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Relatos Ardientes

La residencia donde aprendí a obedecer

Llevaba cinco meses en Lyon cuando entendí que había venido aquí a perderme, no a empezar de nuevo. Pero eso lo supe demasiado tarde.

Me llamo Lorena, tengo treinta y seis años y soy fisioterapeuta. Cerré mi piso de Zaragoza una mañana de invierno, metí dos maletas en el tren y crucé la frontera sin mirar atrás. No huía de nada concreto. Solo necesitaba caras nuevas, calles que no me recordaran a nadie, un idioma que me obligara a estar presente.

Terminé en la Résidence Montclair, una residencia de ancianos que parecía un hotel de cinco estrellas: suites con vistas a los jardines, manteles de lino, gente que había mandado toda su vida y no pensaba dejar de hacerlo por estar vieja. Al principio me intimidó. Me miraban como a la chica nueva del servicio, no como a la profesional titulada que era. Ni siquiera mi pelo teñido de azul eléctrico les alteraba la cara.

Mi trabajo era ir de suite en suite con la camilla portátil, los aceites y las manos. Masajes profundos, movilizaciones, estiramientos sobre cuerpos cansados. Me gustaba sentir que ayudaba. Hasta que apareció él.

Monsieur Aubert tenía ochenta y dos años y una elegancia que no se compra con dinero. Alto, encorvado, el pelo blanco siempre peinado, leyendo el periódico junto a la ventana. El primer día me llamó «mademoiselle» con una voz tranquila, casi cariñosa, y me preguntó si era nueva. Desde entonces, cada vez que pasaba por su puerta me paraba un segundo. Era de los pocos que me trataba como persona y no como empleada.

También estaba Camille. Enfermera de planta, delgada, desgarbada, con una risa contagiosa y una lengua rapidísima. Se sentó a mi lado en la sala de personal sin pedir permiso y me dijo que parecía sacada de un cómic. Se convirtió en mi única amiga de verdad en esa ciudad enorme. Me enseñaba palabrotas en francés y me arrastraba a bares cutres del barrio. Confié en ella desde el primer café malo de máquina. Ese fue mi error.

***

Las sesiones con Monsieur Aubert se multiplicaron. De una por semana pasaron a tres, a veces cuatro. «Rigidez en los hombros», decía el parte médico. Y yo, la nueva, era la que más tiempo pasaba con él. No me importaba. Al contrario.

Llegaba puntual, despacio, en bata de seda y, desde cierto día, sin nada debajo. Una toalla blanca alrededor de la cintura era lo único que lo cubría. Y cuando se movía, la toalla resbalaba lo suficiente para que yo lo viera todo. Y todo, en su caso, era mucho.

No lo miraba fijamente. Pero era imposible no notarlo. Su cuerpo ya no era el de un hombre joven, claro: la piel floja, las manchas del tiempo. Y entre las piernas, pesado, grueso, más grande de lo que esperaba para un hombre de su edad, colgaba algo que aún conservaba el eco de lo que fue. Me sorprendí fantaseando con cómo habría sido en plena madurez. Y me asustó descubrir que la idea no me molestaba.

Él hablaba mientras yo trabajaba. Me contaba sus años al frente de una empresa textil, los viajes a Milán, las cenas con políticos que ahora salían en los libros.

—En aquella época las mujeres se volvían locas por un hombre con poder —decía, riendo bajito—. Y yo tenía mucho poder, hija mía.

Una tarde, arrodillada en el suelo con su pierna sobre mi hombro, la toalla se abrió más de lo habitual. No dije nada. Y él lo notó. Siguió hablando de un viaje a Japón como si nada, mientras mis ojos se quedaban clavados donde no debían y un calor extraño se instalaba entre mis piernas. Aparté la mirada, terminé la sesión. Al despedirme, me cogió la mano un segundo de más.

—Gracias, Lorena. Eres la única que me hace sentir que aún tengo cuerpo.

Salí al pasillo con el corazón acelerado, sin entender qué me pasaba.

***

El día del accidente lo noté raro desde que entré. De pie junto a la ventana, inquieto, la voz más ronca de lo normal. La nueva medicación, dijo, lo tenía revuelto por dentro. Lo ayudé a tumbarse y empecé por el torso. Cada pocos segundos se tensaba.

Y entonces lo vi. Bajo la toalla, una protuberancia evidente. No una erección completa, pero sí el contorno grueso marcándose contra la tela. Volvió el calor a mis mejillas, a mis pezones, que se dibujaron contra la camisa. Seguí, bajé a las piernas, y mi mirada se perdía una y otra vez en lo que la toalla apenas escondía. Hasta que nuestros ojos se cruzaron y supo que yo miraba.

—Lorena… —dijo con voz baja—. No aguanto. La medicación… necesito el baño, no sé si llego.

—Tranquilo, lo incorporo despacio.

Me puse delante de él para ayudarlo a levantarse. La toalla cayó al suelo. Y entonces empezó a orinar, sin control, y el chorro me golpeó en el pecho. La sorpresa me hizo caer de culo, sentada frente a él, con las piernas abiertas. Recibí todo lo demás en la cara, en la boca. Un sabor salado, amargo, invadiéndome sin aviso.

Fueron segundos eternos. Yo en shock, bloqueada, dejando que aquella lluvia caliente me empapara entera, mientras el anciano me miraba desde arriba sin apartar la vista ni desviar el chorro. No había vergüenza en sus ojos. Había algo más oscuro, casi hambriento. Y lo peor fue lo que sentí entre las piernas: no asco, sino calor.

—Lo siento —murmuró al fin—. No pude… las pastillas.

Me levanté temblando, cogí una toalla limpia, lo sequé a él con movimientos mecánicos y luego a mí. La camisa, transparente, pegada, los pezones duros como piedras. Él no apartaba la vista.

Esa noche, en mi cama, sin quitarme la ropa de calle, metí la mano dentro de las bragas. Estaba empapada. Me toqué recordando el impacto en la cara, su mirada desde arriba. Me corrí con un gemido ahogado que resonó en el piso vacío, con lágrimas en los ojos. Yo, que nunca había dejado que nadie me dominara, acababa de correrme pensando en un viejo que se había meado sobre mí mientras yo no hacía nada por evitarlo.

***

Al día siguiente volví. Tenía que demostrarle que no me había asustado. Él se disculpó, avergonzado, hablando de las malditas pastillas y del miedo a perder el control. Y luego bajó la voz.

—Esto debe quedar entre nosotros. Solo tú y yo. ¿Puedo confiar en ti?

—Claro que puede —respondí, y mi voz salió más baja de lo que pretendía.

Aquella frase —«esto debe quedar entre nosotros»— se me clavó dentro. En el vestuario, encerrada en el baño, me toqué de pie contra la pared y me corrí en menos de un minuto. Sabía que debía pedir el cambio de paciente. Sabía que no lo iba a hacer.

***

Esa semana Camille me sacó de copas a un bar irlandés del Vieux Lyon. Con varias cervezas encima, la conversación viró hacia lo escabroso, como siempre con ella.

—Venga, momento confesión —dijo—. ¿Ningún abuelo te ha dado guerra? No me digas que ninguno ha querido meterte mano.

Me reí, roja como un tomate. Y entonces ella bajó la voz y me contó su secreto: en otra residencia, años atrás, un anciano viudo y elegante le había suplicado que se la chupara. Y ella lo hizo. Se arrodilló y se la metió en la boca, y él se corrió en menos de un minuto, obligándola a tragárselo todo.

—Después me sentí fatal —dijo, con una sonrisa—. Pero también me dio un morbo que no te puedes imaginar. Nunca se lo conté a nadie.

La imagen de Monsieur Aubert me golpeó en la cabeza: su miembro, mi boca cerca, la toalla caída. El calor me subió hasta las orejas. No supe entonces que aquella confesión no era una anécdota. Era un anzuelo. Y yo lo mordí. Al despedirse, Camille me besó en los labios y me dijo que algún día tendría que confesarle todos mis pecados.

***

A partir de ahí, las sesiones dejaron de ser terapia. Monsieur Aubert ya me esperaba desnudo, la polla descansando pesada sobre el muslo, y yo fingía no mirar mientras mis ojos se desviaban solos. Empezó con preguntas que parecían inocentes y no lo eran.

—¿Cómo me imaginas que era en la cama, Lorena?

—No pienso en eso —mentí.

—Mientes. Lo veo en tus ojos. Dime.

Y obedecí. Le dije que lo imaginaba dominando, mandando. Él sonrió, triunfal.

—Acertaste. A las mujeres les gustaba que las hiciera sentir pequeñas, vulnerables… pero deseadas. Ahora quítate la camisa. Solo la camisa. Quiero ver si tenía razón.

Quería decir que no. Quería salir corriendo. Pero mis manos, traicioneras, subieron a los botones. La tela cayó al suelo. Me quité también el top, y mis pechos quedaron expuestos ante él, los pezones ya duros, erguidos, imposibles de esconder.

—Preciosas —murmuró—. Y mira cómo están. ¿Te excita que un viejo te mire así?

No contesté. Extendió la mano, pellizcó un pezón, tiró hasta que dolió. Gemí sin querer. Acercó la boca, lamió, succionó, mordió, mientras mis manos se enredaban en su pelo blanco sin saber si apartarlo o apretarlo. Me corrí de pie, temblando entera, solo con su boca en mis tetas y su voz susurrando contra la piel: «Buena chica. Eres mía ahora».

—Esto no puede seguir así —dije después, con la voz rota.

—Puede. Y seguirá. Porque los dos lo queremos.

Tenía razón. Volví. Y a la siguiente me hizo desnudarme entera, subirme a la cama y sentarme sobre su cara. Me lamió hasta que me corrí encadenando orgasmos, mientras me describía cómo me imaginaba follada por otros hombres, de rodillas, marcada como suya. Cada palabra debería haberme repugnado. Cada palabra me mojaba más.

***

Dos días después llegó un mensaje de la residencia: Monsieur Aubert había sufrido una crisis y pedía que fuera a tratarlo a su casa, en las afueras. Era urgente. Sabía que era una trampa. Sabía que me llamaba a su terreno, a un sitio donde él lo controlaba todo y yo nada. Y aun así cogí el tren.

La casa era una mansión antigua, con verja de hierro y jardín cuidado. Toqué el timbre y me quedé helada: me abrió Camille.

—Pasa, Lorena. Te estábamos esperando.

Su sonrisa no era la de siempre. Era fría, calculada. En el salón, junto a la chimenea encendida, estaba Monsieur Aubert en su bata de seda.

—Soy su nieta —dijo Camille a mi espalda, la mano firme sobre mi hombro—. Bastarda, pero nieta. Todo lo que te conté en el bar era verdad. Pero era una prueba, para ver si mordías el anzuelo. Y mordiste fuerte.

El salón empezó a dar vueltas. El anciano se levantó apoyado en el bastón.

—Ahora estás en mi casa. Sin testigos. Y vas a hacer exactamente lo que nosotros queramos. Los tres.

—Desnúdate —susurró Camille en mi oído—. Delante de mi abuelo y de mí.

Intenté negarme. Pero mis manos ya estaban quitándome la ropa. Quedé desnuda en medio del salón, la luz de la chimenea reflejándose en mi piel, los pezones duros, el coño mojado traicionándome una vez más. Camille me besó con una lengua exigente, me sobó las tetas, me arañó los muslos, y cuando intenté responder me tiró del pelo.

—Tranquila, zorrita. Va a haber tiempo para todo.

Me tumbó sobre una mesa baja de madera. El abuelo se sentó en una silla junto a mí.

—Mi nieta va a hacer lo que yo ya no puedo con este cuerpo viejo. Va a someterte como yo siempre he soñado.

Camille se desnudó, los piercings brillando en sus pezones, y se abalanzó sobre mí. Me comió las tetas, hundió los dedos en mi coño, me lamió hasta dejarme al borde. Yo miraba al anciano mirarnos, la bata abierta, una mano tratando de despertar aquel trozo de carne dormido.

—¿Estás lista para que te follen de verdad? —preguntó ella.

Se separó un instante y volvió con un arnés atado a la cintura: una polla negra, ancha, monstruosa. Supliqué que no, intenté cerrar las piernas, pero ella me forzó los muslos, escupió sobre el falo y empujó de golpe. Grité. El dolor se transformó en un placer húmedo, visceral, mientras me follaba sobre la mesa y yo me retorcía ensartada, incapaz de articular palabra. Me corrí en un orgasmo bestial justo cuando me la clavó entera y se tiró a morderme los pezones.

Caí de la mesa, a los pies de Monsieur Aubert, temblando. Camille ayudó al anciano a incorporarse. Él se acercó, la polla en la mano.

—Has sido mi mejor regalo. Y mientras pueda, voy a disfrutarte cuando y como quiera.

Y entonces volvió a cubrirme con una lluvia caliente: la cara, las tetas, el coño abierto que apenas podía cerrarse. Yo me retorcía en el suelo, a su merced, suya por completo. Su zorrita.

***

Ha pasado casi un año desde aquella noche en la mansión.

Los encuentros se repitieron, hasta que una mañana encontraron a Monsieur Aubert muerto en su cama. Un infarto, dijeron. Presenté mi renuncia al día siguiente. «Motivos personales.» Nadie preguntó. Ni siquiera Camille, a la que no volví a ver. Lyon se cerró detrás de mí como una puerta que no quise volver a abrir.

No regresé a Zaragoza. Me fui a Barcelona, a un piso del Raval, a una residencia modesta de barrio. Ancianos normales, achaques normales, miradas de agradecimiento y no de hambre. Me corté el pelo muy corto y lo teñí de negro azabache, como si quisiera arrancarme el azul que había simbolizado mi falso reinicio.

Ahora me miro al espejo y veo a otra. Más dura. Más callada. Pero hay una marca que no se quita con tinte ni con tijeras. Un tatuaje, en la ingle, donde la piel es más suave y depilada, en letra cursiva elegante: «Camille Aubert». Me lo hizo ella misma, en una de aquellas sesiones, atándome mientras yo lloraba y suplicaba, mientras el abuelo observaba desde su sillón masturbándose despacio. «Un bonito recuerdo», me susurró al terminar.

Hay noches en que estoy sola y mis dedos rozan el tatuaje. La piel todavía se eriza. Y vuelven las imágenes: sus lenguas, sus dedos, las palabras sucias del anciano, los orgasmos que me rompían entera delante de ellos. Me corro siempre. Con rabia. Con placer. Con lágrimas.

Y después releo la última carta que me llegó de ella, breve, concisa:

«Al final conseguí que al abuelo se le pusiera dura. Todas las sesiones contigo dieron resultado. Se la comí con pasión y dejé que me llenara la boca mientras susurraba tu nombre. Murió así, zorrita. Te quiero.»

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Comentarios (5)

Oscuro32

increible, me tuvo pegado hasta la ultima linea sin poder soltar el celular. Muy bien logrado

NocheEnRosa

Por favor seguí con esto!! Quedé con tantas ganas de saber que pasó despues...

lucia_sin_nombre

Me encanto la forma en que lo contaste, se nota que entendés bien como funciona esa dinámica. Muy bien escrito, sin ser burdo

EscritaEnSombra

jajaja el momento de la toalla es un clasico pero acá lo contaste de un modo que se sintio completamente distinto. Tremendo

IvánNoche

Uno de los mejores de esta categoria que lei en mucho tiempo. El ambiente que lograste crear desde el principio es brutal, se siente la tension en cada parrafo. Mas así por favor!

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