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Relatos Ardientes

La noche que mi marido me entregó a un extraño

A Damián no le hacía gracia dejar a Mariela tan expuesta, sola en mitad del bosque. Lo evidente lo inquietaba: que alguien la encontrara colgada y desnuda de aquella rama. Pero el desconocido que se hacía llamar el Coleccionista le aseguró que ese camino de tierra moría en un claro sin salida.

—Mírala desde dentro —le dijo el hombre, encendiendo un cigarrillo—. Si alguna vez quiso saber lo que es la indefensión absoluta, lo está sintiendo ahora mismo. ¿Te fijaste en lo mojada que estaba? Esto le va a quedar grabado.

A Damián le sorprendió la naturalidad con la que aquel tipo hablaba de su esposa. Es lo que yo quería, pensó, pero sigue siendo mi mujer. Llevaban meses jugando a esto, a ceder cada vez un poco más de control, y el Coleccionista había aparecido como la promesa de un escalón nuevo.

—Ahora mismo le arde el culo de una forma muy desagradable —añadió el hombre mirando su reloj—. Te garantizo que la hace bailar con todas sus fuerzas.

—No se atreverá a moverse —respondió Damián—. Le aprieto los pechos y los pezones con tanta fuerza que al menor tirón se los desgarra.

—No estés tan seguro. Este viejo masoquista conoce trucos para que un dolor se monte encima de otro. ¿Has oído hablar del jengibre, Damián?

—¿Del qué?

—Se usaba en la época victoriana, cuando se azotaba a una mujer. Una raíz pelada, húmeda, metida donde más arde. Cuanto más aprieta los músculos para expulsarla, más contacto hace y más quema. El fresco es potente; el que dejas curar tres o cuatro días es un infierno. Tu mujer tiene uno bien grueso ahora mismo. Te lo cuento con una cerveza.

***

El bar era más pequeño y mucho más concurrido que el anterior. El Coleccionista no dejó que Damián pagara; lo sentó en una mesa del fondo y tardó en volver con las botellas. Mientras tanto consiguió que Damián, orgulloso, le contara sus propios juegos: la fiesta del vecino, la vez que la abandonó en el parque natural. Ambos se rieron.

—Quizá deberíamos volver con ella —soltó Damián, y enseguida temió parecer un cobarde.

—Tranquilo. El jengibre va a más. Pero lo peor no es el ardor, es la desesperación. Sola, sin nadie a quien suplicar, sin nada que ofrecer a cambio de su libertad. Por eso atacamos rápido y nos fuimos: solo dolor, sin la más mínima esperanza. ¿Hiciste lo que te dije, lo de avisar que estarían fuera un tiempo?

—Le dije al vecino que igual nos íbamos unos días.

—Perfecto. Bebe, Damián. Una más, para que sepa que estás conforme con todo.

Damián no quería, pero se llevó la botella a los labios y bebió más de la mitad de un trago. Solo es para que confíe en mí, se dijo. A los pocos minutos las piernas le pesaban como sacos de arena y la cabeza se le iba hacia atrás.

—Vamos, amigo, ya bebiste bastante esta noche —dijo el hombre, lo bastante fuerte para que lo oyeran las mesas vecinas—. Te llevo a casa.

Lo arrastró fuera con un brazo por encima del hombro. En el coche, la cabeza de Damián volvió a desplomarse. El Coleccionista le abrochó el cinturón y le cerró una esposa en la muñeca, fija a la base del asiento.

—Tus cervezas llevaban una buena dosis, Damián. La droga de las violaciones. Sé que me oyes y lo entiendes todo, esa es la gracia. Vas a ver cómo tratan a tu mujer y mañana no recordarás nada, pero quiero que sepas que has sido de gran ayuda. Me dedico a vender mujeres como Mariela al mejor postor. Es la primera vez que un marido me entrega a la suya en bandeja.

Damián lo escuchó cada palabra y ni siquiera pudo levantar el brazo para golpearlo. Una lágrima le resbaló al comprender lo estúpido que había sido al confiar a Mariela a un completo desconocido. Solo entonces entendió para qué servía el aviso al vecino: nadie sabría dónde buscarlos.

***

Volvieron al claro. Mariela seguía colgada, sacudiéndose con furia en los pocos centímetros que su cuerpo estirado le permitía. Los pechos, atados con una cuerda, eran de un morado profundo, y sus pezones parecían alargarse por los tirones de sus propias ataduras. No advirtió que habían vuelto. Desde el coche, Damián vio a su esposa retorcerse y no pudo hacer nada más que enderezarse un poco; el relajante no le daba para más.

El hombre sacó un látigo. El primer trallazo se enroscó alrededor del cuerpo de Mariela y dejó una línea roja, viva, sobre su piel. La zona inferior de los pechos, los muslos, el trasero: todo recibió su parte. Cuando terminó, ella colgaba inerte. Damián no sabía siquiera si seguía respirando.

Para asegurarse de que el marido lo viera todo, el Coleccionista la tendió sobre el capó, le retiró la raíz y la penetró sin contemplaciones. Damián creyó ver, pese a todo, un destello en los ojos de su mujer, la reacción involuntaria de su cuerpo. Le pareció que llegaba al orgasmo, y eso le revolvió las entrañas más que cualquier golpe.

Después la vistieron con una camiseta que apenas cubría sus marcas, le taparon los ojos con gasa y unas gafas de sol, y la esposaron. A Damián lo tiraron en la parte trasera de la camioneta, también vendado. Condujeron más de una hora dando vueltas, aunque el destino estaba a pocos kilómetros: era imposible que ninguno supiera dónde estaban.

***

Mariela despertó en una oscuridad total. Desnuda, esposada a la espalda, los párpados sellados aunque en aquel cuarto sin ventanas no hubiera nada que ver. Le ardían el trasero y los muslos; los pechos le palpitaban. Recordaba a trozos: el trapo sobre la boca junto al coche, las cuerdas, los azotes, la raíz que parecía arder más con cada minuto. Recordaba haber pensado que cooperar era su única carta. Ningún testigo es el mejor testigo, y ella lo sabía.

Pensó en Damián. A esas horas estaría loco buscándola, habría llamado a la policía. No imaginaba que su marido despertaba en ese mismo instante, esposado y vendado en otro sótano, la mente embarullada por la droga, incapaz de reconstruir cómo había llegado hasta allí.

***

El hombre que entró a la mañana siguiente era distinto: joven, bigote largo, una cicatriz en la mejilla izquierda. Pero la voz, cuando habló, era inquietantemente la misma del viejo del bosque.

—Levántate —ordenó, y al ver que tardaba la alzó del pelo. Le señaló un retrete en el rincón—. Si tienes que ir, ahora.

Le soltó las esposas, le dejó un panecillo rancio y un vaso de agua, y se quedó plantado frente a la celda mientras ella comía. Mariela reunió valor.

—¿Qué quieres de mí? Mi marido te pagará lo que pidas, pero no me hagas más daño.

—Todo es cuestión de dinero —respondió él—. Y de obediencia. Si eres una buena esclava y haces lo que diga sin dudar, quizá te salga barato comparado con lo de anoche.

La condujo a la habitación contigua. Allí había cadenas, poleas, látigos. Le esposó las muñecas a una barra separadora, le ató los tobillos a unas argollas y giró una manivela hasta que el cuerpo de Mariela quedó suspendido, estirado al límite.

—No, por favor —imploró al verlo coger unas pinzas metálicas unidas a cables.

Las dejó cerrarse sobre el pezón izquierdo. Mariela echó la cabeza atrás y aulló. La segunda pinza fue al derecho. Cuando él levantó la tercera, sonriendo, le preguntó dónde la quería. Ella negó con la cabeza, y esa vacilación le costó dos niveles más de lo que vendría después.

—Dime, esclava, ¿dónde te dolerá más?

—En el clítoris, señor —susurró ella, vencida.

El hombre se sentó con una caja en el regazo, los cables conectados. Encendió una luz verde y giró una rueda dos clics. Un dolor agudo, como decenas de alfileres, le recorrió los pezones y el clítoris. Otros dos clics y se duplicó. Mariela bailó colgada, gritó, suplicó cualquier cosa.

—Solo experimentaste el nivel cuatro —dijo él con calma—. Hay ocho. Y memoriza esto: si dudas, te castigo. Si desobedeces, te castigo. Si mientes, te castigo. Y si pides perdón sabiendo que mereces el castigo, te ganas otro. ¿Entendido?

—Sí, señor —jadeó ella.

—Bien. Porque, hasta que esto termine, también sufrirás cada vez que tu marido no coopere.

***

El sótano de Damián era distinto, igual de oscuro. Cuando el hombre de la cicatriz le quitó la venda, tardó en reconocer en aquel rostro joven la voz del que se había hecho llamar el Coleccionista.

—¿Quién eres? ¿Dónde está mi mujer? —farfulló.

Por toda respuesta, el captor giró hacia la celda una pantalla. Damián vio a Mariela colgada, abierta de piernas. Marcó unos números en el móvil y el cuerpo de su esposa se sacudió, los gritos ahogados detrás de una mordaza.

—Cada vez que hables sin permiso, ella sufre. Y cada castigo dura más. ¿Lo entiendes, Damián?

Damián asintió, los ojos clavados en la pantalla.

—No existe ningún Coleccionista, ni nadie a quien tú conozcas —continuó el hombre, apoyado en los barrotes—. Soy un negociante. Mientras tú y tu mujer cooperéis, nadie tiene por qué morir. Conozco tus cuentas, tus bienes, y espero tu plena colaboración para transferirlos. Pero antes te conviene entender el alcance de mi poder. Esa caja se activa sola si dejas de cooperar. Y entonces será culpa tuya que ella se fría.

Le explicó el resto con frialdad de contable: el PIN de la celda, el temporizador de la descarga, el retraso de quince minutos que solo él podía cancelar. Luego le pidió el número de su tarjeta. Damián, tonto, mintió la primera vez. La mentira le costó a Mariela una sesión que el hombre triplicó por el simple placer de hacerlo.

—Tu marido no aprende tan rápido como tú, querida —le dijo después al altavoz, mientras Damián, humillado, descubría que su propio cuerpo lo traicionaba viéndola sufrir.

***

Más tarde, el negociante sacó un sobre con fotografías y se las pasó a Damián entre los barrotes.

—¿Sabías que tu mujer lleva semanas con tu socio, Adrián? Disfrutaba tanto de ser su esclava que te drogaba las noches que quería verlo.

La primera imagen mostraba a Mariela desnuda en su propia cama, con Damián sedado al fondo, un collar fino al cuello. La segunda lo confirmaba todo. Damián se tapó la boca con la mano.

—Hacéis una pareja encantadora —dijo el hombre, guardando las fotos—. Ella disfruta del dolor y la humillación; tú te beneficias de mirarla. Desnúdate, Damián. Ahora.

Le tendió un segundo juego de pinzas y le ordenó colocárselas en los pezones y el escroto. Damián miró el mecanismo sin poder creerlo. El hombre marcó de nuevo el móvil y Mariela empezó a retorcerse en la pantalla. Por su indecisión. Con manos temblorosas, Damián obedeció.

—Solo has llegado al nivel cuatro —dijo el negociante, observándolo encogerse—. Tu mujer está en el seis. Y lo único que cualquiera de los dos puede hacer ahora es exactamente lo que yo diga.

Apagó la luz de la celda y subió la escalera sin prisa, dejándolos a oscuras, cada uno encerrado en su agujero, sin saber a cuántos metros respiraba el otro.

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Comentarios (5)

Gonza_cba

Tremendo relato, me tuvo enganchado de principio a fin!!!

MarisolSC

Por favor seguí con esta historia, quede con muchas ganas de saber como continua todo

CueroYNoche

La tensión que lograste armar es increible. Uno siente el nerviosismo desde adentro. Muy buen trabajo.

PatriSur

Me recordó una situación parecida que viví aunque mucho mas tranquila jajaja. Buen relato!

NachoCBX

Como termina esto? espero que haya segunda parte...

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