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Relatos Ardientes

La mudanza que nadie en mi familia debe saber

Para mi ciudad, agosto siempre ha sido demasiado. El calor aplasta desde las nueve de la mañana y para el mediodía ya no hay quien salga a la calle. Ese año era peor que nunca, así que cuando mi primo Daniel me llamó desde Bilbao para pedirme que pasara por el piso de sus padres en Valencia, no me hizo ninguna gracia. Llevaba días sin dormir bien y el bochorno era insoportable.

—Carmen está allí sola con toda la mudanza —me dijo—. Solo te pido que le eches una mano con los muebles pesados. Un par de horas, Roberto, que no tengo a nadie más a quien llamar.

Suspiré y le dije que sí. La familia es la familia.

Llevaba varios años con Carmen, sin casarse ni tener hijos. De carácter libre y difícil de encasillar, de esas personas que hacen exactamente lo que les da la gana sin pedir permiso. La había visto tres o cuatro veces en reuniones familiares: bajita, con cara joven pese a los cuarenta que rondaba, el cuerpo lleno de curvas y una piel muy blanca porque tenía alguna alergia al sol. No era el tipo de mujer que llamara la atención de entrada, pero tampoco era fácil de olvidar.

Cuando llegué al piso, Carmen arrastraba una estantería por el pasillo con los pies descalzos, empujando con el hombro. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta gris de tirantes pegada al cuerpo. Estaba completamente empapada en sudor. Me dio dos besos y cuando acerqué la cara noté su olor: caliente, agrio, nada discreto.

—Gracias por venir —dijo, apartándose el pelo de la cara—. Hay que mover los muebles del salón al camión y empacar los libros de la habitación. La librería grande pesa una barbaridad.

Pasamos casi una hora cargando cajas y desencajando muebles. En el tercer viaje empecé a notar que no podía más con el calor. Carmen tampoco. En un momento dado se dejó caer en el sofá, echó la cabeza hacia atrás y bufó.

—Perdona, Roberto, pero no aguanto más con los vaqueros —dijo—. Están empapados. ¿Te molesta si me los quito?

—Quítatelos —le dije.

Me quité la camisa mientras ella luchaba con el pantalón. Le costó un poco sacárselo, pegado como estaba a sus piernas, pero cuando lo consiguió dejó ver esas piernas blancas que recordaba: los muslos anchos y suaves, sin rastro de sol. Se volvió a sentar en el sofá con las piernas cruzadas, en bragas negras grandes y la camiseta de tirantes, y sacó de su bolso una bolsa de marihuana.

—¿Fumas? —preguntó.

—Hace tiempo que no. Pero hoy sí.

Lió el porro con calma, lo encendió y llenó el salón de ese olor espeso. Yo me quedé mirando sus pechos moverse bajo la tela de la camiseta, los pezones marcados y duros. Cuando abrió un poco más las piernas para ponerse más cómoda, vi la forma oscura de su sexo abultando bajo las bragas.

—Para tu edad estás muy bien —dijo de pronto, mirando mi torso—. Perdona, es que llevo aquí una semana sola y se me va la cabeza. Me pica el cuerpo entero y no hay quien me ayude con eso.

—No te preocupes.

—Necesito desahogarme. Voy un momento al baño.

La miré directamente.

—Quédate —dije—. Podemos hacerlo aquí, uno delante del otro.

Carmen no se cortó ni un segundo. Se corrió la braga a un lado y dejó ver su sexo oscuro, cubierto de vello abundante, y empezó a acariciarse despacio, con los ojos entornados.

—Entonces enséñame lo tuyo —dijo.

Me bajé el pantalón. Los dos nos masturbamos en silencio, mirándonos.

—Desde hace unos años tengo problemas de erección —le expliqué—. No esperes que acabe, pero me gusta mucho verte.

—Ya veremos eso —respondió.

Se quitó la camiseta. Sus pechos cayeron libres, redondos, con pezones grandes y oscuros. Entonces levanté los ojos y vi lo que había bajo cada brazo: vello sin depilar, abundante, oscuro. Me afectó de una manera que no esperaba y que no me molestó reconocer.

—Tócame las piernas —dijo—. Llevas un rato mirándolas.

Me acerqué. Le pasé las palmas por los muslos, sintiendo el calor de su piel húmeda. Le apreté los pezones con cuidado. Sin avisar, Carmen me metió la lengua en la boca. Me abalancé sobre su axila y la lamí. Sabía a sudor amargo y denso, a algo primitivo que me llegó directo al estómago.

Carmen se frotó más rápido y se corrió antes de que pudiera prepararme: un chorro de líquido cayó al suelo dejando un charco en la madera oscura.

—Eyaculo —explicó sin el menor pudor—. Siempre lo hago. Perdona las cajas.

Antes de que pudiera responder se agachó, me tomó con la mano y me introdujo en su boca. Lo hizo con técnica y sin prisa, engullendo despacio hasta el fondo, sin aspavientos. Yo le metí la mano por detrás y le introduje un dedo en el ano. Lo moví lentamente, hacia dentro y hacia fuera.

—Cochino —murmuró sin separarse—. Ya te he calado.

Cuando me corrí, lo hice dentro de su boca, después de más de diez años sin que eso me ocurriera. Carmen tragó sin pestañear y después levantó la vista con una expresión de satisfacción tranquila.

—Ahora a la cama —dijo—. Quiero que guarrees conmigo.

***

Ya en la habitación, desnudos sobre la cama, empecé por sus pies. Los tenía sucios de haber estado descalza todo el día, con las uñas largas y sin pintar. Me los llevé a la boca y los lamí despacio, mordiéndole los dedos uno a uno, sintiendo la aspereza del talón contra la lengua.

—¿Cómo puedes tenerlos tan sucios? —le pregunté.

—Me encanta andar sin zapatos —dijo—. El suelo fresco me pone cachonda. Soy así, no le doy más vueltas.

Subí despacio por sus piernas, por el interior de los muslos, hasta llegar a su sexo. Olía a sudor y a algo más salado y concreto. Lo lamí abriendo sus pliegues con la lengua mientras le introducía dos dedos en el ano al mismo tiempo. Volvió a correrse, esta vez con un líquido más espeso que bebí sin apartar la boca.

—Eres bueno en esto —dijo recuperando el aliento—. Ahora necesito que me folles.

—Ya me he corrido una vez —le dije—. No creo que pueda.

—Ven aquí —me cortó.

Me besó profundamente, con la lengua hasta el fondo de la garganta. Mientras lo hacía, encendió otro porro y me sopló el humo directamente en la boca, sujetándome la nuca. Mi cuerpo reaccionó solo, sin que yo hiciera nada consciente.

—Bien —dijo, mirando hacia abajo—. Te voy a contar algo mientras lo hacemos.

***

La penetré despacio. Carmen eligió una postura lateral con una pierna levantada y me pidió que le chupara el pie mientras la embestía. Lo hice. Ella habló en voz baja, con la mirada fija en algún punto de la pared.

—El padre de Daniel. Tomás. ¿Lo conoces?

—Alguna vez lo he visto —dije.

—Está muy mayor y necesita cuidados. Cuando murió su mujer, antes de ingresarlo en la residencia, yo me encargaba de él. Y pasó algo que Daniel nunca va a saber.

Seguí moviéndome despacio mientras la escuchaba.

—La primera vez fue una mañana que lo fui a cambiar porque se había mojado. Cuando le quité el pañal me quedé paralizada. Era enorme. Y por las mañanas, con las pastillas que tomaba, se despertaba empalmado. Me volví loca. Le hice una mamada ahí mismo, en la cama, y me restregué contra él hasta que me corrí encima.

—¿Y él qué hizo? —pregunté.

—Encantado. No podía penetrarme porque era demasiado grande para cualquier agujero, pero metió aquello entre mis muslos y me lo hizo hasta que acabó. Después de ese día me duchaba con él. Le lavaba el cuerpo entero y al terminar le hacía una mamada. Lo dejaba limpio y contento.

—¿Cuánto duró eso?

—Meses —dijo—. Hasta que Daniel vino a visitarlo y decidió ingresarlo. Menos mal, porque me había viciado de una manera que ya no era normal. Cuando llegaba sucio de la calle me lo follaba igual. Le quitaba la dentadura y le metía la lengua en la boca desdentada. Le lamía los pies sucios. Le chupaba el culo. Me corría con todo, sin ningún control.

—¡Ahora! —dijo de pronto, interrumpiéndose a sí misma—. ¡Más adentro!

Empujé hasta el fondo. Carmen cerró los ojos y se sacudió con fuerza, apretándome con una tensión que no esperaba.

—Por detrás —dijo cuando terminó—. Quiero que me la metas por el culo.

***

Lo hice despacio. Carmen guió la entrada con la mano, relajando los músculos con práctica evidente, y cuando estuve dentro del todo soltó el aire de golpe y se quedó quieta un momento.

—Así —murmuró—. Así está bien. Más hondo.

Me corrí por segunda vez, vaciándome dentro de ella. Carmen quedó con los ojos entornados, respirando despacio, sin decir nada. Después se rio en voz baja.

—Estaba sin pastillas —dijo—. Menos mal que has acabado donde has acabado. ¿Te imaginas?

—Ya lo hizo Tomás, ¿no? —dije sin pensar.

Carmen me miró un momento con una expresión que no supe interpretar del todo.

—Sí. Y tuve que arreglarlo sola.

Se incorporó y me limpió con la boca, tranquila, sin prisa, como si lo hubiera hecho mil veces. Después levantó los ojos.

—Hay una cosa más que quiero —dije.

Ella levantó una ceja, esperando.

—¿Me dejas?

Carmen se tumbó boca arriba con los brazos a los lados, en silencio. Yo me puse sobre ella. Lo que hice a continuación fue lento y deliberado: me orié sobre su cuerpo, sobre sus pechos y su vientre. Ella cerró los ojos y se masturbó mientras el líquido caliente la cubría. Bebió un poco de lo que cayó cerca de su boca sin inmutarse, con la misma naturalidad con que había liado el primer porro.

Cuando acabé, se quedó tumbada en silencio con una expresión de completa calma. Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato.

—Llevas años guardando todo eso —dije al fin.

—Muchos —confirmó.

***

Terminamos con las cajas antes de que cayera la noche. Carmen se vistió sin prisa, yo me puse la camisa. Antes de irme, en la puerta del piso, ella me miró un momento con esa media sonrisa tranquila que tenía.

—Si Daniel pregunta qué tal ha ido la tarde —empezó.

—Vine, moví los muebles y me fui —la interrumpí—. Tardé más de lo esperado por el calor.

Asintió sin decir nada más. Cerré la puerta detrás de mí y bajé las escaleras al sol de la tarde, todavía con su olor en las manos.

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Comentarios (4)

Diego_BA

que arranque!!! desde el primer parrafo ya supe que esto iba a ser muy bueno. engancha de entrada.

MarisolF

Lo lei de corrido sin parar. Me gustan los relatos que tienen esa tension desde el inicio, no te aburris nunca. Muy bien logrado.

Trampolinero

excelente!! espero la continuacion por favor

NocheVieja01

me recordo a una tarde de verano que tuve algo parecido... esas situaciones te agarran desprevenido y te cambian el dia entero jaja. muy buen relato

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