Mi esclavo virgen obedecía cada orden a medianoche
Escribo para que me obedezcan. Esa es la verdad que casi nadie entiende cuando lee mis relatos en Deseos Sombríos, el foro donde publico desde hace años bajo el nombre de Selene. La gente cree que escribe quien quiere contar algo; yo escribo para tender una trampa y esperar, paciente, a que alguien caiga dentro. Y una noche de finales de septiembre, alguien cayó.
Se hacía llamar Gusano, aunque ese nombre se lo puse yo más tarde. Llegó a mi perfil arrastrándose entre mis textos, y devoró uno en particular: Crónicas de un perro a mis pies, donde describí a un hombre de rodillas, con la polla dura goteando babas contra el suelo, lamiendo la madera detrás de mis botas de cuero mientras yo le escupía en la nuca y le prometía que si se corría sin permiso lo dejaría chupándose su propio semen del piso. El sonido húmedo de su lengua, el olor a sudor y a verga sin descargar, la manera en que su culo temblaba cada vez que yo le clavaba el tacón entre los omóplatos. Sentí su atención antes de que dijera una palabra. Hay una clase de silencio que solo producen los hombres que ya han decidido entregarse y todavía no se atreven.
El mensaje llegó pasada la medianoche.
—Respetada Selene, espero no molestarla —escribió—. He leído todo lo que publica y me dejó temblando, con la polla dura contra el pantalón sin animarme siquiera a tocarla. Soy virgen, nunca he estado con nadie, y admiro su libertad de un modo que no sé explicar. Me siento por debajo de usted. Le suplico que me deje ser algo más que basura a sus ojos.
Sonreí frente a la pantalla. Ahí está, el primer escalón. Metí la mano bajo las bragas por puro instinto, encontré el coño ya húmedo, y me acaricié el clítoris con dos dedos mientras le contestaba.
—Me halaga tu respeto —escribí, apretándome despacio—. Pero sigues siendo basura hasta que me demuestres lo contrario. Tu virginidad me divierte. Que te sientas inferior me moja. Prepárate para servir bajo mis órdenes, perdedor, y reza por no aburrirme. Ni se te ocurra tocarte esa polla de virgen sin mi permiso.
No le pedí una foto. No le pedí su nombre real ni su rostro. Lo único que quería era su obediencia, y la obediencia, cuando es auténtica, no necesita cuerpos en la misma habitación. Esa fue siempre mi ventaja: yo nunca lo toqué, y aun así lo tuve entero, con la verga en la mano y la mirada baja.
***
Nuestras primeras sesiones fueron solo texto, un juego de palabras que lo encadenó a mi voluntad. La primera noche volvió a las nueve y media, incapaz de esperar.
—Le suplico otra oportunidad para complacerla —escribió—. Mi virginidad me pesa como una carga. Llevo horas con la polla hinchada, pensando en usted, y no me atrevo ni a rozarla. Me siento tan pequeño ante usted. Deme una orden, la que sea.
—Tu súplica me calienta —respondí—. Escucha bien, porque no repito. Vas a construirme un altar.
Le di las instrucciones con la frialdad de quien dicta una sentencia. Un plato liso y frío sobre una mesa limpia. Una vela blanca a veinte centímetros, encendida, que derritiera su cera lentamente sobre un platillo aparte. Un pañuelo de lino doblado en un cuadrado perfecto junto al plato. Le describí cada detalle como si estuviera de pie a su espalda, vigilando.
—Ahora te vas a pajear con precisión —seguí—. Siéntate en una silla dura, la espalda recta, los pies planos en el suelo, las piernas bien abiertas para que se vea lo poco que cuelga entre ellas. Solo la mano derecha. Te escupes en la palma, agarras la polla por la base y empiezas lento, sesenta segundos exactos, subiendo el puño hasta el glande y bajando hasta los huevos, sintiendo cada vena. Los dos primeros minutos solo la punta, con el pulgar mojado en tu propio precum. Después subes el ritmo poco a poco imaginando mi voz ordenándote «más rápido, perdedor, pájate esa verga inútil para mí». Cuando sientas que se te aprietan los huevos y que estás a punto de correrte, sueltas la polla y cuentas hasta diez con las manos abiertas al aire. No acabas hasta que yo lo autorice. Si una sola gota de semen cae en ese plato sin mi permiso, te la comes. ¿Entendido?
—Sí, Selene. Lo haré. Pero me tiemblan las manos —escribió—. La tengo tan dura que me duelen los huevos. Estoy nervioso por complacerla. Admiro tanto su control. ¿Podré aguantar sin correrme?
—Tus temblores me divierten —contesté—. El placer no es para ti esta noche. El placer es mío, mirándote sufrir con esa polla congestionada en la mano.
Imaginé la escena al otro lado de la pantalla. Un hombre adulto, virgen, sentado muy quieto en una silla incómoda, la vela proyectando su sombra contra la pared, la verga tiesa apuntando al techo y su puño subiendo y bajando al ritmo que yo dictaba desde otra ciudad. Sin haberlo visto nunca sabía cómo se le tensaba el vientre, cómo se le apretaba el escroto, cómo el prepucio se le recogía dejando el glande brillante de precum. Yo, en mi cama, subí las rodillas, aparté las bragas a un lado y me metí dos dedos en el coño hasta el nudillo, buscando el punto exacto que me hacía apretar los dientes. Con la otra mano seguía escribiendo. Un hombre al que jamás había escuchado se pajeaba obedeciendo mis órdenes mientras yo me follaba a mí misma con la izquierda y le dictaba con la derecha, y no había nada en el mundo que me pusiera más cachonda que esa asimetría. Esa es la diferencia entre el deseo común y el poder: el primero necesita un cuerpo; el segundo solo necesita que el otro crea, y se corra, cuando yo se lo permita.
***
Me mandó la prueba media hora después: una foto del plato, la vela goteando, su mano sudada sosteniendo el borde y, al fondo del encuadre, apenas visible, la punta enrojecida de una polla latiendo sin descarga. Confesó que la cera le había quemado un dedo, que había estado a punto de correrse tres veces y que las tres veces se había mordido la lengua hasta hacerse sangre para no desobedecer.
—Lo intenté, Selene —escribió—. Me detuve cuando me lo ordenó, aunque casi me estallan los huevos. Tengo la polla morada, palpitando, y no me he corrido. Me siento honrado, aunque sea un inútil. Su superioridad me abruma.
—Patético, pero obediente —respondí—. Empiezas a gustarme. Mantén la castidad hasta mañana. Vas a arder por mí sin alivio, con esos huevos hinchados y esa polla llorando precum toda la noche, y vas a darme las gracias por dejarte arder.
—Gracias, Selene —escribió, y sentí la sumisión goteando entre cada letra, como el semen retenido goteándole a él por la punta.
Había algo embriagador en eso. No en su deseo, que era torpe y desesperado, sino en mi propio poder ejercido sin esfuerzo, a kilómetros de distancia, a través de una pantalla. Un hombre al que jamás había visto encendía velas por mí, se negaba el placer por mí, se quemaba la piel por mí y se dormía con la verga tiesa por mí. Yo solo tenía que escribir, y correrme cuando me diera la gana, sola, sin deberle nada a nadie.
***
La segunda noche fue más intensa. Lo hice arrodillarse desnudo en el suelo, las rodillas bien abiertas, los talones bajo los huevos apretándoselos contra el suelo cada vez que se moviera, las manos sobre los muslos. Le ordené usar apenas dos dedos —índice y pulgar— sobre la polla, formando un anillo apretado justo bajo el glande, y trazar círculos lentos, cinco segundos por vuelta, subiendo el ritmo cada dos minutos, imaginando mis uñas clavándose en su carne y mi voz susurrándole al oído «así, gusano, pájate como te enseño, con dos dedos porque no mereces más». Le prohibí tocarse el resto del cuerpo. Nada de acariciarse el pecho, nada de meterse un dedo en el culo, nada de estrujarse los pezones. Solo la punta de la polla y el anillo mezquino de dos dedos, hasta que le doliera.
—Siento un fuego que no controlo —me escribió, y casi podía ver el sudor cayéndole de la frente al pecho, cruzándole el vientre y perdiéndose entre los pelos de la ingle—. La vela casi se apaga. Se me escurre el precum por la muñeca. Mi virginidad me hace sentir tan débil ante usted.
—No lo controles —respondí—. Sufre por mí. Escúpete en la mano y sigue con los dos dedos, sin más. Cuando ya no aguantes, cuando estés a punto de correrte contra mi voluntad, te agarras los huevos con la izquierda y te los aprietas hasta que se te pase. Y me lo cuentas todo, palabra por palabra. Guarda el pañuelo manchado de precum en un rincón de tu altar, como reliquia. El dolor es mi regalo, y vas a aprender a agradecerlo.
—Me apreté los huevos hasta ver luces —contestó minutos después—. Se me pasaron las ganas y me quedé temblando en el suelo, con la polla latiendo como un tercer corazón. Lo guardaré. Gracias por su crueldad. Me hace temblar de admiración.
Le ordené que, antes de dormir, dejara el pañuelo empapado en su precum bajo la almohada para que su propio olor le recordara a quién pertenecía, y que se acostara boca abajo, con la polla aplastada contra el colchón, prohibido cualquier movimiento de cadera. Lo hizo. A la mañana siguiente me escribió que apenas había pegado ojo, que había amanecido con la verga chorreando contra las sábanas y los huevos tan pesados como piedras, que el peso de la castidad le había dolido como un castigo físico, y que aun así se había despertado pensando en cómo agradecérmelo. Esa devoción sin recompensa era exactamente lo que yo buscaba: un hombre que diera sin esperar recibir, que encontrara su placer en mi indiferencia y en el semen atrapado dentro de sus propios huevos.
Esa fue la palabra que él usaba todo el tiempo: admiración. Como si yo fuera una diosa y no una mujer escribiendo en camiseta desde su cama, con una copa de vino tinto enfriándose en la mesilla y el coño todavía pegajoso de haberme corrido tres veces mientras leía sus reportes. Pero yo nunca lo corregí. El poder vive de esos malentendidos. Si él necesitaba creerme divina para arrodillarse con la polla en la mano, yo no iba a negarle la fe.
***
La tercera noche falló, y descubrí que castigar es aún más placentero que ordenar.
Revisé el video que me había enviado y vi que había sido perezoso, que su puño había apretado demasiado la base sin permiso, que en el segundo cuarenta y siete se le había escapado un chorrito de semen que había intentado limpiar con el pulgar creyendo que no lo notaría. Lo noto todo. Es mi oficio.
—Fallaste —escribí, y dejé que el silencio entre frases pesara—. Vi los restos. Vi cómo se te escapó ese chorrito de leche de virgen. Tu obediencia fue floja. Castidad total tres días. Y vas a escribirme, con tus propias palabras: «Soy un inútil ante Selene, mi polla le pertenece y no supe cuidarla».
—Soy un inútil ante Selene, mi polla le pertenece y no supe cuidarla —obedeció de inmediato—. Perdóneme. Temblaba, la cera me distrajo, se me escapó sin querer, no quería decepcionarla. Imaginarla me hace sentir vivo, aunque sea un fracasado con la verga sucia.
—El perdón no se suplica, se merece —respondí—. Y tú todavía no lo mereces. Pero me encanta que lo entiendas. Sigue mis reglas o te borro de mi existencia. Hoy no te tocas ni para mear más de lo necesario. Te quedas despierto, con la polla latiendo bajo la sábana, ardiendo, pensando en lo poco que vales para mí y en el semen que se te acumula sin salida.
Cerré el chat sin esperar respuesta. Esa es otra forma de castigo: el silencio. Lo dejé toda la noche colgado de la incertidumbre, sin saber si seguía siendo mío o si lo había desechado. A la mañana siguiente tenía siete mensajes suyos, uno con foto de la polla amoratada y el vientre manchado de precum seco. No leí ninguno hasta la noche.
***
Durante las semanas que siguieron, nos comunicamos solo por mensajes rituales. Siempre a las nueve y media. Yo le enviaba órdenes cifradas —días de castidad, permisos contados para pajearse durante exactamente noventa segundos sin correrse, tareas absurdas como escribir mi nombre con la punta de la polla en el espejo empañado del baño después de la ducha, o correrse por fin dentro de un vaso y bebérselo mirando a cámara— y él respondía con pruebas de su obediencia, fotos temblorosas de una verga que iba pasando del rosa al morado al rojo carne viva, susurros de sumisión que solo yo sabía descifrar.
Me acostumbré a él como uno se acostumbra a un perro fiel: con una mezcla de afecto y desprecio que no me molesté en separar. Me gustaba saber que, a las nueve y media, hubiera lo que hubiera en su vida, dejaría todo para arrodillarse desnudo ante una pantalla, con la polla dura y los huevos pesados, y esperar mi palabra. Esa lealtad era hermosa, y por eso mismo decidí ponerla a prueba.
***
Una noche, harta de su torpeza repetida y de su insistencia, le escribí con la frialdad calculada de quien sabe exactamente lo que provoca.
—Gusano, estoy harta. No me molestes más. Has agotado mi paciencia. Esto termina aquí. No eres digno de seguir. Guarda tu polla inútil para otra que te aguante.
La respuesta llegó en segundos, y casi pude oír sus dedos golpeando el teclado.
—Selene, por favor, no me abandone —escribió—. Le suplico un mes más. Déjeme probar mi devoción. La admiro, mi virginidad me pesa, esta polla no sabe hacia dónde apuntar si no es hacia usted, necesito su guía para ser algo más que basura. No puedo perderla. Haré castidad de un mes entero si me lo pide, no me correré ni una sola vez, me pasearé con la verga hinchada todo el día.
—¿Un mes más? —contesté—. ¿Crees que mereces mi tiempo? Eres una carga. Un virgen inútil que no puede seguirme el paso. Tu admiración me aburre. ¿Por qué desperdiciaría mi energía en tu polla?
—Porque haré lo que sea —respondió—. Lo que sea. Su rechazo me destroza, pero su voz me salva. Deme una oportunidad y le demostraré que puedo ser perfecto. Se lo ruego, Selene. Ordéneme que me coma mi propio semen todos los días si quiere, ordéneme que me meta velas en el culo, ordéneme lo que sea.
Lo dejé sufrir un rato más. Le escribí frases cortas, sarcasmos calculados, y observé cómo se humillaba con cada mensaje, cómo se reducía a sí mismo a nada con tal de no perderme. No había crueldad gratuita en ello: yo necesitaba verlo tocar fondo para saber qué cimiento tenía. Y el suyo, descubrí, era de roca.
Es mío de verdad, pensé, con el coño otra vez encendido bajo la mano. No por una noche. Mío.
—Está bien —escribí al fin—. Te doy un mes. Pero será tu última prueba. Si fallas una sola vez, si se te escapa una sola gota sin permiso, desapareces de mi mundo y no vuelves a escribirme nunca. Prepara tu altar. Sigue mis órdenes al pie de la letra. Y reza por no decepcionarme. Empezamos mañana, y mañana la primera orden es cera caliente goteando sobre la punta de esa polla mientras me recitas el alfabeto entero sin correrte.
—Gracias, Selene —respondió, y juro que sentí el alivio físico en sus palabras—. Obedeceré con mi vida y con mi verga. Su poder me guía. La admiro infinitamente.
Cerré el portátil y me quedé un rato en la oscuridad, terminando el vino, con dos dedos todavía dentro del coño y el pulgar dibujando círculos lentos en el clítoris hinchado. Treinta días por delante. Treinta noches en las que un hombre al que nunca tocaría iba a encender velas, contar los segundos, ordeñarse la polla al ritmo que yo dictara, tragarse su propio semen, negarse el placer y agradecerme por ello, convencido de que yo era una diosa cuando en realidad solo era alguien que había aprendido a escribir lo que otros no se atreven ni a desear en voz baja. Me corrí en silencio, mordiéndome el labio, mientras imaginaba a Gusano en su cuarto, la polla tiesa apuntando al techo, esperando la nueve y media de mañana.
Apagué la luz sonriendo. La prueba apenas comenzaba, y yo ya sabía cómo terminaría. Siempre lo sé. Por eso escribo.