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Relatos Ardientes

Mi primera orden: ir a clase sin nada bajo la ropa

Buenas noches, futuros amos.

No sé muy bien cómo se empieza una confesión como esta, así que voy a hacerlo de la única manera que conozco: diciendo la verdad. Soy nueva. Una novata absoluta. Durante meses no he sido más que una sombra en este rincón, una lectora silenciosa que abría la página a las dos de la madrugada, con la luz apagada y el corazón golpeándome las costillas. He devorado cada relato, cada confesión, cada orden cumplida que ustedes han dejado por escrito. Y siempre, sin falta, terminaba con la respiración agitada, las bragas empapadas y los dedos hundidos entre los muslos, frotándome el clítoris hasta correrme mordiendo la almohada para no despertar a nadie.

Los que más me marcaron fueron los de dominación. Ese poder que se ejerce sin gritos, ese control que una entrega por voluntad propia. La idea de que otra persona decida por mí, de que me diga qué hacer y cómo hacerlo, me provoca un nudo justo en el bajo vientre, un tirón que me humedece el coño en segundos. No sé explicarlo mejor. Solo sé que cuando leo «obedece» dirigido a otra, mi cuerpo responde como si me lo hubieran dicho a mí: se me endurecen los pezones, se me tensa el vientre y siento cómo se me escurre un hilo caliente entre los labios.

El problema es que nunca he sido valiente. Cada vez que fantaseaba con dar el paso, con ofrecerme de verdad, con imaginar miradas adivinando mi pequeño secreto, el miedo me clavaba al suelo. Me decía que mañana, que la próxima semana, que cuando me sintiera más segura. Y así pasaron los meses. Leyendo a los demás, deseando ser una de ellas, sin atreverme jamás. Meses masturbándome sola, metiéndome dos dedos hasta el fondo del coño mientras leía cómo otra chica describía la polla que le había abierto la boca esa noche.

Hasta hoy.

***

Tengo veintitantos y estudio en la universidad. Doy por hecho que a ustedes les da igual mi nombre, así que pueden llamarme Renata. No es el verdadero, pero me gusta cómo suena cuando lo pienso en su voz. Renata, la novata. Renata, la que por fin se decidió. Renata, la puta sumisa que se ofrece por escrito porque no se atreve a decirlo en voz alta.

Llevo toda la tarde dándole vueltas a este momento, y al final me he sentado a escribir antes de arrepentirme. Porque sé que si lo dejo para mañana, el miedo volverá a ganar. Y no quiero que gane. Esta vez no. Escribo con una mano y con la otra me acaricio por encima del pantalón del pijama, sintiendo cómo el coño me late, cómo la humedad ya ha traspasado la tela y me mancha los dedos cuando aprieto.

Debería explicarles de dónde viene todo esto, aunque sea para entenderme yo misma. De niña fui la responsable de la casa, la que cuidaba de los demás, la que nunca daba un problema. Crecí convencida de que ceder era lo mismo que fallar. Y me pasé años así, apretando los dientes, controlándolo todo, sin permitirme un segundo de debilidad. Hasta que una madrugada cualquiera caí en este lugar por accidente, leyendo a una chica que contaba cómo había obedecido una orden absurda y lo libre que se había sentido al hacerlo. Esa palabra se me quedó clavada: libre. No sometida. Libre.

Esa noche entendí algo que llevaba toda la vida negándome. Que mi fantasía no era el dolor ni la humillación por sí mismos, sino el alivio de no tener que decidir. El permiso para soltar el control que tanto me pesa. La idea de que alguien me mire y diga «esto vas a hacer», y que yo, por una vez, no tenga más que confiar y obedecer. Esa noche me corrí tres veces seguidas. La primera con los dedos, apretándome el clítoris en círculos hasta que se me arqueó la espalda. La segunda con el mango del cepillo del pelo, metiéndomelo despacio en el coño mientras leía en voz baja las órdenes que otro amo le había dado a otra chica. La tercera ya no supe ni con qué, solo sé que me quedé dormida con la mano empapada y las bragas hechas un trapo. Desde entonces no he dejado de volver. Noche tras noche, leyéndolos, deseando estar del otro lado de la pantalla, deseando ser yo la que se abre de piernas cuando lo ordenan.

Mañana tengo clase a primera hora. Y voy a ir completamente desnuda por debajo de la ropa.

Lo escribo y me tiemblan un poco los dedos. Nada de ropa interior. Nada entre mi piel y la tela. Sentiré la costura del pantalón rozándome el coño a cada paso, la falta de sujetador bajo la blusa dejándome los pezones marcados como dos puntas duras, el aire frío del aula colándose por donde no debería y erizándome el vello del pubis. Caminaré por los pasillos rodeada de gente que no sabrá nada, que me verá igual que siempre, mientras yo cargo un secreto que me arde entre las piernas y me chorrea por la cara interna de los muslos.

Será mi primer reto. Mi primer paso de verdad hacia esa sumisión que llevo tanto tiempo deseando en silencio. Y se los cuento aquí, ahora, porque escribirlo lo convierte en algo real. Es como si ya fuera una orden de ustedes. Su primera orden. Aunque todavía no la hayan dado, yo ya la siento pesar sobre mis hombros y clavarse entre mis piernas.

Ya tengo la ropa preparada sobre la silla. La elegí con cuidado, pensando en cada detalle: el pantalón de tela fina que se ajusta justo donde no debe, que me marcará la raja del coño si me siento mal, la blusa clara que se transparenta un poco con la luz de la tarde y dejará ver mis aureolas si me da el sol de frente. Nada que llame la atención de los demás. Todo pensado para que solo yo sepa lo que se esconde debajo. Me imagino vistiéndome mañana en silencio, sin la barrera de la ropa interior, subiéndome el pantalón sobre el coño desnudo y depilado, sintiendo cómo la costura interior se me hunde entre los labios mayores, y ya siento un cosquilleo que me sube por las piernas y me endurece los pezones bajo la blusa.

Pienso en el trayecto. En el autobús lleno de gente, en cada frenazo, en la tela tensándose contra mi piel desnuda, apretándose contra el clítoris hasta hacerme apretar los dientes para no gemir en público. Pienso en sentarme en el aula y notar el frío del asiento a través del pantalón fino, el asiento que absorberá mi humedad y dejará una mancha oscura cuando me levante. Pienso en cruzar las piernas con un cuidado que nadie entendería, en apretar los muslos para frotarme sin que se note, en levantar la mano para una pregunta mientras por dentro me muero porque acabo de sentir un espasmo en el coño. Cualquiera de esos roces, esos pequeños accidentes que para los demás no significarán nada, para mí serán recordatorios constantes de que les pertenezco. De que estoy cumpliendo. De que por fin me atreví a salir a la calle con el coño mojado y disponible para lo que ustedes decidan.

***

Quiero ser sincera con lo que busco, porque sé que la sinceridad es lo único que vale en este lugar.

No quiero decidir. Estoy cansada de decidir. Toda mi vida he tenido que ser la responsable, la que controla, la que no se permite un solo error. Y por eso, justamente por eso, la idea de soltar las riendas me derrite el coño. Quiero que sean ustedes quienes dirijan mis pasos. Quiero que me empujen un poco más allá de donde yo me atrevería sola. Quiero órdenes. Quiero desafíos. Quiero pruebas que me hagan temblar antes de cumplirlas y temblar después, al recordarlas mientras me meto los dedos por la noche pensando en cómo obedecí durante el día.

Déjenme comentarios. Díganme qué hacer. Sean concretos, sean exigentes, sean pacientes los primeros días si hace falta, pero no me dejen elegir. Yo cumpliré cada cosa, una por una, y volveré aquí a contarles hasta el detalle más íntimo. Cómo me sentí. Qué hice exactamente. Cuántas veces me corrí. Con qué dedos, con qué objeto, en qué postura. Si me lamí los dedos después de sacármelos del coño. Si me metí uno en el culo mientras me frotaba el clítoris. Todo. Quiero que sepan que su voz, aunque sea letra escrita en una pantalla, tiene poder sobre mi cuerpo, sobre mis pezones que se endurecen al leerlos, sobre mi coño que se abre solo cuando escribo lo que me piden.

Hay algo que quiero dejar claro desde el principio, para que no haya malentendidos. No habrá fotos. No habrá vídeos. Mi cuerpo no se va a exponer en ninguna imagen. Lo único que voy a entregar son mis palabras, mi obediencia narrada, el relato exacto de lo que haga por ustedes. Esa es mi forma de pertenecerles. Y créanme cuando les digo que es la más íntima que conozco, porque las palabras no mienten igual que una foto: en las palabras va todo lo que sentí por dentro, cada latido del clítoris, cada contracción del coño cuando me corro, y eso no se puede maquillar.

Responderé solo aquí, en los comentarios. A nadie por privado. A nadie por otro canal. Aquí, a la vista de todos, es donde quiero rendir cuentas. Que los demás lean cómo obedezco, cómo me abro, cómo me toco. Esa idea, la de ser leída mientras confieso mi sumisión, mientras describo cómo me hundo los dedos hasta el fondo por orden ajena, me da un vértigo que no sabía que existía y me humedece la silla en la que estoy sentada ahora mismo.

***

Y ya que estoy abriéndome del todo, hay un último secreto. El más grande. La frontera que nunca he cruzado y que, sin embargo, me llama con una fuerza que me asusta.

El placer anal.

Lo escribo y siento que se me calienta la cara al mismo tiempo que se me contrae el culo, como si el solo pensarlo lo despertara. Es algo en lo que pienso más de lo que debería. La idea de ser tomada por ahí, de sentir una polla dura abriéndome poco a poco el ojete, de esa entrega tan total, tan sin reservas, me eriza la piel entera. Es la zona donde mi cuerpo todavía dice que no, y precisamente por eso es donde más curiosidad tengo. Donde más miedo y más deseo se mezclan hasta que ya no sé cuál es cuál. He leído tantos relatos de chicas gimiendo mientras las follaban por el culo, describiendo cómo dolía al principio y cómo terminaban rogando por más, que me he pasado noches enteras imaginando cómo sería mi propia voz suplicando lo mismo.

Nunca lo he probado. Ni sola, ni con nadie. Es territorio virgen, en todos los sentidos. Ni un dedo, ni un juguete, ni el chorro de la ducha. Nada. Ese agujero sigue apretado, cerrado, esperando la primera vez que alguien decida abrirlo. Y me da vértigo solo de imaginarlo, pero es un vértigo del que no quiero bajarme. Espero que alguno de ustedes sepa guiarme hasta allí. Que me ordene empezar con un dedo humedecido en saliva, empujándome despacio hasta el primer nudillo mientras me toco el coño con la otra mano. Que me haga comprar un plug pequeño y me obligue a llevarlo dentro mientras estudio, sintiendo cómo me llena por detrás cada vez que me muevo. Que me lleve, paso a paso, hasta el día en que confiese aquí que ya estoy lista, que ya me abro, que ya me corro solo con eso. Con suavidad, si entienden que necesito que sea con suavidad. Con firmeza, si deciden que lo que necesito es firmeza. Esa decisión también se las dejo. Solo les pido que, cuando llegue el momento, me lleven de la mano. O del cuello. Lo que ustedes elijan.

***

Sé que estoy diciendo muchas cosas para ser mi primer día. Quizá demasiadas. Pero llevo tanto tiempo callándomelas que ahora que abrí la boca no consigo parar. Es como si cada frase me quitara un peso y a la vez me pusiera otro encima, uno más dulce, el peso de saber que ya no hay vuelta atrás. Escribo con el coño chorreando, los pezones tan duros que me duelen contra la tela de la camiseta, y las ganas de meterme la mano dentro del pantalón crecen con cada palabra. Pero no lo voy a hacer todavía. Quiero esperar a que ustedes me den permiso. Quiero que la primera vez que me corra siendo suya sea porque lo ordenaron.

Por eso, como es mi primera vez siendo de ustedes, les ruego una cosa: empiecen con calma. No me abrumen todavía. Ordénenme algo pequeño, algo que pueda cumplir mañana mismo después de mi reto de la ropa, algo que me haga sentir su presencia sin que el miedo me paralice otra vez. Un gesto. Una prenda que deba ponerme o quitarme. Una palabra que tenga que repetir en silencio durante el día. Decirme cuántas veces puedo tocarme, o si no puedo hacerlo hasta que ustedes lo digan. Lo que sea, mientras venga de ustedes.

Quiero acostumbrarme poco a poco al sabor de obedecer. Quiero que cada orden cumplida me deje un poco más lista para la siguiente, más abierta, más entrenada, más suya. Y quiero, sobre todo, sentir que no estoy sola en esto, que detrás de la pantalla hay alguien que piensa en mí mientras se la agarra, que decide por mí, que me espera de vuelta para escuchar cómo lo hice, cuántos dedos me metí, cuánto tardé en correrme.

Esta noche apenas voy a dormir. Lo sé. Voy a mirar el techo imaginando el pasillo de mañana, la tela rozándome el coño desnudo, mi secreto guardado entre las piernas mientras alguien me pregunta una tontería sobre los apuntes. Y voy a sonreír por dentro, porque por primera vez en mi vida estaré haciendo algo de verdad. Algo mío. Algo de ustedes. Voy a acabar tocándome, lo sé también. Voy a meterme dos dedos hasta el fondo mientras pienso en la primera orden que me den, y me voy a correr mordiendo la almohada, apretando el culo virgen contra el colchón, susurrando «sí, amo» contra la funda mientras el orgasmo me sacude entera.

Mañana vuelvo. Y les juro que vuelvo con todo: cómo me sentí al salir de casa así, si me sonrojé, si las piernas me temblaban, si tuve que pararme en algún momento a respirar, si mojé el pantalón, cuántas veces me contuve para no meterme en un baño y frotarme el clítoris hasta correrme sobre la taza. No me voy a guardar nada. No quiero guardarme nada.

Estoy lista para empezar a obedecer. Estoy lista para ser de ustedes. Estoy lista para abrirme el coño, la boca y el culo cuando lo ordenen.

Espero sus órdenes, mis amos.

Con sumisión y humedad,
Renata.

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Comentarios(8)

Roxana_M

Me encanto, tiene algo que te atrapa desde el titulo. Espero que haya continuacion!!

Dante_cba

tremendo arranque. el solo excerpt ya te deja con ganas de leer mas

MiradorFiel

Esa mezcla de miedo y excitacion que transmite es increible, se siente muy real. Buen relato

curiosa_del_sur

Y como te fue al dia siguiente?? quede con ganas de saber jajaja, por favor contanos

Maru_09

Lo psicologico es lo que mas me gusto, no es solo el acto sino todo lo que implica. Muy bien logrado

VaneB_2001

buenisimo!!! sigue escribiendo

NachoPalacios

Me recordo a algo que vivi hace tiempo, esa sensacion de hacer algo prohibido y no poder parar de pensar en eso. Gracias por compartirlo

SolDeMar

Se hizo corto, quiero la segunda parte ya :)

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