Mi amo virtual me entrenó mientras trabajaba en casa
Entrenamiento anal con mi amo a distancia. Segundo día.
Temprano, mientras intentaba arrancar mi jornada de trabajo desde casa, llegó el correo con las instrucciones de la sesión: el horario exacto, la duración estimada, la lista de juguetes que debía tener a mano y la ropa interior que tenía permitido usar. Lo leí dos veces, como si memorizarlo me hiciera sentir que controlaba algo. No controlaba nada.
Los días que acordé con él para estas sesiones —dos por semana— dejo de lado mi propia rutina de dilatación, esa que ya conté en otros relatos, y me entrego a los caprichos de quien me domina sin estar nunca en la misma habitación. Apenas mi marido sale al trabajo, salgo a caminar, vuelvo, ordeno la casa y me siento frente a la computadora. Hoy, además, tenía que obedecer.
El correo me dejó ansiosa y mojada antes de cualquier orden concreta. Faltaban casi dos horas para conectarnos al chat y mi cabeza no servía para nada: leía un informe y no entendía una línea. Lo peor —o lo mejor— era que la sesión iba a desarrollarse mientras yo seguía trabajando, con el cuerpo entregado y la pantalla del trabajo abierta al lado. Esa idea me encendía con un plus que no sabía nombrar.
Cerca de las diez empecé a preparar todo: el dedal anal vibrador, los succionadores de pezón, el plug azul, el vibrador clásico, el dildo rojo y el realista color piel, el inflable anal y las pinzas. Los acomodé sobre la mesa auxiliar, junto al escritorio, como un instrumental que iba a usar sobre mí misma.
A las diez y media, puntual, sonó la notificación con la primera orden del día.
«Muéstrame tu ropa en video. Quiero verte modelar, improvisa, presume las curvas y el culo, vas a ser mi pequeña perra. Después desnuda la parte de arriba y súbete la falda hasta la cintura: solo en tanga, para que vea cómo se te empapa el coño.»
Modelé para la cámara. Llevaba una falda de jean azul ajustada, un top negro pegado al cuerpo sin sostén y una tanga gris claro. Caminé hacia atrás y hacia adelante, le ofrecí el culo, lo meneé, me acaricié sobre la tela. Después me saqué el top despacio, dejé las tetas al aire y me subí la falda a la cintura. El plano de la tanga mostraba una mancha de humedad que ya no podía disimular.
Envié el video. La respuesta no tardó.
«Una videollamada corta, sin una sola palabra. Tanga a un lado. Quiero ver qué tan mojado tienes el coño. La perra se mete dos dedos y forma hilos con su humedad frente a la cámara. Después tres dedos, lo mismo. Después separa los labios, retira el capuchón y me hincha el clítoris a base de caricias y pellizcos. ¿Está claro? Tienes dos minutos.»
Acomodé la cámara en la mesa auxiliar, enfocando la silla donde se suponía que seguía trabajando. Entró la llamada, la acepté, giré el asiento y abrí las piernas. Aparté la tanga: el coño brillaba. Me penetré con dos dedos, entraron fáciles, y al sacarlos formé hilos hacia la cámara. Repetí con tres, que entraron con más resistencia. Después abrí los labios y empecé a tocarme el clítoris con caricias suaves, masajes, algún pellizco. Se fue hinchando despacio hasta sobresalir. Estuve a punto de correrme. La llamada se cortó justo a tiempo y pude frenar.
El siguiente mensaje llegó enseguida.
«Masturba tu clítoris en video hasta terminar al menos tres veces. Las cuentas en voz alta, para mí. Mientras me ausento, vuelve al trabajo: te metes el vibrador en la vagina en la velocidad más baja, te sientas en tu silla en posición normal y lo dejas puesto todo el tiempo que sigas trabajando, hasta el final de la jornada.»
Grabé el video con las piernas abiertas al máximo sobre la silla y los pies en el borde del escritorio. La primera vez me vine rapidísimo, estaba demasiado deseosa: uno. La segunda me costó un poco más: dos. La tercera fue casi molesta, el clítoris tan sensible que rozarlo ardía: tres. Cerré el video mostrando cómo me insertaba el vibrador encendido y retomaba la pose de oficina, como si nada, con hora y media de trabajo todavía por delante.
En ese rato hablamos por mensajes, en tono casi normal, de cómo me sentía con el vibrador puesto. Después me escribió:
«Al terminar tu horario laboral, retiras el dildo y lames tus jugos. Una foto basta: la lengua de la perra recorriendo el vibrador. Luego preparas el culo para mí. Te insertas el dedal anal usando tus propios jugos como lubricante, te vuelves a poner la tanga y la blusa, y esperas comunicación.»
Eran cerca de las doce. Saqué el vibrador, lo lamí de punta a punta para la foto y filmé un corto donde lo deslizaba por la vagina para empaparlo antes de empujarlo despacio en el ano apretado. Acomodé la ropa, aproveché la pausa para comer algo liviano, ir al baño y tomar agua. Mi cuerpo seguía a media tensión, como un cable conectado a alguien que no estaba.
***
A eso de la una me ordenó subir a la habitación. El anito disfrutaba de que lo abrieran con tanto cuidado; la tanga y el dedal bien adentro evitaban que se me escapara al subir la escalera, aunque ya empezaba a pedir algo más grueso. Me saqué la blusa como correspondía, me subí la falda a la cintura y me quedé de pie junto a la cama, esperando.
Me mandó un audio. Era la primera vez que escuchaba su voz: grave, firme, sin apuro.
«Empezamos por el plug y el dildo realista. Te filmas en cuclillas sobre el piso, tanga a un lado. Primero de espaldas: retiras el dedal, lubricas solo la entrada del ano con aceite de coco y metes el plug despacio, lento pero de un solo movimiento. Después, de frente, te insertas el dildo en el coño tanto como puedas y acomodas la tanga para que ninguno de los dos se salga. Si se sale, repites hasta lograrlo.»
Esa orden tan pausada me calentó muchísimo. Como si me hubieran activado con un control remoto —porque en el fondo era exactamente eso—, hice la tarea filmándome; ya me había vuelto experta ubicando la cámara. Cuando empujé el plug encontré una resistencia molesta, la piel se estiraba; con movimientos circulares de la punta lubricada conseguí que cediera y entrara. Qué placer abrirme así. Acomodé la tanga y pasé al dildo grande: el coño se comió poco más de la mitad, porque es grueso y con el plug llenando el ano nada entra fácil. Lo aseguré con la tela. Sobresalía hacia adelante, casi como si tuviera mi propia verga, y verme de ese modo me excitó de una forma rara. Me puse de pie sosteniéndome de la cama, abierta por los dos lados, el coño tan estirado que dolía un poco.
Envié el video. El paso siguiente llegó pronto.
«En vivo. Tomas tu pezón izquierdo y estiras el pecho hacia adelante con fuerza. Lo mantienes un minuto, bien apretado, hasta que suene mi temporizador. La perra sigue penetrada en los dos agujeros. Cuando suene la campana, con la mano abierta te das siete azotes en cada pecho, fuerte. Si no me convence la intensidad, repites.»
Tuve unos minutos para prepararme y ubicar la cámara. La imagen se abrió con una cuenta regresiva en pantalla y, sobre la mesa, un temporizador de cocina. Acaricié el pezón, que todavía se escondía un poco, para poder agarrarlo firme cuando la cuenta llegara a uno. Su voz dijo «ahora» y estiré el pecho desde el pezón. El tiempo se arrastraba. La teta me ardía, hacía fuerza para que el pezón no se me zafara de los dedos, y el dolor de la vagina llena pasaba a segundo plano, pulsante, casi imperceptible. De pie, empalada por los dos lados, estirándome la teta, la imagen era humillante y excitante a la vez. Al sonar el timbre solté y empecé a darme bofetadas mientras me sostenía el pecho con la otra mano y apretaba las piernas para no perder el dildo.
Del otro lado, la voz marcaba el ritmo.
«Bien hecho, perra. Ahora el derecho. Estira. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Suelta. Golpea: uno, dos, tres, cuatro, cinco. El otro pecho: golpea, dos, tres, cuatro, cinco. Bien. Sube la pierna a la cama y deja salir el dildo.»
Aparté la tanga y el consolador resbaló del coño hasta caer al piso con un golpe seco. La llamada se cortó. Me recompuse como pude, con los pechos doloridos y rojos, y seguí esperando más.
***
Pasó media hora hasta el mensaje siguiente. El plug ya empezaba a deslizarse hacia afuera y yo lo volvía a empujar suave, profundo. Eran las dos y media cuando el chat se activó.
«Muy bien, perra. Ese coño está abierto y voy a usarlo un poco más. Quiero un video corto, en primer plano, solo de tu culo: sacas el plug sin las manos, pujando y contrayendo el agujero a voluntad. Te abres las nalgas al máximo para que vea el ejercicio en detalle. Después prendes el aire en frío, a veintidós grados, y en cuatro patas sobre la cama, las tetas contra el colchón, pones los dos agujeros abiertos y vacíos hacia el aire. Tres minutos así, filmada.»
Preparé la cámara, me saqué la tanga y acerqué el culo lo más posible al lente. Me incliné hacia adelante, me abrí las nalgas, y el plug salió con el mínimo esfuerzo. Contraje y aflojé el esfínter varias veces; se veía el agujerito apenas abierto. Edité el clip y lo envié mientras tomaba aire. Después me puse en cuatro patas en la cama, según lo pedido, con los dos agujeros apuntando al aire acondicionado. Acá ya empiezan los primeros fríos y el viento frío sobre la vagina y el ano me hizo temblar; los pezones rozaban la sábana, y esa mezcla de frío y exposición me volvió a mojar.
La tarde, junto con la sesión, se acercaba al final.
Llegó la última orden, la más larga.
«La perra filma un video de las partes que considere importantes y me lo envía. Primero vuelves a penetrarte la vagina con el dildo realista, lo más adentro que puedas, aprovechando que está estirada para meter un poco más que la vez anterior. Una vez ubicado, te insertas el inflable en el ano y lo expandes tanto como el dildo de la vagina te permita. En cuatro patas, doblemente penetrada, frente al frío, cuatro minutos. Puedes ayudarte con la tanga para que no se salgan. Mientras tanto repasas en voz baja, para ti misma, todo lo que hiciste hoy: exposición, clítoris, dedos, plug. Pasado el tiempo, retiras el dildo de la vagina sin cambiar de posición, bombeas la pera del inflable dos veces completas y aguantas otros cuatro minutos solo con el ano lleno, repitiendo de nuevo la lista. Al final retiras el inflable y te tomas una foto de los agujeros abiertos. Como ya no estaré en el chat, comparas esa foto con la del día anterior en un collage de antes y después, agregas un comentario sobre la evolución de la apertura y lo mandas a mi correo. Lo leeré a primera hora y organizaré el próximo encuentro.»
Eran cerca de las cuatro y media y el culo me pedía más, así que me dispuse a obedecer. Usé saliva para lubricar el dildo realista —me pareció apropiado— y esa parte la grabé. Me arrodillé en la cama y me apoyé en el colchón para empujarlo más adentro: volví a sentir cómo me abría, cómo me empalaba estirándome el coño. Me incliné hacia adelante, lo sostuve firme con la mano derecha y, con el culo en pompa hacia el aire frío, me penetré el ano con el inflable. Empecé a expandirlo y lo sentí ensancharse contra la barra de silicona que ya me llenaba la vagina. Con la cara contra la cama repasé en la mente todo lo de la tarde, y repasarlo me excitaba tanto como me daba pudor.
Cuando se cumplió el tiempo, puse la cámara debajo de mí y capturé el momento exacto: la vagina expulsando el dildo grande y mi mano apretando la pera para abrir todavía más el ano. Me quedé un rato aletargada, con el culo repleto, unos minutos de más, porque amo sentirme llena y abierta. Después le saqué el aire al inflable, lo retiré y me incorporé para la foto, inclinada hacia adelante como el día anterior. La comparé con la imagen guardada en la galería: la apertura era más notoria en la segunda. Estoy segura de que va a estar complacido y de que prepara cosas más grandes para mí y para este culo goloso.
Y esto, lo sé, fue apenas el comienzo.