La noche que Sofía me vistió de muñeca
Esa noche Sofía tenía algo en los ojos. Esa especie de brillo tranquilo que solo aparece cuando tiene un plan.
Me lo dijo mientras yo terminaba de lavarme los dientes: quería jugar. Y cuando Sofía dice jugar así, con esa calma particular, sé que la noche va a ser larga.
—Vístete como mi muñequita —dijo desde el umbral del baño—. Hoy quiero jugar contigo como si fuera una niña con su muñeca favorita.
No era la primera vez que Sofía me pedía algo así. Llevábamos juntos suficiente tiempo como para que esas palabras no me sorprendieran, sino que me encendieran por dentro.
Fuimos a la habitación. Ella abrió el cajón de la ropa interior —el suyo, el que guarda las prendas más femeninas— y empezó a sacar piezas con la misma concentración con la que alguien elige qué ponerse para una ocasión especial.
—Primero lo de abajo —dijo—. Ponte el sostén rosado y el calzón cachetero.
Me desvestí despacio, consciente de su mirada. Sofía me observaba con esa mezcla de ternura y deseo que siempre me hace sentir completamente expuesto y completamente a salvo al mismo tiempo. Me puse el sostén rosado —uno de los viejos, que me quedaba un poco justo en el pecho— y el calzón que me había señalado. Ella seguía revisando el cajón.
—Ahora esto —dijo, y me extendió unas medias de liguero blancas con el liguero a juego.
Me senté en la cama para ponérmelas. Tenían esa textura fina que se adhiere a la piel y hace que cada movimiento se sienta diferente. Cuando estaba ajustando el último gancho del liguero, Sofía apareció con mis tacones rosados —los que había comprado para mí en una feria de ropa de segunda mano— y se arrodilló para ponérmelos ella misma.
Me los abrochó con cuidado. Luego se quedó mirándome desde abajo.
—Muy bien —dijo—. Pero le falta algo.
Sacó una tanga blanca de encaje y me la pasó por los pies, subiéndola despacio hasta la cintura. Después me hizo dar una vuelta.
—Camina un poco.
Caminé hasta el espejo y volví. Sofía frunció el ceño con gesto pensativo.
—No. Así no. Las tangas encima de los cacheteros no te quedan como quiero. Eso no funciona.
La vi rebuscar de nuevo hasta encontrar otro calzón, este de algodón blanco y liso. Lo cambió por la tanga y me hizo desfilar otra vez. Esta vez la satisfacción fue evidente en su cara.
—Perfecto. Ese culito sí me gusta.
A partir de ahí fue sumando capas. Otro sostén, blanco y semitransparente, sobre el rosado. Otro calzón de algodón. Luego unos guantes rosas largos, finísimos, que llegaban hasta el codo. Me puso una batola corta de pijama —rosada, con encajes en el dobladillo— y unos pantaloncitos a juego que guardaba doblados desde hacía años.
Cuando estuvo satisfecha con el resultado, sacó la correa.
Era de cuero rosado con un eslabón plateado en el centro. La habíamos comprado en una tienda de mascotas y nunca la habíamos usado para otra cosa que no fuera esto.
—Ven aquí.
Me la puso alrededor del cuello con cuidado. Ajustó el broche sin apretarlo demasiado y tomó el extremo en su mano.
—Acompáñame a la cocina. Quiero un vino.
Me llevó halando suavemente por el pasillo. La luz de la cocina era más fría que la de la habitación y me hizo consciente de todo lo que llevaba encima: las capas de ropa interior bajo la pijama, los tacones sobre el suelo de baldosa, la correa en el cuello.
Sofía se sirvió vino tinto en una copa larga y se apoyó en la encimera. Empezó a acariciarme la cadera por encima de la batola.
—Estás muy linda esta noche —dijo.
Cuando deslizó la mano por debajo de la tela, notó enseguida que la batola era demasiado fina para lo que tenía en mente.
—Falta algo —murmuró—. Ve a buscar las enaguas. Las blancas y las rosadas. Súbetelas hasta el pecho.
Volví a la habitación, busqué las enaguas en el cajón de abajo y me las puse como me había indicado: una sobre la otra, subidas hasta el esternón. Cuando regresé a la cocina, Sofía me miró de arriba abajo y asintió.
Siguió tocándome. Pasaba la mano por mi espalda, por mis caderas, y yo le correspondía acariciándola por encima de las pantis negras que eran lo único que llevaba ella. Me gustaba ese contraste: yo cubierto de capas y más capas, ella casi sin nada.
—Tengo una sorpresa para ti —dijo de pronto—. En el congelador.
Fui a abrirlo. Entre unas bolsas de hielo y un bote de helado había un plug anal de silicona rosada. Lo había comprado sin decirme nada y lo había dejado ahí enfriándose desde antes de que yo llegara a casa.
Se lo llevé. Me miró con esa sonrisa que no promete nada bueno.
—Dóblate.
Lo hizo despacio, sin apuros. Bajó los calzones y levantó la batola con las enaguas, y aplicó unas gotas de lubricante con efecto frío directamente sobre mi piel. El contraste era casi insoportable: el frío del lubricante y el calor que ya sentía desde antes. Introdujo el plug poco a poco, centímetro a centímetro, hasta que lo sentí completamente adentro.
Gemí contra la encimera.
—Así —dijo, satisfecha—. Ahora sí pareces completa.
Me volvió a subir cada prenda una por una, con la misma atención con la que las había colocado antes. Me organizó la pijama, me acomodó las enaguas, tiró de la correa para que me enderezara.
Me llevó de regreso a la habitación.
***
—Ahora necesito que me ayudes con algo —dijo.
Me mostró el arnés. Era negro, de correas ajustables, con un dildo de tamaño medio ya instalado. Lo había sacado de la mesita de noche mientras yo todavía estaba de pie junto a la puerta.
Me puse de rodillas para ayudarla a colocárselo. Mientras ajustaba las hebillas, aproveché para besarla por encima de las pantis, con la nariz pegada a la tela. Sofía enredó los dedos en la correa y me acercó más.
—Sigue —dijo—. No pares.
Estuve así un rato, con la cara enterrada contra ella, hasta que me ordenó que terminara de subirle el arnés. Cuando lo hice, tomó el dildo con una mano y lo acercó a mi boca.
Lo recibí despacio. Sofía empujó con calma, controlando el ritmo, diciéndome que lo chupara bien, que así es como demuestra que quiere más una muñequita obediente. Yo notaba cómo la excitación me había calado los calzones, cómo el plug respondía con cada pequeño movimiento de mi cuerpo.
—Ahora en cuatro —dijo—. Llévame a la cama.
Gateé hasta la cama moviéndome despacio, para que ella pudiera verme desde atrás. Subí a la cama y me puse boca abajo. Sofía se sentó a mi lado y empezó a recorrer mi espalda con los dedos, bajando lentamente hasta las enaguas, levantándolas, deslizando la mano por debajo de todas las capas de ropa interior hasta llegar al plug.
Lo movió un poco. Luego lo sacó y lo volvió a meter. Lo repitió varias veces mientras yo gemía contra la almohada.
—Qué caliente estás —dijo—. Eres una mujercita muy ganosa.
Sacó el plug, metió en su lugar un vibrador con control remoto, lo acomodó bien entre los calzones y me ordenó que me pusiera boca arriba.
***
Me ató las manos sobre la cabeza con una cuerda que guardaba en el cajón de la mesita. Luego usó otra para sujetar mis piernas a una argolla que habíamos instalado en el techo hacía meses: un trabajo de tarde de domingo que en ese momento me parecía la mejor inversión de nuestras vidas.
Me quedé así: boca arriba, brazos atados, piernas en el aire y abiertas, con el vibrador zumbando dentro de los calzones.
Sofía jugó con el mando a distancia un buen rato. Lo subía, lo bajaba, hacía pausas justo cuando yo empezaba a perder el control. Me acariciaba la cara interna del muslo con los dedos y decía cosas en voz baja que yo escuchaba a medias, porque el resto de mi atención estaba puesta en lo que sentía.
—Eres mi puta favorita —dijo—. Mi perrita mimada.
Tomó unas tijeras del cajón. Las reconocí: las de coser, de mango rojo. Las usó para ir cortando los calzones uno a uno desde la cintura. No me los quitó. Los dejó abiertos, rasgados, sobre mi piel.
Cuando llegó al primero notó lo mojada que estaba la tela.
—Esto no puede ser —dijo con una sonrisa lenta—. Las muñequitas no mojan las pantis así.
Se levantó y volvió con algo en la mano. Una toalla higiénica.
La desplegó, la colocó dentro del primer calzón intacto —el rosado, el de abajo— y me lo volvió a subir. Luego acomodó el resto de la ropa interior encima, capa por capa, como si me estuviera envolviendo.
—Para que no sigas ensuciando todo —dijo.
Sacó el vibrador y lo dejó en la mesita. Luego sacó el plug. Lubricó el dildo del arnés y lo apoyó en mi entrada.
Empujó despacio.
Lo sentí entrar centímetro a centímetro, sin pausa, hasta que la cadera de Sofía tocó mis nalgas. Me quedé quieta un momento, completamente llena, con las piernas atadas arriba y los brazos sin poder bajar.
Entonces empezó a moverse.
Primero lento, con embestidas largas y profundas que me hacían sentir cada centímetro. Luego fue acelerando. Yo gemía con cada golpe y ella respondía diciéndome cosas al oído: que era suya, que era su muñequita, que iba a hacerme suya de verdad esa noche.
Cuando empezó a darme palmadas en las caderas sentí el orgasmo llegar desde muy adentro. No pude contenerlo. Me sacudí contra las cuerdas con toda la ropa puesta, sintiendo la toalla y los calzones rasgados y el peso de Sofía encima, y lo solté todo de golpe.
Sofía no paró. Siguió empujando más fuerte hasta que ella también llegó, con un gemido ahogado, y se dejó caer sobre mí con el peso completo de su cuerpo.
***
Pasaron varios minutos antes de que alguna de las dos se moviera. Sofía me desató primero las piernas, luego los brazos. Se tumbó a mi lado sin quitarse el arnés. Yo me quedé mirando el techo con la respiración todavía acelerada y sin ninguna intención de hablar.
Dormimos así. Ella con el arnés, yo con todo lo que quedaba de ropa interior después de las tijeras. En algún momento de la madrugada apagué la luz sin decir nada.
Cuando me desperté, su lado de la cama ya estaba vacío.
Me senté despacio. Todavía tenía puesto el sostén y un par de calzones —los que habían sobrevivido intactos— con las medias de liguero corridas. Los tacones estaban en el suelo, uno junto al otro, como si alguien los hubiera acomodado mientras yo dormía.
Desde la cocina llegaba olor a café recién hecho.
Fui al baño. Me miré en el espejo más tiempo del habitual: la ropa interior femenina, el pelo revuelto, las huellas de la cuerda todavía visibles en las muñecas. Pensé en quitarme todo y volver a ser el de siempre.
Pero no había ningún apuro.
Me lavé la cara, tomé agua directamente del grifo y salí del baño tal como estaba: en ropa interior, descalza, con las medias caídas.
Sofía estaba sentada a la mesa en bata, con una taza entre las manos. Levantó la vista cuando me oyó llegar y sonrió de esa manera suya que no necesita explicación.
Había servido un café en una taza pequeña, blanca, con flores pintadas en el borde.
Era para mí.
Me senté frente a ella y lo tomé con las dos manos, sin decir nada.