La secretaria que me tenía de rodillas en mi oficina
Ha salido a buscar los impresos que acabo de imprimir. Lo cierto es que, desde el primer día, fue de las empleadas que mejor se adaptó a cualquier imprevisto. Fui yo mismo quien la entrevistó, quien vio en ella algo distinto al resto de candidatas. Y, en aquel momento, no tenía la menor idea de hasta qué punto tenía razón.
Recuerdo aquella entrevista como si hubiera sido ayer. Adriana entró sin pedir permiso, se sentó antes de que yo se lo ofreciera y cruzó las piernas con una naturalidad que me desarmó. Respondió a todas mis preguntas mirándome a los ojos, sin parpadear, y cuando terminó fue ella quien me preguntó a mí si estaba seguro de poder trabajar a su lado. Me reí, claro. Pensé que era una broma de chica con carácter. Tardé semanas en entender que no bromeaba.
Sus tacones suenan y retumban por toda la planta hasta llegar a mi oficina. La muy ladina sabe perfectamente que esas pisadas firmes me ponen en tensión. La reunión, de momento, avanza bien, pero yo ya no escucho del todo lo que digo. Mi cuerpo está pendiente de otra cosa.
La veo volver y, desde lejos, observo su gesto serio. Unos ojos azules acompañan al largo pelo rubio que combina con la americana marrón clara que lleva esta mañana. Nada más entrar, cierra la puerta tras de sí. Ese chasquido del pestillo siempre significa lo mismo.
Vuelve a pisar fuerte hasta la silla que hay frente a mi mesa y se sienta, dejando los impresos sobre la madera.
—Bien —consigo decir—. Tenemos que resolver lo del cliente de esta mañana —añado, tecleando en el ordenador para no perder mi posición de superior—. ¿Te puedes creer que esos ineptos han…?
Y, antes de que termine la frase, coge mi vaso de agua sin dejar de mirarme y lo vuelca despacio sobre el suelo. Yo me quedo observando el charco y mi primera reacción es poner mala cara. Al menos hasta que recuerdo que ella no es una trabajadora cualquiera.
No lo es desde hace mucho.
Veo que me reta con la mirada. A un juego que perdí hace tiempo, sin darme cuenta siquiera del momento exacto en que dejé de mandar. Me levanto y rodeo la mesa para situarme a su lado. La miro desde arriba, intentando recuperar algo que ya no me pertenece, mientras ella permanece quieta en la silla y me sostiene la vista desde abajo, tranquila.
—¿Y bien? —pregunta sin alzar la voz.
No hace falta que diga más. Me arrodillo y observo el agua derramada sobre el parqué. Empiezo a lamerlo, con la lengua pegada al suelo frío, viendo sus tacones a apenas unos centímetros de mi cara. Ella acerca los pies y los apoya sobre el charco, justo donde yo tengo que limpiar. Con uno de los tacones me presiona la nuca y aprieta hacia abajo. Yo comienzo a besar la punta del otro zapato mientras el corazón me late a mil, pensando que en cualquier momento puede entrar alguien.
¿Qué pasaría si vieran al director así, lamiendo el suelo a los pies de una empleada?
La presión del tacón sobre mi cabeza me saca del ensimismamiento. Logro levantar la mirada. Ahora ese gesto serio se dirige solo hacia mí, sin ningún otro objetivo en el mundo.
—¿Vas a dejar el suelo limpio, cerdo? —dice.
Su voz autoritaria me deshace por dentro y yo me limito a seguir lamiendo, obediente, hasta que no queda ni una gota. En un solo suspiro siento cómo todo el poder que ostentaba, todo ese control agobiante, sofocante y asfixiante que cargaba sobre los hombros cada mañana, desaparece de golpe. Y, por un instante, respiro mejor que nunca.
Vuelvo a mirarla. Ella me agarra del cuello con una mano y me empuja contra el escritorio, doblándome sobre los papeles, con el culo hacia ella.
—No sé cómo te aguanta tu mujer —murmura, casi con lástima.
El recuerdo de Laura, esperándome en casa sin sospechar nada, me revuelve el estómago de una forma que no sé si es culpa o excitación. Quizá las dos cosas a la vez.
Sin poder rechistar, me desabrocha el cinturón y me baja los pantalones. Hace lo mismo con la ropa interior y me deja el culo al aire, expuesto bajo la luz blanca de la oficina.
Siento que se ríe entre dientes mientras me acaricia las nalgas con la palma abierta. Todavía duele lo de ayer.
—Mmm… veo que te dejé marca —dice, recorriendo con un dedo la línea amoratada—. Espero que supieras esconderla bien anoche.
Noto el temor en cada caricia, porque sé que cada roce suave es solo la antesala de algo peor. La piel aún me escuece donde ayer me marcó.
—¿Qué pasaría si hiciéramos herida sobre herida? —pregunta, y la sonrisa se le oye en la voz.
—No… —tartamudeo—. No, por favor.
—Calla —me ordena—. Harás lo que yo diga.
El primer latigazo del cinturón estalla contra mis nalgas y yo jadeo sin querer, mordiéndome el labio demasiado tarde.
—Lo van a oír —consigo decir entre jadeos.
Otro latigazo vuelve a cortar el aire. Y otro. Contengo la respiración y trago el grito mientras ella se ceba, azotando ahora una vez tras otra, sin pausa, marcando un ritmo que solo ella conoce.
Los golpes mueren en mi carne sin la menor contemplación. Siento su poder sobre mí en cada impacto, en cada silbido del cuero antes de aterrizar, hasta que de pronto se detiene. Yo consigo tomar aire de nuevo, con el pecho pegado a la mesa. Ella se inclina hasta acercar su cara a la mía, justo a tiempo de ver cómo una lágrima me resbala por la mejilla.
—¿Algo que decir? —pregunta, con esa calma suya que asusta más que cualquier grito.
—Na… nada —vuelvo a tartamudear.
La oigo dejar el cinturón en el suelo y no sé si eso es bueno o el comienzo de algo todavía peor. Apenas he contado diez azotes. Noto que juega con mis nalgas, acariciándolas despacio, hasta que algo frío me roza la piel.
—Abre las piernas —me ordena.
Intento girar la cabeza para ver qué está haciendo, pero su mano se hunde en mi pelo, me agarra del mechón de la nuca y me obliga a mirar otra vez hacia delante, hacia la pared, hacia nada.
Sin decir una palabra, obedezco y separo las piernas. Entonces una patada certera entre los muslos me hace doblarme de dolor hasta casi caer al suelo. Escucho su risa contenida, esa que se guarda para sus adentros. Está disfrutando de cada segundo.
¿Le habrá contado esto a alguien? ¿Habrá quien sepa lo que su jefe hace tras la puerta cerrada?
La duda me corroe, pero apenas tengo tiempo de pensarla. Siento que me coge el sexo y lo encierra en una especie de jaula rígida, una que viene acompañada de un aro que aprieta y recoge todo hacia dentro. El artilugio se prolonga hacia atrás, deslizándose entre las nalgas hasta el ano. Respiro entrecortado. Y entonces noto algo que empuja, buscando entrar.
—Relájate… —dice en voz baja, con ese tono de burla suave que conozco tan bien.
Cierro los ojos y dejo que introduzca lo que sea que esté metiendo. Al principio molesta, duele, el cuerpo se resiste. Pero poco a poco el ano se va dilatando, se va haciendo al objeto extraño, hasta que lo acepta del todo.
Tras un breve silencio, oigo un clic metálico: cierra con llave. Me da una palmada seca en el culo y me indica que me levante. Lo hago como puedo y, al mirar hacia abajo, lo veo: una jaula de castidad unida a un plug anal, todo encajado en mí como una sola pieza de la que ya no puedo escapar sin ella.
La miro y descubro que sostiene un pequeño mando en la mano. Abro los ojos de puro miedo. Ella lo pulsa.
Una descarga eléctrica empieza a vibrar dentro de mí, recorriéndome de dentro hacia fuera, y me hace retorcerme allí de pie, sujetándome al borde de la mesa para no derrumbarme.
Adriana se ríe con el mando entre los dedos y juega a su antojo, subiendo y bajando la intensidad cuando le apetece. Yo me retuerzo sintiendo el dolor nacer desde el centro mismo del cuerpo, con el sexo encerrado, inútil, y las nalgas ardiendo todavía por los latigazos.
—Te he hecho un poquito de sangre —comenta risueña, sin darle la menor importancia, como quien avisa de una mancha en la corbata.
La veo observarme un momento más, satisfecha con su trabajo, y yo me limito a subirme la ropa interior y los pantalones con manos torpes. Vuelvo a sentarme en la silla, caminando despacio, paso a paso, mientras noto el plug incomodándome en cada movimiento. Me dejo caer en el asiento y las nalgas me escuecen contra la tela.
La miro de reojo y parece que todo ha vuelto a la normalidad. Ella recoge los impresos, los ordena con cuidado y se acomoda el pelo rubio detrás de la oreja, como si los últimos minutos no hubieran existido.
—¿Qui… quieres que sigamos con la reunión más tarde? —consigo articular.
Mira su reloj y sonríe.
—¡Claro! Aún quedan cinco horas de trabajo. Tenemos toda la mañana por delante.
Se dirige hacia la salida y, justo antes de abrir la puerta, vuelve a pulsar el mando, esta vez dejando la descarga activada de forma continua.
—Esta es la floja —me susurra desde el umbral, guiñándome un ojo.
Y se marcha taconeando por el pasillo, devolviendo al mundo la imagen de la empleada perfecta. Yo me quedo solo en mi despacho, retorciéndome por dentro, apretando los dientes para que nadie note nada, intentando no dejarme arrastrar del todo por el dolor. Cinco horas. Aún quedan cinco horas, y la llave la tiene ella.