Mi trabajo era decidir qué hombres podían reproducirse
En aquel mundo, la sociedad se había reescrito desde los cimientos. Los genes que se consideraban buenos eran bienvenidos y pasaban a la siguiente generación; los que se consideraban defectuosos se quedaban estancados, sin futuro. Daba igual que fueras hombre o mujer: si te marcaban como negativo, se aseguraban de que jamás te reprodujeras. Y de eso se encargaban mujeres como Renata.
Ella tenía lo que consideraba el mejor trabajo del mundo. Pelirroja, con pecas salpicadas sobre la nariz y unos ojos claros que parecían no inmutarse con nada, su cuerpo era de los que pasaban desapercibidos en la calle pero que ganaban muchísimo embutidos en el uniforme ajustado del Departamento. Esa mañana, mientras se ataba el pelo en una coleta tirante frente al espejo, repasó mentalmente la agenda. El primer caso del día no era una simple inspección.
Era un castigo.
El expediente lo dejaba claro: violador reincidente, genes marcados como negativos, una vida de drogas, alcohol y peleas. Había intentado embarazar a varias mujeres en contra de su voluntad. Para esos casos, el método nunca era la persuasión.
El hombre esperaba en la sala central, desnudo, atado de manos y pies a una estructura metálica. La habitación funcionaba como anfiteatro: en las gradas superiores, una decena de chicas en prácticas observaba en silencio, cuadernos en mano, aprendiendo el oficio. Renata entró con el expediente abierto y los tacones repiqueteando sobre el suelo pulido.
—Veamos… un violador… genes negativos… historial de violencia —leyó en voz alta, sin levantar la vista—. Hacía tiempo que no nos llegaba alguien con un perfil tan completo.
—¡Chúpamela, maldita perra! —escupió él, retorciéndose contra las correas, la voz reventándole en la garganta.
Renata ni pestañeó. Había escuchado esa frase, o variantes peores, cientos de veces. Cerró la carpeta con calma y le hizo una seña a las dos guardias. Entre ambas arrastraron al hombre hasta una máquina situada en el centro de la sala, lo colocaron de rodillas tras un breve forcejeo y le inmovilizaron las caderas contra una base de acero. Después, con una precisión casi clínica, acomodaron sus testículos sobre una plancha metálica y los ajustaron con una correa para que no se movieran.
El hombre alzó la mirada y vio lo que tenía encima: una segunda plancha de hierro suspendida, lista para descender. La idea no necesitaba explicación. Tragó saliva. En ese instante, el coraje se le evaporó.
—Espera… espera, por favor —balbuceó—. Prefiero la vasectomía… lo que sea… te lo suplico.
Renata se acercó y se inclinó hasta quedar a la altura de su oído. Olía a sudor y a miedo.
—Las súplicas son para quienes no las negaron a sus víctimas —murmuró—. Tú no estás en esa lista.
Se incorporó, apoyó la mano en la palanca y miró de reojo a las practicantes para que tomaran nota.
—Tres… dos… uno.
El hierro cayó. El crujido fue seco, contundente, y el alarido que lo siguió rebotó contra las paredes hasta que una de las guardias activó el sistema de curación de urgencia. Lo desataron, lo cargaron en una camilla y se lo llevaron por el pasillo lateral. Renata se quitó los guantes con dos tirones precisos y se concedió una pausa.
***
Mientras se tomaba un café apoyada en la ventana, observaba a las chicas de prácticas cuchichear entre ellas, algunas pálidas. Recordó su propia primera vez. La primera ejecución que había presenciado le revolvió el estómago durante días; llegó a sentir lástima por aquellos hombres rotos. Pero entonces le mostraron los rostros de las víctimas, los informes, las fotografías. La lástima se le pasó rápido. Ahora lo veía con la naturalidad de quien sabe exactamente para qué sirve su trabajo. Lo que esos hombres recibían era, simplemente, lo que merecían.
De regreso a la zona de habitaciones, atravesó el ala donde sus compañeras se relajaban entre turno y turno. Algunas estaban con el torso desnudo, los pechos al aire, los pezones tiesos de excitación, montando con arneses y dildos gruesos a los hombres y mujeres del Área S, el sector de los sumisos voluntarios. Renata se quedó un instante mirando: una de sus colegas, morena y de tetas grandes, tenía a un tipo boca abajo sobre un banco y le clavaba el consolador en el culo a un ritmo brutal, agarrándolo del pelo, escupiéndole entre los omóplatos. Otra, de rodillas, obligaba a una sumisa a chuparle el arnés como si fuera una polla de verdad, sujetándola de la nuca hasta que la chica se atragantaba y el hilo de saliva le colgaba de la barbilla. Aquellos cuerpos se ofrecían sin resistencia, gimiendo, jadeando, las caras transformadas por un placer que rozaba la devoción. Para ellos, servir era una recompensa, no un castigo.
Renata no era ajena a esa costumbre. Se colocó un arnés con desgana, se ajustó las correas sobre las caderas hasta que el dildo grueso, negro y con las venas marcadas, le quedó firme entre las piernas, y se sentó en una silla de respaldo alto. Sacó el teléfono. Un hombre del Área S se acercó de rodillas, la polla ya medio dura balanceándose entre los muslos, pidió permiso con la mirada y, ante su gesto indiferente, se escupió en la mano, se lubricó el culo con dos dedos que se metió hasta los nudillos y se sentó sobre el dildo. Un gemido ronco se le escapó cuando la punta le abrió el esfínter. Empezó a moverse arriba y abajo como un perro ansioso por agradar, las nalgas chocando contra los muslos de Renata, la polla dando latigazos contra su propio vientre a cada bajada. Ella seguía leyendo la pantalla, ignorándolo por completo, deslizando el pulgar con desinterés, oyendo a medias los jadeos entrecortados, el chapoteo húmedo del arnés entrando y saliendo, el «gracias, ama, gracias» susurrado entre embestidas. Concederles ese pequeño placer formaba parte del trabajo; disfrutarlo no era obligatorio, y esa tarde no le apetecía. El hombre se corrió solo, sin tocarse, la corrida salpicándole el propio pecho y las baldosas, agradeció en susurros con la voz rota y se retiró gateando, dejando un rastro brillante detrás.
***
Otra de sus tareas habituales era la revisión de daños. Cuando un sumiso recibía un golpe accidental o una patada de alguna instructora demasiado entusiasta, había que comprobar que no hubiera lesiones graves. Renata palpaba aquella zona frágil con dedos firmes, rodando los testículos entre el pulgar y el índice, apretando la base de la polla para ver cómo reaccionaba, fascinada por lo vulnerable que era esa parte del cuerpo de un hombre, por cuánto poder le otorgaba apretar apenas un poco más de lo necesario. Lo curioso era que a ellos también parecía gustarles: por mucho que se quejaran del dolor, sus pollas los delataban, duras como piedras bajo sus manos, con la punta hinchada y una gota de líquido preseminal escurriéndose por el glande.
Pero su tarea favorita, sin discusión, estaba en la sala de mediciones.
Allí desfilaban los candidatos. Hombres de todas las edades, todos desnudos de cintura para abajo, esperando el veredicto que decidiría si tenían permiso para reproducirse. Renata los examinaba uno a uno. Pollas gruesas, delgadas, largas, cortas, pálidas o curvadas; las había visto de todas las formas imaginables. Al principio le había costado mantener la frialdad, pero pronto entendió que la única manera de hacer bien la inspección era llevarla hasta el final. Masturbaba a cada candidato con la mano enguantada en látex, marcando un ritmo lento y firme, sintiendo la verga hincharse contra su palma, y según la respuesta, la dureza, el aguante, el volumen de la corrida y la reacción bajo presión, seleccionaba a los aptos. Adoraba especialmente el momento de la negativa: ver cómo se les rompía la cara, cómo algunos se aguantaban las lágrimas en cuanto ella negaba con la cabeza o se reía bajito apenas se bajaban la ropa interior.
—Siguiente —ordenó, acomodándose en el taburete.
El hombre que entró se desnudó con una arrogancia ensayada, seguro de sí mismo. Se plantó frente a ella con las piernas abiertas, la polla ya medio erecta colgándole pesada entre los muslos, como si el examen fuera un simple trámite. Renata la tomó en su mano enguantada, la sopesó, le pasó el pulgar por debajo del glande y empezó a bombear con muñeca experta. El tipo cerró los ojos, sonriendo. La polla se le endureció rápido, gruesa, pero Renata notó lo que buscaba: la vena palpitando irregular, la piel del escroto floja, ese olor rancio bajo el prepucio. Aguantó apenas dos minutos antes de empezar a jadear como si fuera a correrse, y ella soltó de golpe, dejándolo a medio camino, con la verga sacudiéndose en el aire, roja y furiosa. Lo observó unos segundos y, con un suspiro de aburrimiento, negó.
—Genes malos —dijo, anotando algo en la tableta—. Aguante pésimo. Semen probablemente de mala calidad. Vasectomía obligatoria.
—¿Qué cojones dices, zorra? —La agarró del cuello con la mano libre, los dedos clavándose en su piel, mientras con la otra se sujetaba la polla como si aún esperara terminar.
Ella no se inmutó. Bajó la vista hacia la mano que la sujetaba, casi con curiosidad, y luego, en un movimiento veloz, le atrapó los testículos con la mano enguantada y apretó. Apretó con una fuerza brutal, sostenida, sintiendo cómo la bolsa se le aplastaba entre los dedos, cómo las glándulas cedían con un crujido húmedo bajo la presión. Lo miró a los ojos mientras la arrogancia del hombre se transformaba primero en sorpresa, después en pánico, y por fin en un gemido ahogado al deslizarse hasta el suelo. La polla se le desinfló de golpe, colgando lacia, mientras los huevos se le hinchaban ya morados dentro de la piel. No hizo falta vasectomía ni anestesia: lo dejó estéril allí mismo, y casi impotente de paso.
—Aprendí a defenderme hace mucho —dijo, soltándolo y limpiándose la mano en una toalla—. Y tengo más fuerza de la que aparento.
Dos guardias se llevaron al hombre, todavía encogido, con las manos entre las piernas. Renata bostezó.
—Siguiente.
El que pasó después era el opuesto exacto: flaco, con gafas, hombros caídos, la mirada clavada en el suelo. El típico al que nadie miraba dos veces. Renata ya empezaba a redactar la negativa por costumbre, convencida de que sería otra decepción. Entonces el chico se quitó la ropa.
Levantó las cejas.
Le colgaba entre las piernas una polla enorme, gruesa como una muñeca, con los testículos pesados, densos, del tamaño de dos ciruelas, uno un poco más caído que el otro. Incluso flácida, la punta se le balanceaba a media pierna. Renata se relamió sin darse cuenta.
—Aprobado —dijo de inmediato.
El muchacho parpadeó tras las gafas, sin creérselo, y una sonrisa tímida le iluminó la cara. Renata consultó la agenda: era el último de la jornada. No tenía a nadie esperando, ni informes urgentes que cerrar. Se mordió el labio y dejó la tableta a un lado.
—Acércate —ordenó, levantándose del taburete y rodeándolo despacio—. La inspección no estará completa hasta que yo lo diga.
Se quitó los guantes de látex con los dientes y le rodeó la polla con la mano desnuda, midiéndola a puro tacto. La piel era caliente, suave, y bajo la piel notó cómo la sangre empezaba a bombear, cómo la verga se le llenaba y se le enderezaba contra la palma hasta quedarle como un hierro. Le pasó el pulgar por el glande, apretó un poco, y una gota espesa de líquido preseminal le brotó del meato. Se la extendió por toda la corona, arrancándole al chico un temblor de rodillas.
—Muy bien —murmuró—. Muy, muy bien.
Se bajó los pantalones del uniforme hasta los tobillos y se los sacó de una pierna. No llevaba ropa interior: en el Departamento no la usaban, era una regla no escrita para agilizar el trabajo. El chico se quedó mirándole el coño, depilado salvo por una fina línea pelirroja, ya brillante entre los labios hinchados. Renata bajó la mano y se tocó, deslizó dos dedos entre sus pliegues y se los enseñó, empapados.
—¿Ves cómo estoy? —le dijo—. Todo esto es por lo bien dotado que estás. Aprovéchalo, porque es la única vez.
Lo empujó con suavidad contra la camilla, lo hizo tumbarse boca arriba, y se subió encima, dándole la espalda, en cuclillas sobre su cintura. Se agarró la polla con una mano, la puso en posición y se dejó caer despacio, muy despacio, notando cómo el glande le abría el coño de par en par, cómo cada centímetro la estiraba más de lo que estaba acostumbrada. Soltó un gemido grave, involuntario, cuando lo sintió tocarle el fondo. Se quedó un segundo así, ensartada hasta la base, sintiendo los testículos pesados pegados contra las nalgas.
—Joder… menuda polla tienes escondida ahí abajo —jadeó.
Empezó a moverse. Lento primero, subiendo hasta dejar solo el glande dentro y volviendo a bajar de golpe hasta el fondo, con un chasquido húmedo que llenaba la sala. El chico jadeaba debajo de ella, las manos temblándole sobre sus caderas, sin atreverse del todo a sujetarla. Renata le agarró las muñecas y se las plantó en las nalgas.
—Agárrame, coño. Ábremelas —le ordenó.
Él obedeció, torpe pero entusiasta, separándole las nalgas mientras ella se movía. El nuevo ángulo hizo que la polla le rozara un punto que la hizo bufar entre dientes. Aceleró. Cada bajada le arrancaba un jadeo, y los testículos pesados le rebotaban contra el clítoris, húmedos ya de sus propios jugos. El chapoteo era obsceno, rítmico, y llenaba la sala vacía de mediciones.
Y mientras se movía, la mente de Renata volvió a la mañana. Al crujido seco de la plancha aplastando los huevos del violador. Al hombre que le había agarrado el cuello creyéndose superior y había terminado retorciéndose a sus pies con los testículos reventados en la mano de ella. Al poder absoluto que tenía sobre cada polla, cada par de huevos, cada cuerpo que entraba en aquel edificio. La idea de decidir quién se reproducía y quién no, de aplastar o premiar con un solo gesto, la encendió como nada lo había hecho jamás. Se llevó una mano al clítoris y empezó a frotárselo en círculos rápidos mientras seguía cabalgándolo, apretando el coño alrededor de la verga hasta oírlo gimotear.
—Ni se te ocurra correrte antes que yo —le siseó por encima del hombro—. Aguanta, o te bajo la puntuación.
El chico apretó los dientes, con los tendones del cuello tensos por el esfuerzo. Ella siguió montándolo, cada vez más rápido, las nalgas chocando contra sus muslos, los pechos rebotándole bajo el uniforme entreabierto. El orgasmo la golpeó con una intensidad que no recordaba haber sentido antes: se le contrajo el coño en oleadas alrededor de la polla del chico, apretándolo como un puño, y él soltó un gemido estrangulado al sentir el espasmo. Renata siguió moviéndose sobre él, alargándose el placer, hasta que le dio permiso con un gruñido.
—Ahora. Dentro. Todo.
El chaval se corrió a chorros, embistiendo desde abajo, descargando dentro de ella una corrida abundante que Renata sintió golpeándole las paredes, caliente, espesa. Se quedó quieta un momento, ensartada hasta el fondo, recuperando el aliento, las pecas encendidas por el rubor, mientras el chico de las gafas se deshacía en agradecimientos torpes debajo de ella. Se levantó despacio y notó cómo un hilo tibio de semen le resbalaba muslo abajo. Se lo limpió con un dedo, se lo llevó a la boca y lo saboreó pensativa: denso, dulce. Buenos genes, confirmado.
Renata se incorporó, se ajustó el uniforme y firmó el aprobado con un trazo rápido.
—Puedes irte —dijo, ya recompuesta, profesional otra vez.
Recogió sus cosas, apagó la luz de la sala de mediciones y caminó hacia la salida con una sonrisa apenas perceptible.
Sin duda, el mejor trabajo del mundo.