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Relatos Ardientes

Las reglas que aceptó al cruzar mi puerta

Marina se quedó inmóvil frente a ti, con el bolso apretado contra el pecho como si fuera el último resto de su dignidad. Te preguntó dónde debía poner sus cosas. No le respondiste. En lugar de eso le hiciste una seña corta, imperativa, para que te siguiera por el pasillo.

Ella caminó detrás de ti escuchando el eco de sus propios pasos sobre el suelo de madera. Era una marcha silenciosa hacia algo que todavía no terminaba de entender. Cuando entraron en la habitación, el espacio la intimidó: la cama enorme perfectamente tendida, el aroma a sándalo y a algo que solo podía llamarse autoridad, y esa luz tenue diseñada para desnudar verdades antes que cuerpos.

—Es aquí —dijiste con voz fría, cerrando la puerta a sus espaldas.

El clic del seguro la hizo estremecerse. Lo notaste en sus hombros, en la forma en que apretó un poco más el bolso.

—Deja eso en el suelo —ordenaste—. Y acércate.

Marina dio dos pasos cortos y se detuvo a un brazo de distancia, como si esa franja de aire la protegiera de algo. La estudiaste sin disimulo. Tenía la mandíbula tensa, los nudillos blancos sobre la correa del bolso, y aun así sostenía la barbilla en alto. Esa mezcla de miedo y orgullo era exactamente lo que habías visto en ella la primera vez. Era lo que te había hecho elegirla.

Marina obedeció acortando la distancia, moviéndose como una autómata. Te detuviste frente a ella y, sin pedir permiso, tus manos subieron a los botones de su blusa. Mientras el primero cedía, empezaste a dictarle la estructura de su nueva existencia, sin prisa, como quien lee un contrato en voz alta.

—Escúchame bien. Aquí no te va a faltar nada. Yo pago cada cuenta de esta casa y me encargo de que la despensa esté siempre llena. Tú preparas los desayunos cada mañana. El almuerzo lo resuelves con el dinero que te doy, y de la cena me ocupo yo. Los fines de semana cocinas las tres comidas para los dos y mantienes todo en orden.

Deslizaste la blusa por sus hombros. Ella cerró los ojos al sentir el aire frío sobre la piel. La dualidad la torturaba: sabía que no pasaría necesidades, pero el precio empezaba a hacerse visible, prenda por prenda.

—Durante el día eres libre —continuaste—. Sal con Sofía, haz planes con tus amigas, habla con quien quieras y en el tono que quieras. No voy a revisarte el teléfono ni a contar tus pasos. Los fines de semana también puedes hacer lo que se te antoje. Pero a las nueve de la noche el mundo exterior se acaba.

—Marina —dijiste su nombre despacio, para que entendiera que no era una sugerencia—. A las nueve estás aquí, sin falta. La única excepción es que viajes a otra ciudad a ver a tus padres, o que me pidas permiso y yo te lo conceda. Una vez que cruzas esa puerta a esa hora, estás completamente dispuesta para mí. Haces lo que yo te pida, de la forma en que te lo pida, sin discutir. Sin oponerte a nada.

Marina levantó la vista. En sus ojos verdes brillaba una chispa de rabia y de orgullo herido mientras terminabas de bajarle el pantalón.

—Así que ese es el juego —dijo con la voz temblorosa, cargada de amargura—. Me regala el sol para que crea que soy libre. Para que pueda salir con Sofía, hacer mis cosas, reírme con quien quiera. Pero en cuanto oscurece tengo que volver a pagar mi deuda en esta habitación. Me da el día entero para que el precio de la noche me duela más. ¿Es eso?

Ignoraste el comentario por completo. El silencio fue tu respuesta, y ese silencio le ensució un poco más el orgullo. Terminaste de desnudarla y la dejaste de pie junto al borde de la cama.

Al verla así confirmaste lo que ya sospechabas. Marina tenía una belleza rotunda, carnal, nada que ver con la fragilidad de las revistas. No le sobraba nada y tampoco le faltaba: una complexión provocativa, de curvas reales bien repartidas. La piel clara, casi de porcelana, contrastaba con su cabello castaño oscuro. Los pechos firmes y llenos coronados por unos pezones rosados que ya se le habían endurecido de puro frío y humillación, las caderas anchas que bajaban hacia unos muslos torneados de salud vibrante. Entre las piernas, el coño rasurado, apenas cubierto por una franja de vello oscuro, se le veía apretado y limpio, expuesto a tu mirada como una ofrenda que ella no había decidido dar.

Empezaste a jugar con ella sin apuro, recorriéndole el cuerpo con las manos, midiendo cada reacción. Le rozaste primero la clavícula, después el costado, descendiendo despacio para que la espera pesara más que el contacto. La sentías contener el aire cada vez que tus dedos cambiaban de rumbo.

Le succionaste un pezón con fuerza, marcando territorio, tirando con los dientes hasta arrancarle un gemido corto que ella intentó tragarse. Le pasaste la lengua alrededor de la aureola, chupando ruidoso, mientras la otra mano descendía entre sus piernas y comenzaba a tocarla con una técnica que no admitía dudas. Le abriste los labios del coño con dos dedos y le pasaste el pulgar por el clítoris, en círculos lentos, apretando lo justo para que ella tuviera que morderse el labio inferior para no gritar. Marina apretó los dientes. Intentó pensar en cualquier cosa, en la calle, en Sofía, en la conversación que tendría con ella al día siguiente fingiendo que nada de esto ocurría. No le sirvió de nada.

Marina se retorció. Su mente intentaba sostener el rechazo, pero su cuerpo la traicionaba: empezó a humedecerse en cuestión de segundos y notaste cómo tu mano se le empapaba, cómo el jugo empezaba a resbalarle por la cara interna del muslo. La respiración se le volvió un jadeo pesado. Metiste un dedo, muy despacio, sintiendo la resistencia inicial y después el modo en que el coño se le cerraba, caliente y elástico, alrededor del nudillo. Metiste el segundo. Los curvaste hacia arriba, buscando ese punto que la haría rendirse, y lo encontraste enseguida por el modo en que ella dio un tirón, mordiéndose la mano para no gritar. Estaba excitada, visiblemente, aunque sus ojos seguían librando una guerra contra el placer.

—Voy a ser bueno contigo —le susurraste al oído, deteniendo un segundo el movimiento pero sin sacarle los dedos, dejándolos clavados dentro para que sintiera el peso de tu mano ahí—. Te voy a dejar elegir una sola cosa. Dime ahora qué es lo que no estás dispuesta a hacer, qué no aceptas en la cama. Si tienes varias, lo lamento: solo te permito una, y te la voy a respetar siempre que yo la considere razonable. Si no la acepto, lo haces igual o el trato se termina aquí mismo.

Marina se quedó sin aliento. Sintió esa punzada contradictoria entre la gratitud por la supuesta bondad y el asco por la situación entera. Con la urgencia de proteger lo único que sentía verdaderamente suyo, eligió rápido.

—No quiero a nadie más —logró decir—. Solo usted y yo en esta habitación. Sin espectadores. Sin que nadie más me vea.

Concediste. Pero le advertiste, con la misma calma, que grabarías para tu consumo privado. Ella tragó saliva y no respondió.

Retomaste el movimiento con más intensidad. Sacaste los dedos, ya brillantes, y se los pasaste por los labios de la boca para que se probara antes de volver a bajar. Volviste a hundírselos, esta vez tres, con el pulgar apretando el clítoris de arriba, follándola con la mano a un ritmo que ella no podía seguir sin gemir. Los dedos entraban y salían con un sonido húmedo, obsceno, que llenaba la habitación. Sus dedos se clavaron en el edredón, la espalda se le arqueó sola, contra su voluntad, las tetas se le sacudían con cada embestida de tu muñeca.

—Dime, Marina —insististe sin frenar, acelerando—. ¿Qué eres para mí a partir de hoy? ¿Qué significa que vivas bajo este techo?

—Soy... —la voz se le quebró por la intensidad, con las lágrimas cayéndole por las mejillas—. Soy suya. Soy suya para que me use a las nueve. ¡Soy suya!

En ese instante el orgasmo la atravesó con una violencia devastadora. El coño se le contrajo alrededor de tus dedos en espasmos duros, mojándote la mano hasta la muñeca, y ella gritó de una manera ronca, animal, que no reconoció como propia. Se sintió asqueada de su propio placer, con el orgullo arruinado por haber gritado de gozo justo mientras entregaba su voluntad. Se quedó vacía, sollozando en silencio, temblando sobre el colchón, con los muslos todavía brillantes de su propia humedad.

***

—Ahora es tu turno —dijiste, sentándote contra la cabecera—. Quiero que me mames la polla y que me hagas correr en tu boca. Ven. Quítame el pantalón y haz tu trabajo.

Marina se arrastró por la cama y se arrodilló frente a ti. Las manos le temblaban al deshacerte el cinturón. En su cabeza el pánico crecía a cada segundo. Siempre había odiado el sexo oral. Con sus parejas anteriores lo hacía con desgano y jamás había permitido que terminaran en su boca.

Cuando te bajó el pantalón y vio lo que tenía delante, el arrepentimiento la quemó por dentro. Tu verga estaba dura, gruesa, marcada por una vena que le recorría toda la extensión, y la punta hinchada le apuntaba directo a la cara. No era solo el momento: era pensar que más adelante tendría que recibir todo aquello también dentro de ella, abriéndose paso por su coño apretado hasta el fondo.

Debí usar mi única opción para prohibir justo esto, pensó, desesperada. ¿Cómo voy a poder? Me voy a ahogar. Y va a terminar en mi boca.

—Nunca dejé que nadie se corriera dentro de mi boca —suplicó, con la mirada empañada—. Por favor.

—Regla número tres, Marina —respondiste sin inmutarte—. Sin discutir. Abre.

Se inclinó, derrotada. Antes de empezar tomó aire por la nariz, como quien se prepara para sumergirse, y ese gesto pequeño te confirmó hasta qué punto le costaba. Le pasaste la punta de la verga por los labios, embarrándoselos con la humedad que ya te brotaba, y ella los entreabrió a la fuerza. Sus labios te rodearon despacio y el esfuerzo por abarcar el grosor la obligó a abrir la mandíbula al máximo. La lengua le tembló contra el glande cuando entraste el primer par de centímetros.

—Más adentro —le ordenaste, apoyando la mano en su nuca—. No me la chupes con miedo. Mámamela como se debe.

La sostuviste del cabello castaño, marcando tú el ritmo, profundo y constante, para que no escapara. Se la fuiste metiendo poco a poco, viendo cómo su boca se estiraba alrededor del tronco, cómo la saliva empezaba a escapársele por las comisuras y a caerle en hilos hasta las tetas. Cuando le llegaste al fondo de la garganta, ella dio una arcada seca, y esa arcada te apretó la polla de una forma que casi te hace terminar ahí mismo. No la soltaste. La mantuviste clavada un segundo más, escuchándola gemir ahogada alrededor de tu verga, antes de sacártela un poco para que respirara.

No la apuraste ni la soltaste: la mantuviste exactamente donde querías durante un largo rato, escuchando su respiración entrecortada chocar contra tu piel, follándole la boca con embestidas lentas al principio y después cada vez más profundas. La obligaste a chuparte los huevos también, uno por uno, mientras tú te acariciabas la polla mojada de saliva por encima de su cara. Cada vez que intentaba retroceder para tomar aire, la dejabas hacerlo solo lo justo, y después volvías a guiarla hacia donde tú decidías, empujándole la cabeza hacia abajo hasta que la nariz le chocaba contra tu pubis. Las lágrimas le corrían mezcladas con el maquillaje corrido y con los hilos de saliva, y sin que dejara de obedecer, y esa obediencia húmeda, rendida, con la boca hecha un desastre baboso alrededor de tu verga, valía más que cualquier palabra que pudiera decirte.

Cuando sentiste que estabas al borde, aceleraste el ritmo. Le agarraste la cabeza con las dos manos y le follaste la boca sin miramientos, oyéndola gemir y ahogarse a la vez.

—Trágatelo todo —le gruñiste—. Ni una gota afuera.

Cuando finalmente terminaste, lo hiciste sin avisar. Le vaciaste el primer chorro directo contra el fondo de la garganta, caliente y espeso, y ella cerró los ojos y tragó con un sollozo ahogado. El segundo se lo dejaste en la lengua, para que sintiera el sabor. El tercero se le escapó por la comisura y le corrió por la barbilla. La mantuviste ahí, con la polla todavía dentro, hasta que sentiste su lengua limpiándote la punta con la última gota. Recibió el sello final de tu dominio sobre ella. No protestó. Ya no le quedaban fuerzas para hacerlo.

Se quedó arrodillada, con un hilo brillante en la comisura de los labios y la mirada perdida en algún punto del edredón. La habitación entera olía a sándalo y a rendición, y también a semen tibio y a coño mojado.

—He cumplido —susurró con la voz ronca, casi inaudible—. ¿Ahora... ahora puedo descansar?

La miraste un momento largo, sin contestar de inmediato. Te gustaba ese silencio, esa espera que la obligaba a sostener la pregunta en el aire, sabiendo que la respuesta no le pertenecía a ella. Le pertenecía a las reglas. Y las reglas, a partir de esa noche, las dictabas tú.

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Comentarios(8)

LIBERTO

tremendo relato, me dejo con ganas de mas!!

PatriciadeBA

Dios, que bien escrito. La clausula de las nueve... esa parte me mato. Esperando la segunda parte con ansias.

Seba_lector

Me encanto la tension que se va armando de a poco. No hace falta ser tan explicito para que te ponga, eso es talento. Seguí así.

EliasMdz

Esto me hizo acordar a algo que viví hace un tiempo, nunca lo hubiera contado pero vos lo pusiste en palabras. Genial.

RubiaCuriosa

Y ella sabia desde el principio lo que implicaba? o fue una sorpresa real para ella? me quede pensando en eso jaja

Facu_Cba

excelente!!! segui escribiendo por favor

LindaM_23

Una de las dinamicas mas interesantes que lei en este sitio. La forma en que esta escrito, con esa mezcla de cotidiano y tension... muy bueno. Gracias.

NachoBaires

Se hizo corto, quiero saber que paso despues de las nueve jajaja. Dale con la segunda parte!

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