El amo le ofreció un solo puesto: ser su juguete
Tres días llevaba Marina caminando sin rumbo por un paisaje de roca y arena, soportando un calor que abrasaba durante el día y un frío que calaba los huesos por la noche, sin más ropa que el vestido con el que había huido. Le dolían los pies, embutidos en unos zapatos que jamás se hicieron para andar por aquel terreno. Tenía hambre y una sed que le rajaba la garganta.
Habría querido gritar de rabia por el asesinato de su marido, pero apenas tuvo tiempo de escapar con su hijo Mateo, un crío que todavía no levantaba un metro del suelo. Ahora no había espacio para lamentos. Después de tres días y tres noches a la intemperie, las posibilidades de seguir con vida eran mínimas.
Las noches eran lo peor. Acurrucados el uno contra el otro, escuchaban aullar a los lobos en la oscuridad, y el miedo se volvía un animal que les mordía por dentro. Marina no creía que pudieran aguantar mucho más.
El día amaneció sin nubes ni viento, y el calor se hizo asfixiante desde primera hora. Casi sin fuerzas, remontaron una pequeña loma. Cuando llegaron arriba, divisaron abajo una mancha de árboles atravesada por un riachuelo.
Madre e hijo se lanzaron ladera abajo y se arrojaron al agua a calmar la sed. Marina recogía el agua entre las manos y se la volcaba sobre la cabeza, dejándola resbalar por el cuello y la espalda. Cuando se incorporó, revitalizada, y se giró, el cañón de una escopeta la estaba apuntando a la cara.
Agarró a Mateo y lo empujó detrás de ella. Tras el arma había un hombre muy joven, fuerte como un toro, de hombros anchos. En su rostro se leía, inconfundible, el gesto de alguien con la mente de un niño atrapado en el cuerpo de un gigante.
—Enséñame las tetas —dijo.
A Marina casi le dio risa la petición de aquel mocetón.
—Nos hemos perdido. Llévanos con tus padres —pidió.
El cañón se movió despacio hasta apuntar a la cabeza de Mateo. A Marina se le heló la sangre.
—Espera, espera. Lo haré.
Se desabrochó cuatro botones del vestido y lo deslizó hasta la cintura. Miró al joven, que la observaba embobado, llevó las manos a la espalda y se soltó el sujetador. Él estiró el brazo, abriendo y cerrando los dedos como un niño que reclama un juguete, y Marina le entregó la prenda. El joven la guardó en su mochila.
Marina era joven y sus pechos, firmes y grandes, siempre habían sido una de sus mejores bazas. Nunca imaginó que algún día le servirían para seguir respirando.
—Quiero tocarlas.
Se acercó con las manos pegadas a los costados. Los dedos fuertes del joven le manosearon los pechos sin ninguna delicadeza. Le agarró los pezones, los pellizcó y tiró de ellos con fuerza, arrancándole un gemido de dolor. Después sacó una cuerda de la mochila, hizo un nudo corredizo y se lo lanzó.
—Póntelo en el cuello.
Marina obedeció. El joven se acercó, apretó el nudo hasta dejarlo ceñido y luego sacó unas esposas. Le llevó una mano a la espalda y le cerró un grillete en la muñeca.
—Dame la otra mano.
—No hace falta —protestó ella.
Un manotazo seco le cruzó la cara. Sorprendida, echó la mano hacia atrás, y el joven cerró la segunda esposa.
***
Caminaron un par de kilómetros que a Marina, tirada del cuello y con las manos sujetas a la espalda, se le hicieron interminables. De vez en cuando el joven se detenía a morderle los pechos, como quien prueba la fruta antes de comprarla. Luego ató la cuerda a un árbol y entró con Mateo en una cabaña.
El sol la castigó durante horas, hasta dejarle la piel de un rojo encendido. Al atardecer, el joven y el niño salieron. Él volvió a manosearle los pechos, soltó la cuerda del árbol y los tres reanudaron la marcha.
Marina estaba a punto de derrumbarse cuando, al fondo, divisó terrenos verdes de pastos y cultivos y, rodeada por una empalizada altísima, una finca. La horrorizó la idea de entrar así, desnuda y atada del cuello como un animal.
—Por favor… ¿podrías dejar que me tape? —suplicó.
El joven lo pensó, le abrió las esposas y tiró de la cuerda sin esperar. Marina se levantó el vestido a trompicones y consiguió cubrirse a medias; no podía abrocharse los botones. Un hombre abrió el portón de la empalizada.
—Buena pieza has cazado, Damián —dijo entre risas.
***
Damián la condujo hasta la casa más grande, una con un amplio porche de madera. Cruzaron el umbral y la llevó a un salón de techos altos y escaso mobiliario. En un sillón enorme, un hombre mayor y barrigudo, vestido con una ostentación ridícula, casi de rey de comedia, observaba al trío acercarse.
—Hola, padre. Mira lo que he encontrado —dijo Damián, henchido de orgullo.
—¿Y qué quieres que hagamos con ella? —respondió el hombre, visiblemente molesto.
—La quiero para mí. Para jugar —dijo el joven, dejando claro, pese a su corpulencia, lo corto que era.
—Métela en un cuarto. Tengo que hablar con ella. Al niño dáselo a la criada.
Damián llevó a Marina a una habitación pequeña: una cama estrecha, una mesa de madera gastada y dos sillas. La metió de un empujón y ella oyó girar la llave en la cerradura.
El tiempo se le hizo eterno y angustioso, hasta que volvió a sonar el manojo de llaves y entró el hombre mayor. Se sentó a la mesa y la invitó a sentarse frente a él.
—Le hablaré claro, si le parece.
—Por supuesto —contestó Marina con un hilo de voz.
—No me importan las circunstancias que la han traído hasta aquí. No la necesitamos. Esa es la verdad.
A Marina se le vino el mundo encima. Salir de allí era una condena de muerte segura.
—Mi hijo es un caprichoso. Ya ha visto que le falta un hervor. La quiere a usted como juguete, y a mí me gusta, en lo posible, complacer sus caprichos. ¿Me entiende?
Un nudo le cerró la garganta. No era capaz de articular palabra.
—Sí —logró decir.
—Es el único puesto que puedo ofrecerle: ser el juguete de mi hijo y, por supuesto, también el mío.
—¿Qué significa ser el juguete de su hijo y el suyo?
—Le diría que ser una esclava, pero estoy seguro de que las esclavas tienen más derechos. No quiero que crea que es una decisión fácil. Salir de aquí es una muerte segura; quedarse será muy, muy duro y exigirá ciertos compromisos por su parte.
—¿Qué compromisos?
—No quiero una mujer enfadada ni resentida. Si se queda, será porque lo desea y está dispuesta a darlo todo por complacer. Hasta el último gesto.
Marina estaba hundida.
—¿Sería complacerlos solo a usted y a su hijo?
—A cualquiera que nosotros decidamos. Nadie la tocará sin nuestra autorización, pero cuando demos la orden, obedecerá sin rechistar.
Marina sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—Ahora voy a salir. Si acepta el puesto, se desnudará y esperará con los brazos apoyados en la mesa. Si al volver la encuentro así, entraré y la follaré para sellar el trato. Si no, coge a su hijo y se marcha.
—¿Y qué será de él si me quedo?
—Será bien tratado. Tiene mi palabra.
El hombre sacó un pequeño tarro y lo dejó sobre la mesa.
—Tenga. Lubríquese bien, por delante y por detrás. Recuerde: un solo mal gesto y los dos están en la calle.
Marina estaba aterrada y, sin embargo, agradecía la crudeza honesta de aquel hombre que, a partir de ese instante, sería uno de sus dueños.
—Gracias, señor.
***
El hombre salió. Marina se concedió un minuto para recomponerse. Solo había una elección posible. Se levantó, se quitó el vestido y luego la ropa interior. Cogió el tarro y se untó con cuidado, primero por delante y después, temblando, por detrás. Se tumbó sobre la mesa fría y esperó, con los brazos extendidos tal como le habían ordenado.
La puerta se abrió enseguida. Oyó los pasos acercarse, el roce del cuero al desabrocharse un cinturón y, de pronto, un latigazo le cruzó las nalgas. Gritó, más de sorpresa que de dolor. Después notó cómo él buscaba la entrada y, al hallarla, empujaba de un golpe hasta el fondo.
Le agarró los pechos por detrás y se los apretó mientras la embestía sin pausa, con la respiración pesada de quien no tiene prisa. Luego se retiró, le separó las nalgas y buscó el otro agujero. Marina sintió un dolor punzante, como si la partieran en dos, cuando la penetró sin la menor contemplación. La montó como quien doma una yegua, follando y azotando a la vez, hasta que se vació dentro de ella con un gruñido ronco.
—Me llamo Honorato —dijo mientras se vestía—. Descansa. Vendrán a buscarte por la mañana.
Y se marchó.
***
Humillada y dolorida, Marina buscó el lado bueno de su desgracia. Mateo estaba a salvo: eso era lo único que importaba. Ella había caído en algo terrible, pero al menos su vida ya no pendía de un hilo. Pensó en lo que le había dicho Honorato. Tendría que sacar lo mejor de sí misma, aceptar todo lo que viniera y hacerlo con buena cara. Estaba tan agotada por aquellos días de huida que, tumbada sobre la cama, se quedó dormida casi sin darse cuenta.
La despertó un tirón de pelo. Una mujer enorme y gruesa, de gesto hosco y desagradable, con el cabello recogido en un moño tirante, la levantaba a la fuerza. Vestía un traje largo que solo dejaba al aire unos brazos gordos y fuertes. Tirando de la mata de pelo, arrastró a Marina desnuda hasta un patio interior, donde dos perrazos y un cerdo paseaban indiferentes.
La colocó bajo un pequeño desagüe, en una zona con leve caída hacia el sumidero, cogió una manguera y le descargó encima un chorro de agua helada. Marina hizo el ademán de apartarse.
—No te muevas, zorra, o saco el látigo y será mucho peor.
Marina aguantó el impacto del agua y fue girando según las órdenes.
—Levanta los brazos. Date la vuelta. Abre las piernas —gritaba la mujer sin descanso—. No entiendo cómo Honorato ha podido follarse a una zorra tan sucia y peluda.
Cuando terminó, le tendió una palangana, una cuchilla y un trozo de jabón.
—Déjate el coño como el de una recién nacida —ordenó.
Marina lo intentó con cuidado, pero la mujer se impacientó. Volvió a agarrarla del pelo, la tumbó sobre una mesa alta y cogió ella misma los útiles.
—Abre bien las piernas y no te muevas.
Marina obedeció, asustada. Sin la menor delicadeza, la mujer la depiló por completo. Cuando acabó, finos hilillos de sangre brotaban de varios cortes pequeños.
—Ponte esto. Una hembra es más deseable vestida que desnuda.
Le entregó un vestidito blanco que apenas le cubría las nalgas y el sexo, con una abertura desde el cuello hasta el ombligo que, al menos, le ocultaba los pechos. No había ropa interior.
—Por lo menos ahora estás follable —dijo la mujer—. Ve a ver a tu amo. La casa de Damián es la segunda a la izquierda.
Descalza, con el vestidito pegado a la piel todavía húmeda, Marina cruzó el recinto. Divisó una construcción grande y fea, de una sola planta. Tomó aire varias veces, levantó la mano y llamó a la puerta, sin saber qué clase de juego la esperaba al otro lado.