La sesión con la Ama que nunca olvidaré
El motivo del viaje era una reunión de trabajo en Valencia, pero dos semanas antes de salir ya estaba pensando en otra cosa. Llevaba tiempo queriendo ampliar mis experiencias, y aquella ciudad me ofrecía la excusa perfecta. Le pedí permiso a mi Ama —la que tenía en casa, la que me conocía mejor que yo mismo— y, cuando se lo conté, asintió sin sorpresa. Me recomendó a Ama V.
Contacté con ella con tiempo, unos doce días antes de la fecha. Expliqué quién me la había recomendado, qué tipo de sesión buscaba, mis límites. La primera respuesta fue correcta. La segunda, cuando intenté aclarar algunos detalles que no me habían quedado del todo claros, fue tajante: «No insistas. Ya te escribiré yo». Eso fue todo.
Aquellas palabras me costaron un par de noches de inquietud. ¿Había metido la pata? ¿La había ofendido sin querer? Pero me quedé quieto, como ella había ordenado, esperando. Y la noche anterior al viaje, puntual y sin preámbulos, llegó el mensaje: una confirmación de hora y dirección, instrucciones concretas sobre cómo presentarme, y una sola frase al final que me dejó sin dormir: «Nos vemos mañana».
La dirección llevaba a un bloque discreto en el barrio viejo de la ciudad. Desde fuera no había nada que delatara lo que ocurría dentro. Subí al segundo piso y toqué el timbre. La puerta se abrió casi de inmediato.
No me esperaba lo que vi.
Ama V era alta, con rasgos marcados y una mirada que ocupaba toda la habitación. Llevaba un vestido negro ajustado que terminaba a mitad del muslo, y unas sandalias de tacón transparente que dejaban completamente al descubierto sus pies. Pies perfectos, de dedos finos y empeine pronunciado. Se quedó en el umbral sin decir nada, y me tendió la mano.
Entendí qué debía hacer. Me incliné y besé el dorso de su mano con calma. Entonces ella bajó la vista hacia el suelo.
Me arrodillé sin que me lo dijera dos veces. Tomé su pie derecho entre mis manos y lo besé despacio, en el empeine, luego en los dedos, sin prisa. Hice lo mismo con el izquierdo. Cuando terminé, ella dio un paso atrás y me indicó con un gesto que entrara.
El espacio principal era una sala amplia con iluminación tenue. Me ofreció agua y la acepté. La bebí de pie, sin saber qué hacer con las manos, consciente de que ella me observaba desde el sillón con las piernas cruzadas. Cuando vacié el vaso, señaló una puerta al fondo.
—La ducha está ahí —dijo.
Le expliqué que acababa de ducharme en el hotel, que hacía menos de una hora.
—Lo sé —respondió—. Son las instrucciones del Ama.
No hubo más discusión. Entré al baño, me desnudé y me duché. Cuando terminé, dejé la ropa doblada sobre la repisa y esperé junto a la puerta. Entonces recordé las instrucciones que me había dado por mensaje: el tributo debía llevarlo en la boca al salir, las manos detrás de la espalda.
Salí así. Desnudo, con el sobre entre los dientes y los brazos cruzados en la espalda, sin mirarla directamente.
Ama V se acercó, tomó el sobre con dos dedos y lo dejó a un lado. Luego me señaló el suelo frente a ella.
—Siéntate.
Me senté con las piernas cruzadas sobre el suelo frío. Ella se acomodó en el sillón y empezó a hablar con una calma que no dejaba espacio para interrupciones.
—Tres reglas —dijo—. Primera: cuando te dirijas a mí, terminas siempre con «Ama». Segunda: no mueves un músculo si no te lo pido. Tercera: manos en la espalda en todo momento, salvo que yo indique otra cosa. ¿Lo has entendido?
—Sí, Ama.
Sin levantarse del sillón, cruzó una pierna sobre la otra y dejó el pie a unos centímetros de mi cara.
—Descálzame.
Con cuidado, sin prisa, desabroché la sandalia y la dejé a un lado. Luego la otra. Cuando sus dos pies quedaron desnudos sobre el parqué, me miró.
—Huélelos. Los dos.
Lo hice. El olor era suave, cálido, con un rastro leve de sudor que no era desagradable. Todo lo contrario. Me quedé un instante más del que era estrictamente necesario, y ella lo notó sin decir nada.
Jugó durante un rato con sus pies sobre mi cuerpo. Los apoyó en mis hombros, en mi pecho, en mi cara. Sin prisa, explorando, midiendo mis reacciones con la misma frialdad con la que un médico examina un paciente. Cuando decidió que ya era suficiente, se puso de pie.
—Levántate.
***
Me colocó un collar de cuero negro alrededor del cuello, ajustado pero no apretado. Esposas en las muñecas. Me llevó al fondo de la sala, donde había una cruz de madera en forma de X anclada a la pared. Me ató las muñecas y los tobillos con correas de cuero. Estaba completamente inmovilizado, con los brazos y las piernas abiertos, de cara a la pared.
—Voy a ponerte una venda —dijo desde detrás—. Mueve las manos de vez en cuando para que no se entuman.
La oscuridad fue total. Escuché sus pasos alejarse y volver. Algo frío y preciso rodeó mis genitales: un bondage de cuerda que los inmovilizó sin cortar la circulación.
Entonces recordé la petición que le había enviado por mensaje antes de la cita, una de esas ideas que te parecen interesantes cuando las escribes desde la comodidad del sofá: quería sentir algo bajo las plantas de los pies, algo que doliera con el propio peso del cuerpo.
Escuché cómo buscaba en algún cajón. Unos segundos después, noté el peso de dos superficies irregulares bajo mis pies: llenas de pequeñas piedras redondeadas. La presión fue inmediata, aguda en cada punto de contacto, y aumentaba con mi propio peso cada vez que intentaba relajarme.
—Me hizo gracia tu petición —susurró junto a mi oído—. Pocas veces me sorprenden.
Empezó a trabajar. Sus manos encontraron mis pezones y los torturó con lentitud, aprendiendo exactamente dónde estaba mi límite y quedándose justo ahí. Cuando el dolor empezaba a volverse insoportable, aflojaba. Cuando me relajaba, volvía. Era una conversación sin palabras que ella dominaba sin esfuerzo visible.
Entonces me quitó la venda.
—Mírame —ordenó, colocándose frente a mí.
Nuestros ojos se encontraron. Los suyos no tenían ninguna expresión particular: solo observaban.
—Aguantas mejor cuando hay contacto visual —dijo—. Compruébalo tú mismo.
Tenía razón. Algo en mirarla directamente —en saber que ella me veía aguantar— desplazaba el umbral hacia arriba. El dolor seguía siendo dolor, pero ya no era lo único que había en él.
Volvió detrás de mí. Sus uñas recorrieron mi espalda de arriba abajo con lentitud. Sus pies desnudos se apoyaron sobre mis talones, luego subieron por mis pantorrillas. Sentí su peso completo un momento, y lo que generó no fue solo dolor: fue una entrega de un tipo completamente distinto a cualquier cosa que hubiera experimentado antes.
Cuando me desató de la cruz, seguía con los ojos vendados.
—Limpia las plantas de tus pies —dijo—. Luego sígueme. Por la voz. Manos en la espalda.
Me agaché torpemente y aparté las piedrecitas de mis plantas. Me incorporé y esperé.
—Aquí —dijo su voz, desde el otro lado de la sala.
Di un paso. Luego otro. La seguí por el sonido de sus palabras —«aquí», «gira a la izquierda», «adelante»— sin poder ver nada, con los brazos cruzados en la espalda, completamente a su merced. En algún punto me di cuenta de que no tenía miedo. Solo una atención sostenida, total, que vaciaba cualquier otro pensamiento.
***
Me detuvo junto a una camilla. Me indicó que apoyara el torso sobre ella, de pie, con las caderas hacia afuera y el trasero a su disposición.
La primera palmada llegó sin aviso. Luego otra, y otra. Estableció un ritmo irregular, imposible de anticipar, alternando la mano con algo más fino —un látigo pequeño, quizás, o una correa estrecha— y con otros objetos que no pude identificar sin verlos. El dolor subía y bajaba en oleadas, y entre golpe y golpe el silencio era casi físico.
En algún momento recordé haberle pedido que no dejara marcas.
—Lo tengo muy presente —dijo, sin parar.
Siguió hasta donde el límite lo permitía. Cuando paró, la ausencia del dolor fue casi tan intensa como el dolor mismo. Tardé unos segundos en darme cuenta de que había terminado.
Me quitó la venda. Me ordenó arrodillarme frente a ella y besarle los pies. Lo hice despacio, sin prisa, agradecido sin saber exactamente de qué. Entonces dijo:
—Ahora boca abajo. Y como no puedes ver, quiero que hagas ruido para que sepa dónde estás.
Me tumbé en el suelo con la cara contra el parqué. Sus pies aparecieron frente a mi boca y empecé a besarlos y a lamerlos sin que hiciera falta que lo repitiera. Entonces escuché el golpe de una vara larga contra el suelo, al otro lado de la sala, y sus pasos comenzaron a alejarse.
—Sígueme.
Lo que siguió fue la experiencia más extraña y más intensa de toda la noche. Me arrastré boca abajo por el suelo de la mazmorra, con la cara pegada a sus pies, siguiéndola mientras ella se paseaba despacio de un extremo al otro. Cada vez que levantaba la cabeza más de lo que debía, la vara caía sobre mi trasero. El dolor viajaba por toda la columna. El contacto del suelo mientras me movía era una incomodidad constante que se sumaba a todo lo demás, y sin embargo seguía avanzando.
No había pensado en nada en más de diez minutos. Solo sus pasos, la madera bajo mi cuerpo, la piel de sus pies.
***
Se sentó en el sillón y me indicó que me colocara frente a ella, también sentado en el suelo.
—Te voy a enseñar algo —dijo—. Un regalo.
Lo que vino fue una lección de masaje de pies. Me mostró con detalle cómo trabajar cada zona: el talón, el arco plantar, cada dedo por separado, el empeine. Qué presión aplicar en cada área, en qué dirección, cómo escuchar a través de los músculos si la tensión cedía o no. Lo explicó con la misma precisión con la que había conducido todo lo demás durante la noche.
Estuve un buen rato practicando bajo su supervisión, corrigiendo la técnica cuando me lo indicaba, repitiendo los movimientos hasta que encontraba la presión correcta. Era un aprendizaje genuino, no un trámite. Cuando dio por terminada la clase, se quedó en silencio un momento.
—Lo has hecho bien —dijo.
No respondí. No hacía falta, y tampoco sabría qué haber dicho.
***
El último tramo de la sesión fue sobre una plataforma acolchada a ras de suelo, con barandillas laterales. Me tumbé boca arriba por indicación suya. Me ató los pies en alto y las manos por detrás de la cabeza, a nivel del suelo, de forma que quedé completamente abierto pero sin estar rígidamente inmovilizado.
Subió sobre mí.
Sus pies recorrieron mi pecho, mis costillas, mi vientre. Apoyó su peso completo sobre mi esternón durante unos segundos, midiendo, y luego siguió moviéndose. Me ordenaba besar sus pies cada vez que los acercaba a mi cara. A veces los apoyaba sobre mis mejillas sin más, solo para sentir cómo reaccionaba mi respiración.
Luego se concentró en mis pies. Los trabajó con sus uñas, trazando líneas lentas por las plantas que oscilaban entre el cosquilleo y el dolor agudo. Pasó algo duro —un bolígrafo, quizás— de arriba abajo por las plantas varias veces seguidas, y el contraste entre aquella presión fina y lo que vino después fue brutal.
El bastinado empezó despacio. Los primeros golpes fueron exploratorios, casi suaves. Fueron aumentando de intensidad de forma gradual, y yo estaba tan saturado de sensaciones para entonces que el dolor ya no se procesaba de la misma manera. Era algo distinto: más profundo, más completo. El último golpe fue el más fuerte. Llegó sin aviso, en el centro exacto de ambas plantas, y me dejó completamente vaciado.
Me desató los pies. Pasó detrás de mí y apoyó sus plantas sobre mi cara, pidiéndome que las besara y las lamiera. En ese momento, con sus pies sobre mí, me indicó que podía tocarme con la mano izquierda. Lo hice, despacio, sin llegar. Cuando cambió a la derecha, tampoco llegué. Dijo que ese era el momento de parar, que tendría que terminar de vuelta en el hotel.
Se bajó de la plataforma.
—Levántate.
***
Pensé que la sesión había terminado. Pero me ordenó volver a arrodillarme frente a ella.
—Mis pies han estado descalzos toda la tarde —dijo—. Límpialos.
Me apliqué con la lengua durante un buen rato, recorriendo cada centímetro de sus plantas, entre los dedos, por el empeine, hasta que ella decidió que estaban suficientemente limpios. Me envió a la ducha. Me duché, me vestí y, cuando salí, ella ya estaba sentada en el sofá con una ropa más cómoda y unas sandalias planas.
Me senté a su lado. Hablamos de la sesión: qué había funcionado, qué había sentido en cada momento, qué había sorprendido a los dos. Era una conversación tranquila, casi ordinaria, de no ser porque media hora antes yo estaba arrastrándome por el suelo besándole los pies.
En algún punto noté que miraba sus pies, ahora cubiertos apenas por las sandalias. Ella lo notó también.
—Puedes acariciarlos si quieres —dijo, y los apoyó sobre mis muslos sin más ceremonia.
Los acaricié mientras seguíamos hablando, sin prisa, sin necesidad de nada más. Fue el mejor final posible para una noche que todavía hoy recuerdo con exactitud, cada detalle en su sitio, como si no hubiera pasado más de una semana.