El amo encendió la vela y Natalia no apartó el brazo
El lunes amaneció frío y sin sol. Natalia se vistió delante del espejo con más capas de lo habitual: pantalón negro de tela gruesa, blusa de manga larga, chaqueta de punto. No era por el tiempo. Las muñequeras de cuero habían dejado anillos rosados en sus muñecas y los surcos de la cuerda todavía se dibujaban en sus tobillos. Andrés le había dado permiso para ir a los exámenes con zapatillas y ropa holgada. Era un detalle pequeño, pero ella lo valoró más de lo que habría esperado.
Los exámenes fueron en el colegio Mayor de Ciencias. El primero, general, para acreditar el nivel del curso avanzado. El segundo, específico de inglés, para el programa dual que le abriría las puertas a universidades extranjeras. Se sentó, alineó los bolígrafos sobre el pupitre y respiró hondo. El fin de semana le había vaciado la cabeza de cualquier ruido que no importara. Repasó cada pregunta con una calma que no recordaba haber sentido antes de conocer a Andrés.
Cuando salió, Mónica e Irina la esperaban en la puerta. Comieron en el restaurante de siempre, sin protocolo, con permiso para llamarlas por su nombre aunque de usted. Hablaron poco de los exámenes. Natalia lo agradeció: cuando Mónica estaba tranquila era porque todo estaba en orden, y eso bastaba.
A media tarde subieron al piso de Andrés.
Mónica no la llevó a la sala donde Natalia había esperado ir, sino al cuarto de baño de la habitación principal. Había dos cámaras montadas, un portátil encendido sobre el lavabo y en la pantalla la cara de Claudia, su mejor amiga, con esa mezcla de afecto y excitación que solo ella sabía poner.
—Hola —dijo Natalia.
—Andrés me mandó las instrucciones esta mañana —respondió Claudia—. Supuse que ya lo sabías.
No lo sabía. Andrés había tomado su teléfono antes de que ella saliese a los exámenes. Lo entendió de golpe: el mensaje, la videollamada, Claudia al otro lado. Era parte del ritual. Una testigo que vería lo que ella misma no podría ver de sí misma esa noche.
—Desnúdate y dúchate —indicó Mónica desde la puerta—. Irina te va a grabar.
Natalia obedeció. Se quitó la ropa despacio y las marcas quedaron expuestas bajo la luz del baño: los anillos rosados en las muñecas, los surcos en los tobillos, alguna señal menor en las caderas. Irina la enfocó con cuidado, moviéndose alrededor sin perder ningún detalle. Natalia se metió bajo el agua caliente, se limpió con precisión y se afeitó sin que nadie se lo pidiera. Ya lo hacía por costumbre, sin tener que pensarlo.
Salió sin secarse del todo y siguió a Mónica por el pasillo hasta la planta de abajo.
La sala era larga, de unos quince metros, con todos los aparatos desplazados a los laterales para dejar el centro libre. Habían colocado sillas en cinco filas de seis, mirando hacia una cama de matrimonio dispuesta al fondo. Del techo colgaba una televisión de gran formato que reproducía las imágenes de las cámaras en tiempo real. Natalia entró sola, caminó hasta los pies de la cama y se puso en posición: piernas abiertas en cuarenta y cinco grados, manos en la nuca. Así esperó, sin moverse.
Había estado en esa sala antes, pero nunca así. Nunca como la protagonista, nunca sin ningún papel que desempeñar salvo el de ser mirada. Los pies sobre el suelo frío de madera, la humedad del pelo cayéndole por la espalda, y esa sensación que no era miedo sino algo más parecido a la calma justo antes de que algo que no tiene marcha atrás empiece a ocurrir.
Fueron entrando por grupos. Mujeres que reconocía —Victoria, con su marca visible en el pubis bajo la falda que Irina había enfocado más de una vez; Adriana, con esa serenidad que intimidaba más que cualquier grito; las chicas ucranianas que nunca ocupaban más espacio del necesario— y caras nuevas que pertenecían al equipo de seguridad exterior. Las sumisas iban desnudas con zapatos de tacón de aguja. Los demás iban vestidos. Nadie habló. El silencio de la sala tenía un peso físico.
Cuando entró Andrés, la televisión se activó y la cara de Claudia apareció en una esquina de la pantalla.
Se acercó a Natalia y la besó. Un beso largo y deliberado en el que las lenguas se encontraron y ella mantuvo las manos en la nuca aunque nadie se lo exigiese en ese momento. Después él le dio la orden en voz baja, para que todos la oyeran.
—Desnúdame.
Natalia bajó las manos y fue retirando su ropa prenda a prenda, besando cada zona de piel que quedaba expuesta. Cuando llegó a la ropa interior se arrodilló. Se lo metió en la boca antes de que él dijera nada más, porque era lo correcto y porque quería empezar esa noche de la mejor manera posible.
Pasaron a la cama. Andrés se arrodilló entre sus piernas y bajó la cabeza sin preámbulos. Natalia conocía lo que su lengua era capaz de hacer y aun así la tomó por sorpresa la rapidez con que la llevó al borde. Cuando notó que el orgasmo llegaba antes de que pudiese anunciarlo, apretó los puños contra las sábanas y esperó la orden.
—Córrete —dijo él sin levantar la cabeza.
Le costó casi un minuto recuperar la voz.
—Me corro —susurró al fin—. Gracias, Señor.
***
La penetró despacio al principio. Mónica se movía alrededor de la cama con la cámara, captando ángulos desde cerca. Era suave, rítmico, deliberadamente tranquilo. Natalia lo entendió en los primeros minutos: podía responder así, pero no llegar al fondo. Su cuerpo necesitaba otra cosa. Lo sabía desde hacía tiempo y aun así tardó un momento en pedirlo.
—Por favor, ahógueme, Señor.
Andrés se detuvo.
—¿Estás segura?
—Sí —respondió ella—. Lo necesito duro.
La mano de Andrés era grande y sabía exactamente cuánta presión aplicar en los laterales del cuello. Natalia sintió el mareo conocido, esa oscilación entre el pánico y la entrega total donde el cuerpo deja de poder negociar. Cuando él aflojó, el aire entró con un espasmo que le sacudió el pecho y la dejó con los ojos llenos de lágrimas involuntarias.
Unos veinte segundos después, Andrés volvió a presionar. Natalia no hizo nada para impedirlo. Su cuerpo recordaba ese umbral desde la primera vez que lo habían cruzado juntos y ahora lo buscaba como se busca algo que da miedo y que también es lo más real que existe.
El segundo intento fue suficiente. Las sacudidas llegaron antes de que pudiera formular las palabras.
—Me corro —dijo cuando pudo, tarde—. Perdón, Señor. Gracias.
Andrés terminó poco después y se tumbó sobre ella. Esperaron en silencio hasta que los dos volvieron a sí mismos.
—Ahora límpiamela —dijo él al oído antes de retirarse.
Natalia se incorporó. La tarea le llevó más de veinte minutos. Lo hizo sin prisa, alternando entre metérsela hasta el fondo, con los labios rozando la base, y los momentos en que retenía solo el glande en la boca y respiraba. Pasó la lengua por el frenillo, por el tronco, recogiendo cada resto. Cuando lo tuvo suficientemente rígido de nuevo, cambió de postura: a cuatro patas sobre la cama, la espalda inclinada hacia abajo. Rebeca trajo lubricante desde uno de los laterales. Andrés lo aplicó despacio antes de penetrarla. El dolor de los tejidos todavía sensibles del fin de semana llegó rápido y agudo, y eso fue exactamente lo que Natalia necesitaba. Subió y bajó durante varios minutos hasta que él llegó al clímax una segunda vez.
Cuando todo terminó, Natalia se arrodilló y le abrochó los botones de la camisa mientras él se vestía.
***
El equipo había dispuesto los elementos sobre una mesa de madera en el centro de la sala: tres candelabros, con la vela central como protagonista; un alambre metálico sujeto horizontalmente a dos centímetros por encima de la llama; una escuadra graduada para verificar la distancia exacta; y un reloj de ajedrez con dos cronómetros independientes, puesto a cero.
Andrés se colocó frente a todos y habló sin elevar la voz.
—Ahora que la conocéis y que ella os conoce a vosotros, llegó el momento de la prueba. Victoria, ven.
Victoria se levantó de su silla y se subió la falda sin que se lo repitieran. En su pubis llevaba la marca: un sello grabado a fuego, limpio y definitivo. Irina la enfocó en primer plano durante unos segundos y luego amplió el ángulo para mostrarlas a las dos juntas.
—Esa marca la obtienen quienes demuestran merecerla —continuó Andrés—. La prueba es siempre la misma y nadie que no la haya pasado sabrá en qué consiste hasta el momento en que deba decidir. Lo único que pueden saber de antemano es que duele.
Señaló la mesa. Todos miraron. La vela, el alambre, el reloj.
—Encenderé la vela y esperaremos hasta que la llama alcance cuatro centímetros de altura. En ese momento pulsaré el primer cronómetro y Natalia tendrá dos minutos para decidir. Si no hace nada en ese tiempo, la respuesta es no. Si apaga la vela, también. Si coloca el antebrazo a la altura del alambre, pulsaré el segundo cronómetro y empezará la cuenta de un minuto. Si aguanta ese minuto sin retirar el brazo —y sin quitarlo y volver a ponerlo— se habrá ganado el derecho a ser marcada, igual que lo está Victoria.
Rebeca levantó la mano.
—¿Y si alguien tiene más de dieciocho años cuando hace la prueba? ¿Puede recibir la marca igualmente?
—Sí —respondió Andrés—. Depende de que no interfiera con el trabajo o los estudios y de que hayan pasado al menos dos semanas desde la prueba. No hay edad máxima para querer pertenecer. Los menores pueden pasar la prueba, pero la marca espera a la mayoría de edad. Las modificaciones corporales definitivas requieren eso.
Como no hubo más preguntas, Andrés encendió la vela.
Irina colocó una pequeña cámara apuntando directamente a la llama. Mónica se situó con la suya enfocando la cara de Natalia desde el lateral. En la televisión se veían las cuatro imágenes distribuidas en pantalla: la llama, el reloj, la cara de Natalia y el plano general de la sala. La sala entera guardó silencio.
La llama fue creciendo. Uno, dos, tres, cuatro centímetros. Andrés pulsó el primer botón. El cronómetro de decisión empezó a correr.
Natalia tardó seis segundos. Los justos y necesarios para sentarse en la silla frente a la mesa y colocar el antebrazo sobre el alambre, con la cara interior de la muñeca orientada hacia abajo, hacia el calor. Andrés pulsó el segundo botón y la cuenta del minuto comenzó.
El calor llegó de inmediato. No era un dolor agudo ni localizado al principio: era un calor seco y constante que se instalaba en la piel y se iba haciendo más y más presente, sin la distracción del movimiento ni la posibilidad de anticiparlo. Natalia fijó la vista en un punto de la pared y reguló la respiración. A los veinte segundos, varios de los presentes la oyeron emitir un sonido que no supieron si era dolor o alguna otra cosa completamente distinta. A los cuarenta segundos esos sonidos cesaron. A los cincuenta, la sala entera contuvo el aliento.
Andrés esperó diez segundos más allá del minuto antes de hablar.
—Ya está. Te has ganado tu marca.
Natalia tardó un momento en procesar las palabras. Cuando levantó el brazo y vio la zona enrojecida en el antebrazo, sonrió. No era alivio. Era satisfacción, del tipo que no necesita palabras ni explicaciones. La marca vendría después, en unas semanas, cuando todo estuviera listo. Por ahora solo tenía ese círculo en la piel, que ya empezaba a doler como duele algo que se obtiene por elección propia.
Se levantó y Andrés la abrazó sin decir nada más. Victoria fue la primera en acercarse a felicitarla. Las ucranianas, Adriana y las demás siguieron en su orden propio, cada una a su manera, sin protocolo forzado.
En la pantalla, la cara de Claudia tenía los ojos brillantes.