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Relatos Ardientes

La noche que un desconocido me hizo su esclava

Salí tarde de la oficina, más tarde de lo habitual. Eran pasadas las once cuando guardé el portátil, bajé por el ascensor del estacionamiento y empujé la puerta giratoria hacia la calle. El último metro había salido veinte minutos antes; lo comprobé en el teléfono mientras me golpeaba el frío de la noche en la cara.

Decidí caminar. Eran unos cuarenta minutos a pie, pero el barrio era tranquilo y había recorrido esa ruta docenas de veces. Me puse los auriculares, subí el volumen y arranqué.

No vi el coche hasta que ya lo había pasado tres veces.

Era una SUV oscura, grande, con los vidrios polarizados. La primera vez que la noté pensé que buscaba estacionamiento. La segunda, que esperaba a alguien. La tercera, cuando volvió a aparecer en la esquina de delante, algo en mi pecho se tensó y apuré el paso.

Llegué al paso elevado peatonal que cruza la avenida principal. Siempre me había parecido demasiado silencioso de noche, sin iluminación en los extremos. Caminé más rápido.

No llegué al otro lado.

—Disculpa —dijo una voz a mi espalda—. ¿Sabes dónde hay un cajero por aquí? No soy del barrio.

Me quité un auricular y me di vuelta. El hombre tenía unos treinta y ocho años, bien parecido, con un traje gris oscuro impecable a pesar de la hora. Alto, de espalda ancha, con una mandíbula firme y el cabello corto ligeramente entrecano en las sienes. Olía a algo caro, a madera y especias. Su expresión era tranquila, amable incluso.

Abrí la boca para responder.

Fue entonces cuando sentí el frío del metal contra mi costado.

—Quieta —dijo con suavidad, casi sin mover los labios—. Quieta y callada. Si haces cualquier cosa que no te pida, no voy a dudarlo ni un segundo.

Mi cuerpo se paralizó de una sola vez. No fue una decisión: fue como si alguien hubiera cortado los cables entre mi cerebro y mis piernas. Los ojos se me llenaron de lágrimas sin que yo lo ordenara. Quise gritar pero los nervios se llevaron hasta mi voz.

—Vamos a caminar hasta el coche —continuó, pasando un brazo sobre mis hombros como si fuéramos dos conocidos—. Despacio. Como si nada. No hay nadie que te vea y nadie que te escuche.

Tenía razón. El paso elevado estaba completamente vacío.

—Por favor —logré decir con un hilo de voz—. Llévate lo que quieras. Tengo dinero, tengo el teléfono.

—No quiero tu teléfono —respondió, y noté algo en su tono que no era crueldad sino algo peor: calma absoluta—. Tú eres lo que quiero, pequeña.

La puerta trasera de la SUV se abrió cuando nos acercamos, como si alguien la hubiera desbloqueado desde dentro. Él me acompañó hasta el asiento, esperó que me sentara y me puso el cinturón con una lentitud deliberada, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Vas a portarte muy bien —dijo mirándome a los ojos, sujetando mi cara con una mano grande y cálida—. Si te portas bien, esto va a terminar. Si no... tenemos mucho tiempo por delante.

Subió al asiento del conductor. Antes de arrancar, sacó algo del bolsillo del saco y me lo extendió sobre la palma: tres gomitas de colores, pequeñas, inocentes.

—Cómetelas. Las tres. Quiero verte tragarlas.

—¿Qué son?

—Algo que va a hacer todo esto mucho más fácil para ti. Come.

Las comí. No tuve fuerzas para no hacerlo.

***

Condujo durante unos veinte minutos alejándose de la ciudad. La tensión en mi cuerpo empezó a cambiar de forma, y no era exactamente relajación: era más parecido a cuando el cuerpo se rinde de luchar. Mis manos dejaron de temblar. Seguía asustada, pero el miedo se había vuelto algo denso, sordo, que vibraba debajo de la piel en lugar de gritar desde los pulmones.

Se detuvo en un camino sin iluminación, flanqueado por árboles a ambos lados.

—Pasa al asiento de atrás.

Lo hice sin decir nada.

—En la caja que tienes a tu derecha vas a encontrar lo que necesitas. Apaga el teléfono primero y ponlo con tus cosas en la bolsa negra del piso. Aquí no hay señal de todas formas.

Apagué el teléfono. Mis manos se movían solas, despacio, como si no me pertenecieran del todo.

Abrí la caja.

Era de metal negro, con bisagras plateadas. Tardé un momento en asimilar todo lo que contenía de un solo golpe.

Tenía veintitrés años y había pasado la mitad de mi adolescencia leyendo historias que nadie a mi alrededor sabía que leía. Historias de mujeres en exactamente esta situación, en exactamente este tipo de cajas. Era mi secreto más guardado, una fantasía que me había prometido que nunca saldría de mi cabeza porque cosas así no le pasaban a la gente real, y menos a mí.

En la caja había unas muñequeras y tobilleras de metal negro unidas por argollas soldadas, un collar del mismo material con un aro central, un sistema de cierre que solo podía abrirse con llave. También había unos tacones de aguja en cuero rojo, un plug mediano con un adorno de cristal en la base, y una mordaza de cuero con esfera roja.

—Todo eso es tuyo ahora —dijo desde el asiento delantero sin girarse—. Marca lo que eres desde este momento. Primero la ropa: quítatela toda. Y dime cómo te llamas.

—Valeria —dije, y mi voz sonó extrañamente serena.

—Valeria ya no existe. Desde ahora eres lo que yo diga. Si te portas bien, Valeria vuelve a su casa. Si no... empieza a quitarte la ropa y a ponerte lo que hay en esa caja, pieza por pieza.

Me saqué la ropa prenda por prenda mientras seguía suplicando en voz baja que me dejara ir. Pero algo en mi cuerpo ya no respondía al miedo de la misma manera. Sentía las piernas débiles de una forma que no era solo terror, y entre mis muslos había una humedad que me avergonzaba reconocer.

Me puse las tobilleras. El clic metálico cuando se cerraron solas me recorrió la columna de arriba abajo.

Las muñequeras. Otro clic.

El collar. Frío contra la garganta.

Los tacones. Inestable sobre la tierra húmeda.

Solo me faltaba el plug.

Nunca me habían tocado ahí. Nunca lo había hecho yo sola tampoco. Dudé con el objeto en la mano, mirándolo fijamente.

—¿Por qué tardas? —dijo, y esta vez sí se dio vuelta. Sus ojos oscuros me recorrieron sin prisa—. O lo haces tú o lo hago yo. Date la vuelta, arrodíllate en el asiento, inclínate sobre el respaldo. Manos en la espalda.

Lo hice.

Escuché cómo abría la guantera. Luego sus manos tiraron de mi cadera y todo mi cuerpo quedó expuesto en esa posición, las rodillas hundidas en el tapizado, el frío de la noche entrando por la puerta abierta.

Me ajustó la mordaza él mismo. La esfera roja llenó mi boca y las correas de cuero se apretaron en la nuca con precisión, lo justo para que sintiera la presión en la cabeza sin que se volviera insoportable.

—Separa más las piernas —dijo.

Las separé.

Lo que siguió fue lento y no lo fue al mismo tiempo. Introdujo el plug despacio pero sin detenerse, con lubricante frío que noté antes de notar la presión, y la presión fue creciendo hasta que pensé que no podía más, que algo iba a ceder, y entonces cedió pero no de la manera que temía: simplemente quedó colocado, completo, pulsando suavemente contra partes de mí que nunca había sentido de esa manera.

Grité dentro de la mordaza. Las lágrimas me empaparon las mejillas.

—Siéntate —dijo—. Despacio. Y deja las manos donde están.

***

Me sacó del coche tomándome del cabello.

No fue brutal, exactamente. Fue preciso. Como quien sabe la cantidad exacta de fuerza necesaria para mover a alguien sin hacerle daño real y la aplica con la misma naturalidad con que abre una puerta.

Me puso de rodillas frente al capó de la SUV. La tierra estaba fría y húmeda bajo mis rodillas. Podía ver su arma en la cintura cuando se abrió el cinturón del pantalón.

—Abre la boca.

No lo pensé. Lo hice.

Era grande y estaba completamente erecto. Lo tomé con la boca y empecé a moverme despacio, pasando la lengua por el borde, succionando antes de bajar. Siempre se me había dado bien eso: todas las personas con las que había estado me lo habían dicho, y había algo en esa habilidad de la que me sentía secretamente orgullosa. Quizás si lo hacía bien me dejaría ir.

Pasé la lengua por la base, trabajé la longitud con ambas manos mientras lo metía en la boca hasta donde podía, lo saqué despacio mirándolo a los ojos. Sus piernas temblaban levemente. Sus gemidos llenaban el silencio del camino.

Pero no acabó.

Cuando lo intenté de nuevo con más fuerza, él me tomó del cabello con un puño y lo empujó hasta el fondo de mi garganta, manteniéndolo ahí hasta que los ojos se me llenaron de lágrimas. Lo soltó. Tosí con fuerza.

Luego tomó mi cara y la arrastró por la tierra húmeda del camino.

Sentí la humillación como algo físico, como calor en las mejillas y en el pecho. Pero entre mis muslos la humedad no había parado.

—No eres tan desobediente como aparentas —dijo, mirándome desde arriba—. Pero dejaste caer. Eso tiene consecuencias.

Sacó del interior del coche una mordaza diferente. Esta tenía una pieza de goma en forma fálica y las correas eran más anchas, de cuero negro grueso. La ajustó sin pedirme permiso, apretando hasta que sentí la presión en toda la cabeza.

Me levantó del cabello y me puso boca abajo sobre el capó del coche. El metal frío contra mi vientre. Mis manos detrás de la espalda, un candado pequeño pasando por las argollas de las muñequeras. Intenté separar los brazos. No cedió.

Con el pulgar empujó el plug más adentro mientras su otra mano recorría mi sexo completamente empapado.

—Estás toda mojada —dijo, y en su tono no había sorpresa sino confirmación—. Esas gomitas hacen su trabajo, pero no me digas que no eres tú también.

Separó mis piernas con un pie y entró de una sola vez.

La sensación fue de llenado total, de no poder procesar nada más: estar completamente llena en dos lugares a la vez, con el metal frío del capó contra el vientre, los tacones resbalando sobre la tierra húmeda, y él bombeando sin pausa ni consideración. Mis intentos de gritar quedaban aplastados por la mordaza. Los fluidos me mojaban los muslos.

Mi cuerpo entero construía algo que no controlaba, una tensión que escalaba en cada embestida. Justo cuando el clímax estaba a un paso de distancia, él salió de un solo movimiento y el orgasmo se disolvió en el aire como humo.

—Los orgasmos también son míos —dijo—. Y tú no te los has ganado todavía.

Escuché el sonido del cinturón doblándose en su mano.

Mi cuerpo se tensó de golpe. Nunca nadie me había golpeado. Ni una vez, en ninguna circunstancia.

El cuero llegó a mis glúteos con un chasquido seco. No fue devastador pero fue suficiente para encender algo en la piel que ardió varios segundos. Cerré las piernas por instinto.

—Nadie te dijo que las cerraras —dijo—. Iban a ser cinco, pero por cada desobediencia se agregan cinco más. Quiero escucharte contar.

Los golpes siguientes cayeron despacio, con tiempo entre ellos para que el ardor de cada uno se asentara. Yo contaba ahogada dentro de la mordaza, los números deformados e irreconocibles. Él los aceptaba igual.

Después del séptimo, mis piernas dejaron de responderme.

Fue gradual: primero las rodillas, luego los muslos, luego una especie de calor espeso que subía desde los pies y apagaba las señales una por una. Todavía tenía los ojos abiertos cuando noté que me estaba deslizando hacia el suelo.

Él me atrapó antes de caer.

Me llevó en brazos hasta el asiento trasero de la SUV con una delicadeza que no encajaba con nada de lo que había pasado antes. Me acomodó como si fuera algo frágil. Sentí las muñequeras contra el tapizado, el plug todavía dentro de mí, el ardor vivo en la piel.

—Podemos retomar el castigo después —dijo suavemente—. Descansa.

***

Antes de que la oscuridad me cerrara del todo, escuché su voz hablando por teléfono.

—La tengo. Voy para allá. —Una pausa—. Sí. Pelo oscuro, piel morena, delgada. Alrededor de un metro setenta. Todavía no sabe lo que le espera. Avísales a los demás que se preparen para recibirla.

Los demás.

La última cosa que pensé antes de quedarme dormida fue que, en algún lugar de mí que no alcanzaba a controlar, algo esperaba llegar.

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Comentarios (1)

Rocko

Tremendo relato!!! Me dejo sin palabras, de verdad

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