La esclava que entregué a mi padre
Me encapriché de ella apenas la vi. Joven, hermosa, con un aire melancólico que parecía envolverla en su propia soledad. La descubrí en uno de los últimos trenes de la tarde, absorta en un libro que sostenía con las dos manos, ajena a todo lo que la rodeaba.
Me senté justo enfrente, solo para mirarla mejor.
Me gustaba cómo iba vestida: unas sandalias sencillas, las piernas desnudas y un vestido blanco que la hacía parecer todavía más delicada. No reparó en mí hasta un buen rato después.
—Hola.
Mucho más tarde me confesó que le encantó mi descaro, ese atrevimiento de hablarle sin preámbulos. Se sintió avergonzada y, al mismo tiempo, halagada.
Tras echar un vistazo rápido al vagón, devolvió los ojos al libro. Pero ya lo había entendido: me había sentado frente a ella porque quería estar ahí.
—Conozco una heladería buenísima a un par de paradas. ¿Te apetece un helado?
—¿Me está invitando a una cita?
—¿A mi edad? No. Solo a un helado.
No alcanzaba a verle la cara entera, porque se tapaba la boca con el libro. Pero aceptó. La vi escribirle a su madre en el móvil antes de bajarse conmigo y echar a andar a mi lado.
Se pidió un helado de nata y vainilla con muchos barquillos. Me contó que era estudiante universitaria, primer año de Arquitectura. Lo que no me dijo, pero deduje por su manera de mirarme, es que era la primera vez que salía a solas con un hombre.
Se nos hizo tarde, así que le pregunté si quería que la acompañara. Aceptó. No vivía lejos, de modo que caminamos juntos hasta su portal.
Nuestro primer beso ocurrió allí mismo. La besé con lengua mientras apretaba su cuerpo contra el mío, y solo entonces la dejé marchar. Le llevé una mano a la nuca, hundí los dedos en su pelo y la obligué a abrir la boca, a recibir mi lengua sin pudor, sintiendo el calor de su respiración entrecortada contra mis labios. Ella se estremeció, rígida primero, luego blanda, pegada a mí por la cintura, con las manos dudando en mi pecho como si no supiera si empujarme o agarrarse más fuerte. Le di otro beso más hondo, sucio, de esos que dejan la boca húmeda y la cabeza vacía, y cuando aparté mi cara vi que tenía la piel encendida y los labios brillantes.
—Hasta otra —dije.
Irene me confesó mucho después que se quedó confundida. Su primer instinto fue salir detrás de mí, pero se contuvo. Entró en casa y subió directa a su habitación. Acababa de vivir algo demasiado intenso con un hombre mayor y no sabía cómo reaccionar. Le había gustado. Le temblaban todavía las piernas.
Se masturbó dos veces aquella noche. La primera bajo la ducha, con el agua resbalándole por los muslos mientras se abría con dos dedos y se frotaba el clítoris con movimientos torpes, rápidos al principio, cada vez más desesperados hasta que se mordió los labios para no gemir. La segunda, justo antes de dormirse, con la mano metida entre las bragas, empapándolas de flujo, imaginando mi boca, mis dedos, mi lengua entrando donde la vergüenza ya no tenía sitio.
***
Pasó toda la mañana siguiente con el móvil en la mano, vigilando si yo escribía y debatiéndose entre esperar o dar ella el primer paso. Lo dio al mediodía. Me mandó una foto suya de cuerpo entero, con una camiseta rosa y una minifalda, descalza, asegurándome que no podía dejar de pensar en mí.
Cuando me preguntó si me gustaba, supe que con un pequeño empujón conseguiría una foto en ropa interior. Quizá más.
«Desnúdate para mí. Muéstrame lo guapa que eres.»
Fue una apuesta arriesgada, una orden directa sobre una chica que vivía su primera relación. Al recibirla, el corazón le dio un vuelco. Bastante le había costado mandar la primera foto.
—¿O no? —se preguntó.
Sabía que sus amigas enviaban fotos así a sus novios, que era algo normal. La duda era qué éramos nosotros, qué significaba yo para ella.
«Prométeme que solo la verás tú.»
«Prometido.»
A solas en su cuarto, Irene empezó a quitarse la ropa hasta quedar desnuda. Sintió vértigo, como si estuviera al borde de un precipicio. Miró su ropa tirada por el suelo y no se atrevió.
«No puedo hacerlo.»
«Una pena. Seguro que era una imagen preciosa.»
«¿Estás decepcionado?»
«Sí», respondí sin titubear.
«No volveré a fallarte.»
«Nos veremos esta noche, en el tren.»
***
Llegó vestida igual que en la foto. Me senté frente a ella y empecé a acariciarle la rodilla, después el muslo desnudo, a la vista de todo el vagón. Subí la mano hasta enganchar con un dedo el borde de sus braguitas y comencé a bajárselas.
La prenda asomó por debajo de la falda y resbaló hasta sus rodillas. Sí, se las quité allí mismo. Las guardé en el bolsillo de mi chaqueta como un trofeo. Ella se quedó inmóvil, con las piernas cerradas a medias y la respiración entrecortada, sintiendo cómo el tren traqueteaba bajo nuestros cuerpos mientras yo le rozaba la piel con una calma insolente, dueña de la situación.
—¿Quieres un helado o un café? —pregunté, como si nada.
Eligió una cafetería. Estaba claro que en esta segunda cita quería parecer mayor de lo que era. Cuando terminamos, la acompañé de vuelta. Antes de llegar a su portal, la metí en un callejón estrecho.
Ella esperaba que la besara con dulzura, como a la niña buena que creía ser.
Yo tenía otros planes.
La giré, la apoyé contra la pared y le separé las piernas con la rodilla. Le subí el vestido hasta la cintura y metí la mano entre sus muslos, encontrando el coño ya caliente, húmedo, tembloroso. Ella soltó un jadeo ahogado cuando le aparté la braguita a un lado y hundí dos dedos despacio, lo justo para verla arquear la espalda contra el ladrillo. Con la otra mano le agarré la mandíbula para obligarla a mirarme.
—No grites —le ordené.
No gritó. Y eso que la hice mía bien fuerte, en mitad de un callejón sucio, con su primer hombre clavándola contra el ladrillo. La follé sin darle tiempo a pensar, entrando y saliendo con un ritmo duro, corto, seco, mientras sus tetas rebotaban bajo el vestido recogido y su respiración se convertía en un hilo roto. Le abrí más las piernas, le busqué el clítoris con el pulgar, la dejé empapada, temblando, y cuando la sentí venirse me apreté más contra ella, marcando cada embestida hasta sacarle un gemido pequeño, vergonzoso, que se perdió en la noche. La dejé temblando cuando terminé.
Irene me contó que solo reaccionó cuando me perdió de vista. Se subió la falda y caminó sola hasta su casa, donde se dejó caer en la cama. No cenó. No se duchó. Se juró que no querría saber nada más de mí.
***
Fue a la mañana siguiente, al despertar sola en casa, cuando volvió a pensar en mí. Llevaba puestas unas bragas blancas y una camiseta de dormir, y se le ocurrió que quizá me gustaría verla así. Me mandó la foto.
«No soy tu novio. Si sigues conmigo, solo voy a usarte.»
«Es lo único que quiero.»
El mensaje llegó acompañado de otra imagen: ella arrodillada, completamente desnuda, ofreciéndose.
Le envié una dirección y una orden.
«Serás suya.»
Irene lloró al leerlo. Lloró porque sabía que lo haría, que se presentaría en casa de un desconocido y se entregaría a sus caprichos. Cuando dejó de llorar, se duchó, se peinó, se maquilló y se cubrió con un vestido rosa. Me mandó una última foto antes de salir.
***
La dirección quedaba lejos, en la última parada del tren, un barrio obrero de calles silenciosas. Caminó hasta una casa con patio, donde la recibió un hombre de mediana edad, tranquilo, de manos grandes.
—¿Eres la esclava que envía mi hijo? —preguntó.
Irene asintió con la cabeza. Estaba en casa de un extraño por orden de alguien. ¿Su esclava? Por lo visto, sí.
—Bien, bien… Eres más alta que yo. Me gustan las chicas altas.
Acercó las manos a los tirantes del vestido y los bajó, dejando sus pechos al aire. Empezó a tocarlos, a apretarlos, a recorrerlos con la boca. Le quitó el vestido del todo y la condujo hasta una cama.
Allí la ató. La puso a cuatro patas y amarró sus tobillos a los extremos del somier, obligándola a mantener las piernas abiertas, las muñecas sujetas a la espalda. Después le colocó una máscara que la privaba de la vista, del oído y casi de la voz. La habitación se volvió una negrura espesa, llena solo del roce de las sábanas, el olor a sudor y a piel, y el sonido apagado de respiraciones ajenas acercándose y alejándose de su cuerpo.
Irene nunca supo decir cuántos hombres pasaron por aquella habitación, cuántas manos la recorrieron, cuántos la tomaron por turnos. En la oscuridad solo existían el tacto y la espera.
Sintió cómo algunos se limitaban a acariciarla, a abrirle el coño con los dedos, a lamerle el clítoris hasta hacerla retorcerse contra las cuerdas, obligándola a correrse con un temblor que le corría desde la barriga hasta las plantas de los pies. Otros la agarraban de las caderas y la usaban con fuerza, metiéndole la polla hasta el fondo, golpeándole el pubis con cada embestida, mientras ella tragaba saliva y se dejaba ir, rota entre la vergüenza y el placer. Cada vez que una boca o unos dedos la abandonaban, otros ocupaban su lugar. Perdió la cuenta. Perdió la noción del tiempo. Sintió semen sobre el vientre, en los muslos, entre los labios hinchados, y aun así siguió allí, jadeando dentro de la máscara, entregada a una sucesión de cuerpos que la iban vaciando y llenando sin descanso.
Al caer la noche, el hombre le quitó la máscara para darle de beber y de comer. Cuando ella intentó protestar, una vara fina le cruzó las nalgas y las plantas de los pies. Terminó cediendo —si es que alguna vez se había resistido de verdad—, aceptando lo que le ofrecían con la cabeza gacha.
Después la soltaron.
***
Irene solo quería ducharse, vestirse y volver a casa. Pero al salir del baño, cuando vio a mi padre sentado tan tranquilo en el sillón, sintió un impulso que no supo explicar. Caminó hacia la puerta y no llegó a abrirla: volvió sobre sus pasos y se arrodilló frente a él.
Mi padre le levantó la barbilla, la miró largo rato y la hizo suya allí mismo, sin prisa, mientras ella lo aceptaba con los ojos cerrados. Le separó las piernas, le deslizó la mano entre los muslos todavía sensibles, y la fue tomando con calma, como si la estuviera enseñando a respirar dentro de su propia rendición. Irene gimió bajito cuando él le abrió el cuerpo y la hizo correrse despacio, con paciencia, hasta dejarla temblando de rodillas, con la cara húmeda y las manos apoyadas en sus pantorrillas.
Irene se convirtió en su esclava de pleno derecho. No tardó en aprender las reglas. Su cuerpo joven, su mente entera, existían solo para complacer los caprichos de su amo.
Le gustaba verla de rodillas, esperando en silencio en un rincón. Le gustaba marcarla, dejarle huellas que ella exhibía con orgullo. Le gustaba sacarla a pasear como si fuera un trofeo: primero por el campo, después por el parque, hasta que la consideró preparada para la calle.
La paseaba con un abrigo largo y nada debajo, salvo el collar de cuero que la identificaba como suya. Disfrutaba humillándola con pequeñas órdenes en público, susurradas al oído, que ella obedecía sin que nadie alrededor sospechara nada.
Un día la ató sobre la cama, con el cuerpo completamente expuesto. Irene creyó que recibiría una sesión de azotes. No le importaba. Dejar que su amo descargara su mano sobre ella era, a esas alturas, una prueba de entrega más que un castigo.
Pero aquella tarde no hubo vara. Hubo cera caliente goteando lenta sobre su piel, pinzas mordiéndole los pezones, horas de bondage en las que el único objetivo era que aprendiera a soportar, a respirar, a obedecer incluso cuando él no estaba mirando.
Era suya. Se había entregado con todas las consecuencias. Lo había demostrado el día que abandonó la universidad, el día que renunció al futuro que de niña había imaginado.
***
Una noche, recién salida de la ducha, Irene se metió los dedos entre las piernas. Lo tenía prohibido: no podía tocarse sin permiso. Sabía que aquello implicaba un castigo en cuanto se lo confesara a su amo, pero no había podido evitarlo.
Salió del baño desnuda, vestida únicamente con el collar, porque así y de ninguna otra forma debía moverse por la casa. Oyó voces en la planta baja. Se puso una camisa blanca y unas medias negras —nada más— y bajó, porque tenía órdenes de no esconderse jamás.
Debía caminar hasta encontrar a su amo y arrodillarse a su lado. Junto a él había un hombre joven, más joven que ella, que no le quitaba los ojos de encima. Irene se situó al lado de mi padre, se arrodilló y agachó la cabeza.
—Bien, ya has venido —dijo él, acariciándole el pelo—. Por cierto, Marcos, gracias por avisarme de lo de la fiesta.
—De eso quería hablarte —respondió el joven—. Cumplo años el sábado. ¿Me la prestarías para la fiesta? Con mis amigos, ya sabes.
—No estoy seguro de que sea buena idea. Presentar una sumisa entrenada delante de tus amigotes, dejar que la usen a su antojo… Suena excitante, no lo niego. Pero no sabes de lo que hablas. La destrozaríais en una noche, y tardé meses en construir lo que es.
El chico miró a Irene, que apenas podía contener una sonrisa.
—No tienes por qué creerme —añadió mi padre—. Si quieres, te la presto esta noche, un par de horas, y lo compruebas tú mismo.
Marcos tragó saliva. Miró otra vez a la chica arrodillada, al collar, a la quietud absoluta de su postura.
—No, creo que mejor paso —dijo al fin, levantándose—. Te tomo la palabra para otro día.
Salió por la puerta casi con prisa.
—Has sido muy malo con él, amo —murmuró Irene.
—Le he hecho el favor de su vida. Y ahora ponte en posición: sé que te has tocado, y vas a lamerme los pies como castigo.
Le quitó los zapatos y los calcetines. Sus pies olían a sudor de todo el día, y aun así ella inclinó la cabeza y empezó a lamerlos despacio, uno y otro, con la devoción de quien ya no concibe otra vida.
No era la existencia que había soñado de niña, ni la que imaginaba de adolescente. Pero, arrodillada a los pies de su amo, Irene no podía imaginarse viviendo de ninguna otra manera.