La luchadora que casi me aplastó en el ring
Estaba de vacaciones hacía apenas tres días y ya me aburría. Pasaba las mañanas en la piscina del hotel, las tardes dando vueltas por el centro y las noches mirando el techo sin saber muy bien qué hacer con mi tiempo libre. Tenía veintiséis años, un cuerpo razonablemente trabajado gracias a tres sesiones semanales de gimnasio, y la costumbre de meterme en situaciones que no terminaba de controlar del todo.
Por eso, cuando Laura me habló en el avión de los eventos de lucha libre, no lo dudé ni un segundo.
La había conocido durante el vuelo. Rondaba los cuarenta y cinco años, cabello negro cortado a la altura del hombro, una actitud tranquila de quien ha visto demasiado para sorprenderse de algo. Trabajaba como árbitra en torneos de lucha libre amateur: nada oficial, nada televisado, pero con público real y dinero de por medio. Me explicó que aceptaban participantes sin entrenamiento si pasaban una pequeña prueba.
—¿Cuánto pagan? —pregunté.
—Bastante por participar. Más si ganas. Y si pierdes... —hizo una pausa breve— el ganador elige qué pasa después, dentro del ring.
Me dio su tarjeta antes de aterrizar. No la tiré.
***
La dirección era un local industrial en las afueras: fachada de hormigón gris, sin letrero visible. Una recepcionista me hizo pasar a una sala donde esperé unos veinte minutos hasta que llegó un hombre de traje que me explicó las condiciones. En resumen: casi no había reglas. Nada de fracturas deliberadas, nada de armas. Todo lo demás era válido.
—El castigo al perdedor es quedar a disposición del ganador, dentro del ring, por el tiempo que establezca el árbitro —añadió sin cambiar el tono, como si estuviera leyendo una cláusula de contrato.
Pasé el casting sin problema. Me miraron de arriba abajo, me pidieron unas flexiones, comprobaron que no tuviera lesiones previas y me dijeron que empezaba en dos días.
Dos días para decidir si aquello era una buena idea. Firmé igualmente.
***
El camerino era pequeño y olía a desodorante barato. Me puse la ropa de lucha —shorts ajustados y nada más— y esperé a que un asistente viniera con información sobre mi rival. Cuando llegó con una tablet y empezó a ponerme vídeos, intenté mantener la concentración en lo que importaba: velocidad, movimientos defensivos, puntos débiles.
No fue fácil. Mi rival se llamaba Valeria y tenía unos cuarenta y dos años.
En los vídeos se veía claramente que no encajaba en ninguna categoría simple. No era musculosa en el sentido convencional, pero tampoco había nada descuidado en ella: abdomen ancho y firme, brazos gruesos sin ser voluminosos, piernas sólidas. Y encima de todo eso, un pecho de proporciones considerables que el sostén de lycra apenas contenía. Nada blando a la vista. Todo compacto, resistente, construido para absorber castigo y devolver más.
En los vídeos, los hombres que la enfrentaban perdían de forma predecible: se acercaban donde no debían, se distraían, y ella los tumbaba con una eficiencia que no necesitaba velocidad. Era lenta para los golpes pero devastadoramente contundente. Su resistencia al daño era llamativa: encajaba impactos que habrían tumbado a cualquiera y seguía de pie, aguantando, esperando el error del otro.
No te acerques a donde no debes. Eso es lo único que necesitas recordar.
Casi nunca perdía.
***
El público era más numeroso de lo que esperaba. Unas doscientas personas en gradas a los lados del ring, ruido constante, el ambiente caldeado de algo que estaba a punto de ocurrir. Entré primero y la recepción fue tibia: era nuevo, nadie sabía qué esperar de mí. Cuando apareció Valeria, el ruido cambió de naturaleza. Una mezcla de silbidos, aplausos y algo difícil de clasificar que tenía más que ver con expectativa que con respeto.
Se quitó la bata al borde del ring y la dejó caer sin mirar atrás. Sostén negro ajustado, calzón de lycra. Me observó desde arriba durante un segundo antes de subir.
—Vete mientras puedas —dijo en voz baja, casi sin inflexión—. Esto no va a ir bien para ti.
—Gracias por el aviso —respondí.
La árbitra que subió al ring fue Laura. La reconocí y sentí un leve alivio que resultaría completamente injustificado.
***
Sonó la campana.
Valeria propuso un duelo de fuerza desde el primer segundo: brazos abiertos, manos extendidas, el gesto clásico de medir fuerzas. Lo seguí la corriente con la intención de escabullirme rápido y buscar una entrada lateral. Calculé mal la distancia.
Me atrapó antes de que pudiera reaccionar.
El abrazo fue como quedar prensado entre dos paredes que se cerraban a velocidad constante. La presión en la espalda era específica y brutal, los pulmones vaciándose en cámara lenta sin que pudiera hacer nada para impedirlo. Empujé, tensé cada músculo que tenía, intenté separarme de cualquier forma posible. Solo conseguí que apretara más.
El público empezó a animarse.
—Relájate —me murmuró al oído—. Vas a necesitar las fuerzas después.
Me soltó de golpe. Caí hacia atrás y tardé varios segundos en recuperar el aliento. El suelo del ring estaba frío. Lo sé porque pasé un buen rato mirándolo desde él.
Bien. Ahora ya sé lo que tengo en frente.
Antes de que pudiera incorporarme del todo, una mano me aferró del pelo y me levantó a medias. El primer puño llegó al costado. Luego otro. Luego un tercero. Golpes en las costillas sin pausa, metódicos, cada uno apuntando exactamente al mismo punto. No pude contener los gemidos de dolor. Era una quemadura que se extendía con cada impacto hacia la espalda y el pecho.
El público coreaba que terminara el trabajo de una vez.
Perdí la cuenta de los golpes. En algún momento el dolor se volvió tan constante que dejé de registrarlo como información nueva y empecé a buscar una salida. Seguía en pie. Ella era lenta. Eso era suficiente para seguir adelante.
***
Valeria levantó los brazos hacia las gradas para recibir la ovación. Me tomé esos cinco segundos para ponerme de pie. Me temblaban las piernas. Las costillas me ardían. Pero seguía en pie.
Ella se giró y me miró con algo parecido a la sorpresa.
—Eres más terco de lo que parecías.
—Todavía no hemos terminado.
Esta vez no esperé a que levantara los brazos. En cuanto estuve a distancia, usé toda la velocidad que me quedaba y le conecté una patada al costado de la cara. No fue suficiente para tumbarla, pero la mandó a la esquina del ring sacudiendo la cabeza. Aproveché el momento y me fui encima antes de que se recuperara.
Los golpes al abdomen empezaban a tener efecto. La zona se había enrojecido y ella apretaba los dientes con cada impacto, cubriendo con los brazos lo que podía. Golpeé los brazos también. Estaban duros, pero el dolor llegaba igual. La escuché gruñir por primera vez.
—Ahora me toca a mí —le dije cerca del oído.
Seguí con una ráfaga corta al estómago. Ella intentó cubrirse pero el espacio era demasiado estrecho. La piel del abdomen se enrojecía visiblemente y su respiración se había vuelto trabajosa, entrecortada. Aun así se mantenía de pie, apoyada en la esquina, aguantando con una concentración que empezaba a parecerme algo más que resistencia física.
Entonces me acerqué demasiado.
El calor de su cuerpo a esa distancia era difícil de ignorar. Los pezones se marcaban con claridad contra la tela tensa del sostén. Me prometí que no cometería el error que había visto en los vídeos, y lo cometí de todas formas: cuatro segundos de distracción que ella aprovechó para conectarme un gancho que no vi venir.
Me tambaleé. Escupí y retrocedí un paso. Luego volví.
Cerré la distancia otra vez, esta vez con más intención. Un golpe cruzado al pecho hizo que el sostén cediera de un lado, y el sonido que salió de ella no era del todo dolor. Me detuve un instante. No fue un momento de debilidad física: fue otra cosa.
Valeria se apoyó en la esquina con el pecho parcialmente libre, respirando con dificultad. Los pezones estaban erectos, la piel enrojecida. Me acerqué y empecé a trabajarle los pechos con las manos: apretando, retorciendo, con la firmeza justa para que cada quejido que soltaba fuera involuntario. Su cabeza cayó hacia atrás. Las manos intentaron apartarme pero sin fuerza real detrás.
El público ya no gritaba. Observaba.
Pasé la lengua por un pezón antes de morderlo con cuidado. Ella exhaló con fuerza. Cambié al otro, succioné, mordí ligeramente. Sus caderas se movieron solas hacia delante. Me aparté un momento para mirarla: tenía los ojos entornados, la boca entreabierta, el cuello inclinado hacia atrás.
Ahora. Tírala ahora.
Me agaché para agarrarle el calzón y terminar el trabajo. Y fue entonces cuando el golpe llegó por detrás.
***
Apuntó a los testículos pero falló por poco. El impacto en la base del pene fue suficiente para doblarme en dos. Antes de que pudiera procesar lo que había pasado, un derechazo me llegó en la cara y me tumbó boca arriba.
Laura estaba parada frente a mí, con el uniforme de árbitra y ningún rastro de neutralidad en la cara.
—¿Por qué? —fue lo único que pregunté.
—Porque necesitaba verte perder —dijo—. Valeria es mi pareja. Tenerte encima de ella me estaba volviendo loca.
Todo encajó de golpe y de una forma que no me gustó nada: el encuentro en el avión, la tarjeta, la casualidad de que ella fuera la árbitra. Nada había sido casual.
—Ahora te tengo entretenido mientras ella se recupera. Después te acaba.
Me pateó en el estómago. Luego otra vez en el costado lastimado. Me apoyó un pie encima de las costillas y comenzó a presionar despacio. El dolor pasó de cero a insoportable en dos segundos. Grité sin poder evitarlo. Rodé hacia el borde del ring para escapar y caí fuera.
Me quedé en el suelo unos segundos que se sintieron como minutos. El público había pasado del entusiasmo a algo ambiguo: algunos me gritaban apoyo, otros que me rindiera de una vez. Laura bajó del ring con pisadas pesadas y me alcanzó antes de que pudiera levantarme del todo.
Alguien entre el público me ayudó a subir de vuelta al ring. Lo que me encontré al subir no me dio esperanza: Valeria ya estaba de pie y acercándose. Laura me inmovilizó los brazos por detrás.
Esto se acabó.
***
Valeria se detuvo delante de mí y me observó durante un segundo largo. Su expresión no era de triunfo. Tomó mi cara entre sus manos y me miró de cerca, como si estuviera buscando algo.
Dije lo que pensaba sin calcular si era inteligente:
—Luchaste mejor que cualquiera de los que vi en los vídeos. Resistes más de lo que debería ser posible.
Aproximé los labios a los suyos y la besé.
El público se quedó en silencio.
Laura empezó a gritar por encima de mi hombro que terminara el trabajo, que me aplastara, que ejerciera presión donde más dolía. La voz sonaba urgente, forzada, con una nota que no era de seguridad.
Valeria no me aplastó. Me soltó despacio. Me apartó con suavidad. Luego se giró hacia Laura.
—La última vez que metes la mano en una pelea mía —dijo en voz baja y muy clara—. Tenías un trabajo aquí y no era este. Hemos terminado.
Laura no tuvo tiempo de responder. Valeria la empujó al suelo del ring con toda la fuerza que le quedaba. El golpe fue seco y definitivo. Laura quedó boca arriba, sin aire, parpadeando hacia el techo.
El árbitro que bajó de las gradas tardó poco en hacer el conteo. Uno. Dos. Tres.
Las campanas sonaron.
***
El árbitro levantó mi brazo. Luego levantó el de Valeria. Nos declaró ganadores a los dos. La perdedora era Laura, que seguía en el suelo tratando de recuperar la compostura y el orgullo, con escaso éxito en ambos frentes.
Valeria se acercó a mí y habló en voz baja:
—Haz lo que quieras con ella primero. Después sigo yo.
Miré a Laura tendida en el ring, incapaz de decidir exactamente cómo sentirme. Ella me devolvió la mirada con los dientes apretados.
—Esto no va a pasar —dijo.
El árbitro le colocó unas esposas en las muñecas y le explicó con calma que estaba sujeta a las normas del evento. Laura se retorció durante un rato, maldijo en voz baja y finalmente se quedó quieta mirando el techo con una expresión que era mitad rabia y mitad otra cosa que no quería mostrar.
Valeria se sentó a mi lado en la esquina del ring. El público abajo empezaba a entender lo que había pasado, y el ruido fue volviendo poco a poco.
—Nunca me habían besado así después de pelear —dijo.
—Nunca había peleado así —respondí.
No era la mejor réplica del mundo. Pero ella sonrió, y en ese momento fue suficiente.