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Relatos Ardientes

La prueba que nos convirtió en sus esclavas

La petición llegó cuando Marcos ya doblaba la tela de la mesa y apilaba los utensilios de la prueba de Sofía. Valeria y Cristina se acercaron juntas, sin hacer ruido. Valeria iba por delante, Cristina medio paso detrás, como siempre.

—¿Podemos hablar un momento, Amo?

—Hablad —dijo Marcos sin alzar la vista.

—Queremos pasar la prueba. Queremos ser marcadas —dijo Valeria. Cristina asintió en silencio.

Marcos dejó lo que tenía en las manos. Las miró a las dos, primero a una, luego a la otra. Después fue hacia la silla y se sentó con la calma de quien no tiene prisa en nada.

—Sois switch —respondió—. No ganaréis escalafón por ser marcadas. Eso no cambia vuestra posición en la comunidad.

—No nos importa el escalafón —dijo Valeria—. Ser switch no cambia que también somos sumisas. Queremos serlo para usted, Amo.

Cristina añadió:

—Sofía tiene su marca y no es sumisa de jerarquía. Vimos su brazo. La quemadura es reciente, igual que la de su madre. Lo entendemos. Y aun así la queremos.

Marcos cruzó los brazos.

—Ser marcada no es solo llevar mi señal en la piel —dijo despacio—. Significa no poder decirme que no. Nunca. En lo sexual, en lo personal, en lo profesional. Vuestro cuerpo deja de ser vuestro en todos los sentidos. ¿Lo entendéis?

—Sí, Amo —respondieron las dos.

—Entonces esperaréis. Empezamos con Valeria.

***

Antes de la prueba, Marcos se llevó a Andrés y a Valeria al dormitorio. La puerta se cerró. Cristina se quedó en el sótano, en cuclillas, con los dedos apoyados en el suelo y las piernas abiertas más de noventa grados. Las manos en la nuca. Esperando.

—Si entras en la comunidad —dijo Marcos a Andrés—, habrá tres hombres por encima de ti, y yo seré uno de ellos. Eso implica obligaciones concretas que no podrás rechazar.

Andrés asintió. Miró a Valeria un momento antes de preguntar:

—¿Seguiremos entrenando?

Valeria esperó la señal de Marcos antes de responder.

—Mientras mi Amo no ordene lo contrario, sí.

—¿Y el acuerdo sigue igual?

Valeria bajó los ojos al suelo. Una leve tensión en la mandíbula.

—¿Cuál es el acuerdo? —preguntó Marcos.

—Él entrena conmigo sin concesiones —explicó ella—. Me hace daño si hace falta. Solo se controla para no lesionarme gravemente: una rotura de hueso no me afecta emocionalmente, pero sí laboralmente. A cambio, si la sesión ha sido suficientemente dura, lo permito. Solo entonces. Y siempre con condón, Amo. Siempre se lo he exigido.

—Seguiréis igual, con un cambio —dijo Marcos—. Desde hoy no eres tú quien decide si el entrenamiento fue suficientemente duro. Lo decide él. —Señaló a Andrés—. Grabaréis cada sesión. En caso de desacuerdo, apeláis a mí. En cuanto al condón: cuando ambos hayáis pasado el ritual de entrada a la comunidad y los análisis estén limpios, también lo decidirá él.

Valeria abrió la boca.

—¿Sí? —dijo Marcos.

—Soy virgen anal, Amo —respondió en voz baja.

—Lo tendré en cuenta. Cuando llegue el momento, seré yo quien lo haga. Él podrá seguir después. Puedes volver al sótano. Las dos en cuclillas, piernas abiertas, manos en la nuca.

***

Valeria ya había visto la prueba de Sofía. Sabía lo que era la vela, el alambre de referencia, el cronómetro doble. No había nada que explicar.

Irina ultimó los detalles mientras Marcos encendía la llama. Sujetó la escuadra, midió los cuatro centímetros iniciales, y Marcos pulsó el primer reloj.

Pasaron treinta segundos. Las miradas comenzaron a moverse entre Valeria y los demás. Andrés cruzó los brazos. A los cuarenta, alguien susurró algo al oído de quien tenía al lado. A los sesenta segundos, la llama superaba ya los cinco centímetros. Valeria inspiró lentamente por la nariz y no soltó el aire.

Un minuto y cuarenta segundos. Cristina se levantó de su silla de espera.

Valeria extendió el brazo sin que nadie se lo dijera. Todo su sistema nervioso le gritaba que lo retirara. Cerró los ojos.

—Abre los ojos y mira la vela —ordenó Marcos.

Los abrió. Marcos pulsó el segundo cronómetro.

El dolor era real y total: irradiaba desde el antebrazo hacia el hombro, cruzaba el pecho, bajaba por el costado. Su mente racional le exigía que apartara el brazo. Pero su cuerpo hacía algo diferente, algo que no podía controlar: notó el calor concentrándose entre las piernas, el clítoris llenándose de sangre, el dolor transformándose en otra cosa. Una corriente que le recorría la columna de abajo arriba y la dejaba sin poder pensar con claridad.

A los treinta segundos del segundo reloj soltó el aire en un suspiro largo. Un espasmo en las piernas. El primero.

Su mente le dijo que ya no dolía, que los nervios estaban muertos. Era mentira. Dolía. Pero de otra forma, en otro registro. Movió el brazo horizontalmente sin alejarlo de la llama y el fuego rozó la muñeca desde un ángulo diferente, fresco, nuevo. El dolor volvió con toda su intensidad, y con él llegó el segundo orgasmo, el más largo de su vida hasta ese momento, mientras gritaba una vocal interminable que no era de sufrimiento.

Cuando Marcos le ordenó que retirara el brazo llevaba un minuto y veinticinco segundos en el segundo reloj. Ella no lo había oído. Lo oyó la segunda vez.

Elena la ayudó a llegar a la silla. El cuerpo de Valeria, cubierto de moratones en distintos estados —morado, cárdeno, amarillo, negro, recibidos en varios días distintos— temblaba con pequeños espasmos. Sus pechos pequeños subían y bajaban rápido. Los ojos, todavía vidriosos, miraban sin ver.

***

Cristina ocupó la silla de prueba sin esperar. Colocó el brazo en cuanto Marcos pulsó el primer reloj, más pronto de lo necesario. Se mantuvo veinte segundos más allá del tiempo mínimo porque notaba que el dolor le disparaba un tercer orgasmo, y nunca había tenido tres en tan poco tiempo. El fluido en la silla fue abundante en el último. Deseó que nadie se hubiera fijado.

Irina se fijó. Dijo algo breve a su madre en ucraniano. Su madre se arrodilló junto a la silla y la limpió con la lengua sin que nadie se lo tuviera que pedir, mientras Cristina aún intentaba recuperar la respiración.

***

Cuando Marcos convocó al grupo al comedor, Cristina hizo ademán de coger la ropa del suelo.

—Ya la recoges después —dijo él, sin detenerse.

Cristina siguió. Pero al sentarse en la silla del comedor, rodeada de compañeros vestidos, con Andrés y Tomás mirándola sin disimulo, se cubrió los pechos con las manos. Sus pezones estaban claramente erectos, y eso la incomodaba más que la desnudez en sí. Valeria entró la última, la vio, e hizo lo mismo.

—Vosotras dos —dijo Marcos nada más entrar en la sala—. Bajad las manos ahora mismo.

Las bajaron. La cara de Valeria pasó del rojo al escarlata. Sus pechos pequeños, copa A, quedaron expuestos a la vista de sus compañeros de trabajo. Se obligó a no mirar a ninguno de ellos. Andrés elevó una ceja. Tomás sonrió brevemente y después volvió a sus papeles. Marcos mostró media sonrisa cuando acabó de hablar.

—Bien. Id acostumbrándoos —dijo—. Cuando estemos solos entre nosotros, o con otros miembros de la comunidad, estaréis desnudas mientras yo esté presente. Sin esperar a que os lo ordene cada vez. Y ahora, al trabajo. ¿Están ajustados los cambios de plan?

Siguieron la reunión como si nada. Andrés habló de logística y rutas. Tomás habló de documentación. Nadie comentó nada sobre las dos mujeres desnudas en la mesa de trabajo.

***

Cuando los demás salieron, Marcos cerró la puerta y las hizo arrodillarse en el suelo. Sofía entró poco después y se arrodilló junto a Valeria, en el centro, sin que nadie se lo pidiera.

—Hay normas que debéis saber desde ahora —empezó Marcos—. Las manos siempre a los lados. Nunca las usaréis para taparos. Hoy lo habéis hecho porque no conocíais el protocolo. No lo haré constar por ahora. La próxima vez tendrá consecuencias.

Marcos se apoyó en el borde de la mesa.

—En adelante me llamaréis «Amo» en privado o con personas del ambiente. «Señor» solo cuando haya alguien ajeno presente. Los errores de tratamiento se castigarán, con tolerancia al principio, sin ella después. Lo mismo para el vestuario.

—En cuanto al calzado —continuó—, zapatos o sandalias de tacón de aguja de al menos diez centímetros. Sin medias, sin calcetines, sin punteras de silicona si se ven con el calzado puesto. Ese calzado, siempre que no haya nada entre él y vuestra piel, es compatible con la desnudez. Cualquier otro no lo es. En cuanto a la ropa: falda por encima de la rodilla, preferiblemente por encima de la mitad del muslo. Prendas que se puedan abrir. Sin sujetador salvo autorización explícita mía, y en ese caso prefiero los que se abrochan por delante o permiten separar la copa.

Valeria levantó la mano.

—¿Para entrenar y correr, Amo?

—Para el gimnasio de empresa o en la ciudad: camiseta muy ajustada sin sujetador, mallas o pantalón corto, zapatillas. Para correr por la calle, lo mismo. Aquí en casa o en el complejo, desnudas, como las demás. En campo abierto, descalzas si el terreno lo permite. Si no, zapatillas, pero sin calcetines.

Cristina levantó la mano.

—Valeria y yo tenemos treinta y ocho años, Amo. Y yo, al menos, no quiero quedarme embarazada.

—Entiendo que os preocupa —dijo Marcos—. Pero habéis elegido ser mis esclavas. Eso significa que esa decisión ya no os pertenece. No voy a esterilizaros: es irreversible y no lo haré sin que lo solicitéis expresamente. Pero tampoco usaréis métodos anticonceptivos por vuestra cuenta. Si la naturaleza decide que seáis madres, lo seréis. La comunidad siempre tendrá alguien disponible para los niños, y vuestro trabajo no se verá interrumpido más de lo necesario. El seguimiento médico lo llevará la doctora Álvarez, que pasará a ser vuestra ginecóloga de cabecera.

Cristina no respondió. Valeria tampoco.

—Una cuestión más —continuó—. Hasta que yo use cada uno de vuestros orificios, nadie más puede hacerlo. Ninguno. Ni siquiera personas de vuestro mismo sexo. Podéis masturbaros solas, pero nada más. —Miró a Valeria—. Esta noche te follaré. Por eso te he pedido que te quedes. A ti, Cristina, si puedo será en Valencia. Si no, a la vuelta. ¿Querías preguntarme algo?

—No me importa esperar, Amo —respondió Cristina—. No tengo pareja. Nunca la he tenido. Solo encuentros ocasionales en un club al que iba con mis padres.

—¿Con tus padres?

—Son liberales. Van a locales de intercambio y también a ambientes BDSM. Mi madre domina a mi padre, aunque a veces cambian de rol. Me llevaban desde joven. Solo repetí en ese club.

—¿Follaste con ellos?

—Se lo propuse después de la cuarta visita. Se negaron.

Marcos asintió sin añadir comentario.

—Lo otro que quería decirle —añadió Cristina— es que merezco un castigo por haberme tapado antes. Lo sabía cuando lo hice. No me lo reduzca por haberlo confesado. Lo merezco igual, Amo.

Marcos la miró un momento largo.

—Había decidido no castigaros porque asumí que no conocíais el protocolo. Pero dado que sí lo conocías: dos meses sin masturbarte ni mantener relaciones. A excepción de si puedo follarte en Valencia; en ese caso, los sesenta días vuelven a empezar desde el principio. También reduciré a dos meses, contando desde que volvamos, el periodo de entrenamiento para conseguir las marcas físicas adicionales. El plan de trabajo te lo entrego durante el viaje.

—Sí, Amo —respondió Cristina—. Gracias.

—Ahora ve con los demás. Mañana a las siete aquí, con todo el equipo. Tenemos una cita en Cuenca antes de partir hacia Valencia.

Cristina se levantó y fue hacia la puerta.

—¿No olvidas algo? —preguntó Marcos.

Ella se detuvo en el umbral.

—¿Qué, Amo?

—Tu ropa. Está en el sótano.

—Gracias, Amo —dijo, y subió a buscarla.

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Comentarios (3)

CrisLectora

Que relato tan intenso, me atrapó desde la primera oración. Hacia mucho que no leia algo así en esta categoría.

Rafa33

Buenisimo!!! Esperando ansioso la segunda parte.

Valentina_rosario

Me dejó sin palabras. Muy bien escrito y la tension se siente completamente real.

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