La noche que mi exjefe volvió solo para usarme
Soy Carla. Tengo treinta y nueve años, divorciada desde hace cinco, y siempre fui una mujer que aceptó su deseo sin pedir disculpas a nadie. Lo que voy a contar pasó hace pocas semanas y todavía no consigo decidir si me arrepiento o si volvería a hacerlo exactamente igual.
Durante el 2022 tuve un amante en la oficina. Damián, lo llamaré así porque su nombre real no importa, era catorce años mayor que yo. Director de su departamento, divorciado, dueño de una voz grave que sonaba como si supiera exactamente qué pensabas antes de que terminaras la frase. Físicamente no era el hombre más espectacular del piso: tenía el pecho ancho, las manos grandes y una mirada que no parpadeaba. Pero esa seguridad suya, esa manera de pedir las cosas como si no admitiera otra respuesta que «sí», me volvía idiota.
Follábamos en su despacho los viernes por la tarde, cuando el resto del equipo ya se había ido. Cerraba con llave, corría la persiana veneciana y me miraba de arriba abajo desde su escritorio como si ya me tuviera desnuda. Yo aprendí rápido lo que se esperaba de mí: acercarme, arrodillarme en la alfombra entre sus piernas, bajarle la cremallera con los dientes y sacarle la polla sin que él tuviera que decirlo. Era una polla gruesa, cabezona, de las que estiran la boca hasta hacer doler la mandíbula. La primera vez que se la mamé se me saltaron las lágrimas y me la sacó de la boca sujetándome del pelo, me limpió la baba del mentón con el pulgar y me dijo «respira por la nariz, puta, esto lo vas a aprender». Y lo aprendí. Aprendí a chuparle los huevos mientras le hacía una paja con las dos manos, aprendí a tragarme la corrida sin toser, aprendí a tenerlo en la garganta y mirarlo hacia arriba con los ojos llorosos porque a él eso lo ponía como un animal.
Después de mamársela me subía al escritorio de un empujón, me arrancaba las bragas si me atrevía a llevarlas —a los tres viernes me prohibió ponerme ropa interior los viernes— y me follaba con la mesa clavándome en la espalda los papeles del departamento. Me abría de piernas apoyando mis tacones sobre sus hombros y me la metía de golpe, hasta el fondo, con esa manera suya de empujar la pelvis en seco que me hacía gritar dentro de mi propio antebrazo para que no me oyeran los de limpieza. Me follaba mirándome la cara, sin apartar los ojos, y cuando notaba que estaba a punto de correrme me la sacaba entera y me dejaba jadeando, abierta y vacía, hasta que le suplicaba en susurros que me la volviera a meter. Solo entonces me la metía otra vez, más despacio, sonriendo.
A veces en el coche, en el aparcamiento subterráneo. Me hacía subir al asiento del copiloto, bajar el respaldo, quitarme la falda y arrodillarme sobre él con las piernas separadas contra el volante y el techo. Me sujetaba las caderas con esas manos enormes y me subía y me bajaba a su ritmo, sin dejarme mover, susurrándome guarradas al oído: «así, cabálgamela, mueve el culo, más rápido, más». Los cristales se empañaban en dos minutos y yo me corría encima de él mordiéndole el cuello del traje para no gemir, sintiendo cómo su polla me palpitaba dentro y cómo se corría él después, largo y espeso, dejándome el semen goteando por la cara interna de los muslos cuando bajaba del coche a recomponerme en el retrovisor.
Una vez en mi piso, una sola vez, y me hizo prometer que no volvería a invitarlo. «No mezclo ámbitos —dijo—. Tú eres mi puta de oficina». Lo dijo con esa calma que tenía, y yo me reí y le dije que era un cerdo. Y volvimos a follar. Esa noche me tuvo cuatro horas en la cama. Me ató las muñecas al cabecero con su propia corbata, me abrió las piernas y me comió el coño hasta hacerme correr tres veces seguidas, sin piedad, chupándome el clítoris cuando ya no aguantaba más y hundiéndome dos dedos hasta el nudillo mientras yo le rogaba que parara. Después me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me la metió por detrás sujetándome del pelo, follándome el coño primero y untándose los dedos con mis flujos para prepararme el culo. Me lo abrió despacio, con paciencia de cirujano, hasta que pude tragarme entera esa polla gorda por el ojete y él pudo darme un azote en la nalga cada vez que me atrevía a cerrar los ojos. Me corrí como una perra con su polla en el culo y sus dedos en el coño. Se corrió dentro de mí y me obligó a quedarme boca abajo, con las piernas abiertas, mientras se le escurría el semen fuera y él lo miraba con esa mirada suya que no parpadeaba.
Lo nuestro era pura dominación. Él daba las instrucciones, yo las cumplía. Me ataba las muñecas con su corbata, me obligaba a arrodillarme antes de tocarlo, me llamaba cosas que en otro contexto me habrían ofendido y que en su boca me derretían: puta, cerda, zorra buena, mi juguete. Tenía una polla gruesa, no muy larga, y sabía exactamente qué hacer con ella. Sabía esperar. Sabía mirarme como si yo fuera el postre y él hubiera cenado bien.
A finales de aquel año lo trasladaron a Zúrich. Promoción importante, salto de categoría, oficina con vistas al lago. Me lo dijo dos semanas antes de marcharse, en su despacho, mientras se abrochaba el cinturón.
—Ha sido bueno, Carla. Cuídate.
Ni un beso, ni una promesa, ni un «te llamaré». Solo eso, y se fue.
Yo me hundí más de lo que estaba dispuesta a admitir. Le escribí varias veces los primeros meses. Él respondía corto, frío, dos frases como mucho. Después dejó de responder. Me planteé volar a Suiza para verlo y al final no lo hice; me daba pánico aparecer en la puerta de un hombre que ya había decidido olvidarme.
Me lamí las heridas como pude. Me bajé Tinder, subí dos kilos, los volví a bajar, conocí a varios hombres que no estuvieron mal y a unos cuantos que no merecía la pena ni recordar. Aventuras de una noche, casi siempre. Ninguno me hablaba como Damián. Ninguno me follaba como Damián. Los que la tenían gorda no sabían usarla, los que sabían usarla se corrían en cinco minutos, y ninguno se atrevía a mandarme como me gustaba que me mandaran. Terminaba masturbándome cuando se dormían, boca abajo contra la almohada, imaginándome a Damián detrás.
***
Volvió en otoño del 2025. No como compañero esta vez: como director general de la filial. El jefe de mis jefes. Su nombre apareció en un correo de bienvenida del comité ejecutivo, y se me cayó el café sobre la mesa.
Los primeros días lo vi pasar por los pasillos con su traje azul marino, su sonrisa de hombre importante, sus reuniones con los delegados alemanes y suizos. No me miró ni una vez. Yo había dejado de existir para él, eso estaba claro. Habría preferido que me odiara, que me mirara con desprecio, lo que fuera; pero la indiferencia me partió en dos.
Aguanté un mes. Una noche, después de tres copas de vino y todas las malas decisiones que se toman a las once y media, le escribí.
«Hola Damián. Sé que ahora soy un cero a la izquierda para ti. Quizás siempre lo fui. Pero si en algún momento te apetece tener una conversación privada, fuera del trabajo, aquí estaré».
Me quedé temblando, mirando el teléfono. Tres rayitas grises de «escribiendo», luego nada. Bloqueé la pantalla y la metí debajo del cojín del sofá como si así pudiera deshacer lo que había hecho.
Pasaron seis días sin respuesta. Me convencí de que el tema estaba zanjado, de que lo había estropeado todo y de que, con suerte, él lo dejaría correr y no me despediría. Y entonces, un jueves a media tarde, llegó el mensaje.
«Hola Carla. Espero que estés bien. Esta noche te llamo».
Salí de la oficina flotando. Cené algo que ni recuerdo, me senté en el sofá con el móvil en la mano y esperé. Esperé hasta que el reloj marcó las doce y diez y ya estaba a punto de rendirme. Entonces sonó.
—Hola, puta —dijo, sin saludar.
Me reí y casi se me escapan las lágrimas a la vez.
—Hola, Damián. Gracias por lo de puta. Y por dos años de silencio. ¿Vas a contarme cómo estás?
Hubo un silencio largo. Yo escuchaba su respiración. Volvía a ponerme nerviosa como una adolescente.
—Estoy bien —dijo al fin—. Suiza fue todo lo que esperaba. Pero echaba de menos algunas cosas de aquí.
—Algunas cosas. Yo no, supongo.
—Exacto.
Otro silencio. Me mordí el labio hasta hacerme daño. Una parte de mí quería colgar y borrar su número. La otra parte ya tenía las bragas empapadas solo por escucharlo respirar.
Hablamos veinte minutos más, si hablar es lo que se hace cuando uno responde con monosílabos y la otra rellena los huecos. Yo le conté tonterías de la oficina, de mi madre, de un viaje que había hecho a Lisboa. Él comentaba lo justo. Pero antes de colgar, sin cambiar el tono, dejó caer la frase que iba a perseguirme las siguientes horas.
—¿Vives sola en el piso de la calle Aribau?
—Sí. ¿Por qué?
—Mañana a las siete y media de la mañana voy a estar abajo, en tu portal. Vas a dejar la puerta del piso entornada. Te vas a desnudar entera, no quiero ni un calcetín. Te vas a sentar en una silla del salón, frente a la ventana, con las piernas abiertas y las manos en los reposabrazos. Sin tocarte. Yo voy a entrar, voy a sentarme enfrente y voy a mirarte el tiempo que me apetezca. No vas a hablar. No vas a moverte. Solo vas a dejarte mirar.
Me quedé sin aire.
—¿Me estás vacilando?
—No.
—Damián, eso es… raro. Es humillante.
—Sí.
—No voy a ser un objeto en mi propio salón para que tú vengas a recordarme lo que valgo.
—Entonces no abras la puerta. Buenas noches, Carla.
Y colgó.
***
No dormí. Estuve dándole vueltas hasta las cuatro y media de la madrugada, y al final me puse a llorar de pura rabia. Porque lo iba a hacer. Lo supe a las dos. A las tres ya estaba imaginando la escena: qué silla iba a poner frente a la ventana, si subir o no la persiana, si cerrar la puerta del baño que se ve desde el salón. A las cuatro me di cuenta de que estaba tocándome por debajo del pijama, con el coño hinchado y los dedos resbalando en mi propio flujo, imaginándomelo entrar. Me obligué a sacar la mano. Él había dicho que no me tocara. Que no me tocara desde ya, si acaso, para llegar más cargada por la mañana.
A las seis sonó la alarma sin que hubiera pegado ojo. Me duché despacio. Me afeité con cuidado el coño entero, dejándome apenas una franja fina en el pubis porque a él le gustaba así, me hidraté la piel, me puse el perfume que él me regalaba en navidad cuando todavía éramos lo que fuéramos. Me sequé el pelo y me lo dejé suelto. No me maquillé; me parecía absurdo, dada la circunstancia.
A las siete y veinte ya estaba desnuda. Me senté un momento en el borde de la cama y me miré las manos. Me temblaban. Me miré también los pezones, duros como piedras desde hacía media hora, y el vientre, y el coño depilado y húmedo, y pensé «este cuerpo va a estar delante de él en diez minutos y no me va a poder tocar».
A las siete y veinticinco arrastré la silla del comedor hasta el salón y la coloqué frente a la ventana, como había dicho. Subí media persiana. La luz oblicua de la mañana me recortaba el cuerpo en el cristal. Desde fuera no se veía nada, vivo en un cuarto piso con el patio interior delante; pero la sensación de estar expuesta a la calle me ponía la piel de gallina.
A las siete y veintiocho dejé la puerta del piso entornada con el seguro puesto en el primer punto. Volví al salón. Me senté. Apoyé las manos en los reposabrazos. Abrí las piernas.
Y esperé.
A las siete y treinta y dos oí la puerta. Pasos en el pasillo. No me giré. Me había prohibido moverme. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que lo oía él también. Notaba cómo el coño se me contraía solo, cómo una gota me resbalaba por la raja hasta el ojete y de ahí a la madera de la silla.
Damián entró en el salón. Lo vi por el rabillo del ojo: el mismo traje azul marino del primer día de vuelta, la chaqueta colgada del brazo, la corbata floja. Olía a su colonia de siempre, esa mezcla de cuero y limón que llevaba dos años persiguiéndome en los sueños.
Cogió una silla del comedor, la arrastró sin prisa, la colocó a metro y medio de la mía, en diagonal. Se sentó. Cruzó las piernas. Apoyó los codos en los reposabrazos y juntó las puntas de los dedos a la altura del mentón.
Y me miró.
No dijo nada durante mucho tiempo. No sé cuánto. Cinco minutos, diez, quince. Yo notaba el aire frío entre los muslos, el peso de mis pechos, el sudor que me empezaba a brotar entre los omóplatos. Notaba sus ojos recorriéndome despacio: la cara, el cuello, los hombros, los pezones que se me habían endurecido sin pedirme permiso, el vientre, el coño abierto y mojado, los muslos, los pies descalzos sobre el parquet.
—Más abierta —dijo de repente.
Separé las piernas otro centímetro.
—Más.
Las separé hasta que me dolió la cara interna del muslo. Notaba cómo los labios del coño se me abrían solos, cómo se me despegaban del interior de las piernas con un ruido húmedo mínimo, cómo el clítoris se me marcaba hinchado y brillante bajo la luz de la ventana.
—Así.
Volvió a callarse. Yo notaba cómo me dilataba sin que nadie me tocara. Notaba cada latido entre las piernas. Estaba tan mojada que sentía el hilo de flujo bajándome por la raja y goteando en la madera. Y al mismo tiempo, una vergüenza espesa me subía por el cuello, me ardía en las mejillas. Era la combinación más extraña de excitación y humillación que había sentido en mi vida.
—Enséñame las tetas —dijo—. Sácalas más para fuera. Arquea la espalda.
Arqueé la espalda apoyando la nuca en el respaldo, subiéndole las tetas a la altura de su mirada. Los pezones se me pusieron todavía más duros, como si supieran que él los estaba tasando. Vi que se le movía la nuez al tragar. Vi el bulto en el pantalón, el que crecía despacio bajo la tela del traje, y me mordí la lengua para no gemir solo con eso.
—Ahora enséñame el coño. Ábretelo con los dedos, pero no te toques el clítoris. No te lo toques, Carla. Si te tocas el clítoris me levanto y me voy.
Bajé una mano temblando hasta el pubis. Me abrí los labios con los dedos índice y corazón formando una uve invertida, expuesta hasta el fondo, sintiéndome más desnuda con la mano ahí que sin ella. El clítoris me palpitaba, hinchado, pidiendo que aunque fuera lo rozara. No lo rocé. Aguanté.
—Recuerdo cada centímetro —murmuró, casi para sí mismo—. No has cambiado. Sigues siendo la puta más obediente que he tenido.
—Damián…
—Cállate.
Cerré la boca.
Estuvo otro rato mirándome así, con el coño abierto entre mis propios dedos y las tetas ofrecidas. Sacó el móvil del bolsillo, miró algo, lo guardó. No me hizo una foto, no me grabó. Solo miraba. Como quien repasa un cuadro en un museo del que ya no es propietario. Sé que se le empapó el calzoncillo, porque le vi la mancha oscurecida sobre el bulto del pantalón; sé que le costaba respirar por la nariz; sé que se aguantó las ganas de sacarse la polla ahí mismo por pura terquedad, por demostrarme y demostrarse que podía tenerme delante así y no tocarme.
Cuando llevábamos cerca de media hora, se levantó. Cogió su chaqueta. Se acercó a mí, se inclinó y me besó en la frente. Un beso seco, breve, casi paternal. Su mano me rozó el pelo y se quedó un segundo de más en mi nuca. Me pasó el pulgar por el labio inferior, me lo metió un instante en la boca, me lo sacó mojado de mi propia saliva y se lo llevó él a la suya, chupándoselo despacio delante de mí.
—Gracias, Carla.
—¿Ya está? —dije, y me odié por el temblor en la voz.
—Ya está.
—¿Vas a follarme algún día?
Sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, casi triste.
—Me encantaría. Me encantaría abrirte de piernas ahora mismo encima de esta silla, comerte el coño hasta que me suplicaras y metértela hasta el fondo mientras te muerdo el cuello, como los viernes en el despacho. Pero esta semana presento mi dimisión. Me vuelvo a Zúrich, esta vez para quedarme. Tengo una oferta que no puedo rechazar.
Me lo quedé mirando. No supe si quería pegarle o llorar.
—Eres un hijo de puta.
—Lo sé. —Se dio la vuelta y fue hacia el pasillo. Antes de salir del salón se giró—. Cierra las piernas cuando me vaya. Vístete. Ve a trabajar. Y olvídame de verdad esta vez. No te merezco.
Y se fue. Oí la puerta cerrarse, el clic suave del cerrojo encajando, sus pasos en el rellano, el ascensor.
Me quedé sentada otros diez minutos, exactamente igual. Desnuda, abierta, mirando al techo. Sin moverme. Como si moviéndome fuera a aceptar antes de tiempo que se había acabado. Después bajé la mano, esta vez sí, me la llevé al coño empapado y me toqué el clítoris con el corazón y el índice, en círculos, rabiosa. Me corrí en menos de dos minutos, mordiéndome el otro puño para no gritar, con los muslos temblando y la silla del comedor crujiendo debajo. Me corrí pensando en él. En su polla que no me había tocado. En su boca chupándose el pulgar mojado de mi saliva. Me corrí llorando, con lágrimas cayéndome por las sienes hasta el pelo.
Después me levanté, cerré la persiana, me metí en la ducha y dejé que el agua corriera mucho rato.
Llegué tarde a la oficina. Nadie me dijo nada. Damián no estaba; se había quedado en su despacho con los abogados, redactando su carta de salida. No volví a verlo. Dos viernes después, una compañera me contó en el comedor que ya estaba en Suiza.
A veces, por las noches, me siento en aquella misma silla del salón, en pijama, con una copa de vino, y me pregunto qué carajo me pasó esa mañana. Cómo es posible que un hombre consiga, sin tocarme, dejarme más vacía y más usada que cualquiera de los amantes que me han follado.
La respuesta más honesta que se me ocurre es esta: porque le obedecí sabiendo que me iba a doler. Porque elegí abrirme delante de él sabiendo que se iba a ir. Y porque, en el fondo, todavía espero que un día baje un avión de Zúrich, suba a mi piso sin avisar, y me pida cualquier otra cosa absurda y degradante.
Me cago en ti, Damián. Y en mí, sobre todo en mí.