Atada al tronco mientras el barro la devoraba
A Camila le gustaba caminar entre los robles cuando el resto del mundo dormía la siesta. Decía que la espesura no mentía, que el monte se mostraba tal como era: hermoso a veces, hostil casi siempre. «La naturaleza no esconde nada», pensaba mientras pisaba la hojarasca de la sierra de Valdebra. «Si te quiere, te abraza; si te quiere comer, te come.» Y ella prefería esa franqueza al ruido de la oficina.
Al principio salía con un grupo de senderismo del pueblo, los domingos. Después empezó a desaparecer entre semana, sola, con la mochila llena hasta el tope. Y al cabo de unos meses había dejado los caminos marcados y se internaba sin rumbo, orientándose por la sombra de los riscos o por el sol cuando lograba colarse entre las copas.
Era cuidadosa, eso sí. En la mochila llevaba pedernal, dos cuerdas largas, ropa de abrigo, frontal, mapa, navaja, kit de primeros auxilios, una bengala que esperaba no usar nunca, el móvil cargado y un bote de spray de pimienta. No solía cruzarse con nadie, casi nunca, pero era una mujer joven en mitad de un bosque y prefería no jugar a la inocente.
Y dos cosas más, que no servían para sobrevivir, pero que se habían vuelto imprescindibles: un consolador grueso de silicona y un succionador de clítoris pequeño. Sus «socios», los llamaba. Cuando estaba segura de que no había un alma en kilómetros a la redonda, se sentaba contra un tronco y se masturbaba durante una hora entera, descubriendo lo bueno que era poder gemir en voz alta sin ahogar la voz contra una almohada.
Aquella mañana eligió un cuadrante del mapa que nunca había recorrido. Era un terreno bajo, lleno de charcas, fango y vegetación enana. Se vistió en consecuencia: pantalón impermeable, botas altas con buena suela, camiseta térmica, un chaleco fino. Se untó repelente hasta debajo de la ropa, por si acaso. La humedad iba a ser mala, los mosquitos peores.
Después de dos horas de caminar, se metió en un trecho donde los abedules crecían demasiado juntos y el sol apenas pasaba. El suelo crujía blando bajo las botas. Cada paso costaba más que el anterior. Llegó un momento en el que el barro le tragó la bota entera y, cuando dio el siguiente, su pierna derecha se hundió hasta la rodilla.
Se quedó muy quieta. El fango la chupaba con suavidad, como si tuviera intención. Pulso lento. Ella reconoció el patrón: arenas movedizas. No el monstruo de las películas, una versión más doméstica y silenciosa, pero en aquel sitio, sola y a varios kilómetros del último camino, el detalle era irrelevante. Tiró con todas sus fuerzas. La pierna salió con un chasquido obsceno.
Retrocedió hasta una roca seca, se sentó y respiró. Se limpió las manos con un trapo húmedo y abrió el mapa para marcar la zona. Mientras mordisqueaba una barrita energética, se dio cuenta de que el sitio era tranquilo, fresco, sombrío, perfecto. Quizá era buen momento para sus socios.
—Vamos a celebrarlo —murmuró con una sonrisa torcida.
Sacó el succionador del bolsillo lateral, dejó el consolador apoyado sobre la roca como un soldado en formación y se bajó los pantalones. Llevaba las manos sucias del barro de antes, no le importó. Los dedos llenos de fango le dejaron rastros oscuros en los muslos y en el vientre cuando se subió la camiseta para liberarse las tetas. El succionador empezó a tirar de su clítoris en pulsos lentos.
El olor a tierra mojada se le quedó pegado a la piel. La textura del barro, viscosa y fría, la encendió de una manera nueva, distinta. Una idea le cruzó la cabeza, sucia y rotunda.
Métete entera. Que te chupe. Que te reclame.
Una parte de ella protestó: estás caliente, fóllate con el consolador y déjate de guarradas. Pero la otra parte ya estaba ganando.
Desnúdate. Métete hasta el cuello. Que te trate como a una cerda en su pocilga. Córrete cuando el fango te llegue al mentón.
Era demasiado morboso para descartarlo. Camila había leído lo suficiente como para saber que en un charco así no se hundía una completamente: la mezcla era demasiado densa, lo normal era atascarse a la altura de la cintura. El peligro real no era ahogarse, era quedarse atrapada y no poder salir. Y para eso estaban las cuerdas.
Apagó el succionador y lo dejó sobre la roca, junto al consolador. Se subió los pantalones lo justo para arrodillarse delante de la mochila. Sacó las dos cuerdas, las desenrolló y comprobó la trenza. Eran cuerdas de escalada, de las buenas. Aguantarían lo que les echaras.
—Esto va a llevar un rato. Espero que merezca la pena —dijo en voz alta, hablándole al bosque.
Hizo sendos nudos en cada muñeca, dobles, tirando con los dientes. Pasó los otros extremos por el tronco más grueso de los abedules cercanos, dio cuatro vueltas completas y los amarró con un nudo que había aprendido en un curso de espeleología. Tiró fuerte. La cuerda no cedió ni un dedo. Tiró otra vez. Nada.
Se desnudó del todo. Dejó la ropa doblada sobre la mochila, encendió el cronómetro del móvil y lo apoyó en una piedra plana, con la pantalla mirando al claro. Se quedó en cueros frente al fango, con las muñecas atadas y las cuerdas tensas a su espalda. Sintió el aire fresco entre los muslos, el corazón corriendo. Avanzó.
El primer paso le tragó el pie hasta el tobillo. El segundo hasta la pantorrilla. Al tercero, el barro la chupó hasta la mitad del muslo de un tirón seco, y soltó un «aaaaah» entre la histeria y la excitación. Movió las caderas y el fango la engulló hasta la cintura. Su clítoris quedó sumergido en la mezcla y aquello le erizó la piel hasta los hombros.
Una mano en cada cuerda, por si acaso. Quería esperar a ver hasta dónde llegaba antes de empezar a tocarse. Y el barro siguió subiendo. Lento, sí, pero subiendo. Le pasó el ombligo. Le rodeó las costillas. Le acarició las tetas por debajo. Aquello no se detenía.
—Vale, este charco no tiene fondo —se dijo, con la voz medio rota.
Cuando el fango le rozó el cuello, juzgó que ya era suficiente. Trepó por las cuerdas hacia atrás, brazo sobre brazo, y los músculos respondieron mejor de lo que esperaba. Salió arrastrándose, completamente desnuda, completamente cubierta de un barro grasoso, oscuro y caliente. Se tumbó boca abajo en la orilla y respiró.
—No ha sido tan difícil —jadeó.
Miró el cronómetro: veintiséis minutos y treinta y cuatro segundos desde que entró. Cinco para salir trepando. Más de veinte minutos antes de que el barro le tapara la cara.
—Me da tiempo a correrme como una perra.
Se sentía orgullosa, calculadora, dueña de su propio juego. Programó una alarma en el móvil para veinte minutos exactos, lo dejó cerca de la orilla, encima de la mochila. Miró por última vez al consolador y al succionador olvidados sobre la roca.
—Lo siento, chicos. No es que vayáis a mancharos. Es que si os suelto ahí dentro, no os recupero ni con un detector de metales —rio.
Volvió al charco. Esta vez sin reservas.
***
El fango la fue tragando otra vez, despacio, con el ritual ya conocido. Cuando le llegó a los muslos, gimió fuerte, sin pudor. Cuando le rozó el clítoris, bajó una mano y se abrió ella misma, dejando que la mezcla densa se le metiera entre los labios. Movía las caderas y notaba el barro acariciándole el culo con una suavidad casi pegajosa.
—Diosss, esta es la mejor paja de mi vida —murmuró, hablando con nadie.
Juntó las dos manos en cuenco, recogió un puñado de fango espeso y se lo embadurnó por las tetas, los hombros, la nuca. Por el cuello. La cara. El pelo. Sintió el peso pringoso pegándole los mechones al cráneo, escurriéndose en regueros densos por su clavícula y su pecho, hasta el vientre. Se reía sola, con la boca abierta. La sensación era brutal.
Estaba ya hundida hasta la cadera. Bajó las dos manos. Una al coño, otra al culo. Se frotó los dos agujeros con barro, sintiéndolo entrar en sitios que no debían recibir tierra. Le dio igual.
—Quiero que esto me folle —jadeó—. Que me preñe el bosque entero. Que me convierta en su puta.
El cerebro le iba en otra cosa. Las palabras le salían sin filtro, como si la cabeza también se le estuviera deshaciendo en líquido. Tiró un instante de las cuerdas, automática. Resistencia firme. Bien. Se rindió a la fantasía.
—Hazme tuya. Devórame. Quiero dejar de existir. Quiero fundirme contigo.
El barro le besó las tetas. Estuvo a punto de correrse en ese instante, pero se mordió el labio y se contuvo. Quería el orgasmo más tarde, cuando ya no hubiera salida. Quería correrse con el fango entrando en la boca.
Hizo botar las tetas para que golpearan contra la superficie pegajosa. El barro la atrapaba un poco más con cada movimiento. Las arenas le subieron por el esternón, le rodearon el cuello. Los hombros desaparecieron. Los brazos solo se movían a fuerza de rasgar el espesor que se la comía sin piedad.
—Ahhhh, voy a correrme —gritó, con la barbilla ya rozando el barro.
Y entonces, justo antes de dejarse ir, sus manos tiraron de las cuerdas otra vez. Un reflejo. Una última comprobación inconsciente, ese pequeño protocolo de seguridad que el cuerpo hace por su cuenta cuando la cabeza está en otro sitio.
Algo iba mal.
No sintió tirantez. No sintió ni la mansa resistencia que daba antes el tronco. Sintió flojera, peso muerto. Las cuerdas seguían atadas a sus muñecas, sí, pero los otros extremos venían sueltos, sin tensión, arrastrándose por el barro hasta perderse en el suelo firme.
Camila giró la cabeza con dificultad, el cuello ya casi sumergido. Le costó procesar lo que veía.
Los cabos de las cuerdas estaban tirados en el suelo, junto al árbol. En el tronco aún quedaban pedazos de cuerda, cuatro vueltas que ella misma había dado, ahora pendiendo flojas, cortadas a media altura. No deshilachadas por el roce. No roídas por un animal. Cortadas. Limpias. Con una cuchilla bien afilada o con un hacha.
El bosque seguía sin un ruido. Ningún paso. Ninguna respiración ajena. Pero alguien había estado allí, mientras ella se hundía, y se había ido.
Quiso gritar. Abrió la boca y el barro se la llenó de golpe, viscoso, metálico, agrio. Lo escupió como pudo y empezó a respirar por la nariz, inhalando rápido, ahorrando segundos.
Sonó la alarma del móvil. Veinte minutos. Justos.
El sonido la metió en una calma rara, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Su boca ya estaba debajo de la superficie. No podía gritar. Y aunque pudiera, ¿a quién iba a llamar? El que la oyera era, casi seguro, el mismo que había cortado las cuerdas.
La alarma siguió sonando.
Hora de correrte, Camila.
Sus manos volvieron a las tetas y al coño con torpeza, abriéndose paso entre la masa que se las quería tragar. Sintió el barro subiendo más rápido ahora, llegándole a los pómulos, a los ojos. Cerró los párpados con fuerza. Se metió tres dedos. Se folló a sí misma con rabia, con miedo y con un placer absoluto que no entendía.
Camila se hunde hasta la frente. El pelo se le va detrás. Camila desaparece de la vista. Camila se corre.