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Relatos Ardientes

Me ató y siguió su reunión como si nada

Siempre fue así entre nosotros: cuando Clara tenía una videollamada de trabajo, yo me retiraba al cuarto de estudio con mis auriculares y alguna serie mediocre en la pantalla del portátil. Ella necesitaba silencio, concentración, y yo lo respetaba sin cuestionarlo. Llevábamos doce años juntos y esa rutina era parte de los muchos acuerdos no escritos que sostenían nuestra vida ordinaria.

Ese día fue distinto.

Entró al estudio con diez minutos de adelanto respecto a su reunión. Sin llamar, sin anunciarse. Me miró desde el umbral con esa expresión que yo nunca había sabido del todo cómo descifrar: ¿molestia contenida? ¿control puro? ¿algo mucho más peligroso para mí? Apagué el sonido de la serie y la miré también, esperando.

—Quítate la ropa —dijo. Sin preámbulo, sin sonrisa, sin el tono que usaba cuando bromeaba. Solo esas tres palabras colgando en el aire entre los dos.

Solté los auriculares. La observé buscando alguna grieta en su expresión, alguna señal de que esto era una broma de timing impecable. No encontré nada. Su cara era plana, hermética, completamente seria.

Me desvestí. La camiseta primero, después el pantalón, después lo que quedaba. Me quedé de pie frente a ella con las manos a los costados y el cuerpo reaccionando antes de que mi cabeza terminara de procesar qué estaba ocurriendo. Nos habíamos visto desnudos miles de veces, en todas las circunstancias posibles. Pero esto no era lo mismo, y mi cuerpo lo supo antes que yo.

—Más rápido —dijo—. No tengo todo el día.

Algo se comprimió en mi pecho. Una mezcla extraña de vergüenza y anticipación que no tenía nombre todavía. Me erguí, quieto, las manos a los lados, esperando la siguiente instrucción.

Clara se acercó despacio. Rodeó hasta quedar justo detrás de mí, y sentí el calor de su cuerpo antes de que me tocara. Cuando lo hizo fue con las puntas de los dedos: costillas, omóplatos, la curva del cuello. Tomándose su tiempo. Después sus manos llegaron a mis pezones y los retorció con una precisión que hizo que me clavara los dientes en el labio inferior para no emitir ningún sonido. El dolor era exactamente suficiente. No más.

Recogió con un dedo lo que yo ya no podía controlar y lo pasó despacio por mis labios, sin decir nada.

—No te muevas —murmuró—. Ni un centímetro.

Me quedé quieto. No porque me lo ordenara, sino porque genuinamente no podía hacer otra cosa.

***

Del bolsillo de su chaqueta sacó dos cosas. Las reconocí de inmediato y sentí que el calor me subía desde el pecho hasta las orejas: un cinturón de castidad negro que yo creía tener bien guardado, y un plug anal que pensaba que ella ni siquiera sabía que existía.

Busqué su cara. Seguía sin mostrar nada.

—¿Te avergüenza? —preguntó—. Bien. Esa es exactamente la idea.

Me puso el cinturón con una habilidad que me desconcertó más que cualquier otra cosa. Era de apertura digital, sin llave: solo el pulgar de ella. Mientras lo ajustaba, mi cuerpo intentó resistir lo que sabía que venía y fracasó por completo. El candado hizo un clic suave y definitivo que sonó mucho más alto de lo que debería haber sonado en aquel cuarto silencioso.

Después se arrodilló ante mí y colocó un arnés de cuero que aseguraba la jaula desde abajo. Cada ajuste era lento, deliberado, sin ninguna prisa. Cuando terminó se puso de pie y me hizo girar hacia el espejo de cuerpo entero que hay en el rincón del dormitorio.

Me miré. Tardé un momento en reconocerme.

Clara se colocó detrás de mí, mirándome también a través del espejo con los brazos cruzados. Se puso un guante de látex y me dijo que abriera la boca. Lo que siguió fue metódico y sin contemplaciones: sus dedos entrando hasta casi provocarme náuseas, la saliva escurriéndome por el mentón sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Y después, sin transición, el plug entrando muy despacio, milímetro a milímetro, hasta quedar completamente alojado en su sitio.

Un gemido se me escapó sin aviso.

—Bien —dijo ella—. Eso quiere decir que está donde tiene que estar.

***

La máscara de aislamiento sensorial fue lo último. Me la ajustó con cuidado, casi con delicadeza, como si le importara que estuviera cómodo: el antifaz bloqueando toda la luz, el gag de goma asegurado entre los dientes. El mundo se redujo a un murmullo sordo. El olor de la habitación, el calor del suelo bajo mis rodillas, el peso del arnés sobre las caderas.

Después la camisa de fuerza. Los brazos cruzados sobre el pecho, las correas cerradas en la espalda una a una. Completamente inmovilizado. Completamente suyo.

La sentí moverse por el cuarto con total normalidad, como si yo no estuviera allí. Encender el ordenador. Acomodar la silla. El sonido de una taza dejada sobre la mesa. Y después, su voz cambiando de registro de golpe: fluida, profesional, saludando a sus compañeros de reunión con la misma energía de siempre, como si en el suelo de ese cuarto no hubiera absolutamente nada fuera de lo ordinario.

Entonces empezó la vibración.

Baja al principio. Un zumbido casi imperceptible, que podría haber confundido con otra cosa si no hubiera sabido exactamente qué era. Después un escalón más arriba, y otro. Traté de no moverme. Traté de no emitir ningún sonido que se filtrara por encima del gag y llegara a los oídos de quienes estuvieran al otro lado de su pantalla.

El sudor empezó a correrme por la espalda.

No sé cuánto tiempo duró esa reunión. Lo único que registraba era la intensidad que subía y bajaba según criterios que yo desconocía por completo: si alguien la interrumpía, bajaba. Si ella tomaba la palabra, subía. Era un código que no había pedido aprender y que mi cuerpo fue memorizando sin que yo le diera ningún permiso.

Hubo un momento en que perdí el control. Los espasmos me sacudieron de rodillas hacia adelante y solo el borde de la mesa me impidió caer del todo. Resoplé contra el gag. Escuché que Clara hacía una pausa brevísima en mitad de una frase, suficiente para que yo supiera que lo había notado, antes de retomar la conversación con la misma naturalidad de siempre.

La vibración no se apagó.

Permanecí así, arrodillado en el suelo, sin poder ver ni moverme ni hacer nada excepto sentir, mientras ella hablaba de márgenes trimestrales o de plazos de entrega o de lo que fuera que ocupara sus reuniones. En algún punto dejé de intentar contenerme y simplemente me rendí a ello. No había otra opción. No quedaba ninguna.

***

No sé si me dormí o si simplemente dejé de registrar el tiempo. Cuando la máscara se aflojó y la luz volvió a existir, el cuarto estaba en silencio. El ordenador, cerrado. Clara, sentada en el borde de la cama frente a mí, con las piernas cruzadas y la expresión todavía sellada.

Mi cuerpo era un mapa de agotamiento y sudor. El arnés, la jaula: todo seguía en su sitio.

—Limpia —dijo.

Tardé un segundo en entender a qué se refería. Cuando lo entendí, lo hice sin rechistar.

Me ayudó a incorporarme y me condujo a otra parte de la casa guiándome con la mano en mi hombro, porque mi sentido de la orientación todavía no se había recuperado. Escuché hielo golpeando un vaso. El televisor encendiéndose. Me hizo arrodillar en el suelo de lo que supuse era el salón.

Sus piernas sobre mis hombros. Un peso suave pero inequívoco.

En la pantalla había imágenes que yo apenas alcanzaba a descifrar desde ese ángulo, pero el sonido llegaba perfectamente claro: gemidos, voces superpuestas, el ritmo de algo que no necesitaba ver para entender. Clara cambió de postura. Algo con una forma inconfundible rozó mi mejilla, después mi barbilla, después mis labios.

Cuando me quitó el gag, lo entendí todo.

Me sujetó la cabeza con las dos manos. Lo que vino después fue exacto y sin contemplaciones: cada vez que yo intentaba retroceder, ella esperaba. Cada vez que me relajaba, avanzaba. Aprendí el ritmo a contracorriente, sin poder usar las manos, con el sonido de la televisión mezclado con su respiración cada vez más acelerada.

Cuando notó que yo empezaba a caer en ese estado que está entre el agotamiento total y la entrega absoluta, se detuvo.

Me incorporó. Me hizo mirar la pantalla.

Lo que vi tardó en ordenarse en mi cabeza: una mujer con dos amantes, y en el margen del encuadre, un hombre con un arnés similar al mío, mirando sin poder hacer nada. Lo entendí antes de que ella dijera una sola palabra.

—¿Lo ves? —preguntó, con una calma que me resultó más perturbadora que cualquier grito—. Eso eres tú. Exactamente eso.

No respondí. No podía.

***

Pegó el dildo al suelo de parqué con la ventosa y se sentó a pocos centímetros de él, con las piernas abiertas hacia mí.

—Empieza por abajo —dijo.

Lo hice. Lamí despacio, de la base a la punta, sin apartar los ojos de ella porque ella no apartaba los suyos de mí. Su respiración fue cambiando a un ritmo que yo reconocía. Cuando llegó al orgasmo fue preciso y casi silencioso: apenas un temblor en los muslos y un sonido contenido que no intentó disimular. Después me miró con exactamente la misma calma de siempre.

—Ahora a mí —dijo.

Tampoco protesté.

***

Entendí que había terminado no porque ella me lo dijera con palabras, sino porque algo en su postura cambió de golpe. Las correas de la camisa de fuerza se aflojaron. Sus manos encontraron mi cabeza de una manera completamente distinta, sin instrucciones ni dirección: solo apoyadas, quietas. Me acercó hacia ella y yo apoyé la mejilla contra su pecho, todavía de rodillas en el suelo.

Estuvimos así un rato largo. Los dos en silencio.

—Sigues enjaulado —dijo al fin.

—Lo sé.

—¿Quieres que te quite el candado?

No respondí enseguida. Ella esperó sin presionarme, y eso también era parte de lo que hacía que esto funcionara entre nosotros: el control absoluto de su parte, y de la mía, la extraña libertad de ceder a algo sin que nadie te lo exigiera.

—Todavía no —dije al fin.

Sentí que sonreía aunque no podía verle la cara desde donde estaba.

Me condujo al dormitorio. La cama estaba deshecha desde la mañana y sobre la almohada había dejado algo que yo no había visto antes: una nota doblada a la mitad. La abrí. Dentro, con su letra apretada de siempre, había una sola línea: «Esto es solo el principio.»

Me recosté. Clara se movió sobre mí con el control absoluto de quien no necesita apresurarse porque sabe exactamente adónde va y no tiene ninguna intención de llegar antes de tiempo. Y mientras lo hacía, mientras yo trataba de recordar cómo se respiraba con normalidad y fallaba en cada intento, entendí que tenía razón.

Esto no había terminado de empezar todavía.

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Comentarios (6)

Marcos77

Dios mio que relato... me dejo totalmente enganchado. Cinco estrellas!

SofíaMdq

Por favor por favor una segunda parte. No puede terminar ahi, necesito saber como sigue!!

ElTorcido_99

Me recordo mucho a algo que vivi el año pasado jaja. Esa mezcla de lo cotidiano con lo prohibido tiene algo que te engancha distinto. Muy buen relato.

viajero_cba

tremendo, muy bien narrado. Sigue subiendo relatos!

LaRebelde_33

Que situacion tan morbosa... la idea de que todo pase como si nada afuera mientras adentro pasan esas cosas. Increible.

NachoBA

jajaja la parte de la reunion de fondo me mato. genial la idea

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