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Relatos Ardientes

La sesión en que mi amo me enseñó a obedecer

—Mmmff —ahogué el grito contra mis propios dientes.

Estaba desnuda y, sin embargo, sentía que la piel me ardía como si llevara horas al sol. La pinza del pezón derecho tiraba hacia abajo con la cadena, y el izquierdo, todavía libre, latía anticipando su turno. Ardía. Escocía. Y lo peor de todo era que me gustaba. Sentía el coño empapado, los muslos pegajosos de mi propio flujo, y cada vez que respiraba hondo la cadena oscilaba entre mis tetas y me arrancaba un espasmo nuevo.

—Sí, Amo —respondí, y la voz me salió temblorosa.

Adrián notó el temblor antes de que yo terminara la frase. Un espasmo que me nació solo, sin permiso, recorriéndome desde la nuca hasta las corvas. Él lo percibió como percibe un depredador el más mínimo movimiento de su presa.

Se acercó despacio. En un suspiro lo tenía a centímetros, tan cerca que sentí su aliento en la frente. Me agarró del cuello con firmeza, sin apretar de más, solo lo justo para obligarme a sostenerle la mirada. Con el pulgar de la otra mano me empujó la barbilla hacia abajo.

—Abre —murmuró.

Obedecí con un quejido. Me escupió dentro de la boca, un salivazo espeso que me cayó pesado sobre la lengua. Por un instante el asco me subió por la garganta, una reacción vieja, de la mujer que yo había sido antes de él. Después tragué. Tragué porque él lo quería, y porque descubrir que lo quería yo también me daba un vértigo nuevo. Él me miró la garganta subir y bajar y sonrió apenas.

—Otra vez. Abre.

Volví a abrir. Volvió a escupirme, y esta vez me apretó la mandíbula para obligarme a mantener la boca abierta un segundo más, viendo cómo su saliva se me acumulaba en la lengua antes de dejarme tragar. Sentí que el coño me daba un latigazo por dentro, como si cada humillación menuda fuera un dedo directo al clítoris.

Acercó la boca a mi oído. Su susurro fue casi tierno, lo cual lo hacía mucho peor.

—Algún día voy a dejarte tan derrotada que vas a suplicar que pare. Vas a decir la palabra y vas a odiarte por decirla.

Ámbar. Esa era la palabra. La que habíamos pactado la primera tarde, sentados en su cocina como dos personas civilizadas, cuando todavía no sabía hasta dónde era capaz de llegar esto. Ámbar significaba parar. Reconozco que esa noche estuve cerca, más cerca de lo que jamás le confesaría.

Mentiría si dijera que su amenaza no me puso cachonda. Cachonda como la mujer que él insistía en ver bajo mi disfraz de chica formal, la de las blusas abrochadas hasta el último botón y las respuestas educadas. Él lo notó, claro que lo notó, porque bajó la mano y me hundió dos dedos entre las piernas. No los deslizó: los clavó de golpe, hasta los nudillos, y mi coño se los tragó con un chapoteo obsceno que sonó demasiado alto en el silencio de la habitación. Sacó los dedos brillantes, chorreando, y me los acercó a la cara. Un hilo de mi propia humedad colgaba entre ellos.

Sabían a él. O a mí encima de él. Al sabor que se me había quedado pegado a la lengua la tarde anterior, cuando se corrió en mi boca y me ordenó que no tragara hasta que él lo dijera, cuando estuve casi un minuto entero con su semen espeso en la lengua y él mirándome hacer arcadas contenidas.

—¿A qué sabes? —preguntó, serio.

—A ti, Amo —contesté, saboreando sus dedos, chupándoselos hasta el fondo de la boca como le habría chupado la polla si me hubiera dejado.

Tiró de la cadena. El pezón se estiró y un relámpago de dolor me cruzó el pecho hasta el estómago.

—¿Y si sabes a mí, qué eres? —Sacó los dedos de golpe, me cruzó la mejilla con un bofetón seco y, antes de que el ardor terminara de extenderse, volvió a metérmelos en la boca, esta vez tan al fondo que me arrancó una arcada. No los sacó hasta que le lamí también las palmas.

Me estremecí entera. Sentía la corrida agolpándose entre mis muslos sin siquiera haberla rozado.

—Una zorra… —dije—. Tu zorra, Amo. Una guarra empapada.

Y me sentía exactamente eso. A su merced, partida en dos por algo que no se parecía en nada al sexo prolijo y previsible que había conocido hasta entonces. Su manera de dominarme era más mental que física. En apenas dos sesiones había conseguido que me mirara a mí misma con sus ojos: una mujer deseosa de ser castigada, hambrienta de su aprobación, con el coño mojado hasta las rodillas por cada humillación. Lo miré con un deseo que me daba vergüenza. Quería darle las gracias de rodillas, con la boca llena de él.

No había sido así desde el principio. La primera tarde llegué con un nudo en el estómago, convencida de que en cuanto las cosas se pusieran serias saldría corriendo. Me senté en el borde de su sofá, con las rodillas juntas, y le solté de carrerilla todas mis condiciones, todas mis dudas. Él me escuchó hasta el final, sin interrumpir, y cuando terminé me dijo una sola cosa: que lo único que me pedía era honestidad, que le dijera siempre la verdad sobre lo que sentía mi cuerpo. Lo demás vendría solo. Y vino. Vino más rápido de lo que jamás habría admitido.

—¿Una buena zorra? —preguntó, divertido, todavía con los dedos húmedos deslizándose ahora por mi cuello, marcándome con mi propio olor.

Bajé la vista hasta sus calzoncillos. Era lo único que llevaba puesto, y la tela tirante delataba lo mucho que disfrutaba de todo esto. Se le marcaba el bulto entero, la polla dura de lado, hasta la punta empujando la tela desde adentro con una mancha oscura de humedad. Me mordí el labio sin pensarlo. Él entendió el gesto al instante y se rió, alejándose un paso.

—Primero vamos a quitarte esto. Después seguimos.

***

Levantó la fusta de la mesa. Era de cuero negro, con la punta en forma de pala, y yo había aprendido a temerla y a esperarla con la misma intensidad. La descargó sobre el pezón que aún tenía la pinza. El chasquido llegó antes que el dolor.

—Aguanta cinco —dijo.

Al primero apreté los dientes. Al segundo se me llenaron los ojos de agua y me di cuenta de que el coño se me contraía cada vez que la pala impactaba, como si tuviera cableado directo del pezón a la entrepierna. Al tercero quise morirme, juro que quise morirme, y la pinza empezó a resbalar hasta quedar colgando del borde, igual que la otra. Adrián se quedó mirándome, inmóvil, bebiéndose mi sufrimiento como quien observa algo hermoso. Vi cómo se acomodaba la polla dentro de los calzoncillos con la mano libre, sin disimulo. Creo que esperaba verme llorar.

—Por favor… —supliqué—. Amo, por favor…

Estaba al borde de la palabra. La tenía en la punta de la lengua, redonda y luminosa, lista para salvarme. No la dije. No quería darle esa victoria, o más bien no quería perderme la otra: la de demostrarle que era digna de ser suya. Él debió leerlo en mi cara, porque al quinto azote la pinza saltó disparada y la cadena tintineó contra el suelo de madera. Grité. Un grito que me raspó la garganta y me dejó jadeando como una perra.

Agaché la cabeza, jadeando, sin fuerzas. Vino hacia mí y me agarró del pelo, obligándome a mirar hacia arriba. Con la otra mano me pellizcó el pezón todavía palpitante y lo retorció un cuarto de vuelta, muy despacio, mirándome a los ojos. Grité otra vez, y él sonrió.

—Me va a encantar el día que llores —dijo, y lo dijo como una promesa de amor.

Me soltó del armazón de madera donde me tenía sujeta y dejó que me derrumbara. Caí sobre las rodillas, y sin que me lo pidiera me quedé así, arrodillada, con los muslos abiertos para que viera lo mojada que estaba, recuperando el aliento. Él caminó hasta el sillón. No se sentó. Yo lo seguí a cuatro patas, culo en alto, sabiendo que me miraba caminar así.

—Bájamelos.

Obedecí. Tiré de la goma de los calzoncillos con los dientes primero y con las manos después, y su polla quedó libre, dura, con la vena gruesa palpitando desde la base hasta el glande hinchado, un hilo transparente de presemen colgándole de la punta. Me relamí sin disimulo, con la boca ya haciéndoseme agua.

—No la lamas —advirtió.

Algo dentro de mí se desinfló. Él lo sabía. Lo hacía a propósito. Tenerla a dos centímetros de la boca y no poder probarla era una crueldad más refinada que cualquier fustazo.

Me la agarró de la base y me golpeó la mejilla con ella, una vez, dos, tres, con la carne pesada de su polla golpeándome la cara con un ruido sordo, y después me la restregó por toda la cara mientras yo cerraba los ojos y respiraba su olor a hombre, a sudor limpio, a sexo. Me la pasó por la frente, por los párpados, por el pómulo, dejándome la piel húmeda con su presemen. La pasó despacio por mis labios, marcándomelos como si me pintara con ella. Sin querer, saqué la lengua un milímetro y le lamí apenas la punta salada.

El bofetón me hizo pitar los oídos.

—¿Qué te he dicho?

—Lo siento, Amo —dije, con la cara ardiendo y sus fluidos brillándome en las mejillas.

Volvió a pasármela por la boca, lento, probándome, restregándome el glande contra los labios cerrados.

—Abre.

Abrí. Me la metió de una sola embestida, hasta el fondo, hasta que la punta me golpeó la garganta y me sacó una arcada honda, y cuando mi garganta protestó no aflojó. Me la sostuvo ahí, todo lo largo dentro, la nariz aplastada contra su vientre, sintiéndolo palpitar en la campanilla. La saliva me empezó a caer por la comisura, gruesa, colgándome hasta las tetas.

—Más. No quiero que me la comas, zorra. Quiero que la aguantes. Como una buena mamada de garganta.

Abrí todo lo que pude, hasta que sentí que las mandíbulas se me desencajaban, y él la deslizó hasta el final, una y otra vez, cogiéndome de las dos orejas para follarme la boca a su ritmo, no para que yo disfrutara sino para recordarme de quién era esa boca. Cada embestida me arrancaba un ruido de tripa, un gorgoteo húmedo mezclado con la saliva desbordándose. La cara se me llenó de babas y lágrimas involuntarias, el rímel corriéndoseme en dos líneas negras. Él seguía, imparable, mirándome llorar por reflejo, disfrutando cada arcada como si le masturbaran el ego además de la polla.

—Mírame, guarra. Mírame mientras te la meto hasta el fondo.

Levanté los ojos anegados y lo enfoqué como pude. Él aceleró un par de embestidas más, sintiéndose peligrosamente cerca, y de golpe se detuvo. Me lo hacía a menudo: llevarse al borde y no correrse. Correrse era regalarme algo, y esa tarde todavía no había decidido si me lo merecía.

Mi boca era suya cuando él decidía. Solo cuando él decidía.

La sacó de golpe, un tirón limpio, con un ruido de succión y un chorro de saliva mía cayéndome al pecho, y me apartó la cara de un manotazo, despectivo, como quien retira un plato vacío. Me quedé arrodillada, jadeando, con hilos de baba colgando del mentón y la barbilla brillante de su presemen.

***

—Me encantan los pies —dijo, sentándose por fin en el sillón—. A casi todos los que nos gusta esto nos pasa. Da igual desde dónde lo mires. —Estiró las piernas—. Bésalos.

Me arrastré hasta él. Fui a besar el derecho y, con el izquierdo, me apoyó la planta en la cabeza y me empujó hacia el suelo hasta que la mejilla se me aplastó contra la madera fría.

—Tus pies ahora me pertenecen —dije yo, adelantándome, porque sabía lo que quería oír.

—Mis pies te pertenecen a ti tan poco como tú a ti misma —corrigió—. Bésalos otra vez. Más alto. Con lengua.

—Sí, Amo.

Saqué la lengua y empecé a lamerlos, primero uno, después el otro, sin prisa, recorriendo cada dedo, el empeine, el talón. Me metí el dedo gordo entero en la boca y lo chupé como si fuera una polla en miniatura, y él dejó escapar un gruñido de aprobación. Pasé la lengua entre los dedos, uno por uno, saboreando el sudor tibio, y después le lamí la planta entera de un extremo al otro, larga y despacio, mientras el coño me chorreaba contra el suelo de madera, dejando una mancha oscura debajo de mí. Sentía la textura tibia de su piel contra los labios y el modo en que él hundía la otra planta en mi pelo, marcándome el ritmo. No había nada digno en lo que hacía y, sin embargo, nunca me había sentido más entera. Me tuvo así un buen rato, hasta que la respiración de los dos se fue calmando y la habitación volvió a quedarse en silencio, quebrado solo por el ruido húmedo de mi lengua trabajando. Cuando se cansó, me apartó con suavidad. Entendí que la sesión había terminado.

Me hizo un gesto para que me sentara en sus piernas. La polla, todavía dura, se me clavó de canto contra el muslo, y él ni siquiera hizo el gesto de acomodársela. De la mesita de al lado cogió un bote de crema, hundió los dedos y empezó a untármela en los pezones doloridos, con un cuidado que contrastaba con todo lo anterior. Los rodeaba con las yemas, muy despacio, esparciendo el frescor sobre la piel morada por las pinzas y la fusta. Yo cerré los ojos. Esa parte, la de sus manos curándome lo que él mismo había castigado, era la que me ataba a él de verdad.

—¿Vas aguantando? —preguntó.

Asentí y lo miré como una niña.

—Sí, Amo.

—Fuera de la sesión puedes llamarme como quieras —dijo, sonriendo.

Me encogí de hombros. La verdad es que no lo quería de otra forma, aunque su faceta de cuidarme me derretía.

—Sigo siendo tuya, Amo.

Vi cómo se quedaba mirándome los pies, descalzos sobre la madera.

—Son bonitos. Me excitan.

Me levanté y se los apoyé en los muslos para que los viera de cerca.

—Puedes hacer lo que quieras con ellos —ofrecí.

Los acarició apenas, con la yema de los dedos, y negó con la cabeza.

—Algún día. —Su risa acompañó a una mirada que bajó hasta mi sexo, todavía brillante, con los labios hinchados y separados de tanto estar arrodillada abierta—. Hueles muy rico. ¿Quieres ducharte hoy o aguantas un día más?

Me encogí de hombros otra vez.

—Mañana tengo gimnasia en la facultad. Sudando se va a notar, y me da pudor.

—Pues sorpréndeme mañana cuando vengas. Ven sin bragas y con el coño oliendo a mí.

El ofrecimiento quería decir que al día siguiente habría otra sesión. Sonreí, contenta como una colegiala a la que acaban de invitar a algo prohibido. Esa tarde no habíamos llegado a follar, y sin embargo me iría de allí más entregada que nunca, con el coño palpitando dentro de las bragas, la garganta en carne viva y el sabor de su polla todavía en la lengua, dispuesta a darle hasta lo que todavía no sabía que tenía.

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Comentarios(8)

Vivi_BA

increible!!! me dejo sin palabras

Mateo_Cba

Por favor seguí con esto, quede con muchas ganas de mas. Muy buen relato

SoniaCH_22

Lo leí de un tirón. Hay algo en esa tensión entre el dolor y la confianza que lo hace muy diferente a otros relatos del genero. Muy bueno!

Dominika_R

Buenisimo el final, no lo esperaba asi jaja

PibiLomas99

¿Va a haber continuacion? Espero que si, quede enganchada

Manu1987

Hace tiempo que no leia algo de bdsm que me convenciera de verdad. Esto si. La narracion es muy buena, se siente autentico. Gracias por compartirlo

EliasMdz

tremendo, la tension se siente en cada parrafo

UnLectorDeMedianoche

Me quedé leyendo hasta tarde por tu culpa jajaja. Muy bien narrado, la psicología de los personajes esta muy lograda. Sigan subiendo cosas asi

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