El trío que no planeamos en la casa de la playa
Sé que llevo tiempo sin escribir, pero el ritmo del día a día me había alejado un poco de este rincón virtual donde tantas confesiones he dejado. Volví porque hoy quiero contarles algo que nunca había puesto en palabras, una noche que recuerdo con la nitidez de una película que se proyecta sola cada vez que cierro los ojos.
Hay que retroceder hasta los primeros años de mi matrimonio anterior. No sé qué carta extraña me tocó en el reparto, pero los dos hombres con los que he convivido seriamente compartieron la misma debilidad: les fascinaba mirar. Esteban, mi exmarido, me lo confesó la primera vez en un bar, después de una botella de vino, hablando despacio para no asustarme. Yo, lejos de espantarme, sentí cómo se me aflojaban las rodillas debajo de la mesa.
Llevábamos meses dando vueltas a la idea sin animarnos. Hasta que una tarde, sentados en el balcón, Esteban me dijo que tenía que ser pronto o nunca. Pensé en Marcos. Marcos era un viejo amigo, casi un amante a medias de mis años solteros, alguien con quien todo había quedado en suspenso. Lo llamé esa misma noche.
—Tengo que pedirte algo raro —le dije.
—Pedime —contestó él, sin saber dónde se metía.
Le expliqué lo que queríamos. Dudó dos segundos, lo que tarda un cigarrillo en encenderse, y dijo que sí. Mucho después me confesaría lo nervioso que estaba esos días previos. En su cabeza de hombre «normal» no entraba que un marido quisiera ver a su mujer con otro. Yo le dije que se tranquilizara, que no había manual, que iríamos despacio.
***
Decidimos hacerlo en la casa de la playa. Era una propiedad heredada, de dos plantas, con vista al mar y una piscina pequeña en el patio trasero. Lo importante era el silencio: no había vecinos a menos de doscientos metros, y eso permitía respirar sin disimulos, gritar si hacía falta, dejar las ventanas abiertas sin mirar hacia atrás.
Llegamos un sábado a las seis de la tarde. Ceniza en el cielo, el aire pesado, las cigarras gritando en los almendros. Cocinamos algo simple, una pasta con mariscos, y abrimos una botella de vino blanco que nos calentó las mejillas más rápido de lo previsto. Marcos y Esteban se conocieron ahí, en la cocina, mientras yo cortaba el pan. Se dieron la mano como dos compañeros de oficina que se ven por primera vez, midiéndose de reojo.
La conversación fluyó mejor de lo esperado. Hablamos de fútbol, de cine, de cualquier cosa menos de lo que estábamos por hacer. A las nueve de la noche, sin un pacto explícito, los tres subimos a la habitación principal. Yo iba adelante, sintiendo cómo me temblaban las piernas, no por miedo, sino por una mezcla de pudor y excitación que me había acompañado todo el día.
La habitación tenía un sillón de cuero que Esteban arrastró hasta los pies de la cama. Se sentó ahí, con un vaso de whisky y un cigarrillo, y me miró como diciendo «empezá vos». Y empecé yo, claro. Alguien tenía que dar el primer paso, y a mí siempre me tocó.
***
Me acerqué a Marcos despacio. Le toqué la pierna, le pasé la mano por el cuello, le rocé la oreja con los labios sin besarlo todavía. Quería que él entendiera que la cosa iba a ser lenta, que no había prisa. Marcos respondió mejor de lo que esperaba. Me agarró por la cintura, me sentó sobre sus piernas a horcajadas y me empezó a besar el pecho por encima del bikini. Yo aún tenía puesto el traje de baño azul con líneas rojas, el que había usado por la tarde en la piscina.
Sus besos no eran tímidos. Me chupaba los pezones por encima de la tela, mordía suave, soltaba, volvía. Sentí cómo la mojadura me empezaba a correr entre las piernas y supe que ya no había vuelta atrás. Esteban, desde el sillón, no decía nada. Solo el resplandor del cigarrillo me confirmaba que seguía ahí, atento, sin perderse un detalle.
Marcos llevaba un short de tela liviana que no escondía nada. Su erección presionaba contra mí cada vez que yo me movía sobre él. Era más grande de lo que recordaba, más gruesa, y la cabeza ancha me golpeaba el clítoris a través de la tela. Empecé a moverme yo, agarrando el ritmo, hasta que escuché la voz de Esteban detrás de nosotros.
—Vengan a la cama, así están más cómodos.
***
Pasamos a la cama. Esteban se acomodó en el lado izquierdo, sin tocarse, solo mirando. Marcos y yo quedamos del otro lado. Le bajé el short con las dos manos y descubrí lo que ya había intuido: una erección oscura, brillante de excitación, con la cabeza descubierta porque no estaba circuncidado. Era distinta a la de Esteban. Más gruesa, más larga, con una piel que se podía mover hacia atrás con los labios y que a mí me fascinaba tocar así.
Lo chupé despacio, mirándolo a los ojos. Marcos se quedó parado al borde de la cama, una mano en mi nuca, dejándose hacer. De vez en cuando se me escapaba la mirada hacia Esteban. Mi exmarido tenía las pupilas dilatadas, la respiración corta, una mano apoyada en el muslo y la otra sosteniendo el vaso de whisky. No se tocaba todavía. Esa contención suya me ponía aún más de lo que ya estaba.
Marcos me empujó suave hasta acostarme y me empezó a hacer oral. La verdad, yo no quería preliminares. Mi cuerpo ya estaba a punto, los labios hinchados de la sangre acumulada, el clítoris pidiendo otra cosa. Le tiré del pelo y le susurré:
—Metémela ya, por favor.
Cuando entró, suspiré largo. No fue un grito, fue un alivio. Cada embestida me llegaba a un lugar al que Esteban no había alcanzado nunca, no por falta de ganas sino por simple geometría. Marcos se movía con paciencia, midiendo, escuchándome. Cuando me dobló las piernas hacia atrás —tengo flexibilidad, las rodillas me llegaron a las orejas— ya no pude contener el ruido.
—Carajo, qué grande la tenés —dije sin pensar.
Y vi cómo a Esteban se le encendían los ojos. No fue celos, fue otra cosa. Fue la confirmación de algo que él había imaginado mil veces y que ahora estaba pasando de verdad, en su cama, frente a él. Esa mirada suya me llevó a un nivel de excitación que no conocía. Empecé a jadear sin filtro, a decir cosas que normalmente me callaba, a pedir más fuerte y más profundo.
***
Marcos me dio vuelta y me puso en cuatro patas. Desde esa posición lo sentía todavía más adentro. Giré la cabeza y vi a Esteban acostado de costado, con el pantalón abierto y la erección al aire. Se la había sacado en algún momento, sin que yo me diera cuenta, y se la tocaba despacio, mirándonos sin parpadear.
Me arrastré hasta él sin dejar que Marcos saliera de mí. Acerqué la cara a la verga de Esteban y empecé a chuparla. Era una sensación extraña y deliciosa, sentir a uno por detrás y al otro por delante, conocidos los dos, distintos los dos. Después de unos minutos así, le mordí el muslo a Esteban y le susurré:
—Todavía no te vengas. Tenés trabajo que hacer.
Me miró desconcertado, sin entender. Lo entendió después, cuando me senté sobre él de espaldas, en cabalgata invertida, y empecé a moverme mientras le chupaba a Marcos al mismo tiempo. Los tres encajados, la piel pegajosa de calor y de sudor, el ventilador del techo girando despacio sobre nosotros como un testigo cansado.
***
Y entonces se me ocurrió. Fue un impulso, una de esas ideas que aparecen en la cabeza a mitad de un orgasmo y que una sabe que tiene que decir antes de arrepentirse.
—Marcos, metémela vos también. No por atrás. Por adelante.
Los dos se quedaron quietos un segundo. Esteban giró la cabeza para mirarme y Marcos se rio bajito, incrédulo.
—¿Te entran las dos? —preguntó.
—No sé —dije—. Probemos.
Cambiamos de posición con cuidado. Marcos se acostó boca arriba y yo me senté sobre él, dejándolo entrar primero. Esteban se acomodó de rodillas detrás, apoyándose en mis caderas. Lo intentaron despacio, milímetro a milímetro, conteniendo la respiración los tres. Sentí cómo me abría, cómo todo el cuerpo se me ponía en alerta, cómo el dolor y el placer se confundían en un mismo nervio.
Entraron los dos hasta la mitad. No más. Era todo lo que mi cuerpo aguantaba en ese momento, y era suficiente. No duramos ni cinco minutos así. Los tres terminamos casi al mismo tiempo, en un desorden de respiraciones y gemidos que todavía hoy, cuando lo recuerdo, me sube la temperatura.
***
Después vinieron los silencios largos. Marcos se levantó a buscar agua. Esteban se quedó tendido a mi lado, con la mano sobre mi vientre, sin decir nada. Yo me quedé mirando el techo, escuchando el mar a través de la ventana abierta, sintiendo cómo se me iba el calor del cuerpo de a poco.
Es la única vez en mi vida que viví algo así. Después no se dio. No por falta de ganas, ni de circunstancias, simplemente nunca volvió a alinearse el momento. Marcos y yo dejamos de vernos por un tiempo, después nos reencontramos, y mi marido actual ya lo conoce. Quién sabe, quizá pronto les traiga un capítulo nuevo. Por ahora, esto era lo que tenía guardado y necesitaba contar.
Esa noche en la casa de la playa quedó archivada en algún rincón profundo, intacta, como si fuera de otra mujer. A veces, cuando paso por la costanera y miro el mar, vuelvo a sentir el peso de las dos manos sobre mi cintura y la voz de Esteban, baja y ronca, diciéndome que no parara.