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Relatos Ardientes

Mi primera orden: ir a clase sin nada bajo la ropa

Buenas noches, futuros amos.

No sé muy bien cómo se empieza una confesión como esta, así que voy a hacerlo de la única manera que conozco: diciendo la verdad. Soy nueva. Una novata absoluta. Durante meses no he sido más que una sombra en este rincón, una lectora silenciosa que abría la página a las dos de la madrugada, con la luz apagada y el corazón golpeándome las costillas. He devorado cada relato, cada confesión, cada orden cumplida que ustedes han dejado por escrito. Y siempre, sin falta, terminaba con la respiración agitada y las manos donde no debían estar.

Los que más me marcaron fueron los de dominación. Ese poder que se ejerce sin gritos, ese control que una entrega por voluntad propia. La idea de que otra persona decida por mí, de que me diga qué hacer y cómo hacerlo, me provoca un nudo justo en el bajo vientre. No sé explicarlo mejor. Solo sé que cuando leo «obedece» dirigido a otra, mi cuerpo responde como si me lo hubieran dicho a mí.

El problema es que nunca he sido valiente. Cada vez que fantaseaba con dar el paso, con ofrecerme de verdad, con imaginar miradas adivinando mi pequeño secreto, el miedo me clavaba al suelo. Me decía que mañana, que la próxima semana, que cuando me sintiera más segura. Y así pasaron los meses. Leyendo a los demás, deseando ser una de ellas, sin atreverme jamás.

Hasta hoy.

***

Tengo veintitantos y estudio en la universidad. Doy por hecho que a ustedes les da igual mi nombre, así que pueden llamarme Renata. No es el verdadero, pero me gusta cómo suena cuando lo pienso en su voz. Renata, la novata. Renata, la que por fin se decidió.

Llevo toda la tarde dándole vueltas a este momento, y al final me he sentado a escribir antes de arrepentirme. Porque sé que si lo dejo para mañana, el miedo volverá a ganar. Y no quiero que gane. Esta vez no.

Debería explicarles de dónde viene todo esto, aunque sea para entenderme yo misma. De niña fui la responsable de la casa, la que cuidaba de los demás, la que nunca daba un problema. Crecí convencida de que ceder era lo mismo que fallar. Y me pasé años así, apretando los dientes, controlándolo todo, sin permitirme un segundo de debilidad. Hasta que una madrugada cualquiera caí en este lugar por accidente, leyendo a una chica que contaba cómo había obedecido una orden absurda y lo libre que se había sentido al hacerlo. Esa palabra se me quedó clavada: libre. No sometida. Libre.

Esa noche entendí algo que llevaba toda la vida negándome. Que mi fantasía no era el dolor ni la humillación por sí mismos, sino el alivio de no tener que decidir. El permiso para soltar el control que tanto me pesa. La idea de que alguien me mire y diga «esto vas a hacer», y que yo, por una vez, no tenga más que confiar y obedecer. Desde entonces no he dejado de volver. Noche tras noche, leyéndolos, deseando estar del otro lado de la pantalla.

Mañana tengo clase a primera hora. Y voy a ir completamente desnuda por debajo de la ropa.

Lo escribo y me tiemblan un poco los dedos. Nada de ropa interior. Nada entre mi piel y la tela. Sentiré la costura del pantalón rozándome a cada paso, la falta de sujetador bajo la blusa, el aire frío del aula colándose por donde no debería. Caminaré por los pasillos rodeada de gente que no sabrá nada, que me verá igual que siempre, mientras yo cargo un secreto que me arde entre las piernas.

Será mi primer reto. Mi primer paso de verdad hacia esa sumisión que llevo tanto tiempo deseando en silencio. Y se los cuento aquí, ahora, porque escribirlo lo convierte en algo real. Es como si ya fuera una orden de ustedes. Su primera orden. Aunque todavía no la hayan dado, yo ya la siento pesar sobre mis hombros.

Ya tengo la ropa preparada sobre la silla. La elegí con cuidado, pensando en cada detalle: el pantalón de tela fina que se ajusta justo donde no debe, la blusa clara que se transparenta un poco con la luz de la tarde. Nada que llame la atención de los demás. Todo pensado para que solo yo sepa lo que se esconde debajo. Me imagino vistiéndome mañana en silencio, sin la barrera de la ropa interior, y ya siento un cosquilleo que me sube por las piernas.

Pienso en el trayecto. En el autobús lleno de gente, en cada frenazo, en la tela tensándose contra mi piel desnuda. Pienso en sentarme en el aula y notar el frío del asiento, en cruzar las piernas con un cuidado que nadie entendería, en levantar la mano para una pregunta mientras por dentro me muero. Cualquiera de esos roces, esos pequeños accidentes que para los demás no significarán nada, para mí serán recordatorios constantes de que les pertenezco. De que estoy cumpliendo. De que por fin me atreví.

***

Quiero ser sincera con lo que busco, porque sé que la sinceridad es lo único que vale en este lugar.

No quiero decidir. Estoy cansada de decidir. Toda mi vida he tenido que ser la responsable, la que controla, la que no se permite un solo error. Y por eso, justamente por eso, la idea de soltar las riendas me derrite. Quiero que sean ustedes quienes dirijan mis pasos. Quiero que me empujen un poco más allá de donde yo me atrevería sola. Quiero órdenes. Quiero desafíos. Quiero pruebas que me hagan temblar antes de cumplirlas y temblar después, al recordarlas.

Déjenme comentarios. Díganme qué hacer. Sean concretos, sean exigentes, sean pacientes los primeros días si hace falta, pero no me dejen elegir. Yo cumpliré cada cosa, una por una, y volveré aquí a contarles hasta el detalle más íntimo. Cómo me sentí. Qué hice exactamente. En qué momento estuve a punto de rendirme y por qué seguí adelante de todos modos. Quiero que sepan que su voz, aunque sea letra escrita en una pantalla, tiene poder sobre mi cuerpo.

Hay algo que quiero dejar claro desde el principio, para que no haya malentendidos. No habrá fotos. No habrá vídeos. Mi cuerpo no se va a exponer en ninguna imagen. Lo único que voy a entregar son mis palabras, mi obediencia narrada, el relato exacto de lo que haga por ustedes. Esa es mi forma de pertenecerles. Y créanme cuando les digo que es la más íntima que conozco, porque las palabras no mienten igual que una foto: en las palabras va todo lo que sentí por dentro, y eso no se puede maquillar.

Responderé solo aquí, en los comentarios. A nadie por privado. A nadie por otro canal. Aquí, a la vista de todos, es donde quiero rendir cuentas. Que los demás lean cómo obedezco. Esa idea, la de ser leída mientras confieso mi sumisión, me da un vértigo que no sabía que existía.

***

Y ya que estoy abriéndome del todo, hay un último secreto. El más grande. La frontera que nunca he cruzado y que, sin embargo, me llama con una fuerza que me asusta.

El placer anal.

Lo escribo y siento que se me calienta la cara. Es algo en lo que pienso más de lo que debería. La idea de ser tomada por ahí, de esa entrega tan total, tan sin reservas, me eriza la piel entera. Es la zona donde mi cuerpo todavía dice que no, y precisamente por eso es donde más curiosidad tengo. Donde más miedo y más deseo se mezclan hasta que ya no sé cuál es cuál.

Nunca lo he probado. Ni sola, ni con nadie. Es territorio virgen, en todos los sentidos. Y me da vértigo solo de imaginarlo, pero es un vértigo del que no quiero bajarme. Espero que alguno de ustedes sepa guiarme hasta allí. Con suavidad, si entienden que necesito que sea con suavidad. Con firmeza, si deciden que lo que necesito es firmeza. Esa decisión también se las dejo. Solo les pido que, cuando llegue el momento, me lleven de la mano. O del cuello. Lo que ustedes elijan.

***

Sé que estoy diciendo muchas cosas para ser mi primer día. Quizá demasiadas. Pero llevo tanto tiempo callándomelas que ahora que abrí la boca no consigo parar. Es como si cada frase me quitara un peso y a la vez me pusiera otro encima, uno más dulce, el peso de saber que ya no hay vuelta atrás.

Por eso, como es mi primera vez siendo de ustedes, les ruego una cosa: empiecen con calma. No me abrumen todavía. Ordénenme algo pequeño, algo que pueda cumplir mañana mismo después de mi reto de la ropa, algo que me haga sentir su presencia sin que el miedo me paralice otra vez. Un gesto. Una prenda que deba ponerme o quitarme. Una palabra que tenga que repetir en silencio durante el día. Lo que sea, mientras venga de ustedes.

Quiero acostumbrarme poco a poco al sabor de obedecer. Quiero que cada orden cumplida me deje un poco más lista para la siguiente. Y quiero, sobre todo, sentir que no estoy sola en esto, que detrás de la pantalla hay alguien que piensa en mí, que decide por mí, que me espera de vuelta para escuchar cómo lo hice.

Esta noche apenas voy a dormir. Lo sé. Voy a mirar el techo imaginando el pasillo de mañana, la tela rozándome, mi secreto guardado entre las piernas mientras alguien me pregunta una tontería sobre los apuntes. Y voy a sonreír por dentro, porque por primera vez en mi vida estaré haciendo algo de verdad. Algo mío. Algo de ustedes.

Mañana vuelvo. Y les juro que vuelvo con todo: cómo me sentí al salir de casa así, si me sonrojé, si las piernas me temblaban, si tuve que pararme en algún momento a respirar. No me voy a guardar nada. No quiero guardarme nada.

Estoy lista para empezar a obedecer. Estoy lista para ser de ustedes.

Espero sus órdenes, mis amos.

Con sumisión y humedad,
Renata.

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Comentarios (5)

Roxana_M

Me encanto, tiene algo que te atrapa desde el titulo. Espero que haya continuacion!!

Dante_cba

tremendo arranque. el solo excerpt ya te deja con ganas de leer mas

MiradorFiel

Esa mezcla de miedo y excitacion que transmite es increible, se siente muy real. Buen relato

curiosa_del_sur

Y como te fue al dia siguiente?? quede con ganas de saber jajaja, por favor contanos

Maru_09

Lo psicologico es lo que mas me gusto, no es solo el acto sino todo lo que implica. Muy bien logrado

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