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Relatos Ardientes

Me convertí en la mascota del hombre que me salvó

Me llamo Vera y tengo veintidós años. Mi vida, hasta ese verano, había sido lo más parecido a lo normal que alguien como yo podía esperar: estaba terminando el penúltimo semestre de la universidad, llevaba dos años con el mismo novio, compartía un departamento pequeño cerca del centro y trabajaba medias jornadas en una librería. Nada extraordinario. Nada que valiera la pena contar.

Lo único distinto en mi rutina era don Aurelio. Un hombre mayor, enfermo, que vivía solo en una casa apartada al borde de la ciudad. Para casi todos era un desconocido amable. Para mí era la razón por la que seguía en pie.

Cuando mis padres murieron en aquel accidente, yo era una adolescente sin nada. Él pagó lo que mi familia no podía pagar, cubrió mis estudios sin pedir jamás un gracias, y nunca dejó que me faltara un techo. Tenía dinero de sobra y, según decía, ninguna deuda más urgente que la de cuidar de quienes el mundo había dejado de lado. Cuando su enfermera se mudó a otra provincia, no lo pensé dos veces: me ofrecí a cuidarlo yo.

Aquella tarde lo paseaba por el patio trasero. Era un terreno amplio, silencioso, lejos del ruido de los autos. Empujaba su silla de ruedas despacio mientras le contaba cómo iba terminando la carrera, lo bien que se ordenaba todo por fin.

—Estoy orgulloso de ti —dijo, y giró apenas la cabeza para mirarme—. Como un padre. Espero alcanzar a verte recibida.

No le respondí. No podía. Sus últimos análisis no mostraban ninguna mejoría, y los dos sabíamos, aunque no lo dijéramos, que el tiempo para devolverle algo se estaba terminando.

Esa noche no dormí. Le di vueltas a una idea durante horas, una idea que me daba vergüenza y miedo a partes iguales. Pero a la mañana siguiente ya estaba decidida.

***

Llegué a su casa temprano, aprovechando que la universidad estaba en receso. Don Aurelio todavía dormía. Entré en silencio y, en el recibidor, empecé a prepararme.

Me desvestí por completo y dejé la ropa doblada sobre una silla. Saqué de mi bolso las cosas que había comprado la tarde anterior, con las manos temblando frente a la cajera. Una diadema con orejas que se confundían con mi pelo castaño. Un collar con una placa grabada. Unas medias largas que imitaban patas, unos guantes sin dedos que me cubrían hasta el codo. Y, lo último, un pequeño plug con forma de cola que me coloqué respirando hondo, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Me lubriqué con saliva el dedo y me abrí el culo yo misma, empujando la punta del plug contra mi ano apretado hasta que cedió y se lo tragó de un tirón. El ardor me hizo cerrar los ojos, pero la sensación de tenerlo dentro, de sentir la cola colgándome entre las nalgas, me apretó el coño de golpe.

Sabía lo que estaba haciendo. Sabía que él, alguna vez, mientras yo le arreglaba su vieja computadora, había dejado a la vista cosas que hablaban de este mundo, de amos y mascotas, de entrega y obediencia. Nunca me lo había dicho. No hacía falta.

Su perro, Trufa, había muerto hacía unos meses. Desde entonces lo había visto apagarse un poco más cada día, como si la casa entera se hubiera quedado sin un latido. Yo iba a devolverle ese latido. A mi manera.

Me deslicé dentro de su cama, bajo las sábanas tibias, hasta que sentí que empezaba a despertar. Abrió los ojos despacio y me encontró encima de él.

—Buenos días, amo. Guau.

El cuerpo me temblaba. Estaba roja de vergüenza, segura de que iba a salir corriendo en cualquier momento. Pero no lo hice. Me quedé.

—¿Qué… qué estás haciendo? —su voz se quebró entre el susto y la confusión.

—Le debo tanto —dije, y me costó sostenerle la mirada—. Todo lo que soy se lo debo a usted. Y sé que desde que se fue Trufa está triste. Así que… ahora soy yo. Su nueva mascota. En todo el tiempo que le quede. Guau.

—No, Vera, yo no puedo permitir que…

—Sé lo que le gusta —lo interrumpí—. Lo supe hace tiempo. Y lo decidí yo sola. Nadie me obligó.

—Pero esto está…

—Amo —insistí, bajando la cabeza hasta apoyarla en su pecho—, ahora soy Trufa. Su perrita. Guau, guau.

Lo sentí tensarse y después, muy lentamente, ceder. No con ganas, al principio. Más bien como quien comprende que no va a ganar la discusión. Pero aceptó. Y eso, esa mañana, me bastó.

***

Pasaron tres días. Tres días extraños y nuevos en los que aprendí a vivir otra vida.

Aprendí a traerle la pelota cuando la lanzaba desde la silla. A dormir hecha un ovillo a los pies de su cama. A recibir caricias en la cabeza y a devolverlas con lamidas torpes en el dorso de su mano. Lo más difícil fue comer de un plato en el suelo, sin usar las manos; me costó días dejar de sentir que aquello era humillante y empezar a sentir, en cambio, una calma que no sabía nombrar.

La primera noche apenas pegué un ojo. Tendida sobre la alfombra, a los pies de su cama, escuchaba el reloj del pasillo y mi propia respiración. Me preguntaba qué demonios estaba haciendo, qué pensaría mi novio, qué pensaría cualquiera que me viera así. Esto es una locura, me repetía. Y, sin embargo, cada vez que él alargaba la mano en la oscuridad para acariciarme el pelo y comprobar que seguía ahí, algo dentro de mí se aflojaba. Cuando lo escuchaba dormirse, deslizaba una mano entre mis muslos y me frotaba el coño mojado sobre la alfombra, apretando los dientes para no gemir, corriéndome en silencio con el plug hundido en el culo y la cara pegada a la sábana que colgaba de su cama.

Para la segunda noche ya no me costaba. Había dejado de pensar. El silencio de la casa, el roce de su mano, el peso del collar contra mi cuello: todo aquello me ordenaba el mundo de un modo que mi vida de afuera nunca había logrado. Apagaba el teléfono al entrar y no volvía a encenderlo hasta el día siguiente, cuando me ponía la ropa y regresaba a ser Vera por unas horas.

Esos regresos eran lo más raro de todo. Caminaba por la calle, atendía en la librería, respondía mensajes, y sentía que estaba actuando. Que la verdad, mi verdad, había quedado atrás, en una casa al borde de la ciudad, en un plato en el suelo y en una placa grabada con un nombre que no era el mío.

Don Aurelio cambió en esos días tanto como yo. Volvió a reírse. Volvió a comer con ganas. Una tarde lo encontré frente al espejo del baño, afeitándose por primera vez en semanas, y cuando me vio reflejada detrás de él, en cuatro patas, no se asustó ni se avergonzó. Solo sonrió.

—Mira lo que has hecho conmigo —dijo, y no supe si hablaba del afeitado o de algo mucho más grande.

Todavía me costaba creerlo cuando me sorprendía corriendo en cuatro patas por el patio, desnuda salvo por las orejas y el collar, mientras él me observaba desde su silla con una sonrisa que hacía meses no le veía.

Esa tarde jugábamos justamente a eso. Lanzaba un hueso de juguete con el poco impulso que le quedaba en el brazo, y yo salía disparada tras él, lo atrapaba con la boca y volvía para que me sobara la cabeza.

—Buena chica —murmuraba—. Muy buena chica.

Y entonces, apoyada en su regazo, recuperando el aliento, lo noté.

Su enfermedad le había robado, entre tantas cosas, la capacidad de disfrutar de su propio cuerpo. Hacía mucho que ni él esperaba nada de esa parte de su vida. Por eso, cuando vi el bulto que crecía despacio bajo la tela del pantalón, los dos nos quedamos quietos, sorprendidos.

Una buena mascota se asegura de que su amo sea feliz. Eso me repetía, en silencio, mientras con la boca buscaba bajarle el pantalón, sin manos, torpe y decidida a la vez, hasta liberar la polla que se asomaba dura entre la tela. La primera erección en muchísimo tiempo, gruesa, con la punta ya brillante de una gota clara.

—Vera, no tienes que…

—Es mi deber —dije, levantando un segundo la mirada—. Hacer feliz al amo es mi deber. Guau.

Le lamí primero los huevos, despacio, con la lengua plana, como una perra hambrienta que husmea lo que le pertenece. Subí lamiendo la vena gorda de abajo, desde la base hasta la punta, y cuando llegué al glande lo besé con los labios abiertos, chupando la gota salada que se le había formado. Él soltó un gemido ronco, como si el sonido le hubiera estado atragantado durante meses.

Abrí la boca y me la tragué entera. Despacio, hasta el fondo, hasta sentir la punta clavándose contra mi garganta y las arcadas empujando lágrimas que se me escapaban por los costados de los ojos. La saqué con un hilo de saliva colgando y la volví a hundir, esta vez con ritmo, con la lengua enroscándose en la base cada vez que subía. La cabeza se me movía sola, subiendo y bajando entre sus muslos flacos, y cada gemido suyo me apretaba más el coño, que ya chorreaba caliente entre mis piernas mientras el plug seguía firme en el culo.

—Dios mío, perrita —jadeó él, y una mano temblorosa se posó en mi nuca—. Buena chica, buena chica…

El que me llamara así me volvió loca. Me la saqué de la boca un segundo y le pasé la lengua por toda la longitud, mirándolo desde abajo con la cara roja y la barbilla mojada de baba.

—Guau —susurré, y me la volví a meter hasta ahogarme.

Empecé a chuparle la polla con las mejillas hundidas, apretándola con los labios, mamando fuerte, con ese sonido húmedo y obsceno que llenaba el patio entero. Le agarré los huevos con la boca cuando me la sacaba, se los lamí uno por uno, y volví a comérmela hasta el fondo. Me faltaba el aire y no me importaba. Mi único trabajo en ese momento era exprimirle hasta la última gota de placer que le quedara dentro.

Lo sentí tensarse debajo de mí. Los muslos empezaron a temblarle, la mano en mi nuca se cerró en un puño flojo entre mi pelo, y esa polla dentro de mi boca se puso todavía más dura.

—Me… me voy a correr —jadeó, y me lo dijo con vergüenza, como pidiéndome permiso.

Le respondí hundiéndomela hasta la garganta y quedándome ahí, con la nariz aplastada contra su vientre, tragando aire por los agujeros de la nariz. Él soltó un gruñido largo, animal, y me llenó la boca con un chorro caliente y espeso de semen que casi me hace atragantar. Otro más, y otro, hasta que sentí la corrida escurriéndoseme por las comisuras de los labios. Me la dejé toda, sin soltarle la polla, chupando despacio, tragando cada gota como si fuera lo más rico del mundo. Cuando finalmente terminó, todavía duro pero ya vencido, saqué la lengua y le limpié la punta con lametones cortos y precisos.

—Buena chica —repitió él, con la voz rota—. Mi buena perrita.

Apoyé la mejilla en su muslo huesudo y me quedé ahí, respirando fuerte, con el sabor de él todavía en la boca y el coño empapado goteándome por dentro del muslo.

Esa noche lo acosté temprano. Antes de que se durmiera, me subí un momento a la cama, todavía en cuatro patas, y lo dejé que me acariciara las tetas y el culo con esa mano temblorosa que ya no le pesaba tanto. Metió dos dedos en mi coño mojado y los movió despacio, con torpeza de viejo pero con cariño de amo, hasta que me corrí en silencio sobre su mano, mordiendo la almohada para no ladrar demasiado fuerte. Después me lamí los dedos de él, uno por uno, como una perra agradecida. Me acurruqué a los pies de la cama, como una buena mascota, y por primera vez en mucho tiempo lo escuché dormir tranquilo.

***

El día de los estudios médicos lo acompañé a la clínica. Empujaba su silla, vestida, claro: una falda sencilla y un suéter grueso que escondía debajo lo que ya casi no quería quitarme. Lo admito con algo de vergüenza: me había acostumbrado tanto a andar desnuda en su casa que la ropa me incomodaba. Debajo de la falda no llevaba bragas, y el plug seguía firme en mi culo, apretándome con cada paso; lo único que no me sacaba nunca era el collar con la placa, oculto bajo el cuello del suéter.

Esperé en la sala con el corazón en la garganta. Cuando el médico salió con los resultados, su cara era de pura incredulidad.

—No me lo explico —dijo, repasando las hojas una y otra vez—. El corazón, la presión, los valores en sangre, el ritmo cardíaco… todo ha mejorado. En la última consulta le calculaba un mes, quizá menos. Y hoy tengo delante a otra persona.

Bajé la vista. No podía mirar a don Aurelio, porque los dos sabíamos, sin necesidad de palabras, a qué se debía esa mejoría. O al menos eso queríamos creer.

Incluso pudo dejar la silla de ruedas en el hospital. Salimos caminando, lento, yo tomándolo del brazo por las dudas. Y fue él, esta vez, quien rompió el silencio.

—Los dos sabemos por qué estoy mejor —dijo en voz baja.

—No, no es eso, no podemos…

—Señor —lo corté, deteniéndome en mitad de la vereda—. Yo prácticamente le debo la vida. Y voy a hacer que cada día que le quede valga la pena. Cada uno.

—Vera, no sabemos qué…

—No, amo —sonreí, y apreté su mano entre las mías—. Soy Trufa. Hasta el final. Guau.

Caminamos de vuelta a su casa sin prisa, bajo un cielo que empezaba a teñirse de naranja. Sabía perfectamente lo que significaba lo que acababa de prometer. Sabía a lo que me comprometía y por cuánto tiempo. Que iba a pasarme meses, años quizá, arrodillada entre sus piernas, chupándole la polla cada mañana, dejando que me follara el coño y el culo con lo que le quedara de fuerza, viviendo desnuda a sus pies y con el collar puesto. Pero se lo debía.

Y, a mi pesar, debía admitir otra cosa, una que me costaba reconocer incluso en silencio: me gustaba vivir así. Me gustaba ser su mascota mimada, su perrita obediente, la dueña secreta de cada uno de sus días buenos. Me gustaba tener el coño siempre mojado esperando su mano, la boca siempre lista para su polla, el culo siempre abierto por el plug. Le había devuelto las ganas de vivir, y él, sin proponérselo, me las había devuelto a mí.

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Comentarios(9)

ValentinaK21

increible!!! me dejo sin palabras en serio

Lorena_lec

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas y mas

fer_noche

Que historia tan intensa. Se siente real, como si uno estuviera ahi viviendo todo. Muy bien escrito

BetoCR

jajaja me mato el final, tremendo

NatiSur

Me recordo a algo que vivi hace unos años. Esa mezcla de agradecimiento y deseo es muy real. Gracias por animarte a contarlo.

CristiMdo

va a tener continuacion? quede re enganchado con esto

Pablocit_AR

Lo que mas me gusto es cómo transmitis las emociones de los personajes, no solo lo que pasa sino lo que sienten. Se nota que hay algo genuino detras. Sigue escribiendo asi por favor!

pedro_BA

Tremendo relato, me engancho desde el principio. Saludos desde BsAs

Caro_Noche

que bueno, me encanto!! espero el proximo :)

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