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Relatos Ardientes

La palabra de seguridad que casi no llegué a usar

Hay personas que te marcan a fuego y ya no te sueltan. A veces es alguien de la familia, a veces una amiga, pero casi siempre es una pareja, o alguien que pasa por tu cama una sola noche y se queda dando vueltas en tu cabeza durante años. A mí me marcó mi novio. A mi amiga Camila la marcó un desconocido que conoció por una app, y todavía hoy, cuando hablamos, se le va la mirada cada vez que lo nombra.

Esta historia me la fue contando de a pedazos: por chat, en llamadas largas a la madrugada, y una vez entera, una tarde de invierno en mi departamento. La escribo como si me la hubiera contado de un tirón, tiradas en mi cama con la luz baja, porque así se entiende mejor.

Estábamos terminando una carrera larga, las dos cansadas de estudiar. Yo había bajado un par de cervezas de la heladera y ella venía medio entonada de antes. Se acomodó contra las almohadas, se sacó el buzo porque tenía calor, y me miró con esa cara de quien necesita confesar algo.

—Caro, nunca te conté lo de la primera vez que fui sumisa de verdad —dijo—. Me daba vergüenza. Pero vos no me juzgás, y necesito decírselo a alguien antes de que se me pudra adentro.

—Dale —le dije—. Sin filtro.

—Lo conocí por una de esas apps. El perfil era de lo más común: un tipo alto de unos treinta, anteojos, pelo corto, sonrisa tímida, laburaba en una aseguradora. Se llamaba Damián. Yo tenía la bio bien clara: «busco pasarla bien, abierta a lo que venga». Le escribí yo primero porque me aburría un domingo, y contestó enseguida.

—¿Y arrancó fuerte?

—Directo. Me dijo que a él tampoco le interesaba un compromiso, que si había química podíamos divertirnos sin ataduras. Y después soltó: «soy dominante, me gusta controlar todo en el sexo, ¿te animás a probar?». Yo me hice la canchera, le dije que era re experimentada, que hacía de todo. Me contestó que le gustaba mi actitud y que nos viéramos para tomar algo.

***

—Quedamos en un bar de Belgrano, uno con mesas en la vereda, pero entramos porque hacía frío. Cuando llegó me sorprendió: era más flaco de lo que parecía en las fotos, alto pero huesudo, camisa planchada, los anteojos. Parecía un nerd tímido de la facultad, alguien por el que no apostabas un peso a que fuera dominante. Me dio hasta ternura. Pedimos café, hablamos de pavadas: la facultad, las series, el laburo. Era educado, atento, se reía de mis chistes. Pensé: «esto va a ser un polvo tranquilo y nada más».

—¿Y no fue?

—Esperá. Antes de irnos, en un rincón medio aislado del bar, me miró serio y me preguntó si había algo que no me gustara, cuáles eran mis límites. Yo, inflando el pecho: «nada, hago de todo». Él ni se inmutó. Sonrió apenas y me dijo: «quiero dominarte de verdad esta noche. Controlar cómo te movés, cuándo terminás, cuándo parás. ¿Estás segura?». Me reí nerviosa y le dije que sí.

—Sos una inconsciente —le dije, riéndome.

—Eso pensé después. Me miró fijo y me dijo: «entonces elegí una palabra de seguridad. Si la decís, paramos al instante. No voy a frenar cuando digas no, ni cuando digas basta. Solo cuando digas esa palabra». A mí me pareció exagerado, pero le seguí el juego. Elegí «rojo», como el semáforo.

—Buena elección, igual.

—La mejor que hice en mi vida, Caro. Me llevó en el auto hasta un edificio precioso, frente a un parque. Me explicó que el departamento era de su abuela, que estaba internada hacía meses, y que él lo cuidaba. Subimos a un quinto piso, palier privado, puerta de madera oscura. Adentro era otro mundo: living enorme con ventanales, sillones clásicos, cuadros que se notaban caros. No era el departamento de un nerd cualquiera.

***

—Tomamos una copa de vino blanco para aflojar. Yo ya estaba caliente de la charla, me imaginaba un sexo suave. Me llevó al dormitorio: cama grande, sábanas blancas, una lámpara con luz tenue. Me dijo: «desvestite despacio, quiero mirarte». Empecé a sacarme la ropa de a poco. Él se quedó parado, observándome, sin tocarse todavía.

—Qué nervios, ¿no?

—Un montón. Después se desvistió él, y cuando se bajó el bóxer me quedé helada. La tenía enorme, Caro. De verdad. Yo había estado con tipos grandes, pero esto era otra liga. Por primera vez en mi vida sentí algo parecido al miedo en una cama. Se me aflojaron las piernas.

—¿Y qué hiciste?

—Nada. Él vio mi cara y sonrió, como si conociera ese efecto de memoria. Se acercó despacio, sin tocarme, recorriéndome con la mirada de arriba abajo. Y me dijo, con una voz tranquila pero que no admitía discusión: «arrodillate». Y yo obedecí al instante. Me sorprendió a mí misma. Me arrodillé sobre la alfombra, frente a él, sin decir una palabra.

—No lo puedo creer.

—Me dijo «abrí la boca, despacio, quiero que la pruebes primero». Y empecé. Suave, con la lengua, sin apuro. Él respiraba hondo, con una mano apoyada en mi pelo, sin apretar todavía. Yo trataba de demostrarle que podía con todo, que no me asustaba. Pasamos un buen rato así, yo concentrada, él mirándome desde arriba con esa calma que ponía más nerviosa que cualquier grito.

—¿Y ahí se puso intenso?

—Ahí cambió. Me agarró el pelo con más firmeza, no para lastimarme, pero sí para marcar quién mandaba. Me dijo: «ahora voy a tomar el control. Respirá por la nariz. Si no podés, decís la palabra». Y empezó a moverse con un ritmo que no me dejaba pensar. Cada tanto frenaba, me dejaba respirar hondo, me miraba a los ojos y me preguntaba si estaba bien, si quería decir «rojo». Yo le decía que no con la cabeza. Quería bancarla. Quería que viera que tenía carácter.

—Camila, sos terrible.

—Tenía los ojos llorosos, el rímel corrido, temblaba entera. Pero no de miedo. Era otra cosa. Cuando paró del todo, me senté en mis talones, destruida y excitada como nunca, sin entender bien qué me estaba pasando por dentro.

***

—Después se levantó tranquilo, fue hasta un cajón de la mesa de luz y sacó unas cuerdas. Eran suaves, de algodón grueso, de esas que no marcan ni lastiman. No me preguntó nada. Solo dijo: «quiero atarte. Vas a estar quieta para lo que viene». Abrí la boca para responder y no me salió nada. El corazón me latía en la garganta.

—¿Y te dejaste atar así nomás?

—Me dejé. Me llevó a la cama, me acostó boca arriba y me ató las muñecas a la cabecera, despacio, comprobando que no apretara de más. Después los tobillos, abriéndome las piernas. Quedé completamente expuesta, sin poder moverme un centímetro. Y antes de seguir me repitió, mirándome a los ojos: «acordate, “rojo” y paramos. Sin vergüenza». Asentí, mordiéndome el labio. Estaba asustada, pero más excitada de lo que había estado en toda mi vida.

—Me estás poniendo nerviosa a mí.

—Bajó entre mis piernas y empezó a usar la boca. Lento, dando vueltas sin ir directo, hasta que yo le rogaba. Me llevaba al borde y frenaba. Una y otra vez. Yo tiraba de las cuerdas, le suplicaba que terminara conmigo, y él levantaba la cabeza y me decía, con esa media sonrisa: «te voy a penetrar ahora. Pero hay una regla: no terminás hasta que yo te lo permita. Si lo hacés sin permiso, hay castigo».

—¿Y aguantaste?

—No, Caro. No pude. Cuando entró fue demasiado intenso, una mezcla de dolor y placer que no conocía. Grité, le pedí que fuera despacio, y él avanzó de a poco, sin frenar, hasta que me acostumbré. Y entonces empezó a moverse en serio. Quise aguantar, apreté los dientes, pero el orgasmo me ganó. Terminé temblando contra las cuerdas, sin control.

—¿Y el castigo?

—Frenó en seco. Me miró serio y me dijo: «te avisé que no podías sin permiso». Sacó del cajón algo flexible, de gamuza, que pegaba plano pero no cortaba. Me dio unos azotes firmes, midiendo cada uno, recordándome todo el tiempo que podía decir «rojo» cuando quisiera. No lo dije. Me gustaba. Me gustaba entregarme a eso, dejar que él decidiera. Cuando terminó, yo estaba marcada, sensible, y más mojada que antes.

***

—En un momento paró de golpe, me dijo que me quedara quieta y salió del cuarto. Fue solo un minuto, pero se me hizo eterno. Atada, inmóvil, dolorida en todos lados, y al mismo tiempo pensando: «este es el sexo más intenso de mi vida. Me siento usada, y me encanta. Nunca nadie me controló así. Quiero más».

—¿Y qué fue a buscar?

—Lubricante y una tela negra. Me desató, me hizo ponerme en cuatro y volvió a atarme, esta vez con los brazos estirados hacia adelante y las piernas abiertas, sin poder cerrarlas ni retroceder. Me vendó los ojos. Todo quedó negro y los demás sentidos se me dispararon: su perfume, su respiración, el aire en la piel. Me habló bajito al oído: «acordate la palabra, Camila. Esto puede doler, pero también puede llevarte a un lugar de placer que no imaginaste. ¿Estás lista?». Le dije que sí.

—No me digas que…

—Sí. Pero con una paciencia infinita. Me preparó largo, con lubricante, sin apuro, hablándome todo el tiempo: «relajate, respirá, abrí para mí». Y cuando entró, fue de a poco, centímetro a centímetro. Al principio me quemaba, lloraba bajo la venda, le pedía que parara y al mismo tiempo le pedía que no parara. Era contradictorio, una locura. Pero nunca dije «rojo». Y de a poco el ardor se transformó en otra cosa, en un placer profundo que no sabía que existía.

—Camila, esto es demasiado.

—Y ahí llegó, Caro. Sin que me tocara nada más, solo por eso. Un orgasmo que me partió de adentro hacia afuera, largo, distinto a todo. Grité, me sacudí contra las cuerdas, quedé sin fuerzas, con la cabeza colgando. Cuando él terminó, me desató con cuidado, me sacó la venda despacio. Yo estaba deshecha: dolorida por todos lados, las muñecas marcadas, agotada. Y feliz como nunca.

***

—Se acostó al lado mío y me abrazó contra el pecho. Y ahí pasó lo que no me esperaba: empezó a cuidarme. Me acariciaba el pelo, me besaba la frente, me susurraba que había sido increíble, que se había encantado con cómo me entregué. Me trajo agua, me cubrió con la sábana, me abrazó toda la noche sin decir mucho más. Yo me acurruqué en su pecho flaco y pensé: «esto es lo más parecido al amor que sentí en mucho tiempo». Me dormí sintiéndome cuidada por primera vez en años.

—Eso es lo que más me sorprende de toda la historia.

—A mí también. Al otro día me hizo el desayuno y me pidió un auto hasta mi casa. Me prometió volver a verme. Y cumplió.

***

Me quedé en silencio un rato largo. No sabía qué decir. Era una de las historias más intensas que me habían contado en la vida, y una parte de mí dudaba de que fuera del todo cierta, porque Camila tenía la costumbre de inflar sus historias y agregarles romanticismo donde no lo había. Pero por su cara, por cómo le temblaba la voz, supe que el fondo era verdad.

La cosa no terminó esa noche. Se siguieron viendo casi dos años. Al principio era solo sexo: sesiones en el departamento, ataduras, reglas estrictas, orgasmos prohibidos hasta que él lo permitiera. Pero después se mezcló lo otro. Salían a cenar, veían películas abrazados, él le mandaba mensajes lindos durante el día. Camila se enamoró fuerte. Cada vez que la cuidaba después de una sesión, cada gesto, la ilusionaba más.

Nunca dieron el paso siguiente. Ella sufría cuando él cancelaba, se ponía celosa, le dolía no ser la única. Y al mismo tiempo ella tampoco se entregaba del todo a algo serio. Después de casi dos años, una noche, se levantó de la cama, se vistió y le dijo que no podía seguir, que se estaba enamorando demasiado y que a él no le pasaba lo mismo. Él se quedó callado, asintió y la dejó ir.

Después de eso volvió a salir con otros para olvidarlo, pero nunca nada era igual. Nadie la controlaba así, nadie la cuidaba después. Me escribía a las tres de la mañana, llorando, diciendo que quería que la quisieran de verdad y no solo que la usaran. Yo nunca tuve el valor de decirle que ella tampoco había puesto su parte.

Cuando estuvo con Damián tenía otro brillo en los ojos. Se la veía feliz. Yo, de corazón, espero que algún día se reencuentren, aunque ella todavía tenga que madurar un poco. Porque hay personas que solo brillan cuando se animan a soltar el control del todo. Y Camila es una de ellas.

Gracias por leer hasta el final.

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Comentarios (5)

Romina_K

Tremendo... no pude parar de leer hasta el final.

NocheLarga22

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber mas!!

Caro_L

Me sorprendio lo bien que esta escrito, se nota que es algo vivido y no inventado.

ElVoyerista

La tension que hay en todo el relato es lo que mas me gusto, uno siente que esta ahi presente

tania_m

Me recordo a algo que vivi hace un tiempo... esas noches que no se olvidan mas jaja

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