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Relatos Ardientes

Mi amo me dejó encadenada en la nave vacía

Empujé la puerta de aquella nave abandonada con el corazón golpeándome las costillas y una humedad tibia bajándome ya por la cara interna de los muslos. El olvido lo había impregnado todo: polvo en suspensión, papeles amarillos por el suelo, el olor a aceite seco de una maquinaria que llevaba años parada. Y, sin embargo, los cristales del fondo seguían intactos, limpios de telarañas, como si alguien los hubiera elegido a propósito.

Había un colchón mugriento contra la pared, un hornillo, mantas dobladas, ropa vieja amontonada en un rincón. Reconocí cada objeto antes de verlo, porque sabía exactamente qué venía a buscar. Abrí el cajón de una mesa coja y allí estaba la nota, escrita con su letra inclinada de siempre.

«Detrás de ti tienes un ventanal sucio. Límpialo y lee la nota frente a él.»

Busqué con qué frotar el vidrio. Era enorme, daba a la calle, y solo encontré trapos resecos y más papel. Hice lo que pude. Después me acerqué desnuda, con el siguiente papel temblándome en la mano, sabiendo que cualquiera que pasara por la acera y levantara la vista podía verme entera, recortada contra la luz.

«Si has llegado hasta aquí cumpliendo cada uno de mis deseos, y si no me equivoco contigo, también más allá de ellos, ahora estás completamente expuesta. Eso me complace. Tu ropa ya no está donde la dejaste. Si decides marcharte, lo harás tal y como estás. El coche tampoco sigue donde lo aparcaste.»

Levanté la vista. En efecto, el aparcamiento de grava estaba vacío. Adrián había estado vigilándome desde el primer instante, agazapado en algún sitio que yo no alcanzaba a adivinar. El nerviosismo me subió varios escalones de golpe.

«Encontrarás un collar de cuero con una cadena soldada. Hay una tubería junto al colchón. Pasa la cadena por ella, ciérrala con el candado y tira la llave donde no puedas recuperarla. El cierre del collar lleva un pasador: bloquéalo con el segundo candado que hay al lado.»

Pasó un coche por la calle. No me aparté del cristal.

«Hay un cubo. Déjalo cerca. Lo usarás para tus necesidades. Deja también las mantas a mano, por si refresca. Todavía no he decidido cuántas horas vas a quedarte. No te preocupes por el trabajo: Marcos sabe muy bien la clase de golfa que eres y no ha puesto pega en darte unos días.»

¿Cuánto pensaba dejarme allí? Era la primera vez que me sometía a una prueba de esta clase y empezaba a inquietarme de verdad. No por el miedo. Por la duda de si estaría a la altura.

«Si decides seguir, asumirás las consecuencias. Si decides irte, no te reprocharé nada, aunque dejarás de ser mi zorrita. Por si eliges ese camino, quiero que sepas que estoy orgulloso de ti y que entiendo que todo tiene un límite. Ya puedes separarte de la ventana.»

Nada más. Ni un «te quiero», que rara vez me había dedicado. Y ahora me tocaba elegir a mí, sola, con la piel de gallina y la nota arrugándose entre mis dedos.

***

Mientras lo pensaba, volvió a mi memoria el día en que todo empezó de verdad. El sex shop de las afueras. La cabina del fondo, estrecha, con la moqueta pegajosa y una pantalla parpadeando. Adrián recordándome, con la voz baja, que él no buscaba una amante: buscaba una entrega. Y aquellos tres hombres babeando por verme, por tocarme.

Me quedé bloqueada. La puerta de la cabina no estaba cerrada, cualquiera podía asomarse desde el pasillo, y el espacio era diminuto.

—No perdamos el tiempo —dijo él, tomándome del brazo para sacarme de allí.

—No… no. No voy a decepcionarte.

Me soltó. Lo miré a los ojos mientras me desabrochaba la falda.

—No me mires a mí —ordenó—. Míralos a ellos. Y dame la ropa.

Me giré hacia los tres desconocidos. Dos ya tenían la polla fuera; el tercero se bajaba los pantalones sin apartar la vista de mis pechos. Tragué saliva, me quité la falda, la puse en las manos de mi dueño y luego me saqué el top. Se oyeron silbidos.

—Joder, qué tetas… ni pagando vi unas así —soltó uno.

Adrián me observó satisfecho. Después se volvió hacia ellos con una calma que me erizó la piel.

—Me apetece un café. Ya me contaréis si ha sido complaciente.

—Descuida —rió el más bajo, acercándose y empezando a manosearme—. Madre mía, no me lo creo.

—Ponla de rodillas, que nos la chupe —indicó otro.

Uno se colocó detrás de mí. Sentí su erección contra la cadera, dura, mientras me sujetaba los pechos y me pellizcaba los pezones. Alguien me besó y me metió la lengua hasta el fondo de la boca. Una mano se perdió entre mis piernas y un dedo curioso jugueteó más atrás.

—La muy puta está empapada —murmuró el de detrás.

Estaban tan excitados que, si no tomaba yo el control, acabarían antes de tiempo y eso me habría avergonzado. Me arrodillé. Empecé a acariciarles las pollas, una en cada mano, hasta que me llevé la del centro a la boca y oí el gemido de su dueño. Mientras chupaba y lamía, las otras dos seguían firmes entre mis dedos. El primero se corrió pronto; me aparté justo a tiempo y cambié de polla. El segundo aguantó bastante más, pero el tercero acabó tan rápido que su semen terminó cayéndome sobre el pecho antes de que pudiera retirarme.

Dos se despidieron sin mucha ceremonia. El último, en cambio, era distinto. Más grande, más bruto, agresivo desde el principio. Me agarró del pelo y empujó mi cabeza sin importarle mi ritmo, repitiéndome lo zorra que era y lo mucho que me gustaba aquello.

—Tranquila, que tengo más para ti —dijo.

Me sacó la polla de la boca y, de un empujón, me tiró sobre el diván de la cabina. Se echó encima. Pesaba. Que termine rápido, por favor, que termine rápido. Sentí cómo me penetraba y no me opuse. Y entonces ocurrió algo que no esperaba: de sentirme usada pasé a sentirme deseada. Él jadeaba; yo lo abracé. Lo estaba haciendo bien. Exploté con él dentro, y él se vino al mismo tiempo.

Cuando se vistió a toda prisa y se largó, me invadió de golpe la sensación de suciedad. Solo entonces caí en la cuenta de que mi ropa no estaba. Cerré la puerta de la cabina y esperé desnuda, muerta de ganas de una ducha que no llegaría todavía.

Mi dueño no tardó. Me miró, no con asco como yo temía, sino con una satisfacción tranquila. Salimos. No me atreví a mirar al dependiente. Adrián había traído toallitas húmedas y me dejó limpiarme un poco antes de subir al coche.

***

En casa me ordenó sentarme en el sofá, desnuda, por supuesto, mientras él desaparecía un momento. Volvió con mi teléfono en la mano y me lo tendió.

—Enciéndelo.

Obedecí. En la pantalla de bloqueo apareció una foto mía: sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y los ojos clavados en la cámara. No se veía nada explícito y, al mismo tiempo, se intuía todo.

—Lo llevarás así siempre —dijo—. He bloqueado el cambio de fondo, solo yo puedo modificarlo. ¿Algo que decir?

Negué con la cabeza.

—Ahora baja al sótano. Tengo que castigarte por haber gozado sin mi permiso. Y de paso estrenamos esos juguetes tan curiosos que hemos… perdón, que has comprado.

Bajé las escaleras sin rechistar. Allí, tras una puerta que él siempre había mantenido cerrada con llave, había preparado un cuarto entero: una cama baja, una cruz de aspas contra la pared, una cámara montada sobre un trípode. Comprendí por fin por qué nunca me había dejado entrar. No me atreví a preguntarme con quién habría jugado allí antes que conmigo.

—Además —añadió—, debo castigarte porque el otro día dejaste a un buen amigo a medias. Eso no se hace.

Supe que hablaba de su contacto del chat, aquel al que no me atreví a complacer del todo.

—No tenía la experiencia ni el valor de…

Levantó la mano para callarme.

—No te justifiques. Me gustará más verte suplicar.

Me colocó contra la cruz de madera y me ató las muñecas y los tobillos con correas de cuero. Después se acercó con un látigo de tiras que aún olía a nuevo y me acarició un pezón con la punta, despacio, dejando que la anticipación hiciera la mitad del trabajo.

—Te va a doler —avisó—. Puedes gritar, nadie te oirá. Pero tranquila, no seré severo esta vez. Aún te estoy descubriendo.

El primer golpe cayó sobre mi vientre y me arrancó el aire. Vinieron más, sobre todo en los pechos, una lluvia de pinchazos calientes que me encendían la piel. El más cruel fue el último, entre las piernas. Supliqué. Lloré. Apenas duró unos minutos, aunque a mí me parecieron horas, y cuando terminó descubrí, humillada, que estaba más excitada que en toda la tarde.

***

El recuerdo se disolvió y volví al presente: la nave vacía, el ventanal sucio, la nota arrugada en mi puño y el collar de cuero esperándome sobre el colchón. Aquel día del sótano había aprendido que el dolor que él me daba siempre venía envuelto en algo que yo no sabía rechazar.

Tomé el collar. La cadena pesaba, fría contra mis muslos. La pasé por la tubería, encajé el primer candado y oí el chasquido seco del cierre alrededor de mi cuello. El segundo candado bloqueó el pasador. Solo quedaba la llave.

La sostuve un segundo en la palma, mirando hacia la rejilla del desagüe en el suelo de cemento. Era diminuta. Una vez allí abajo, ni yo ni nadie volvería a sacarla. Pensé en la frase: dejarás de ser mi zorrita. Pensé en marcharme desnuda por aquella carretera vacía. Y pensé, sobre todo, en su mirada de satisfacción cuando regresara y me encontrara exactamente donde me había pedido que estuviera.

Dejé caer la llave por la rejilla. Tintineó una vez contra el metal y desapareció.

Me senté sobre el colchón, con la cadena tensa, y acerqué las mantas. La luz de la tarde empezaba a inclinarse en el ventanal. No sabía si volvería en una hora o en tres días. No importaba. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía nada que decidir, ninguna duda mordiéndome por dentro. Solo esperar, expuesta y suya, hasta que la puerta volviera a abrirse y su voz me dijera que lo había hecho bien.

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Comentarios (5)

DarkReader_22

increible!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo en esta web

CuriosaLectora22

Por favor que haya segunda parte, necesito saber como termina jaja. Quede con ganas de mas

MatiasQ_91

La tension que genera se siente de principio a fin. Muy bien llevado, no te solte hasta el ultimo parrafo.

Silvia_noche

Me recordo a algo que me paso una vez, aunque mucho mas simple jeje. Igual me encanto como lo contaste, se siente real.

SandraBaires

Se hizo cortisimo!!! Quiero mas!!!

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