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Relatos Ardientes

El primer día de mi calendario de sumisión

Lo conocí en una madrugada de insomnio, cuando él me escribió por enésima vez para mendigar mi atención. Yo apenas le contestaba con monosílabos, y aun así volvía cada noche, dócil, hambriento de una orden que diera forma a su vacío. Esa madrugada decidí que dejaría de ser un capricho mío y se convertiría en un proyecto.

Le dije que tenía treinta días para demostrarme que servía de algo, y que yo dictaría cada uno de ellos. Lo llamé mi calendario. Él lo aceptó como quien acepta una condena que ha deseado toda su vida.

Se hacía llamar Renato, aunque para mí no era más que un gusano con teléfono y una habitación demasiado silenciosa. Vivía solo en un piso de las afueras de Valdega, y por lo poco que me había confesado, jamás había estado con nadie. Su polla nunca había sentido otra boca que la suya, otro coño que el vacío de su mano nocturna. Esa virginidad suya me resultaba útil: no había nada que desaprender en él, solo un cuerpo en blanco que yo podía escribir entera, un rabo intacto que yo iba a enseñar a obedecer antes que a correrse.

Lo había estudiado durante semanas antes de decidirme. Conocía sus horarios, la hora a la que se conectaba, el modo en que escribía más rápido cuando lo ignoraba un par de días. Sabía que detrás de cada mensaje suplicante había un hombre que volvía a casa de un trabajo gris, cerraba la puerta y se transformaba en otra cosa: en algo que solo cobraba sentido cuando alguien le decía qué hacer. Yo iba a ser ese alguien. No por bondad, sino porque me gusta el poder, y él me lo ofrecía sin pedir casi nada a cambio.

***

A las nueve y media de la noche encendí su pantalla con mi primer mandato. Imaginé el pitido resonando en las paredes desnudas de su cuarto, sobresaltándolo, recordándole que ya no se pertenecía.

—Ha comenzado tu calendario —escribí—. Hoy es día de castidad total. No vas a tocarte la polla, ni siquiera vas a rozarte los huevos con la tela del pantalón. Tu cuerpo queda sellado bajo mi voluntad hasta que yo decida lo contrario.

Le hice preparar lo que llamé su altar. Un plato liso, frío al tacto, de cerámica blanca, colocado en el centro de una mesa despejada. Una vela de cera virgen a veinte centímetros exactos, con un platillo debajo para recoger lo que se derramara. Y, a un lado, un paño de lino áspero doblado en un cuadrado perfecto, como símbolo de su rendición.

—Vas a sentarte en una silla dura, con la espalda recta —ordené—. Bájate los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos. Quiero que tu polla esté al aire, expuesta, mirándome sin poder esconderse. Separa las piernas, apoya los pies en el suelo y deja las manos quietas sobre los muslos. No las muevas ni un centímetro hacia el centro. Cierra los ojos, respira hondo tres veces y piensa en mí. En mi corsé negro, en mis botas, en la risa con la que me reiré de ti si tu verga se empina y se queda ahí, colgada como una bandera de tu debilidad. Cuando tengas el altar listo, me envías una foto. Si no, sumaré un día a tu encierro.

La respuesta llegó casi al instante, atropellada, como siempre que se ponía nervioso.

—Obedezco con todo mi corazón, Ama —escribió—. Admiro su poder. Mi inexperiencia me hace sentir pequeño. Ya tengo el altar, la vela huele a algo limpio, estoy temblando y ya se me está poniendo dura solo de leerla. ¿Puedo pedirle algo más para honrarla?

Sonreí frente a mi propia pantalla. Esa ansiedad suya por agradar era lo más patético y lo más delicioso que tenía.

—No suplicas, obedeces —respondí—. Enciende la vela ahora. Sostén la llama cerca de tus dedos tres segundos antes de soltarla, para que sientas el calor como si fuera mi aliento en tu nuca. Después, manos sobre los muslos, dedos abiertos, inmóvil. Y quiero verte la polla en la foto. Empalmada, blanda, chorreando líquido o seca, me da igual: quiero verla, para saber en qué estado la tengo. Cualquier desorden y te quedas otra noche sin alivio.

***

Me gustaba imaginármelo cumpliendo. El chasquido del mechero rompiendo el silencio de su cuarto. El olor de la cera llenando el aire como un incienso barato. El calor de la llama rozándole las yemas mientras contaba tres segundos con los dientes apretados, sin atreverse a apartarse antes de tiempo.

Es un detalle pequeño, ese de los tres segundos, y precisamente por eso me interesaba. Cualquiera puede obedecer una orden grande, espectacular, que justifica el esfuerzo con su propia magnitud. Lo difícil es obedecer una nimiedad, algo tan insignificante que nadie lo sabría si lo incumpliera. Ahí se ve quién es de verdad un sumiso. Renato no tenía manera de demostrarme que había contado los tres segundos. Podía haberse saltado el calor de la llama y mentirme. Pero no lo haría, y los dos lo sabíamos.

Lo veía sentarse en la silla dura, el respaldo clavándosele en la columna, las piernas abiertas, los pies fríos contra el suelo. La polla al aire, empinándose sola por la vergüenza y el miedo, palpitando contra su vientre sin que él pudiera hacer nada para bajarla. Las manos sudadas apoyadas en los muslos, los dedos estirados porque yo lo había mandado así, a apenas unos centímetros de un rabo que le pedía a gritos ser agarrado. Cerrando los ojos con tanta fuerza que las pestañas se le pegaban, respirando hondo hasta marearse, conteniendo el deseo de bajar una mano y cerrarla alrededor de su verga hinchada.

Y mientras tanto, pensando en mí. En la tela negra ciñéndome el pecho, en mis uñas pintadas de carmesí trazándole una línea por el esternón que él nunca había sentido y quizá nunca sentiría. En mi lengua bajando por su vientre, deteniéndose justo antes de rozar el glande, riéndome en voz baja al ver cómo se le contraía todo el cuerpo. En mi voz ordenándole una sola palabra: aguanta.

El plato vacío brillando bajo la luz temblorosa de la llama. El paño doblado como un trofeo de su obediencia. La cera cayendo gota a gota en el platillo con un sonido sordo, marcando el tiempo de su castigo. Y en el centro de todo, su polla, tiesa, sola, obedeciendo por él lo que él no se atrevía a decidir.

La foto llegó pocos minutos después. El altar estaba impecable: el plato limpio, la vela ardiendo, la cera goteando justo donde debía, el paño en su sitio. Y ahí estaba su verga, empinada contra el vientre, la punta brillante de una gota de precorrida que no había podido contener. Se le veían las venas gruesas recorriéndola, los huevos apretados, contraídos, colgando pesados entre los muslos abiertos. En una esquina del encuadre se le veía la mano, traicionándolo con un temblor que él no había podido disimular. Y sobre la madera, una gota de sudor.

—Aquí está mi altar, Ama —escribió—. Seguí cada orden al detalle. Me siento tan inferior. Gracias por guiarme aunque sea un inútil. Perdóneme la polla dura, no la controlo.

—Aceptable, gusano —contesté—. Me divierte el temblor de tu mano. Y el sudor en la mesa me hace reír. Tu verga chorreando sola, sin que nadie la toque, me confirma que estás donde te quiero: al borde, sin permiso para caer.

No le di tregua. Esa era la parte que más disfrutaba: el momento en que un poco de aprobación se convertía, sin transición, en una exigencia mayor.

—Mantienes la castidad hasta mañana a las nueve y media —ordené—. No te tocas. Ni la polla, ni un muslo, ni los huevos, nada. Ni siquiera cuando te la sacudas sola contra el vientre. Te quedas con el hambre toda la noche, con esa verga hinchada mendigando una mano que no va a llegar. Y para que no se te olvide quién manda, vas a grabarme un audio de al menos diez segundos. Quiero oír tu voz temblando mientras me das las gracias por mantenerte encerrado. Si no se oye bien, sumo otro día.

***

El audio tardó más en llegar. Me lo imaginé carraspeando, repitiéndolo en voz baja para que le saliera digno, y fracasando en el intento. Con la polla todavía tiesa entre las piernas, latiendo cada vez que abría la boca. Cuando por fin lo escuché, su voz estaba quebrada, casi sin aire.

—Gracias, Ama, por mi castidad —murmuraba—. Admiro su poder. Su experiencia me hace temblar. Me siento honrado, aunque no sea más que un principiante inútil. La tengo dura por usted y no la voy a tocar.

Doce segundos de sumisión grabada, guardada en mi teléfono como una pequeña posesión nueva. La voz le subía y le bajaba, se le rompía en las vocales, y en el fondo se oía el zumbido de su lámpara vieja. Lo escuché dos veces, no porque me importara lo que decía, sino por el placer de saber que lo había dicho porque yo se lo había ordenado.

Y había algo más en esa grabación, algo que él probablemente ni notaba. Al final, justo antes de cortar, se le escapó un suspiro hondo, casi un quejido, el sonido de un cuerpo que lleva horas tenso y no encuentra salida. El sonido de una polla latiendo, pidiendo, y de una boca que no puede pedir por ella. Ese suspiro valía más que todas las palabras de gratitud que me había recitado. Era la prueba de que el encierro funcionaba, de que la castidad le pesaba en cada músculo, de que su verga estaba trabajando por mí sin que ninguna mano la ayudara. Lo guardé también, esa noche, como se guarda una contraseña.

—Tu voz me complace —le escribí—. Me deleita que tiembles por mí. Ahora quiero un último detalle antes de dormir. Coge el paño de lino y colócatelo encima de la polla, sin apretar, sin frotar, solo apoyado como una mortaja. Que sientas la aspereza cada vez que la verga se te empine, cada vez que se te escape una gota. Que te la deje en carne viva de tanto rozar sin llegar a nada. Si te descubres tocándote por encima del paño, me lo confiesas mañana y te sumo tres días. Esta noche no mereces nada más que la espera. Descansa, gusano, y sueña conmigo, sueña que te la chupo hasta el fondo y te la saco justo antes de que te corras, una y otra vez, toda la noche. Mañana sabrás qué te toca en el día dos.

Apagué la pantalla y lo dejé ahí, sentado en su silla dura, con la vela todavía ardiendo, la polla envuelta en lino áspero y el cuerpo encendido sin permiso para descargarse.

***

Me lo seguí imaginando durante un rato, ya tumbada en mi cama, con la mano deslizándose por debajo del camisón, satisfecha con la facilidad con la que lo había doblegado. La vela consumiéndose, la cera acumulándose en el platillo con ese goteo hipnótico que él no se atrevería a interrumpir. El paño rozando su glande hinchado con cada latido. El aire de su cuarto saturado de olor a cera y a deseo contenido, a semen que quería salir y no podía.

Yo, en cambio, sí podía. Abrí las piernas sobre las sábanas frescas y hundí dos dedos en mi coño, ya empapado de pensarlo temblando. Me imaginé su cara si me viera así, si supiera que yo me corría mientras él aguantaba, que su castidad era el combustible de mi orgasmo. Me froté el clítoris con el pulgar, despacio, alargándolo, saboreando la injusticia. Cuando me corrí, apreté los muslos alrededor de mi propia mano y solté un gemido corto, seco, casi de rabia. Un orgasmo mío por cada uno que él no tendría. Me pareció un intercambio justo.

Sabía que él no iba a dormir. Que se quedaría mirando el techo con las manos lejos del cuerpo, ardiendo por dentro, con la verga palpitando contra el paño, repasando cada una de mis palabras como si fueran un rezo. Que se moriría de ganas de bajar la mano, apartar la tela y agarrarse la polla de una vez, sacudírsela rápido, correrse a chorros contra su propio vientre. Y que, justamente por eso, no lo haría: porque la idea de defraudarme le daba más miedo que el propio deseo.

Esa es la única virtud que le pido a un sumiso. No fuerza, no resistencia, no aguante. Solo eso: que tema decepcionarme más de lo que desea correrse.

Hay quien cree que dominar a alguien es cuestión de gritos, de cuero y de cadenas. Se equivoca. El verdadero poder es más silencioso y mucho más cruel. Está en conseguir que una persona se siente sola en su cuarto, frente a una vela, con la polla al aire, y se quede inmóvil durante horas porque tú se lo has pedido. Está en ser una presencia en su cabeza más fuerte que su propio cuerpo, más urgente que su propia verga hinchada. Yo no necesitaba estar allí para gobernar a Renato. Me bastaba con la idea de mí, instalada en él como un clavo.

Esa primera noche no lo toqué, no lo vi, no estuve siquiera en la misma ciudad que él. No le mamé la polla, no me la metí, no le dejé correrse ni una vez. Y sin embargo lo poseí por completo, más de lo que ningún amante lo había poseído nunca, porque le había quitado lo único que le quedaba: la libertad de decidir sobre su propio deseo, sobre su propio semen, sobre su propio rabo.

Renato la tenía de sobra. Por eso supe, esa primera noche, que los treinta días iban a ser míos enteros. Que cada amanecer él se levantaría un poco más mío y un poco menos suyo, con la polla cada día más entrenada para obedecerme antes que a él, hasta que no quedara de él más que un cuerpo dispuesto a obedecer la siguiente orden, un culo dispuesto a abrirse, una verga dispuesta a aguantar o a descargar lo que yo mandara.

Antes de dormir, abrí mi calendario y marqué el primer casillero con una sola palabra: cumplido. Quedaban veintinueve. Y yo ya saboreaba cada uno de ellos.

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Comentarios(9)

MatiCdba

tremendo relato, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Vale_lectora

Por favor seguí escribiendo, la idea de los 30 dias es genial. Quiero ver como termina!!

RaulLector

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace un tiempo... muy bien escrito, se siente real sin pasarse de la raya

NocheQuieta

¿vas a continuar con el calendario? Espero que si, quede con ganas de mas

DiegoLect_ok

Me gusto que no sea solo fisico, hay algo psicologico en el relato que lo diferencia de los tipicos de esta categoria. Bien logrado

LuciaMilena

increible, me dejo sin palabras jaja. Sigue asi!

GatoNocturno

El concepto es original, no habia leido algo asi antes por aca. Tenes talento para contar estas historias

torino_rdg

ufff que relato... la tension del principio es lo mejor

Clarita_R

Esperando el dia dos!!! No nos dejes con la intriga por favor

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