Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi sumisa me entregó a su madre y a su hermana

Tenía a Naia contra la pared del dormitorio, ensartada en mí, con las piernas recogidas entre mis manos, cuando empezó a vibrar su móvil sobre la mesilla.

—Por el tono es Rita —dijo con la voz entrecortada, mientras yo seguía embistiéndola y le ocupaba el culo con dos dedos.

Alcancé el teléfono y se lo acerqué a la cara.

—Contesta. Y ponlo en videollamada.

Contra la pared mis movimientos se volvieron más duros. Ella respondió como pudo, sin aire en los pulmones.

—Hola, guarra... sé breve, que mi amo me está dando la mejor follada del año... uffff, sí... más fuerte.

Por el altavoz llegó la voz ronca de Rita, una pelirroja de veintipocos a la que Naia conocía desde la facultad.

—Mira que sois cabrones. No sé si voy a aguantar hasta el viernes. Por favor, amo, ¡permiso para correrme!

—Ni hablar —corté yo sin dejar de moverme—. Te quiero llegando el viernes muerta de ganas. Naia, aleja el teléfono para que tu amiga vea el espectáculo.

Intensifiqué el ritmo y bajé la boca a su cuello y a sus pechos, mordiendo mientras de fondo Rita maldecía.

—La madre que os parió, guardad algo para mí, que esa golfa te va a dejar seco.

—Tengo para todas —contesté—. Lástima que te hayas perdido lo de antes.

—¿Lo de antes? Cabrones egoístas, si solo de veros ya me estoy deshaciendo.

—Daniela me hizo su primera mamada hoy —jadeó Naia—, y se tragó todo... uffff, sigue, amo, sigue...

—¿Daniela? ¿Tu hermana? Estáis todas locas —rió Rita por el altavoz—. ¿Y tu madre?

—Eso es lo mejor —siguió Naia entre gemidos—. Mi madre le sujetaba la cabeza para que se la tragara entera.

—Joder, sois una familia de campeonato.

—Una familia a la que tú vas a pertenecer el viernes —dije, apartándome de la pared—. Vamos, gatita, deja el teléfono en la mesilla y ponte en pompa, que le vamos a enseñar a tu amiga lo que es una buena enculada.

—Sois unos cabrones... me estáis poniendo malísima —protestaba Rita.

Tumbé a Naia boca abajo en la cama y le metí la polla por el culo de un solo empuje. Entró como un cuchillo caliente en mantequilla.

—Dios, yo quiero eso para mí, so puta —seguía Rita—. Tenía que haberme ido contigo desde el principio. Vaya amo te has buscado.

—Me corro, amo, me corro —empezó a temblar Naia, antes de corregirse a tiempo—. ¡Permiso para correrme, amo!

—Córrete, y demuéstrale a esa golfa cómo se corre una hembra bien follada.

Naia se descompuso entera. Girándose con la elasticidad de una gata, terminó de tragarse mi polla con la boca justo cuando me vacié, y mostró la lengua a la cámara antes de pasarse el dorso de la mano por los labios.

—Eres una golfa de campeonato —reconoció Rita—. Qué envidia no estar ahí.

—Pues ya sabes, no tardes el viernes —concluí, acercándome al objetivo de la cámara—. Y ahora te dejamos, que tenemos otros asuntos.

Corté la llamada.

***

De vuelta en el salón, me senté a la mesa.

—Putita, ponme un café.

Naia salió hacia la cocina con un contoneo de caderas y volvió enseguida con una taza humeante y una bandejita de bombones. Le di una palmada en el muslo y le indiqué que se sentara sobre mis piernas. Saltó encima como un gato y empezó a besarme el pecho y el cuello, ronroneando.

—Mi putita mimosa —le dije acariciándole la cabeza—. Toma un bombón, que me gusta que mis mascotas sean golosas.

Me bebí el café de dos tragos y empecé a amasarle los pechos, retorciéndole los pezones hasta arrancarle gemidos. Bajé una mano a su sexo, que me recibió húmedo, y noté cómo mi polla volvía a despertar.

—¡Oh, otra vez! —exclamó ella, abriendo mucho los ojos—. Mi amo es insaciable.

Sin que se lo pidiera, se deslizó al suelo, se arrodilló y se metió la polla hasta el fondo de la garganta. Le puse la mano en la nuca y le impuse un ritmo lento, para alargarlo. Cuando la tuve bien ensalivada, ella la sacó, se untó los pechos con su propia humedad y la colocó entre las tetas, frotándola arriba y abajo y atrapando el glande con la boca en cada subida.

Con una calentura de mil demonios, me levanté y barrí la mesa de un manotazo. Cayeron la taza y los platos. La tumbé de espaldas sobre la madera.

Le sujeté los tobillos, le doblé las piernas contra el pecho y la penetré por el coño de golpe.

—Putaaa, te voy a partir, golfa caliente.

—Dame, amo, párteme con eso, dámela toda, soy tuya.

Le subí las piernas sobre mis hombros, le agarré la cintura con las dos manos y llevé las embestidas al límite. Dejé caer todo mi peso y le devoré los pezones, inflamados ya de la tarde entera.

—Sí, sí, jódeme, haz de mí lo que quieras, me vuelves loca.

Abría la boca buscando aire, la cabeza ladeándose, empapada en sudor. Pareció desvanecerse y le solté un sonoro azote que la devolvió a la realidad.

—Despierta, puta, y atiende a tu amo.

Apretó los músculos del coño en torno a mi polla y volvió a empujar la pelvis contra mí.

—¡Permiso para correrme, amooo!

—Ni hablar. Aquí solo me corro yo.

Me descargué entre jadeos y me dejé caer a plomo sobre ella. Cuando por fin pudo deslizarse, me buscó la polla y se dedicó a limpiarla con cuidado.

—Amo, estoy enganchada. Eres como una droga. Solo pienso en complacerte.

—Y a eso vas a dedicar tu vida —le dije—: a ser la mejor puta entre mis piernas y una cazadora para mi harén. Y ahora cierra el coño, no dejes escapar ni una gota.

Me incorporé y empecé a darle instrucciones para los próximos días.

—Mientras tu padre esté de viaje, dormiréis las tres en la cama de tu madre, desnudas, y no pasará una noche sin que os comáis unas a otras. Tú te encargarás de que tu madre se haga la limpieza dos veces al día, como te enseñé, y de que Daniela haga lo mismo. Y mañana vendrás conmigo y con tu madre a unas gestiones. Ponte ese vestido de colegiala que usaste en la fiesta de disfraces; quiero que luzcas como la viciosa que eres. No me decepciones.

—Como el amo desee.

—Y ahora me voy a casa, que tengo un descanso bien merecido. Tú vete a la playa con tu madre, que no quiero que pierdas ese tono moreno que tanto me gusta.

***

Llegué a casa sin tropezarme con nadie y me di una ducha larga. Después, vestido con una camisa de lino y unos pantalones beige, recuperé mi papel de padre responsable y llamé a mi hijo.

—Oye, canalla, ¿dónde andas, que llevo un día sin verte? Ya, en la playa... espero por tu bien que no te hayas quemado, porque entonces no habrá quien aguante a tu madre. Recógete pronto, que hoy ceno yo aquí. ¿Que luego sales? Eso lo hablamos. Adiós, figura.

Después llamé a mi mujer, que como siempre tardó en contestar.

—Anda, anda, qué contento me tienes... bueno, ya me contarás. Que sí, que pases buena tarde en la consulta. Besos, guapo.

Me senté en el sofá y abrí el portátil para revisar la última actividad de mis nuevas mascotas. La madre, Bárbara, había estado intercambiando mensajes con Yael desde que la mandé a la playa: ella se limitaba a repetir lo bien que lo habían pasado y a mandar corazones, mientras que Yael, mucho más explícita, le describía con todo detalle hasta dónde pensaba llegar con ella y le enviaba fotos de su propio cuerpo en posturas descaradas. La zorra por fin se dejaba llevar.

Naia, en cambio, no se limitaba a eso. Aparte de cruzar mensajes cada vez más subidos de tono con Rita, había rebuscado en su galería y me había enviado fotos de sus amigas más sexys, con comentarios atrevidos sobre lo que yo podría hacer con cada una. Mi gatita había asumido con naturalidad su papel de cazadora. Le contesté marcando alguna preferencia y le deseé felices sueños.

Acababa de cerrar el portátil cuando mi hijo apareció por la puerta. Tras el intercambio mínimo al que los chavales reducen sus conversaciones, se metió en la ducha y yo me puse a preparar la cena.

En ello estaba cuando se me cruzó una idea perversa. Le escribí a Yael: que hiciera una visita a su nueva enamorada, que seguro la recibirían «cálidamente». La respuesta no tardó ni un minuto.

—Oír es obedecer. Y me gustó la madre, que cayó coladita por mí. ¿Puedo probar a Daniela? A Naia ya veo que te la reservas.

—Contigo no hay límites —respondí—. Déjate llevar, pero trata el género con cuidado. Y a Daniela mándala pronto a dormir, que no quiero estropearle la cara con ojeras.

—Entonces allí estaré, pero no antes de las once. ¿Aviso o las sorprendo?

—Sorpréndelas. A las tres me cuentas.

Cenamos mi hijo y yo. Me informó de que salía con sus amigos hasta la una, y yo le dije que tendría la mañana ocupada acompañando a unas amigas a unas gestiones, que no tenían coche en la playa.

El vino y la noche que esperaba a mis mascotas me habían devuelto las ganas. Le escribí a Yael un cambio de planes: que en cuanto llegara a casa de Bárbara me enviara a Naia, le diera la copia de mi llave, y que ya le haría yo otra.

—Ya sabía que la tenías encoñada y no me ibas a dejar probarla —contestó con un emoticono.

—Tiempo habrá, guapa. Pero no esta noche.

Oí a mi hijo salir de la ducha. Le dejé dinero en la entrada, le repetí la hora de vuelta y me metí en la cama, donde caí dormido al instante.

***

No sé cuánto llevaba dormido cuando una caricia suave en la polla me avisó de que no estaba solo. Encendí la luz y me encontré con Naia comiéndome la punta, que poco a poco recuperaba su firmeza.

Le acaricié la cabeza y empujé. Obediente, abrió la boca y empezó una mamada profunda, ayudándose con las manos. Cuando estuve duro del todo, la cogí del pelo, le saqué la polla y tiré de ella hasta tenerla a mi lado, donde le di un beso largo mientras le buscaba los pechos.

Solo llevaba puesta una bata corta de raso, atada a la cintura, unas sandalias y la diadema con orejas de gata.

—¿Te pilló Yael saliendo del baño? —pregunté divertido.

—No, amo. Sabiendo que querrías que siguiéramos con tus órdenes aun en tu ausencia, al llegar de la playa nos quitamos la ropa de arriba y, tras la ducha, no nos la volvimos a poner.

—¿Y la ropa interior?

Medio tímida, medio risueña, respondió:

—Cuando Yael llegó, mis bragas estaban en la boca de mi madre mientras Daniela me comía el coño. Espero no haberte enfadado: salí corriendo con solo esta bata encima.

—Para nada, gatita. Me gusta que seas tan viciosa. ¿Y Daniela no se quedó decepcionada de que le dejaras a medias?

—Me da igual lo que sienta esa niñata. Por el recibimiento que mi madre le hizo a Yael, no le van a faltar coños que comer esta noche.

—Qué golfa eres. Ven aquí.

La senté encima. Iba a quitarse la bata, pero la detuve.

—No, déjatela, te hace bonita, como el pelaje de una gata de angora.

Le deslicé la bata hacia atrás hasta inmovilizarle los brazos y le devoré un pezón mientras le amasaba el culo.

—Mi amo es puro fuego y yo me muero por quemarme —decía moviendo las caderas sobre mi polla—. Dámelo todo, toma el culo de tu guarra.

Cogió mi polla con la mano, la guió hasta su ano y se dejó caer despacio, cimbreándose, hasta tenerme entero dentro.

—Buuufff, qué dura, me partes —jadeaba, apoyando las manos atrás, en mis piernas, y balanceándose con fuerza—. No puedo vivir sin tu polla. Es lo único en lo que pienso.

La sujeté de la cintura, me incorporé con ella todavía ensartada y la eché hacia atrás. Para no caer, me apretó la cintura con las piernas. Desde esa postura incómoda empecé a darle duro contra el fondo del culo.

—Así, amo, así, trátame como la puta que soy... ¡permiso para correrme!

—Córrete cuanto quieras, que aún me queda para rato.

La dejé caer en la cama, le alcé las piernas y la penetré por el coño, que me recibió empapado. Le crucé la cara de un azote.

—Vamos, puta, despierta, que aún te queda mucho que dar a tu amo.

La incorporé del pelo y le metí la polla en la boca, en un brusco mete y saca que la llevó a las arcadas. Después la dejé caer de rodillas, sintiendo cerca el final, le saqué la polla y eyaculé sobre su cara, sus pechos y su pelo.

Me miró sonriente y abrió la boca para mostrarme lo que había recogido.

—Eres una auténtica guarra. Pero eres mi guarra.

Respondió con un maullido y, poniéndose a gatas, frotó el sexo contra mi pierna.

***

Ya recostados, con su cabeza en mi pecho, le pedí que me contara cómo había ido la tarde.

—Cuando llegué a la playa, mi madre estaba con sus amigas, pero distraída, sin despegar los ojos del móvil. Daniela jugaba por ahí y yo te escribía a ti... y a Rita, que tiene un calentón de campeonato.

—Oye —la interrumpí—, ¿y esa chica de cara de mosquita muerta de la que me mandaste una foto?

—¿Quién?

—La castaña del moño con pañuelo, gafas de sol redondas y bañador blanco y negro.

—Ah, Vera. Llegó ayer. Es sobrina de una vecina de mi bloque y parece que se queda todo el verano. Lo sé porque Charo, que es una cotilla, las paró en el ascensor y no le quedó otra que presentárnosla.

—¿Y? Por algo te llamó la atención.

—No sé, amo. En el rato que estuvo, no la vi pasar ni una página del libro, pero me miraba de reojo. Igual que a otras chicas de la playa.

—Vaya con la mosquita muerta. Me da que esconde una viciosa de campeonato. ¿No quedasteis en nada?

—Le dije dónde nos poníamos, le di mi nombre. Pero lo que me decidió a mandarte la foto es que, mientras le hablaba, bajaba la cabeza sin dejar de mirarme. Le vi posibilidades.

—Vas mejorando, gatita. Las que parecen más sosas resultan ser las más golfas. Mañana mismo empiezas la aproximación a esa.

—Como el amo desee.

En ese momento se oyó la puerta del piso. Mi hijo había vuelto a su hora. Naia se quedó petrificada.

—Sigue contándome —le dije, metiéndole dos dedos en el coño todavía húmedo—. ¿Y a ti te gustó la mosquita muerta?

—Uffff... me da morbo cobrar mi primera pieza para mi amo —respondió bajando la voz.

—Cuéntame lo de tu madre en la playa.

—Cuando mis vecinas se fueron, mi madre parecía ausente, apretaba los muslos. Le eché una toalla por encima con la excusa de la humedad y le metí la mano. Amo, la muy zorra estaba chorreando. No sé cómo las demás no se daban cuenta. Apretaba los muslos contra mi mano y se mordía el labio. Menos mal que llevaba las gafas de sol, que si no se le veían los ojos de vicio. Después de correrse se quedó tranquila y me sonrió.

—¿Y aceptó tu nueva posición?

—Del todo. No me dejó cargar nada de vuelta, hizo que Daniela llevara mi bolsa, y en el ascensor me pidió permiso para besarme en agradecimiento. Le aparté la braguita y, sin que tuviera que decirle nada, se arrodilló y me lo agradeció con la lengua.

—Aprendes pronto, sucia guarrilla.

—En mi amo tengo al mejor maestro.

—¿Y Daniela?

—No paraba de quejarse de cuándo le tocaría a ella, hasta que mi madre le soltó un azote que la dejó callada. Al llegar a casa le echó una buena bronca: que nunca volviera a molestarme, que hiciera lo que yo le mandara. La hizo arrodillarse y pedirme perdón, y yo se lo correspondí con un beso largo, retorciéndole los pezones mientras ella se moría de gusto.

—Vaya, vaya. Ha salido tan sumisa como su madre.

—Luego, como ordenaste, llevé a mi madre al baño y le hice la limpieza tres veces, hasta que salió limpia, y ella me la hizo a mí. Llenamos la bañera y nos metimos las tres. Hice que Daniela nos acariciara mientras yo me subía a horcajadas sobre ella. Mi madre, detrás, me recorría la espalda con los pechos y me buscaba la boca.

—¿Y Daniela seguía sumisa?

—Total. Después del baño me secaron entre las dos, me untaron de aceite, y mi madre no paraba de repetirle la suerte que teníamos de tener un amo tan bueno.

—Bueno, putita, sigue, que se nos hace de día.

—Una vez bañada, mi madre hizo la cena y me sentó en el sofá. Le dijo a Daniela que, si era buena, igual luego le tocaba a ella, y la puso a comerme el coño. En eso estábamos cuando llegó Yael.

—Pues ahora el que necesita relajarse soy yo.

Sin más, le cogí la cabeza y le metí la polla hasta el fondo de la garganta. Sabiendo lo que esperaba de ella, Naia empezó una mamada profunda y suave que me llevó a correrme en su boca. Sin dejar que la sacara, caí en un sueño profundo.

Continuará...

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (4)

RaulBaires

de lo mejor que lei en mucho tiempo, excelente!!!

Xime_BA

Por favor seguí con esto, quede enganchada desde el primer párrafo. Hay segunda parte??

MarisolBsAs

Me encanto como lo contaste, se siente super real. No pude parar de leer.

lector_pasional

impresionante relato, uno de mis favoritos sin dudas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.