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Relatos Ardientes

Mi vecina me sometió en la escalera del edificio

Habían pasado varios días sin que Damián se cruzara con Bárbara, la vecina del cuarto que le había enseñado, en una sola tarde, todo lo que él intentaba no admitir sobre sí mismo. Con ella había descubierto que la sumisión no era una idea abstracta sacada de una pantalla, sino algo que le nacía del cuerpo cuando una mujer lo miraba de cierta manera.

Seguía yendo a sus clases de diseño, tomaba apuntes, contestaba en los trabajos en grupo. Pero por dentro repasaba lo ocurrido como quien relee un mensaje que no debería haber guardado. La adoración de pies, los juegos de dominación, la manera en que su voluntad se aflojaba en cuanto Bárbara le ordenaba algo. Todo seguía ahí, latiendo bajo la rutina.

Las cosas ya no eran iguales que antes y él lo sabía. Bárbara se lo había dicho con una naturalidad que daba más miedo que cualquier amenaza: que le gustaba ablandarlo, feminizarlo poco a poco, y que a cambio lo recompensaría dejándolo hundirse en sus fetiches. El problema era que Damián estaba cambiando de verdad, y en buena parte había sido por ella.

El día que le ordenó lamerle los pies, algo se había encendido en su cabeza y no había vuelto a apagarse. Tenía veintiún años, estudiaba diseño gráfico y, de puertas afuera, era un chico tímido y correcto. De puertas adentro guardaba un secreto que lo avergonzaba y lo excitaba en la misma proporción.

Era viernes y llegaba a casa con la mochila al hombro cuando se topó con ella en el portal. Bárbara se alegró de verlo, y esa sonrisa suya, lenta y segura, le hizo un nudo en el estómago.

—Hola, Damián —dijo ella.

—Hola… —respondió él, y enseguida bajó la vista.

Bárbara llevaba unas sandalias finas y las uñas pintadas de rojo. Damián se quedó mirándoselas más de la cuenta, y ella lo notó de inmediato. No había manera de disimular delante de una mujer que ya conocía su debilidad.

—¿Qué tal estás? —preguntó, divertida, viendo cómo se le iban los ojos hacia sus pies.

—Regular… por lo que pasó el otro día —contestó él, con la voz baja.

—Ya veo lo cachondo que estás —dijo Bárbara.

Se sentó en el primer escalón de la escalera, dobló las piernas y empezó a balancear una sandalia colgada de la punta de los dedos. El cuero golpeaba suavemente contra la planta del pie, una y otra vez, y Damián no podía apartar la mirada de ese movimiento.

—¿Y te has hecho muchas pajas pensando en mis pies? —preguntó, como si fuera la pregunta más normal del mundo.

—Sí… muchas —admitió él.

—Estamos en un sitio público —dijo ella, bajando un poco la voz—. Pero si te das prisa, te dejo lamerlos.

Damián miró hacia la puerta de la calle, hacia el ascensor, hacia las ventanas de los rellanos. Cualquiera podía bajar en ese momento. Y aun así notó cómo se le tensaba el pantalón.

—Además, he leído que a los sumisos pajilleros como tú, los fetichistas de pies, os gustan sudados —siguió Bárbara, acercando un pie a la altura de su cara—. Mira lo calientes que los tengo después de todo el día metidos en estas sandalias.

Él se arrodilló en el suelo frío del portal sin pensarlo demasiado. Acercó la nariz al empeine de Bárbara y respiró. El olor era íntimo, real, nada que ver con las fantasías que se montaba a solas. Empezó a besarle los dedos uno a uno, despacio, mientras ella lo observaba desde arriba con una calma de dueña.

—Lo que tienes que hacer es no dejar de lamer y de oler, pase lo que pase —ordenó—. No levantes la mirada de mis pies, esclavo.

—Desnúdate y ponte de rodillas —añadió, y su tono no admitía dudas.

Damián obedeció. Se quitó la chaqueta, la camiseta, los pantalones, y los fue dejando en un montón sobre el escalón. El aire del portal le erizó la piel. Estaba desnudo en la entrada de su propio edificio, arrodillado a los pies de su vecina, y la vergüenza no hacía más que aumentar su excitación.

—Se nota cuánto necesitas que te dominen —dijo Bárbara, satisfecha—. Dame el cinturón.

Él sacó el cinturón del montón de ropa y se lo tendió con las dos manos. Ella lo dobló en dos y lo dejó sobre su regazo, como quien guarda una correa para más tarde.

En menos de cinco minutos lo tenía a sus pies, besándoselos y oliéndoselos sin descanso. Bárbara echó la cabeza hacia atrás, apoyada en el muro, y le puso las plantas directamente contra la cara, restregándoselas despacio mientras disfrutaba de tenerlo así, reducido a nada delante de cualquiera que entrara.

Y entonces entró alguien.

La puerta del portal se abrió y aparecieron Hugo y Pilar, una pareja del tercero. Se quedaron clavados en el sitio, sin saber dónde meterse, mirando la escena del chico desnudo de rodillas y la vecina con los pies en su cara.

—Pero… ¿qué es esto, Bárbara? —preguntó Pilar, llevándose una mano al pecho.

—Oh, vecina, disculpa el espectáculo —respondió Bárbara, sin moverse ni un centímetro—. Es solo mi esclavo. Le estaba dando lo que tanto le gusta.

—Esto es una vergüenza —soltó Hugo, rojo, intentando aparentar indignación.

—No parece que lo sea tanto para ti —contestó ella, y clavó la mirada en su entrepierna.

Pilar siguió esa mirada y se giró hacia su marido, desconcertada. La confianza con la que Bárbara le hablaba a Hugo no encajaba con la de dos vecinos que apenas se saludan en el ascensor.

—¿Qué significa eso? —preguntó Pilar—. ¿Has tenido algo con ella y no me lo has contado?

—Yo no he hecho nada, cariño —se defendió Hugo.

—Es verdad, no ha hecho nada —dijo Bárbara, con una sonrisa cruel—. Pero mírale el pantalón. La tiene tan dura como este perro que tengo a mis pies.

Pilar bajó la vista. El bulto en el pantalón de su marido era imposible de negar. Se llevó las dos manos a la cara, entre el bochorno y la rabia.

—¿Te gusta esto? —le preguntó a Hugo, con la voz temblando—. ¿Te gusta ella?

—No… no me gusta —tartamudeó él, buscando una salida que no existía.

—Sí, claro —intervino Bárbara, levantándose—. Como todas las veces que me he cruzado contigo en la escalera y se te ha puesto durísima mirándome.

—No te muevas de ahí, inútil —le dijo entonces a Damián, que seguía de rodillas con la frente baja, sin atreverse a levantar los ojos del suelo.

—Eso es mentira —saltó Hugo—. Te lo estás inventando para meterme en un lío con mi mujer.

—¡Cariño, de verdad que no he hecho nada! —insistió, girándose hacia Pilar.

—¿Ah, no? Pues mira la mancha del pantalón —dijo Bárbara, señalando con un dedo.

Pilar miró, y se quedó desencajada. Había una mancha húmeda extendiéndose en la tela, pequeña pero inconfundible, la prueba de que su marido llevaba un rato más excitado de lo que jamás confesaría.

—¿Sabes una cosa? —dijo Bárbara, dando un paso hacia él—. A los cerdos como tú, que disfrutan a escondidas y luego mienten a su mujer, yo los castigo así.

Le soltó una patada seca en la entrepierna. Hugo se dobló sobre sí mismo con un alarido que rebotó en las paredes del portal, y cayó de rodillas al suelo junto a la entrada, sujetándose con las dos manos.

—¡Aaah…! —gemía, sin aire, con los ojos en blanco.

Se quedó tirado de costado sobre el felpudo, jadeando, y entre el dolor y la humillación terminó de mancharse el pantalón por completo. No había podido contenerse. Pilar lo miraba sin entender cómo se había desmoronado todo en cuestión de minutos.

—Mira tú, si hasta se ha corrido —comentó Bárbara, casi con desprecio—. El puto cerdo se corre con una patada delante de su mujer.

—Tú, inútil, levántate. Nos vamos —le ordenó a Damián.

El chico recogió su ropa hecha un ovillo, sin terminar de vestirse, y se quedó pegado a ella como un perro que sigue a su dueña. Bárbara se volvió una última vez hacia Pilar antes de llamar al ascensor.

—Tienes que educar mejor a tu marido —dijo—. Ya has comprobado lo que esconde. Y si se corre con esto, imagínate la de cosas que se calla.

—Por cierto —añadió, casi de pasada—, mi esclavo, cuando ensucia el suelo, lo limpia con la lengua. No sé el tuyo, pero el portal se queda como tú decidas dejarlo, vecina.

Entró en el ascensor con Damián detrás, todavía a medio vestir, y las puertas se cerraron dejando a Pilar plantada en mitad del rellano, incapaz de articular una sola palabra.

Lo que ninguno de los protagonistas notó fue que, desde el tramo de escalera de arriba, Vega y Lorena, dos vecinas del quinto, habían presenciado toda la escena. Se taparon la boca para no hacer ruido y se quedaron escondidas, sin saber si reírse o salir corriendo, mientras Hugo seguía encogido en el suelo recuperándose del golpe.

***

En el ascensor, Damián por fin levantó la vista. Bárbara lo miraba en el espejo con esa media sonrisa que él ya había aprendido a temer y a desear al mismo tiempo. No le dijo nada. No hacía falta. Acababa de demostrarle, una vez más, que su mundo entero cabía en lo que ella decidiera ordenarle.

Bárbara nunca llegó a saber qué pasó después en el portal. Si Pilar obligó a su marido a limpiar la mancha con la lengua, si lo dejaron tal cual para que lo encontrara el primero que bajara, o si fue ella misma quien, por pura vergüenza, terminó borrando el rastro antes de que alguien preguntara. No era asunto suyo.

Para Damián, en cambio, el viernes había cambiado algo definitivo. Volvía a casa desnudo, con la ropa en la mano y el cuerpo todavía caliente, y por primera vez no sintió vergüenza de lo que era. Solo las ganas de que ella volviera a ordenarle ponerse de rodillas. Y así, sin más, ese día terminó de esa manera.

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Comentarios (4)

Romina_GBA

barbaraaa que relato!!! me dejo sin aire literalmente

NocheDeViernes

La tension desde el primer parrafo me atrapo y no pude dejar de leer. Muy bien escrito, se siente autentico sin ser exagerado. Sigue asi!!

Aitor27

El detalle de la sandalia al principio... que imagen tan poderosa. Con eso solo ya supe que iba a ser bueno

Tini_Rdz

Por favor tiene que haber segunda parte, me quede con muchisimas ganas de mas!!!

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