La práctica privada que lo cambió todo
Marcos llegó a la facultad sin conocer a nadie. Tenía diecinueve años recién cumplidos, venía de un pueblo pequeño donde todo el mundo sabía todo de todos, y la ciudad lo aplastaba desde el primer día con su indiferencia. Los pasillos de la facultad eran ríos de desconocidos. La primera semana entera la pasó comiendo solo en la cafetería, mirando el móvil para parecer ocupado.
La segunda semana, el grupo lo encontró a él.
Eran cinco. Ocupaban una mesa larga junto a la ventana y se las oía desde la otra punta de la sala. La que llevaba la voz cantante era Rebeca: morena, alta, con el pelo negro recogido en una cola que oscilaba cuando gesticulaba. Tenía esa manera de hablar que no dejaba hueco para el desacuerdo. Las demás orbitaban a su alrededor con distintos grados de satélite. Sofía, afilada y directa. Dana, que reía poco y pensaba mucho. Y otras dos cuyos nombres tardó semanas en aprender porque pocas veces decían algo que Rebeca no hubiera dicho antes.
—¿Te sientas con nosotras? —le preguntó Rebeca ese segundo lunes, mirándolo con algo que podría haber sido compasión o podría haber sido curiosidad.
Marcos recogió su bandeja y se sentó.
Esa tarde entendió que eran feministas sin matices. Los hombres aparecían en sus conversaciones como una categoría problemática, algo que había que tolerar en el mejor de los casos y confrontar en el peor. Con él eran distintas. Lo trataban como a una excepción, como a alguien que «no era como los demás». Era un halago que lo llenaba de satisfacción y también, si era honesto consigo mismo, le generaba una presión permanente de estar a la altura de algo que no terminaba de entender.
Los demás chicos de la facultad lo miraban pasar junto a las cinco con una mezcla de envidia y desconcierto.
—¿Cómo has entrado ahí? —le preguntó un compañero de prácticas un día.
—No lo sé —dijo Marcos, y era verdad.
Lo que sí sabía era que Rebeca ocupaba demasiado espacio en sus pensamientos. Había algo en cómo se movía, en la densidad de su mirada, en la manera en que podía hacerte sentir el único en la sala con solo prestarte atención durante treinta segundos. Marcos intentaba no pensar en ella de esa manera. Casi siempre lo conseguía. Por las noches, sin embargo, se la pajeaba imaginando el peso de esas tetas contra la boca, la forma en que su culo tenso llenaba los vaqueros cuando se agachaba en la biblioteca, el sabor probable de su coño. Se corría rápido y con vergüenza, limpiándose con la camiseta del día antes.
***
Las clases de defensa personal empezaron a principios del segundo mes. Una monitora del campus había convencido al grupo de que era la mejor inversión de tiempo que podían hacer. Llegaban al gimnasio tres tardes a la semana y volvían con esa energía particular de quien descubre que su cuerpo puede más de lo que creía. Hablaban de bloqueos, de cómo liberar un agarre, de ángulos y palancas. Dana llegó un día con un moratón en el antebrazo del que hablaba como de una medalla.
A Marcos le producía algo que no sabía nombrar con exactitud. Una mezcla de admiración y ganas de estar en esa habitación con ellas.
Un sábado de noviembre, Rebeca le escribió un mensaje corto.
«El gimnasio cierra a las siete. Estaremos allí a las seis, solo nosotras. Queremos practicar con alguien que de verdad nos plante cara. ¿Vienes?»
Marcos tardó un momento antes de responder. No porque dudara.
«Ahí estaré», escribió.
***
Llegó puntual. El edificio estaba en silencio, las luces del corredor a medias. Las cinco ya estaban en el tatami cuando entró, calentando en distintas esquinas. Llevaban ropa deportiva ajustada, el pelo recogido, y había una concentración en el ambiente que transformaba el gimnasio en algo distinto a lo que era durante el día. Marcos llegó con unos pantalones de entrenamiento oscuros y una camiseta vieja. Se sentía ligeramente fuera de lugar hasta que Rebeca lo recibió con la sonrisa que siempre lo ponía en su sitio.
—Perfecto. Necesitamos un agresor de verdad —dijo—. Alguien con cuerpo de hombre. En las clases siempre practicamos entre nosotras y eso tiene límites.
—¿Un agresor? —repitió él.
—Nada peligroso —aclaró Sofía, con una sonrisa que no era del todo tranquilizadora—. Solo que opongas resistencia real. Para que el bloqueo funcione.
Marcos asintió. Le pareció razonable. Notó algo en los ojos de Rebeca que no encajaba del todo con «nada peligroso», pero decidió no tirar de ese hilo.
Empezaron con movimientos básicos. Marcos agarraba a una por los hombros y ella buscaba el ángulo de escape. Con Dana tardó casi un minuto en librarse, y cuando lo consiguió soltó un grito corto de satisfacción. Con Sofía fue más rápido: encontró la palanca en el codo con una precisión que lo dejó con el brazo en posición imposible antes de que él entendiera qué había pasado. Entre ronda y ronda, Marcos notaba cómo el cuerpo le respondía de maneras inconvenientes. La polla se le empezó a poner dura contra la costura del pantalón desde el segundo agarre. El calor de esos cuerpos apretados contra el suyo, el jadeo húmedo contra su cuello al caer, un pezón endurecido rozándole el brazo a través de la lycra, el olor a sudor femenino mezclado con desodorante. Cuando Sofía cayó encima de él en una de las llaves, la sintió abrirse de piernas a horcajadas sobre su muslo un segundo entero antes de rodar, y ese segundo le dejó la verga tan hinchada que tuvo que colocársela disimuladamente contra la cinturilla. Las chicas lo notaban y se reían bajito, con discreción, sin decir nada todavía. Dana le clavó la mirada un momento, bajó los ojos hasta el bulto y volvió a subirlos con una sonrisa que no era inocente.
Cuando llegó el turno de Rebeca, ya no era posible disimularlo.
Ella se colocó en el centro del tatami. Antes de empezar se había quitado la sudadera y llevaba solo el top claro que le marcaba las tetas y le dejaba el vientre al aire, brillante de sudor. Se movía con la tranquilidad de quien no tiene nada que demostrar: las rodillas levemente flexionadas, el peso centrado, los ojos fijos en él. No era la postura de alguien que practica. Era la postura de alguien que ya sabe cómo va a terminar esto.
—¿Lista? —preguntó Marcos, con una voz que le salió más baja de lo que pretendía.
—Hace rato —dijo ella.
Los primeros dos intentos se los ganó Rebeca. Escurrió el primer agarre con un giro de cadera que era casi elegante, y en el segundo lo dejó con los brazos en el aire mientras ella retrocedía con una sonrisa que no llegaba a ser arrogante pero rozaba ese límite. Marcos ajustó. En el tercer intento fue más directo: la sujetó por la cintura con fuerza, la hizo girar y la tiró al suelo. Se puso encima, bloqueándola con el peso del torso. Las tetas de Rebeca se aplastaron contra su pecho, sintió los pezones duros a través de las dos capas de tela. Sus caderas quedaron pegadas a las suyas, su coño apretado contra la polla hinchada, separados solo por el algodón fino del pantalón. Ella levantó la vista desde el tatami y lo miró durante un segundo que duró más de lo que debería. Marcos, sin pensarlo, empujó las caderas hacia abajo una vez, una fricción torpe y evidente. Rebeca abrió apenas los labios.
—Otra vez —dijo.
Siguieron. La intensidad ya no era la de una práctica. Era otra cosa que ninguno nombraba. Forcejeaban de verdad, respiraban fuerte, sus cuerpos sudados se enredaban en el tatami. En un intercambio, Marcos acabó boca abajo con Rebeca sentada sobre su espalda; sintió el calor de su entrepierna pegado a la parte baja de la columna y notó, sin ninguna duda, que la tela del pantalón de ella estaba mojada. En otro, ella terminó a horcajadas encima de él, agarrándole las muñecas contra el tatami, y bajó la cara hasta rozarle la boca con la suya sin llegar a besarlo, respirando su aliento durante dos, tres segundos, antes de soltarlo y levantarse como si nada. La polla de Marcos era ya una barra caliente que le empujaba el pantalón hacia arriba de forma vergonzosa. En uno de los intercambios, Marcos consiguió sujetarle las muñecas por encima de la cabeza y se colocó completamente encima. No había manera de fingir que su cuerpo estaba neutro en aquello. La erección era obvia, presionando entre las piernas de ella, encajada exactamente contra la vulva a través de la ropa. Rebeca la sintió contra el muslo y luego contra el hueso púbico, empujando en un ritmo pequeño que Marcos no controlaba del todo.
Sus ojos cambiaron.
—¿Crees que eso es una ventaja? —preguntó en voz muy baja.
Marcos no contestó. Notó que algo se había desplazado en el ambiente, que las demás habían dejado de hablar entre ellas, que todas miraban hacia el centro del tatami. Pero no se movió.
Rebeca levantó la pierna.
No fue un movimiento torpe ni accidental. Fue limpio y calculado, con la concentración de quien ha repetido ese gesto cien veces hasta perfeccionarlo. El talón llegó primero, directo, aplastando lo que encontró contra el hueso con toda la fuerza del golpe. El empeine completó el arco, machacando lo que quedaba. El sonido que se produjo en el gimnasio vacío fue sordo y húmedo, el sonido de algo que cede y no vuelve.
Marcos se quedó paralizado durante un segundo entero.
Luego el dolor llegó de golpe. No era nada parecido al dolor habitual de un golpe. Era algo más profundo y más oscuro, una explosión que empezó en la entrepierna y se extendió hacia arriba por el estómago y el pecho, una náusea aplastante que le quitó el aire de los pulmones de una sola vez. Las manos fueron solas, por instinto puro, a proteger lo que ya estaba dañado. Cayó de rodillas primero, luego de lado, y se quedó hecho un ovillo en el tatami con los dientes apretados y el cuerpo contraído sobre sí mismo.
Aguantó casi un minuto entero sin llorar.
Luego el dolor venció. Empezó a sollozar en silencio, con el torso moviéndose en espasmos cortos, las manos todavía entre las piernas como si pudieran cambiar lo que ya había pasado.
Las cinco se quedaron en silencio un momento.
—Joder —murmuró Dana.
—Le dio de lleno —dijo Sofía, con algo entre el asombro y una risa que no conseguía contener del todo—. En los cojones enteros.
—Se oyó desde aquí —confirmó otra voz.
Rebeca se quedó de pie mirando durante unos segundos. Jadeaba todavía, y bajo el top claro se le veía el pecho subir y bajar rápido, los pezones marcados. Luego se agachó, se puso a la altura de él, y le acarició el pelo con una ternura que no encajaba con nada de lo que acababa de ocurrir.
—Tranquilo, perrito —susurró—. Ya está.
Las demás se arrodillaron alrededor de Marcos. Había risas que nadie intentaba suprimir del todo, comentarios en voz baja, manos que le tocaban el hombro, el brazo. «Pobrecito», decían, con ese tono particular que no era compasión sino algo muy parecido a su contrario.
Rebeca metió los dedos en la cintura de los pantalones y los bajó de un tirón hasta los tobillos, arrastrando también los calzoncillos. Marcos no protestó. No supo si era por el dolor, por el shock, o porque alguna parte de él había dejado de resistir mucho antes de ese momento. Las cinco miraron lo que quedó expuesto: la polla todavía a medio hinchar, encogida sobre sí misma; los cojones ya visiblemente hinchados, uno más grande que el otro, con el color que empezaba a cambiar del rosa al morado oscuro.
—Mira lo dura que la tenía —dijo Sofía en voz baja, y le pasó un dedo por la base de la verga con curiosidad clínica—. Mira cómo salta todavía.
—Se estaba poniendo cachondo forcejeando —murmuró Dana—. Yo se lo he notado desde el principio.
—Todos son iguales —dijo otra—. Todos.
Rebeca no dijo nada. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Marcos y le tomó los cojones hinchados con una mano, con una suavidad casi médica. Marcos gimió, un sonido roto que no distinguía del todo entre queja y algo peor. Ella le pasó el pulgar por el escroto violeta, siguiendo la curva de la hinchazón.
—Pobrecito —dijo, y la palabra sonó completamente distinta en su boca—. Mira cómo lo tiene el pobre.
Dana se agachó al otro lado y le cerró la mano alrededor del tallo de la polla, sin masturbarlo del todo, solo sujetándolo como se sujeta un animalito. Marcos sintió una punzada nueva subir por el vientre, mezcla exacta de dolor y de otra cosa que no debería estar ahí, y notó, para su propio horror, que la polla respondía en la mano de Dana, se llenaba a pesar de todo, se ponía dura contra sus dedos fríos.
—No me lo puedo creer —susurró Sofía, riéndose—. Se le está poniendo dura otra vez.
—Está claro para qué son —dijo Rebeca, sin dejar de sostenerle los cojones destrozados con esa suavidad terrible—. Ni con esto aprenden.
Le pasó la lengua por la punta de la polla, lento, una sola vez, y le miró la cara para ver el efecto. Marcos apretó los ojos y sintió las lágrimas correr por las sienes hacia el tatami. Dana empezó a masturbarlo despacio, con dos dedos, mientras Rebeca le seguía apretando y soltando los cojones al ritmo exacto que le arrancaba a la vez el dolor máximo y el placer imposible. Otra mano, no sabía de quién, le encontró el pezón por debajo de la camiseta y lo pellizcó. Otra le acariciaba el pelo, con esa misma ternura invertida, mientras le hablaba al oído.
—Córrete, perrito —susurraba Rebeca—. Córrete para nosotras. Enseñanos lo que tienes.
Marcos ya no podía separar nada. El dolor era una brasa constante que le llenaba la barriga, y encima de esa brasa las manos de las cinco tejían un placer sucio, insoportable, que le subía por la columna sin permiso. Lloraba y jadeaba a la vez. Los dedos de Dana subían y bajaban por la polla ya completamente rígida. Rebeca le apretó los cojones una vez más, una presión larga y calculada, y Marcos gritó, un grito que ni él supo si era de rendición o de otra cosa, y se corrió en la mano de Dana con espasmos que le sacudieron todo el cuerpo. El semen salió a chorros cortos, y cuando terminó había algo rojo mezclado con lo blanco que no debería haber estado allí, hilos oscuros surcando el líquido espeso sobre los dedos de Dana.
El ambiente cambió de golpe.
—Eso es sangre —dijo Rebeca, en un tono que ya no tenía nada de la voz suave de antes—. Llamad a urgencias ahora.
***
En urgencias todo fue rápido. Una médica joven lo examinó con guantes y expresión profesional, habló por teléfono con alguien usando palabras técnicas que Marcos prefirió no procesar del todo, y lo llevaron a quirófano antes de que terminara de entender qué estaba ocurriendo. La cirugía duró dos horas largas.
Cuando despertó, la misma médica estaba al pie de la cama. Le explicó lo que habían encontrado y lo que habían tenido que hacer. Lo dijo con claridad, sin rodeos, con el tono neutro de quien ha tenido que dar esa noticia más veces de las que le gustaría. Marcos escuchó. No dijo nada.
Pensó en el sonido que había oído en el tatami, ese instante exacto antes de que llegara el dolor. Pensó también en la lengua de Rebeca sobre la punta, en los dedos de Dana subiendo y bajando, en el semen rojo. No supo cuál de los dos recuerdos le daba más vergüenza.
Las cinco vinieron esa misma tarde. Rebeca entró la última, se sentó en el borde de la cama y le cogió la mano sin pedirle permiso. Lo miró durante un rato sin hablar, con una expresión que no era la de siempre. No era la mirada de quien evalúa. Era otra.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—No sé —dijo él. Era la respuesta más honesta que tenía.
Rebeca asintió despacio. Luego, sin soltar la mano, dijo algo que él recordaría durante mucho tiempo:
—Ahora sí que eres del grupo de verdad. Para siempre.
Marcos miró el techo blanco de la habitación y dejó que la mano de ella siguiera sobre la suya. Pensó que había llegado a esa ciudad buscando pertenecer a algo, buscando que alguien lo mirara como si importara. Lo había conseguido. Solo que no de la manera que había imaginado.
Afuera, en el pasillo, las otras cuatro esperaban con mensajes sin enviar y sonrisas que nadie que las viera podría haber calificado de crueles con total seguridad.
O quizás sí.
Para quienes leen desde Buenos Aires: acompañantes en Núñez, con fotos reales.