Su mente se había replegado a esa fortaleza interior que ningún ejército podía tomar.

El conde se apartó, contrariado por su falta de respuesta.

—¿Qué pasa, princesa? ¿Se apagó la llama? —se burló, y le dio una bofetada suave, más humillante que dolorosa—. Tranquila. Sé cómo encender un fuego.

Sus manos bajaron hasta los pechos y los apretó con una rudeza que le arrancó un grito ahogado, los dedos hundiéndose en la carne. Mirena cerró los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. Cada caricia, cada palabra, era una espina nueva. Pero aguantó. Pensó en Sir Bran, en Sir Halden, en Sir Roric, encerrados en la oscuridad pero vivos. Esa idea era su única armadura.

—Mírame —ordenó él, agarrándola de la barbilla—. Quiero ver tus ojos cuando te tome.

Mirena obedeció, pero su mirada era un pozo vacío que le devolvía su propio reflejo codicioso sin concederle el miedo ni el placer que tanto ansiaba.

—Maldita seas —gruñó—. No voy a romperte el espíritu, ¿verdad? Mejor. Así será más divertido.

Bajó la cabeza y le mordió un pezón con fuerza. El dolor fue un pinchazo eléctrico que le recorrió la espalda, y esta vez no pudo evitar un gemido. El conde alzó la cara, triunfal.

—Ahí está. La princesa sí siente.

Se excitó con aquella grieta diminuta en su fachada de hielo. Recorrió su cuerpo con la boca y las manos, buscando otra reacción, otra prueba de que la estaba quebrando. Mirena luchó por mantenerse lejos, pero su carne la traicionaba a ratos, respondiendo a estímulos que su mente repudiaba. El conde sabía dónde tocar; era un experto en arrancarle al cuerpo lo que el alma le negaba.

Por fin se irguió sobre ella y se desabrochó los pantalones. Le brillaban los ojos de una lujuria febril.

—Ha llegado el momento de cobrar mi trofeo. A partir de hoy, cada noche te recordará esta. La noche en que la gran princesa Mirena se convirtió en mi esclava.

Ella cerró los ojos con fuerza. El castillo había caído, sus caballeros estaban presos, y ahora la última torre de su reino estaba a punto de ser tomada.

No estoy aquí. Yo no estoy aquí.

La entrada fue brutal, sin un asomo de cuidado. El conde no buscaba placer sino dominio, y la embistió con un golpe seco que le arrancó un grito de dolor verdadero, el lamento de un muro que se derrumba. Empezó a moverse con un ritmo pesado y egoísta, cada acometida una afirmación de su poder.

—¿Lo sientes, princesa? —jadeaba contra su oído, el aliento caliente y fétido—. Es el sabor de la derrota.

La sujetaba por las muñecas contra las sábanas, usándola como un simple instrumento. Y Mirena hizo lo único que sabía hacer: se marchó. Su mente flotó hasta el techo y observó la escena desde arriba, como una espectadora ajena. Vio el cuerpo pálido de una mujer que se le parecía, sacudido por un hombre sudoroso. Vio las lágrimas que le corrían por las sienes a esa mujer, lágrimas que ella no sentía. Era la única forma de sobrevivir: convertir su cuerpo en territorio ocupado y dejar que el espíritu mirara desde lejos, a salvo.

El conde, al notar su lejanía, la mordió en el hombro, no por deseo, sino para marcarla, para dejar una señal visible de su propiedad. El dolor la devolvió un instante a su carne.

—Así me gusta —murmuró—. Vuelve, Mirena. No te escondas.

La penetración pareció eterna. Al final, con un rugido de triunfo, el conde se desplomó sobre ella y su peso le robó el aire. Se quedó así un momento, jadeando, saboreando la victoria, antes de rodar a un lado con una expresión de saciedad perezosa.

—Has sido mejor de lo que esperaba —dijo con una calma insultante—. Tienes fuego, hasta cuando te empeñas en apagarlo.

Se sentó en la cama y se sirvió vino de una jarra. Bebió de un trago y le tendió la copa a ella.

—Bebe. Vas a necesitar fuerzas para la próxima vez que te llame.

Mirena se incorporó despacio, subiéndose las sábanas para cubrirse. El simple gesto de moverse le clavó un dolor agudo entre las piernas, un recordatorio constante de la noche. Tomó la copa con manos temblorosas y bebió. El vino, áspero, le limpió la boca, pero no el alma.

El conde la miró, y por primera vez no había lujuria en su cara, sino un cálculo frío.

—Has sido muy lista, princesa. Has salvado a tus perros. Pero no creas que esto ha terminado. —Se levantó y empezó a vestirse—. Desde mañana serás mi concubina oficial. Dormirás en mi cama. Te vestiré como a la reina que ya no eres, y todos en este castillo sabrán exactamente lo que eres.

Caminó hasta la puerta y se volvió con una sonrisa cruel.

—Ah, y una cosa más. A tus caballeros no los ejecutaré, no. Cada mañana, antes del desayuno, les leeré un informe detallado de cómo pasó su princesa la noche. Quiero que su honor muera despacio, envenenado por tu deshonra. Dulces sueños, mi señora.

La puerta se cerró y el cerrojo cayó. Mirena se quedó sola en la enorme cama, en silencio, con el vino helándosele en el estómago. No había llorado durante la violación. Pero ahora, en la soledad de la habitación del conquistador, las lágrimas brotaron al fin: no de dolor ni de vergüenza, sino de un odio frío y absoluto.

El conde no había conquistado su cuerpo. Lo había alquilado por una noche, y a cambio le había entregado algo mucho más peligroso: un propósito. No se limitaría a sobrevivir. Vengaría cada segundo de aquella noche, cada gota de su humillación. La Loba del Sur no se había apagado. Ardía por dentro, alimentada por el odio, esperando el momento de volver a prender fuego al mundo.

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Comentarios (6)

Mastil77

increible!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

CaballeroOscuro

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de ver que pasa despues

LilaDelSur

Me atrapo desde el primer parrafo, hay un clima que pocas veces se logra en este tipo de historias. felicitaciones

Rafa_viajero

jaja buenisimo, no me esperaba ese giro al final

AndreaCba22

Esperaba algo mas previsible y me sorprendio gratamente. Muy bien logrado

NachtLeser22

La tension entre los personajes esta muy bien trabajada. Se hizo un poco corto para todo lo que prometia al inicio

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