Mi primera noche como esclava bajo sus normas
Marcos me había mostrado cada rincón de la casa antes de subir a su habitación. La cocina del semisótano, el comedor, las habitaciones diminutas de las otras chicas, el garaje con sus tres vehículos, la mazmorra recién reorganizada. Una bandeja de bocadillos fríos esperaba sobre la cómoda. Tenía hambre, pero no era eso lo que mi cuerpo pedía.
—¿Es ahora cuando me vas a follar por el culo? —pregunté apenas cerró la puerta.
—Eso lo hablaremos —respondió él sin girarse—. Primero te follaré el coño, para que mañana Andrés pueda volver a hacerlo. Después cenaremos. Mañana nos espera un día largo.
Iba a replicar cuando me di cuenta de que no estábamos solos. Camila estaba sobre la cama, con las piernas recogidas y un brillo distinto en los ojos. Sentí una punzada de fastidio que no supe disimular.
—¿Qué hace ella aquí? —solté.
—Follar, espero —respondió Camila con calma—. Y dormir con el Amo. Esta iba a ser mi noche.
—Y lo será —intervino Marcos con un tono que no admitía discusión—. Aunque me extraña que después de haber sido desvirgada hace un rato tengas ganas de más.
—Estoy rota, Amo —reconoció Camila—. Tengo el coño y el culo en carne viva. Pero si quiere usarme, no diré que no.
Marcos soltó una carcajada y se giró hacia mí.
—No hace falta que te sacrifiques, pequeña. Tenemos los agujeros de esta otra puta estúpida.
—¡Yo no…! —empecé a protestar, pero la palma de su mano me cruzó la cara antes de que pudiera terminar la frase.
El bofetón fue seguido de un puñetazo en el abdomen que casi me hizo correrme allí mismo, doblada y sin aire. Después una zancadilla me tiró al suelo.
—Ahora, como el gusano que eres, te arrastrarás por el suelo hasta la cama —ordenó—. Y subirás reptando. ¿Entendido, puta?
Este no es el Marcos que yo creía conocer.
—Sí, Amo.
***
Reptar cinco metros con las manos pegadas a la espalda no es fácil. Mientras tanto, Marcos y Camila se habían tumbado y se besaban con una intensidad que me dolió más que el bofetón. Él le susurraba algo al oído. Ella sonreía. Cuando por fin alcancé la cama y subí trepando como pude, él me detuvo.
—Así no. Al revés.
—¿Cómo?... Amo —corregí con torpeza.
—Con la cabeza hacia los pies de la cama. Y antes, quítame los calcetines.
Hice ademán de usar las manos.
—¡Chst, chst! Eres un reptil, puta. No tienes manos. Camila, enseña a la puta estúpida cómo se hace.
Camila gateó hasta él, mordió el calcetín con los dientes y tiró un par de centímetros antes de soltarlo.
—Suficiente. Puta, pon la cara hacia arriba. Camila, escúpele en la mejilla como pago por tus servicios.
El escupitajo me cayó tibio sobre el pómulo. Camila volvió arrastrándose hacia la cabecera con una sonrisa de niña traviesa. Yo terminé de quitar los calcetines con la boca, los llevé al cesto del baño y volví a subir a la cama. Marcos me ordenó lamerle los pies. Empecé por el empeine. Él me ignoró durante diez minutos enteros, hablando con Camila y soltando insultos lo bastante altos como para que yo los oyera. «Puta estúpida». «Patética». «Mediocre». Cada palabra me ardía más que el bofetón.
Cambié a la planta del pie por iniciativa propia. Después a los dedos, al espacio entre ellos.
—Por fin la puta estúpida empieza a comprender cuál es su función —comentó Marcos.
—Con tiempo será buena, Amo —murmuró Camila.
***
Después tocó otra cosa. Marcos se tumbó boca abajo, con las piernas separadas, y Camila se sentó en el almohadón con las rodillas abiertas.
—Cómeme el culo, puta estúpida. Ya me cansé de tus pies.
—Sí, Amo. Soy tonta y siento haberlo disgustado, señor.
—No quiero que me adules. Quiero que me comas el culo. Literalmente. Camila, demuéstraselo.
Camila gateó, le separó las nalgas con suavidad y pasó la lengua una sola vez por el centro.
—Suficiente. Vuelve a tu sitio. Y tú, hasta que te diga que pares.
Acerqué la cara con reticencia. La primera arcada me atravesó antes incluso de tocarlo. Pero al pasar la lengua descubrí que estaba limpio, recién duchado. Lamí sin convicción, escuchando los insultos cada vez más hirientes hasta que mi lengua se aplicó con verdadera dedicación. Mientras, él comía el coño enrojecido de Camila hasta que un orgasmo estruendoso la sacudió sobre la almohada.
—Bastante mediocre —resumió Marcos cuando me apartó—. Arrodíllense las dos, juntas, mirando hacia el lateral.
***
Lo que vino después no fueron golpes. Fueron palabras, y dolieron más.
—Es obvio que Camila es una sumisa entrenada. Tu desempeño, en cambio, es menos que mediocre. Y no hablemos de la pretensión de ser mi esclava personal.
—Perdón, Amo. No tengo experiencia, pero mejoraré. Castígueme por mis faltas, no me resistiré.
—Que no te resistirás es seguro —replicó—. Pero no pidas lo que no sabes si podrás soportar. Para masoquistas como ustedes hay que buscar otro tipo de castigos, no físicos. De lo contrario el castigo se convierte en recompensa.
Hizo una pausa larga, mirándonos a ambas.
—Quiero dejar claras las normas. Esto es voluntario. Mientras no estén marcadas, pueden renunciar simplemente acercándose y diciéndomelo. Una vez marcadas, retirar la marca será doloroso. A Anastasia le quité la suya con la plancha de la ropa al máximo durante diez minutos. Que les sirva de aviso.
Tragué saliva.
—Empezaremos por el protocolo. Soy un Amo y ustedes no. Me tratarán siempre de usted, en toda situación, salvo que yo indique lo contrario. Cuando estemos solos, o con gente que conozca la relación, me llamarán Amo. Si hay desconocidos, Señor. ¿Está claro, puta estúpida?
—Sí, Amo.
—Su cuerpo ya no es suyo, es mío. Su mente tampoco. Pueden trabajar, pueden ver a su familia, pueden coger con quien yo diga, pero todo bajo mi permiso. Eso significa que pueden ser usadas, insultadas y vejadas en cualquier momento y lugar. No quiero ver malas caras ante un insulto, una humillación o una bronca, ni en privado ni en público. Sonreirán y mostrarán que disfrutan.
—¿Y Andrés, Amo? —pregunté con la voz quebrada.
—De Andrés hablaremos al final de la noche. Ahora hay otra norma importante: no podrán usar ninguna parte de su cuerpo para coger con nadie hasta que yo me haya corrido en ella. Por eso te follaré el coño esta noche, para que mañana puedas estar con Andrés. Pero como mi semen no estará en tu boca ni en tus manos, esas no podrás usarlas con él.
Camila levantó la mano.
—Amo, ¿puedo masturbarme con las manos aunque usted no se haya corrido en ellas?
—Para tu propio placer, sí. Pidiendo permiso primero. Lo que no puedes es masturbar a otra persona con ellas.
***
—Túmbate boca arriba, con las piernas abiertas —me ordenó—. Empezaremos suave: Camila te comerá el coño mientras tú me la pones dura con la boca.
Obedecí. Marcos me ciñó un dispositivo al tobillo. Después me hizo extender los brazos en cruz y luego llevar las manos a mis hombros. Cuando él se arrodilló sobre mis bíceps y antebrazos, mis brazos quedaron completamente inmovilizados. Respiré agitada, mitad por la ansiedad, mitad por una excitación que no quería admitir.
La lengua de Camila rozó mi sexo apartando el vello con suavidad. Casi me corrí en ese instante. Pero entonces Marcos descendió y me introdujo su miembro grueso y largo en la boca.
Con Andrés siempre había sido distinto: yo de rodillas, él de pie, o yo encima sin dejarle sostener mi cabeza. Nunca presionado, nunca a fondo. Marcos avanzó hasta tocar mi campanilla. Las arcadas me asaltaron. Luché por contenerlas, recurrí a las técnicas de meditación que tantas veces me habían servido en el trabajo. Camila lamía con paciencia mientras yo intentaba alargar el momento.
***
Marcos vio en el monitor cómo mis pulsaciones bajaban a la normalidad y aprovechó para empujar más a fondo. Sentí cómo su miembro rebasaba la campanilla y taponaba todas mis vías. Inspiré por instinto y nada llegó a mis pulmones. Las pulsaciones se dispararon a ciento ochenta. Entré en pánico durante tres segundos eternos hasta que se retiró y el aire volvió de golpe.
—Tranquila —dijo con una calma que daba más miedo que sus golpes—. No dejaré que mueras. Pero respirar todo el tiempo va a ser que no. Inspira a fondo.
Tomé todo el aire que mis pulmones admitían. Volvió a entrar. La presión sobre mi estómago hizo que la bilis subiera por el esófago, frenada por la obstrucción. Aguanté noventa segundos hasta que la excitación se transformó en necesidad pura, animal, de aire. Cuando se retiró, inhalé desaforadamente.
Solo necesitó cortarme la respiración tres veces más para tenerla rígida.
***
—Cambio —ordenó—. Camila, a mi sitio. Tú al mío.
Camila se posicionó sobre mis brazos con las canillas, pero mirando hacia mis pies. Olha le había dejado una muñequera con un botón para reiniciar el cronómetro y dos enganches que sujetó a sus muñecas con tiras anchas atadas a los laterales de la cama. Cuando se sentó sobre mi cara, su sexo y sus nalgas me taparon boca y nariz a la vez.
Marcos me penetró de un solo empujón, brutal, mientras Camila pulsaba el cronómetro. La pantalla mostraba mis pulsaciones, la onda de mi corazón y la saturación de oxígeno en sangre: noventa y seis por ciento.
Marcos entraba y salía con un ritmo cada vez más duro. En el primer minuto las pulsaciones llegaron a ciento sesenta y la saturación bajó a noventa y cuatro. Hice amago de levantarla con la cara, pero Marcos negó con la cabeza desde arriba. A los noventa segundos lo intenté otra vez: doscientas pulsaciones, noventa y dos por ciento. Marcos volvió a negar y, sin dejar de cogerme, me arrancó de un tirón un mechón de vello púbico. Las pulsaciones saltaron a doscientas cinco. Saturación, noventa y uno.
***
A los dos minutos mordí el coño de Camila al borde del desmayo. Marcos asintió. Camila se elevó. Inhalé tres veces en quince segundos. A la tercera ella volvió a bajar.
Camila aguantaba al borde de su propio orgasmo. Marcos le había dado permiso para correrse cuando quisiera, pero ella sabía que si se dejaba ir perdería la presión sobre mi cara. Esperó. Las pulsaciones subieron a doscientas diez, la saturación cayó a un peligroso ochenta y ocho.
Marcos arrancó otro mechón, más grueso esta vez. Sentí cómo se llevaba un trozo de piel. Doscientas veintitrés. Camila se levantó dos respiraciones, volvió a bajar a la tercera. Yo intenté empujarla con la cara, ella tiró de las tiras con las manos y se aseguró sobre mí. Mis dientes se clavaron en su carne. Sentí sangre caliente en mi lengua. Marcos lanzó un puñetazo a mi estómago.
Y me corrí.
Un orgasmo brutal me sacudió de los pies a la coronilla mientras la pantalla marcaba doscientas treinta pulsaciones y la saturación caía otra vez a ochenta y ocho. Marcos hizo la señal de emergencia. Camila soltó las tiras, se quitó las muñequeras y bajó de la cama tambaleándose. Del pubis le caían gotas de sangre.
Tomó el kit de oxígeno, me puso la mascarilla y abrió la válvula. Mis pulsaciones seguían en doscientas veintitrés, pero la saturación subió a noventa y cuatro. Me retiró la mascarilla, se sentó de nuevo sobre mi cara, esta vez inclinada hacia delante, apoyando las manos en mis pequeños senos.
—Ahora chupa, puta estúpida —ordenó Camila con una sequedad nueva—. Que tienes que hacerme correr.