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Relatos Ardientes

Cuarenta y ocho horas bajo sus órdenes

Irene colocó el último plato en el escurridor y se secó las manos en el paño de la cocina. Miró el reloj del microondas: las once y veinte. Los críos habían salido a las nueve con la abuela, que se los llevaba a la casa del pueblo hasta el domingo por la tarde. Cuarenta y ocho horas. Hizo el cálculo despacio, casi con avaricia, como quien guarda un billete en el bolsillo y comprueba que sigue ahí.

Encontró a Andrés en el salón, hundido en el sofá con el móvil en una mano y la televisión encendida en algo que no estaba mirando. Levantó la vista cuando ella apareció en el umbral.

—¿Qué haces?

—Nada. Mirando tonterías.

Irene se apoyó en el marco de la puerta y lo observó un momento. Llevaba un pantalón de chándal descolorido y una camiseta con una mancha de café en el pecho. No se había afeitado y tampoco se había duchado desde el día anterior. Nada de aquello le molestaba. Al contrario.

—Ven aquí.

Andrés dejó el teléfono sobre la mesita y se levantó. No preguntó para qué. Cruzó el salón y se detuvo a un paso de ella, con los brazos colgando, esperando. Irene lo recorrió de arriba abajo sin disimulo: las canas que le ganaban terreno en las sienes, la tripa que había empezado a asomar pasados los cuarenta, las zapatillas de andar por casa con el talón pisado.

—Desnúdate.

Él obedeció sin prisa, porque sabía que la prisa la irritaba. Primero la camiseta, luego el pantalón, después los calzoncillos. Se quedó de pie en mitad del salón, las manos a los costados, sin intentar taparse. Irene no se movió. Dejó que el silencio se estirara hasta que él tuvo que respirar hondo para soportarlo.

—A ver si te has afeitado en condiciones.

Se acercó y le pasó la mano por la barbilla, por el cuello, bajó hacia el pecho. Lo tocó como quien examina una pieza antes de decidir si la compra. Los dedos se demoraron en el ombligo, siguieron descendiendo, rodearon el miembro sin llegar a agarrarlo y se cerraron un instante sobre los testículos. Andrés contuvo el aire cuando ella apretó.

—Te has dejado pelo aquí.

—Lo siento. Se me pasó.

—Se te pasa todo. Eres un inútil.

La palabra cayó sin énfasis, como una constatación del tiempo o de la temperatura. Irene soltó y se dio la vuelta.

—Al dormitorio. Y coge una toalla del armario.

Andrés caminó tras ella, desnudo, con la erección creciéndole a cada paso. Sabía que no debía tocarse. Lo sabía de memoria, igual que sabía dónde estaban las toallas y en qué cajón guardaba ella la ropa interior. Entró en la habitación, abrió el armario y eligió la toalla más vieja, la de rayas azules que ya no usaban con las visitas. Irene se había sentado en el borde de la cama con el móvil en la mano, tecleando una respuesta a alguien. Él dobló la toalla, la extendió en el suelo, a los pies de ella, y se arrodilló encima.

Irene terminó de escribir y dejó el teléfono boca abajo en la mesilla. Lo miró un rato largo: arrodillado, las manos sobre los muslos, la cabeza algo inclinada. Hacía años que hacían aquello. No todos los días, ni siquiera todas las semanas. Lo justo para que los dos conocieran los movimientos sin necesidad de explicarlos. Había empezado casi como un juego, una noche cualquiera, y se había ido asentando hasta convertirse en otra cosa, en una verdad doméstica que nadie de fuera habría entendido.

—¿Te gusta estar así?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque me dejas.

Irene soltó una risa corta, casi un resoplido.

—No es que te deje. Es que no sirves para otra cosa.

Andrés tragó saliva. La erección le latía contra el aire.

—Quítame los pantalones.

Él se inclinó y deshizo el nudo flojo del pantalón de estar por casa. Lo bajó con cuidado, tirando de cada pierna para que ella apenas tuviera que levantar las caderas. Las bragas eran de algodón blanco, de las del paquete de tres que se compraban en el supermercado. Tenían la goma de la cintura un poco dada de sí.

—Las bragas también.

Andrés las deslizó hacia abajo. Irene alzó las caderas para ayudarle. La vio entonces: el vello oscuro, los labios cerrados, un olor que reconocía sin pensar. Ella no se había lavado desde por la mañana y a él se le aceleró el pulso precisamente por eso, por la falta de ceremonia, por la naturalidad con que ella se mostraba sin haberse preparado para nadie.

—Empieza.

Andrés se inclinó hacia delante. Apoyó las manos en las rodillas de ella y abrió la boca. El primer contacto fue con el vello, áspero contra la lengua, y enseguida la piel, tibia y salada. Irene se recostó sobre los codos y separó un poco más las piernas.

Él trabajó sin prisa, como le habían enseñado a la fuerza de repetirlo. Lamió los labios externos, abrió camino con la lengua, buscó la entrada. El sabor era intenso, con un fondo amargo que conocía de otras veces. Ella no se movía, no hacía ningún ruido. Solo respiraba, despacio, marcando un ritmo que él tenía que seguir.

—Más abajo.

Andrés bajó la lengua, recorrió el perineo, volvió a subir. Notó cómo la humedad crecía bajo su boca. Irene se movió por primera vez, ajustando la cadera, buscando el ángulo exacto. Cuando él llegó al clítoris, ella le apretó la cabeza entre los muslos.

—Ahí. Pero más suave.

Él obedeció al instante. Círculos pequeños, apenas un roce, la presión justa. Irene cerró los ojos. Su respiración se hizo más honda y más lenta. Las manos de Andrés temblaban contra las rodillas de ella, y no por el esfuerzo.

—Mete un dedo.

La penetró con el dedo corazón sin dejar de lamer. Sintió las paredes internas, el calor, la manera en que ella se cerraba alrededor. Irene empezó a mover las caderas en círculos pequeños, marcando el compás.

—Otro.

Dos dedos ahora. El ritmo se aceleró. Ella jadeó una vez, luego otra, sin levantar la voz. A Andrés le ardía la mandíbula, pero no se detuvo. Sabía perfectamente lo que pasaba si paraba antes de tiempo, sabía el precio de aquel error.

—No pares.

El orgasmo le llegó sin aviso. Irene arqueó la espalda, apretó los muslos con fuerza y soltó un gemido grave, casi un gruñido contenido. Andrés sintió las contracciones alrededor de los dedos y siguió, suavizando el movimiento, acompañándola hasta el final sin perder el contacto.

Cuando ella terminó, se quedó quieta un momento, con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando. Andrés permaneció en su sitio, los dedos todavía dentro, la boca pegada a ella, esperando la orden.

—Ya.

Se separó despacio. La cara le brillaba. Irene se incorporó sobre la cama y lo miró desde arriba.

—¿La tienes dura?

—Sí.

—Pues va a tener que esperar.

Se levantó y fue al baño. Andrés la oyó orinar con la puerta abierta, el chorro contra el agua, el ruido de la cisterna. Cuando volvió, se detuvo delante de él, que seguía de rodillas sobre la toalla.

—Tengo sed —dijo—. Ve a la cocina y tráeme agua.

Andrés se levantó con esfuerzo. Las rodillas le crujieron. Cruzó el pasillo desnudo, abrió el grifo, llenó un vaso y dejó correr el agua hasta que salió fría, porque sabía que ella la quería fría. Cuando regresó, Irene estaba de pie junto a la ventana, asomada a la calle a través de la rendija de la persiana.

—Dámelo.

Bebió la mitad y se lo devolvió.

—Acábalo tú.

Él se bebió el resto. Ella lo observaba con los brazos cruzados.

—¿Sigues empalmado?

—Sí.

—Pobre. A un hombre de verdad ya se le habría bajado.

Andrés bajó la mirada. La erección no cedía. Si acaso, estaba más firme que antes, alimentada por la humillación, por cada palabra que ella elegía con cuidado para colocarla justo donde más dolía y más placer daba a la vez.

—Túmbate en la toalla.

Él obedeció. Se tendió boca arriba, el miembro apuntando al techo, las piernas algo separadas. Irene se acercó y se quedó de pie a su lado, mirándolo como se mira algo que se ha decidido usar.

—¿Sabes lo que voy a hacer?

—No.

—Me voy a mear encima de ti.

Andrés cerró los ojos un segundo. El estómago se le encogió, mitad rechazo, mitad anticipación, las dos cosas tan mezcladas que ya no sabía separarlas.

—Mírame.

Abrió los ojos. Irene se había acercado más, con una pierna a cada lado de su cuerpo. El vello de su entrepierna seguía húmedo de la saliva de él.

—¿Te gusta?

—Sí.

—Dilo.

—Me gusta que me mees encima.

—Eres un guarro.

Lo dijo casi con ternura, y esa ternura fue lo que más lo desarmó. Irene flexionó un poco las rodillas. Andrés vio cómo se abrían los labios antes de sentir nada. El primer chorro fue un hilo fino y caliente que le cruzó el pecho. Después el flujo se hizo más denso, mojándole el vientre, el vello, el miembro erecto. El olor llenó el dormitorio, fuerte y dulzón, cerrado.

Ella se desplazó hacia delante. El chorro le subió por el cuello hasta la barbilla, hasta la boca. Andrés la abrió sin que se lo ordenara y tragó lo que pudo. El resto le resbaló por las mejillas, por las orejas, hasta el pelo.

—No te muevas.

Él se quedó inmóvil, empapado, con la boca entreabierta y el sabor de ella ocupándolo entero. Irene se apartó, se miró las piernas, donde un par de gotas le habían salpicado, y chasqueó la lengua.

—Me voy a duchar. Tú quédate ahí.

Salió del cuarto. Andrés oyó abrirse el agua de la ducha al otro lado del pasillo. Se quedó en el suelo, sobre la toalla calada, el cuerpo temblando entre la excitación y el frío que empezaba a entrarle. El miembro seguía duro, rojo, latiendo a un ritmo propio que él no controlaba.

***

Cuando Irene volvió, veinte minutos más tarde, con el pelo mojado y una bata cerrada hasta el cuello, él continuaba en la misma postura. El líquido se había enfriado y empezaba a secársele tirante sobre la piel.

—Vete a duchar tú. Y luego haces la comida.

Andrés se incorporó con dificultad. Las piernas se le habían dormido y le hormigueaban al moverse.

—¿Puedo…?

—¿Qué?

—¿Puedo correrme?

Irene lo miró. La erección seguía allí, terca, ajena a todo lo demás.

—Hazlo tú. Yo no pienso ayudarte.

Él se llevó la mano al miembro. Tres movimientos, cuatro. El orgasmo le llegó rápido, intenso, casi doloroso de tan acumulado. El semen le cayó sobre el vientre y se mezcló con los restos secos. Jadeó un par de veces y se quedó quieto, vacío al fin, con la respiración entrecortada.

Irene lo observó todo desde arriba, sin un gesto.

—Venga, a la ducha de una vez. Tengo hambre.

Se dio la vuelta y salió del dormitorio. Andrés se quedó un momento más sobre la toalla, mirando una grieta del techo que llevaba años prometiendo arreglar. Le dolía el cuerpo. La cabeza, en cambio, le flotaba en una calma rara, limpia, como si alguien le hubiera quitado un peso que ni sabía que cargaba durante toda la semana, en la oficina, en las reuniones, en las decisiones que tomaba mientras otros lo miraban esperando respuestas.

Pensó en las horas que quedaban por delante. La comida, la siesta, la tarde entera, la noche, el domingo completo hasta que volvieran los niños. Cuarenta y ocho horas, se dijo, y el número ya no le pareció una cuenta atrás, sino un regalo. Se levantó despacio y caminó hacia el baño, ligero, dispuesto a obedecer todo lo que ella decidiera pedirle a continuación.

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Comentarios (5)

Mafe_lect

Que bueno!!! me tenia al borde del asiento desde la primera linea hasta el final

Marcelo_BA

Lo que mas me gusto es el giro de roles despues de tantos años juntos. Se siente creible y eso lo hace mucho mas interesante que otros relatos del genero.

PatyQuilmes

Por favor que haya segunda parte! Me quede con ganas de saber como termino cada hora de ese fin de semana

DominioFan88

Increible relato, de los mejores que lei aca en mucho tiempo

CuriosaNoche

Me recuerda algo que probe una vez con mi pareja, nunca llegamos tan lejos jaja pero la idea estuvo. Lo sacaste de algo real?

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