La entrevista en la que aprendí a obedecer
Subí en el ascensor repasando mentalmente las respuestas que había ensayado durante toda la semana. Veintidós años, último curso de Marketing, expediente impecable y tres cartas de recomendación dobladas con cuidado dentro de la carpeta. Una beca de prácticas en la agencia de Damián Vergara no se ofrecía dos veces, y yo había hecho lo imposible por llegar a la última ronda.
Me había vestido para impresionar sin parecer que lo intentaba: blusa blanca, falda recta hasta la rodilla, medias finas y unos tacones discretos. Llevaba el pelo castaño suelto sobre los hombros porque alguien me había dicho una vez que así parecía más cercana. Profesional pero accesible, me repetí mientras las puertas se abrían en la última planta.
El despacho ocupaba todo el ático. Ventanales del suelo al techo, Valencia entera a sus pies, y al fondo un escritorio de madera oscura tras el que esperaba un hombre que no se parecía en nada a la foto de su perfil corporativo. Treinta y muchos, alto, ancho de hombros, traje gris marengo cortado a medida. No sonrió cuando entré.
—Marina —dijo, leyendo mi nombre del expediente sin levantar la vista—. Siéntate.
Obedecí, cruzando las piernas con cuidado para que la falda no subiera. Detrás de mí oí un sonido seco. La puerta. Luego un segundo clic, más metálico. La llave girando en la cerradura.
El corazón me dio un vuelco, pero me dije que era normal. Despachos privados, confidencialidad, lo de siempre.
Damián pasó las páginas de mi currículum en silencio durante lo que se me hicieron minutos eternos. Yo aproveché para mirarlo: la mandíbula tensa, las manos grandes, una calma que intimidaba más que cualquier grito. No tenía prisa por nada, y esa era precisamente la parte que me ponía nerviosa.
—Eres brillante sobre el papel —dijo al fin, dejando la carpeta a un lado—. Notas perfectas, idiomas, premios. Pero aquí el papel no me sirve de nada.
—¿Qué busca, entonces? —pregunté, intentando que la voz sonara firme.
Levantó la vista por primera vez. Tenía los ojos oscuros, atentos, como si llevara rato leyéndome a mí y no al expediente.
—Obediencia —respondió—. Entrega. La capacidad de hacer exactamente lo que se te pide cuando se te pide, sin discutir. ¿Sabes lo que significa eso?
Sentí un nudo en la garganta. Algo en su tono no encajaba con una entrevista de trabajo, y aun así no supe nombrarlo.
—Creo que sí, señor. Pero yo solo vine por la beca.
Damián sonrió. Fue una sonrisa lenta, sin calor, la de alguien que ya conoce el final de la conversación.
—Levántate.
Dudé. El pulso me golpeaba las costillas con tanta fuerza que pensé que él podría oírlo desde el otro lado del escritorio.
—No voy a hacer nada que no quiera hacer —dije, y supe en el acto que lo decía más para convencerme a mí que a él.
—Nadie te lo pide. La puerta está ahí. —Señaló con la barbilla—. Ábrela, baja y olvídate de esto. No habrá consecuencias. Te lo prometo.
Miré la puerta. Luego volví a mirarlo a él. Mis piernas no se movieron ni un centímetro.
Y los dos lo notamos.
Damián se levantó despacio, rodeó el escritorio y se detuvo a un metro de mí. Olía a una colonia cara, amaderada, y a algo más difícil de nombrar que tenía que ver con la seguridad absoluta de quien nunca ha pedido permiso para nada.
—Última oportunidad, Marina. Si te quedas, dejas de ser la estudiante perfecta del expediente. Durante el tiempo que dure esto, haces lo que yo diga. Sin medias tintas. ¿Te quedas?
Tragué saliva. Una parte de mí, la sensata, gritaba que recogiera la carpeta y saliera corriendo. La otra, una que no conocía hasta esa tarde, sentía un calor lento subiéndome por el cuello, por la nuca, por sitios que no debían reaccionar dentro de un despacho.
—No sé si puedo —susurré.
Él no me tocó. Solo dio un paso más, hasta que el espacio entre los dos se volvió denso.
—Desabróchate la blusa. Tienes diez segundos. Si no lo haces, me voy yo, y nunca sabrás qué se siente al rendirse del todo.
***
Cerré los ojos. Mis dedos subieron solos hasta el primer botón y temblaron al abrirlo. El segundo costó menos. El tercero ya no costó nada. La blusa resbaló por mis brazos y cayó al suelo con un susurro de tela. Debajo, un sujetador de encaje blanco, y bajo el encaje, mis pezones ya endurecidos delatándome antes de que yo dijera una sola palabra.
—Buena chica —murmuró Damián, y aquellas dos palabras me recorrieron entera—. Ahora la falda.
—Por favor… —mi voz era apenas un hilo—. Es demasiado rápido.
Me alzó la barbilla con dos dedos, sin brusquedad, obligándome a mirarlo.
—Mírame y dime que no estás húmeda. A la cara. Dímelo y te dejo vestirte.
No pude. Bajé la mirada, y ese gesto fue toda la respuesta que él necesitaba. La cremallera lateral cedió bajo mis dedos. La falda cayó hasta mis tobillos y la aparté con el pie sin que él me lo pidiera.
—Las manos a la espalda.
Obedecí a regañadientes, juntando las muñecas detrás de mí como si me las atara una cuerda invisible. Damián me rodeó despacio, sin tocar todavía, solo rozando con las yemas el borde de mi cintura, la curva de un pecho por encima del encaje, la goma del tanga sobre la cadera. Cada roce me ponía la piel de gallina.
—Estás temblando —dijo a mi espalda—. Pero no de miedo.
—No es lo que crees —mentí, y la mentira se me deshizo en la boca cuando sus dedos se deslizaron por dentro del tanga y volvieron a salir, brillantes.
—Esto dice otra cosa.
La vergüenza me ardió en las mejillas y, al mismo tiempo, el deseo me apretó el vientre con una fuerza que no había sentido nunca. Era humillante. Era exactamente lo que mi cuerpo llevaba toda la entrevista pidiendo.
Me guió con la mano abierta en la espalda hasta el borde del escritorio.
—De rodillas.
Negué con la cabeza. La última resistencia, más por orgullo que por convicción.
—No voy a suplicar.
—No te lo estoy pidiendo —respondió, y su mano se cerró en mi pelo. No con violencia, sino con una firmeza serena que no admitía discusión.
Cuando mis rodillas tocaron la moqueta, lo oí desabrocharse el cinturón. El sonido del metal contra el cuero me erizó la nuca. Estaba duro cuando se liberó del pantalón, y yo me quedé mirándolo un segundo, con la boca seca y el pulso desbocado.
—Abre.
Apreté los labios un instante, lo justo para recordarme que aún podía elegir. Después los separé. Él entró despacio, atento a mi reacción, dejando que me acostumbrara antes de empujar un poco más. Cerré los ojos y me concentré en respirar por la nariz, en el calor, en la textura, en la manera en que su mano me marcaba el ritmo desde la nuca.
—Así. Despacio. Como si dependiera de ello todo lo que quieres.
Y dependía, de algún modo absurdo. Lo lamí entera, lo recibí más hondo, gemí alrededor de él con una mezcla de rabia y deseo que ya no sabía separar. Tenía los ojos húmedos por el esfuerzo, un hilo de saliva resbalándome por la barbilla, y no me detuve. No quería detenerme.
***
Cuando se retiró, me alzó de un tirón suave por el brazo y me giró de cara al escritorio. Sentí cómo me bajaba el tanga de un movimiento, hasta dejarlo enredado en mis muslos. Una mano entre los omóplatos me inclinó sobre la madera fría. El cristal me empañó la mejilla con cada respiración.
—Separa las piernas —ordenó—. Más.
Obedecí sin protestar esta vez. Lo oí arrodillarse detrás de mí, y entonces su lengua me recorrió entera, lenta y precisa, buscando el punto exacto que me hizo apretar los puños contra el borde del escritorio. Dos dedos entraron en mí y se curvaron, y se me escapó un jadeo que ni siquiera intenté contener.
—Por favor —susurré contra la madera.
—¿Por favor qué?
Tardé en encontrar las palabras. Cuando las encontré, ya no quedaba nada de la chica que había subido en el ascensor.
—Fóllame… señor.
Lo oí gruñir de satisfacción. Se colocó detrás, apoyó las manos en mis caderas y empujó hasta el fondo de una sola vez. El aire se me escapó de los pulmones. Me sujetaba con una mano en la nuca, hundiéndome contra el escritorio, mientras la otra dejaba caer una palmada ardiente sobre mi piel, una y otra vez, hasta que el escozor se confundió con el placer.
—Dilo. Dime qué eres ahora.
—Suya —gemí, sin un solo rastro de orgullo—. Soy suya, señor.
Aceleró el ritmo hasta que el escritorio crujió bajo mi peso. Después salió, y sentí la presión cambiar de sitio, más arriba, más estrecha. Me tensé entera.
—Tranquila —murmuró, frotándome con el pulgar la base de la espalda—. Respira. Empuja hacia mí.
Lo hice. Entró centímetro a centímetro, despacio, dándome tiempo a abrirme para él. Dolía y ardía y, al mismo tiempo, no quería que parara. Cuando estuvo dentro del todo, empezó a moverse con embestidas profundas mientras su otra mano bajaba a frotarme el clítoris en círculos lentos.
—Córrete —ordenó contra mi oído—. Ahora.
El orgasmo me atravesó como una descarga. Las piernas me temblaron, los dedos se me agarrotaron contra la madera, y un grito ahogado se me quedó atrapado entre el cristal y mi propia boca. Damián se vació dentro de mí con un gruñido ronco, sujetándome las caderas hasta que la última oleada se apagó.
Durante unos segundos solo se oyó nuestra respiración y el zumbido lejano del aire acondicionado. Después me giró con cuidado, me apartó un mechón pegado a la frente sudada y me limpió con el pulgar una lágrima que ni yo sabía que había soltado.
—La beca es tuya —dijo, abrochándose el cinturón con una calma que me pareció obscena—. El viernes a las siete tienes la primera reunión. Conmigo. A solas.
Recogí la blusa del suelo con las manos todavía temblando y me la puse al revés sin darme cuenta. Él lo notó y no dijo nada.
—¿Y de qué será la reunión? —pregunté, porque necesitaba creer que aún había una parte de aquello que se parecía a un trabajo.
Damián abrió la cerradura, sostuvo la puerta y esperó a que yo pasara delante.
—De lo que acabamos de empezar —respondió—. Sé puntual, Marina.
Salí al pasillo con la carpeta apretada contra el pecho, los tacones inseguros sobre el mármol y un calor terco entre las piernas que me acompañó durante todo el camino de vuelta. En el ascensor me miré en el espejo: el pelo revuelto, el carmín corrido, los ojos brillantes de alguien que acaba de descubrir algo sobre sí misma que ya no podrá olvidar.
El viernes llegué a las siete en punto.