Mis amas diseñaron mi feminización completa
Un zumbido expectante llenaba el aire del salón cuando ellas empezaron a llegar. Las amas se congregaban con esa elegancia felina que siempre me sometía, sus siluetas envueltas en encaje negro, el roce de la seda contra el aire mandando un cosquilleo por mi piel. La luz de las lámparas se reflejaba en el mármol pulido y proyectaba destellos que danzaban ante mis ojos. El aroma de vainilla, de madera tibia y del sudor almizclado de sus cuerpos se metía en mis pulmones y me envolvía en una bruma cálida que aceleraba mi pulso.
Yo ya no era la criatura asustada de mis primeros días. Había perfeccionado mi arte. El corsé de encaje se ajustaba a mis costillas como una coraza viva, la seda acariciaba mi piel como una segunda dermis, y los tacones de aguja resonaban con una autoridad que retumbaba en mi pecho. Mi pelo, crecido hasta rozar los hombros, caía en ondas suaves que peinaba con devoción.
Soy una mariquita orgullosa, pensé, una sirvienta que convirtió su sumisión en un reino.
Me arrodillé en el centro del salón. Mi reflejo en el mármol mostraba una figura segura, el uniforme negro ciñendo mis curvas con una presión que erizaba cada vello de mi cuerpo. Las medias susurraban contra mi piel con una caricia aterciopelada que me calentaba la sangre. Mi sexo, confinado en su jaula por elección propia, latía contra el acero frío como un peso que me excitaba y me sometía con cada respiración.
El miedo se había desvanecido hacía tiempo. En su lugar ardía un deseo abrasador que yo misma alimentaba. Mis amas me habían enseñado a repudiar lo que antes deseaba y a venerar lo que ahora me consumía, y aquella noche se reunían para decidir el siguiente paso de mi metamorfosis: feminizarme por completo, con hormonas y bisturí. La sola idea me quemaba por dentro como una llama que no se apagaba.
***
El salón se convirtió en un torbellino de voces cuando ocuparon sus lugares. La líder, Vesna, presidía desde un sillón de terciopelo, su chaqueta de cuero crujiendo con cada gesto, sus ojos grises afilados como dagas que me atravesaban con un frío que casi quemaba. A su lado se sentó Dália, de melena oscura cayendo como una cortina sobre sus pechos abundantes, el susurro de su lencería sonando como un secreto en el silencio.
Renata, la rubia, garabateaba notas con un lápiz que rasgaba el papel con un crujido seco, su blusa blanca rozando el aire con un suspiro. Y luego estaba Ilka, mi nueva guía, con su pelo de fuego danzando como llamas vivas y una mirada sádica que me recorría como un río de lava. Las demás hermanas se unieron según su disciplina: dos médicas con batas que susurraban como un velo, dos químicas con frascos que tintineaban como cristales, dos ingenieras con planos y dispositivos que zumbaban con una energía eléctrica que me estremecía.
Todas me rodearon. Sus ojos voraces me examinaban como a un lienzo virgen, sus alientos cálidos rozaban mi rostro con una brisa que me sofocaba.
Vesna golpeó la mesa con un ruido seco que retumbó como un trueno y me arrancó un jadeo involuntario.
—Hermanas, nos hemos reunido para trazar el plan de feminización total de nuestra sirvienta —declaró, su voz cortando el aire como un filo—. Ha pedido hormonas, cirugía, un cuerpo de mujer completo. Vamos a diseñarlo con minuciosidad. Será nuestra obra maestra.
Un calor ascendió por mi pecho. La piel se me erizó bajo la lencería, el corazón latiéndome con una mezcla de temor y euforia que me dejó sin aire. Dália se inclinó hacia mí, su aliento rozando mi mejilla con un aroma tibio que me embriagaba.
—Como médica, propongo un tratamiento hormonal progresivo —dijo, su voz grave resonando como un tambor dentro de mi cabeza—. Estrógenos para ablandar la piel, bloqueadores para suprimir lo que queda de su masculinidad. Sentirá un calor subiéndole por el cuerpo, una sensibilidad en el pecho que le arrancará gemidos, quizás algo de náusea al principio. Pero sus curvas se irán esculpiendo con el tiempo.
—¿Y las dosis? —interrumpió la otra médica, su tono incisivo como un bisturí—. Demasiado estrógeno puede provocar coágulos. Una dosis baja sería demasiado lenta. Sugiero inyecciones semanales, ajustadas según su reacción.
Dália asintió despacio.
—Sí, pero la vigilaremos de cerca. Puede que sude mucho, que tenga mareos suaves, un calor que la debilite. A cambio, su pecho se hinchará y su piel se volverá sedosa.
Imaginé mi piel suavizándose, mis pechos creciendo, y un placer prohibido me hizo temblar con un gemido ahogado.
***
Una de las químicas tomó la palabra. Su frasco tintineó como un cristal roto y el sonido cortó el aire, tensándome entera.
—Podemos desarrollar una fórmula personalizada —propuso, su voz aguda resonando con un eco que me sacudía—. Un cóctel de estrógenos sintéticos, progestinas para curvas voluptuosas y un relajante para calmar su mente. Quizás sude de más, sienta un mareo dulce que la haga tambalearse como tras una copa de licor. Pero su pecho florecerá rápido y su piel se volverá terciopelo bajo cada roce de la tela.
La otra química frunció el ceño.
—¿Y si la mezcla es inestable? Podría darle reacciones alérgicas, inflamación. Propongo añadir un estabilizante.
—Añádanlo —zanjó Vesna con autoridad—. Queremos resultados, no complicaciones.
Sentí un nudo en el estómago, un calor líquido llenándome, mi sexo enjaulado palpitando contra el metal con cada palabra que decían sobre mi propio cuerpo.
Entonces se adelantó una de las ingenieras. Su dispositivo zumbaba como un enjambre, una vibración que sentía en la piel como un masaje profundo.
—Podemos diseñar una máquina que moldee su cuerpo —dijo, su voz firme cortando el aire como una sierra—. Brazos articulados que la abran y la trabajen por dentro, que succionen para borrar lo que queda de su antiguo yo, que inyecten silicona de forma gradual en caderas y pecho para esculpir las curvas exactas, y que masajeen la piel con vibraciones suaves. Reforzaremos las sesiones de hipnosis con ondas sonoras. Sentirá presión, un cosquilleo constante, un dolor que se fundirá con el placer. Pero su cuerpo se transformará con precisión quirúrgica.
—¿Y si el sistema de silicona falla? —añadió la otra ingeniera con cautela—. Podría solidificarse, causar inflamación. Sugiero un sensor de retroalimentación para corregir en tiempo real.
—Inclúyanlo —asintió Vesna—. La perfección es la meta.
***
Renata alzó su lápiz y su voz clara sonó como un canto cristalino.
—Otra opción: cirugía inmediata de pecho y caderas, y luego las hormonas. Sentirá un dolor agudo al principio, un ardor que la hará gemir, pero tendrá curvas al instante. Puede sangrar, necesitar reposo, cargar un peso que la doblegue. A cambio, el resultado es inmediato.
—La cirugía es arriesgada —objetó la segunda médica, preocupada—. Puede infectarse, requerir drenajes. Prefiero empezar por las hormonas.
Vesna levantó una mano.
—Combinemos. Cirugía inicial para las caderas, hormonas para el pecho, y la máquina como complemento en cuanto esté lista.
Ilka soltó entonces una risa sádica que llenó el aire como un trueno.
—Yo quiero un plan mixto: hormonas para suavizarla, cirugía para unas tetas grandes, y la máquina cuando esté terminada. Que la trabaje por dentro, que la moldee, que la haga sudar. Y un toque de disciplina, claro. ¿Qué dices tú? —Su mirada me quemó.
Asentí, la voz temblándome.
—Sí, señora. Lo quiero todo. El calor, el dolor, los cambios.
Vesna entornó los ojos.
—¿Vibraciones intensas? Podrían dañarla. Limitémoslo a masajes profundos con corrección sutil.
Ilka rio de nuevo.
—De acuerdo. Pero que la hagan sudar y gemir.
Vesna golpeó la mesa una última vez. El sonido me sacudió como un latigazo y su eco reverberó en mis huesos.
—Plan aprobado. Diseñaremos y fabricaremos la máquina, estudiaremos cada opción, combinaremos lo mejor de todo. A ti te feminizaremos con disciplina. Sentirás cada cambio, cada dolor, cada placer. La máquina tardará semanas en construirse, pero empezamos con las hormonas mañana.
Las médicas discutían dosis en un murmullo que me envolvía, las químicas mezclaban frascos con un tintineo que sonaba a música, las ingenieras ajustaban planos con un zumbido eléctrico. Y yo temblaba, la piel sudando bajo el corsé, abrazada por un calor que me cubría como un manto ardiente.
Ilka se acercó. Sus uñas rozaron mi nuca con un cosquilleo que me arrancó un gemido, y su aliento me rozó el oído.
—Y ya no estarás encerrada aquí. Voy a organizar tu primera salida. Tu debut como mujer nuestra. Mañana por la noche.
Sentí un nudo en el estómago y un cosquilleo subiéndome por las piernas. La idea de salir al mundo me abría algo nuevo, un calor que me recorrió la espina dorsal entera.
***
Terminada la reunión, Ilka me tomó de la mano. Su piel cálida contrastaba con el frío sudoroso de la mía y el contacto me erizó.
—Ven —dijo, su voz arrastrándome a un torbellino de emoción—. Te vamos a preparar.
Me llevaron a una habitación iluminada por velas parpadeantes, el aire cargado de jazmín que se colaba en mi nariz como un suspiro dulce. Vesna se acercó con un estuche de maquillaje, sus dedos rozando mi rostro con una suavidad que me hizo temblar. Aplicó sombras oscuras que enmarcaban mis ojos como pozos profundos, el pincel frío deslizándose por mi piel.
—Vamos a hacerte irresistible —susurró, su aliento en mi mejilla.
Dália añadió rubor, sus manos calientes presionando mis pómulos hasta arrancarme un gemido bajo. Renata me pintó los labios de carmesí, el lápiz deslizándose como un beso, un sabor dulce mezclándose con mi saliva.
—Perfecta —declaró Ilka, recogiéndome el pelo en una trenza elegante, sus uñas en mi nuca otra vez, el peso de la trenza cayendo como una caricia que me hizo arquear la espalda.
Me vistieron con una falda de cuero negro que me abrazaba las caderas con una presión que crujía contra mi piel, el material frío mandando un escalofrío por mis muslos. La blusa ajustada de Renata rozaba mi pecho con un susurro de encaje. Ilka me ayudó con unos tacones altos, sus manos guiándome los pies con una firmeza que me hizo tambalear, el peso elevando mi postura.
—Irás a un bar de ambiente —anunció, su voz baja resonando como un tambor en mi pecho—. Mostrarás al mundo nuestra creación. Caminarás entre sombras y luces como nuestra joya.
Me miré en el espejo y apenas me reconocí. La pintura, la trenza, la silueta nueva. Sentí un nudo en el estómago y otro cosquilleo subiéndome por las piernas, eléctrico esta vez. La idea de salir me abría a un mundo desconocido con un calor que me consumía, la piel ya sudando bajo la ropa nueva.
Esto apenas empieza, pensé, y yo ya no quiero que termine nunca.