Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que mi exjefe volvió solo para usarme

Soy Carla. Tengo treinta y nueve años, divorciada desde hace cinco, y siempre fui una mujer que aceptó su deseo sin pedir disculpas a nadie. Lo que voy a contar pasó hace pocas semanas y todavía no consigo decidir si me arrepiento o si volvería a hacerlo exactamente igual.

Durante el 2022 tuve un amante en la oficina. Damián, lo llamaré así porque su nombre real no importa, era catorce años mayor que yo. Director de su departamento, divorciado, dueño de una voz grave que sonaba como si supiera exactamente qué pensabas antes de que terminaras la frase. Físicamente no era el hombre más espectacular del piso: tenía el pecho ancho, las manos grandes y una mirada que no parpadeaba. Pero esa seguridad suya, esa manera de pedir las cosas como si no admitiera otra respuesta que «sí», me volvía idiota.

Follábamos en su despacho los viernes por la tarde, cuando el resto del equipo ya se había ido. A veces en el coche, en el aparcamiento subterráneo. Una vez en mi piso, una sola vez, y me hizo prometer que no volvería a invitarlo. «No mezclo ámbitos —dijo—. Tú eres mi puta de oficina». Lo dijo con esa calma que tenía, y yo me reí y le dije que era un cerdo. Y volvimos a follar.

Lo nuestro era pura dominación. Él daba las instrucciones, yo las cumplía. Me ataba las muñecas con su corbata, me obligaba a arrodillarme antes de tocarlo, me llamaba cosas que en otro contexto me habrían ofendido y que en su boca me derretían. Tenía un pene grueso, no muy largo, y sabía exactamente qué hacer con él. Sabía esperar. Sabía mirarme como si yo fuera el postre y él hubiera cenado bien.

A finales de aquel año lo trasladaron a Zúrich. Promoción importante, salto de categoría, oficina con vistas al lago. Me lo dijo dos semanas antes de marcharse, en su despacho, mientras se abrochaba el cinturón.

—Ha sido bueno, Carla. Cuídate.

Ni un beso, ni una promesa, ni un «te llamaré». Solo eso, y se fue.

Yo me hundí más de lo que estaba dispuesta a admitir. Le escribí varias veces los primeros meses. Él respondía corto, frío, dos frases como mucho. Después dejó de responder. Me planteé volar a Suiza para verlo y al final no lo hice; me daba pánico aparecer en la puerta de un hombre que ya había decidido olvidarme.

Me lamí las heridas como pude. Me bajé Tinder, subí dos kilos, los volví a bajar, conocí a varios hombres que no estuvieron mal y a unos cuantos que no merecía la pena ni recordar. Aventuras de una noche, casi siempre. Ninguno me hablaba como Damián.

***

Volvió en otoño del 2025. No como compañero esta vez: como director general de la filial. El jefe de mis jefes. Su nombre apareció en un correo de bienvenida del comité ejecutivo, y se me cayó el café sobre la mesa.

Los primeros días lo vi pasar por los pasillos con su traje azul marino, su sonrisa de hombre importante, sus reuniones con los delegados alemanes y suizos. No me miró ni una vez. Yo había dejado de existir para él, eso estaba claro. Habría preferido que me odiara, que me mirara con desprecio, lo que fuera; pero la indiferencia me partió en dos.

Aguanté un mes. Una noche, después de tres copas de vino y todas las malas decisiones que se toman a las once y media, le escribí.

«Hola Damián. Sé que ahora soy un cero a la izquierda para ti. Quizás siempre lo fui. Pero si en algún momento te apetece tener una conversación privada, fuera del trabajo, aquí estaré».

Me quedé temblando, mirando el teléfono. Tres rayitas grises de «escribiendo», luego nada. Bloqueé la pantalla y la metí debajo del cojín del sofá como si así pudiera deshacer lo que había hecho.

Pasaron seis días sin respuesta. Me convencí de que el tema estaba zanjado, de que lo había estropeado todo y de que, con suerte, él lo dejaría correr y no me despediría. Y entonces, un jueves a media tarde, llegó el mensaje.

«Hola Carla. Espero que estés bien. Esta noche te llamo».

Salí de la oficina flotando. Cené algo que ni recuerdo, me senté en el sofá con el móvil en la mano y esperé. Esperé hasta que el reloj marcó las doce y diez y ya estaba a punto de rendirme. Entonces sonó.

—Hola, puta —dijo, sin saludar.

Me reí y casi se me escapan las lágrimas a la vez.

—Hola, Damián. Gracias por lo de puta. Y por dos años de silencio. ¿Vas a contarme cómo estás?

Hubo un silencio largo. Yo escuchaba su respiración. Volvía a ponerme nerviosa como una adolescente.

—Estoy bien —dijo al fin—. Suiza fue todo lo que esperaba. Pero echaba de menos algunas cosas de aquí.

—Algunas cosas. Yo no, supongo.

—Exacto.

Otro silencio. Me mordí el labio hasta hacerme daño. Una parte de mí quería colgar y borrar su número. La otra parte ya estaba húmeda solo por escucharlo respirar.

Hablamos veinte minutos más, si hablar es lo que se hace cuando uno responde con monosílabos y la otra rellena los huecos. Yo le conté tonterías de la oficina, de mi madre, de un viaje que había hecho a Lisboa. Él comentaba lo justo. Pero antes de colgar, sin cambiar el tono, dejó caer la frase que iba a perseguirme las siguientes horas.

—¿Vives sola en el piso de la calle Aribau?

—Sí. ¿Por qué?

—Mañana a las siete y media de la mañana voy a estar abajo, en tu portal. Vas a dejar la puerta del piso entornada. Te vas a desnudar entera, no quiero ni un calcetín. Te vas a sentar en una silla del salón, frente a la ventana, con las piernas abiertas y las manos en los reposabrazos. Sin tocarte. Yo voy a entrar, voy a sentarme enfrente y voy a mirarte el tiempo que me apetezca. No vas a hablar. No vas a moverte. Solo vas a dejarte mirar.

Me quedé sin aire.

—¿Me estás vacilando?

—No.

—Damián, eso es… raro. Es humillante.

—Sí.

—No voy a ser un objeto en mi propio salón para que tú vengas a recordarme lo que valgo.

—Entonces no abras la puerta. Buenas noches, Carla.

Y colgó.

***

No dormí. Estuve dándole vueltas hasta las cuatro y media de la madrugada, y al final me puse a llorar de pura rabia. Porque lo iba a hacer. Lo supe a las dos. A las tres ya estaba imaginando la escena: qué silla iba a poner frente a la ventana, si subir o no la persiana, si cerrar la puerta del baño que se ve desde el salón.

A las seis sonó la alarma sin que hubiera pegado ojo. Me duché despacio. Me afeité con cuidado, me hidraté la piel, me puse el perfume que él me regalaba en navidad cuando todavía éramos lo que fuéramos. Me sequé el pelo y me lo dejé suelto. No me maquillé; me parecía absurdo, dada la circunstancia.

A las siete y veinte ya estaba desnuda. Me senté un momento en el borde de la cama y me miré las manos. Me temblaban.

A las siete y veinticinco arrastré la silla del comedor hasta el salón y la coloqué frente a la ventana, como había dicho. Subí media persiana. La luz oblicua de la mañana me recortaba el cuerpo en el cristal. Desde fuera no se veía nada, vivo en un cuarto piso con el patio interior delante; pero la sensación de estar expuesta a la calle me ponía la piel de gallina.

A las siete y veintiocho dejé la puerta del piso entornada con el seguro puesto en el primer punto. Volví al salón. Me senté. Apoyé las manos en los reposabrazos. Abrí las piernas.

Y esperé.

A las siete y treinta y dos oí la puerta. Pasos en el pasillo. No me giré. Me había prohibido moverme. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que lo oía él también.

Damián entró en el salón. Lo vi por el rabillo del ojo: el mismo traje azul marino del primer día de vuelta, la chaqueta colgada del brazo, la corbata floja. Olía a su colonia de siempre, esa mezcla de cuero y limón que llevaba dos años persiguiéndome en los sueños.

Cogió una silla del comedor, la arrastró sin prisa, la colocó a metro y medio de la mía, en diagonal. Se sentó. Cruzó las piernas. Apoyó los codos en los reposabrazos y juntó las puntas de los dedos a la altura del mentón.

Y me miró.

No dijo nada durante mucho tiempo. No sé cuánto. Cinco minutos, diez, quince. Yo notaba el aire frío entre los muslos, el peso de mis pechos, el sudor que me empezaba a brotar entre los omóplatos. Notaba sus ojos recorriéndome despacio: la cara, el cuello, los hombros, los pezones que se me habían endurecido sin pedirme permiso, el vientre, el sexo abierto y mojado, los muslos, los pies descalzos sobre el parquet.

—Más abierta —dijo de repente.

Separé las piernas otro centímetro.

—Más.

Las separé hasta que me dolió la cara interna del muslo.

—Así.

Volvió a callarse. Yo notaba cómo me dilataba sin que nadie me tocara. Notaba cada latido entre las piernas. Y al mismo tiempo, una vergüenza espesa me subía por el cuello, me ardía en las mejillas. Era la combinación más extraña de excitación y humillación que había sentido en mi vida.

—Recuerdo cada centímetro —murmuró, casi para sí mismo—. No has cambiado.

—Damián…

—Cállate.

Cerré la boca.

Estuvo otro rato mirándome. Sacó el móvil del bolsillo, miró algo, lo guardó. No me hizo una foto, no me grabó. Solo miraba. Como quien repasa un cuadro en un museo del que ya no es propietario.

Cuando llevábamos cerca de media hora, se levantó. Cogió su chaqueta. Se acercó a mí, se inclinó y me besó en la frente. Un beso seco, breve, casi paternal. Su mano me rozó el pelo y se quedó un segundo de más en mi nuca.

—Gracias, Carla.

—¿Ya está? —dije, y me odié por el temblor en la voz.

—Ya está.

—¿Vas a follarme algún día?

Sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, casi triste.

—Me encantaría. Pero esta semana presento mi dimisión. Me vuelvo a Zúrich, esta vez para quedarme. Tengo una oferta que no puedo rechazar.

Me lo quedé mirando. No supe si quería pegarle o llorar.

—Eres un hijo de puta.

—Lo sé. —Se dio la vuelta y fue hacia el pasillo. Antes de salir del salón se giró—. Cierra las piernas cuando me vaya. Vístete. Ve a trabajar. Y olvídame de verdad esta vez. No te merezco.

Y se fue. Oí la puerta cerrarse, el clic suave del cerrojo encajando, sus pasos en el rellano, el ascensor.

Me quedé sentada otros diez minutos, exactamente igual. Desnuda, abierta, mirando al techo. Sin moverme. Como si moviéndome fuera a aceptar antes de tiempo que se había acabado.

Después me levanté, cerré la persiana, me metí en la ducha y dejé que el agua corriera mucho rato.

Llegué tarde a la oficina. Nadie me dijo nada. Damián no estaba; se había quedado en su despacho con los abogados, redactando su carta de salida. No volví a verlo. Dos viernes después, una compañera me contó en el comedor que ya estaba en Suiza.

A veces, por las noches, me siento en aquella misma silla del salón, en pijama, con una copa de vino, y me pregunto qué carajo me pasó esa mañana. Cómo es posible que un hombre consiga, sin tocarme, dejarme más vacía y más usada que cualquiera de los amantes que he tenido.

La respuesta más honesta que se me ocurre es esta: porque le obedecí sabiendo que me iba a doler. Porque elegí abrirme delante de él sabiendo que se iba a ir. Y porque, en el fondo, todavía espero que un día baje un avión de Zúrich, suba a mi piso sin avisar, y me pida cualquier otra cosa absurda y degradante.

Me cago en ti, Damián. Y en mí, sobre todo en mí.

Valora este relato

Comentarios (8)

Marcos_S

increible!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

DarioMza

necesito una segunda parte urgente, no puedo quedarme con eso nomas jaja

ClaraBA

ese primer parrafo te engancha sin soltar. muy bien escrito, felicitaciones

Gato_curioso

me recordo a una situacion que vivi hace años... esa tension de saber que ibas a ceder igual. muy real todo

ElenaMdp

hay alguna continuacion planeada? Porque quede con muchisimas ganas de mas

RobertoLector

La forma en que captura esa espera de dos años en dos lineas... tremendo. Sigue escribiendo asi

TomasNocturno

excelente!!! tremendo relato

fanaticoLector

Buenisimo, me encanto como empieza. Se hizo cortisimo, queremos mas :)

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.