Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que me obligaron a hacer para ver a mi esposo preso

El éxito había sido una droga de efecto rápido y resaca devastadora. Con la inyección de capital de Kuroda, canalizada a través del impecable Octavio Belmonte, el proyecto inmobiliario de Damián despegó como un cohete. Durante ocho meses el crecimiento fue meteórico. Las cifras en los informes bailaban verdes y ascendentes, los inversores acudían como moscas a la miel, y el nombre del Grupo Rivas resonaba en los círculos financieros con un aura de invencibilidad.

Damián, hinchado por la ambición y cegado por los halagos, empezó a tomar decisiones cada vez más temerarias. Octavio, desde su silencioso puesto de asesor fantasma, observaba con una sonrisa fría. No ofrecía advertencias. Solo facilitaba más conexiones, más «oportunidades» que tensaban la cuerda hasta el límite.

El colapso fue tan repentino como brutal. Una mala apuesta bursátil, una deuda oculta que salió a la luz, un informe adverso de una calificadora. El efecto dominó se activó en cuestión de días y la confianza se evaporó. Las acciones del Grupo Rivas, que habían tocado el cielo, iniciaron una caída libre. De un valor estratosférico a la irrelevancia en menos de una semana. Los titulares fueron despiadados: «El Ícaro inmobiliario», «La ambición que devoró a Rivas».

Damián fue señalado como el único responsable. El cerebro, la cara visible, el chivo expiatorio perfecto. Lo detuvieron en su propia oficina, frente a sus empleados atónitos. Allanaron la casa familiar con una minuciosidad humillante, agentes que deslizaban las manos por los muebles que yo había elegido con tanto cuidado.

Yo, gracias a una astuta separación de bienes que Octavio había sugerido meses atrás, quedé fuera del alcance legal directo. No era culpable ante la ley, pero era la esposa del hombre más odiado por los pequeños inversores arruinados. El escarnio público, las miradas en la calle, los periodistas acampando en mi puerta, todo se volvió insoportable. Con lo poco que pude rescatar, un disfraz y un auto prestado, huí.

Me refugié en la única posesión que aún sentía ajena a la pesadilla: una cabaña de madera, pequeña y rústica, que había sido de mis padres, escondida en un pliegue de la montaña a una hora de la capital. Allí el silencio era absoluto, roto solo por el viento entre los pinos y el crujir de la madera vieja. Pasé los primeros dos días en estado de anestesia, durmiendo horas, comiendo lo mínimo, mirando el fuego de la chimenea sin verlo.

***

Al tercer día, al atardecer, mientras el cielo se teñía de naranja y púrpura sobre las cumbres, el teléfono desechable que creía haber abandonado para siempre vibró sobre la mesa de pino. Un latido fantasma en el silencio. Con manos que tardaron en obedecer, lo tomé. La pantalla mostraba un número encriptado y un mensaje firmado con dos iniciales: OB.

El rigor de la ley también se aplica a las visitas conyugales. Lo leí dos veces, como si las palabras pudieran cambiar de forma. Mañana. Horario de visitas para procesados de alta seguridad: de 14:00 a 15:30. Deberá presentarse a las 13:45. Vestimenta: elegancia discreta pero incuestionable. Vestido negro, escote moderado, falda a la rodilla. Medias finas. Sin joyas. Sin bolso. Se presentará en la entrada principal del Penal de Aguasvivas y preguntará por la sargento Vega. Es la única instrucción que dará. El resto, obedecerá.

El mensaje continuaba, y cada línea era un dedo apretando mi garganta. Recuerde: cualquier desviación y las fotografías de la suite del Astoria, junto con el desglose completo, se enviarán a la fiscalía como prueba adicional del carácter del acusado. Y a todos los medios. Su cooperación es la única moneda que tiene para comprar el silencio. Y, quizás, un poco de misericordia para Damián.

Dejé el teléfono sobre la mesa. No hubo rabia ni llanto. Solo un vacío más profundo. Octavio no había terminado. La caída de Damián no era el final, era un nuevo escenario, más cruel todavía. La cárcel. El rigor. Y yo, como siempre, el instrumento.

***

Al día siguiente seguí las instrucciones al pie de la letra. Me puse un vestido negro de lana, sencillo, con un escote en pico que apenas revelaba la clavícula. La falda recta me llegaba justo por debajo de la rodilla. Medias opacas, casi de institutriz. Zapatos de tacón bajo y cerrados. Me recogí el cabello en un moño severo. En el espejo de la cabaña me vi como la viuda de un criminal, una figura de luto y penitencia.

El Penal de Aguasvivas era una fortaleza de hormigón gris, rodeada de alambre de púas y torres de vigilancia. El aire frío de la montaña se mezclaba con una opresión casi física. En la garita principal, un guardia de expresión aburrida me miró con desconfianza.

—¿Nombre? —preguntó sin levantar del todo la vista.

—Mariela Rivas. Vengo a visitar a mi esposo, Damián.

—El horario no empieza hasta las dos. Espere allá.

Respiré hondo antes de soltar la frase que me habían ordenado.

—Debo preguntar por la sargento Vega.

El cambio en el guardia fue instantáneo. El aburrimiento se esfumó, reemplazado por una curiosidad inmediata y un destello de algo más, algo expectante. Asintió, levantó un teléfono interno y murmuró unas palabras. Minutos después, una mujer salió por una puerta metálica. La sargento Vega era corpulenta, de rostro duro y ojos pequeños que me escudriñaron de arriba abajo sin disimulo. Llevaba el uniforme verde olivo impecablemente planchado.

—Señora Rivas. Sígame.

No hubo saludo ni explicación. La seguí por un pasillo largo y mal iluminado, paredes pintadas de un verde hospitalario desvaído. El sonido de mis pasos resonaba en el vacío. No íbamos hacia las salas de visitas generales. Nos desviamos por un corredor lateral hasta una puerta sin identificación que Vega abrió con una llave.

Era una sala pequeña, blanca, fría. Más parecida a un consultorio médico que a cualquier otra cosa. En el centro, una camilla de exploración cubierta con papel desechable. Una lámpara quirúrgica colgaba del techo. En una esquina, un lavamanos de acero.

—El procedimiento de seguridad para visitas conyugales de alta seguridad es estricto —dijo Vega, con voz plana y burocrática—. Debemos asegurarnos de que no introduce ningún objeto prohibido. Se desvestirá por completo. Colocará su ropa en esa bandeja.

Señaló una bandeja de metal sobre una mesa auxiliar. La miré, el pánico empezando a trepar por mi garganta.

—¿Desnuda? Pero… yo solo vengo a…

—Son las reglas, señora Rivas. O cumple, o la visita se cancela. Y su esposo se queda sin verla. Y sin la pequeña mejora en su situación que su cooperación podría generar.

Su mirada era impenetrable, pero el mensaje era nítido. Octavio había hablado con ella. Esto también era parte del rigor.

Con movimientos torpes empecé a desvestirme. Primero los zapatos, luego el abrigo que llevaba sobre el vestido. La sargento observaba inmóvil, los brazos cruzados. El sonido de la cremallera fue estridente en el silencio. La prenda negra cayó a mis pies. Después, con los dedos entumecidos, me quité las medias y la ropa interior. Me sentí absurdamente vulnerable, de pie en el centro de la habitación fría, bajo la luz blanca y cruda. La piel se me erizó entera.

—Suba a la camilla. Posición ginecológica.

Las palabras fueron un golpe bajo. Dudé, pero la mirada de Vega no dejaba lugar a la discusión. Con el rostro ardiendo, subí al papel frío. Me recosté y, sintiendo que cada movimiento era una traición a mí misma, coloqué los pies en los estribos metálicos, abriendo las piernas. La humillación era tan aguda que me nubló la vista por un instante.

Vega se acercó. Se puso un par de guantes de látex con un chasquido que sonó como un disparo. No dijo nada. Sus manos, fuertes e impersonales, comenzaron la inspección. Primero revisó mi cabello, detrás de las orejas, dentro de la boca, obligándome a sacar la lengua. Luego, con una frialdad atroz, examinó mis pechos, levantándolos, palpando por debajo. Contuve la respiración mirando el techo blanco, intentando desprenderme de mi propio cuerpo. Pero el frío y los nervios me traicionaron, y sentí mis pezones endurecerse contra mi voluntad.

Después se concentró en el área púbica. Me separó con los dedos, la inspección minuciosa, invasiva. Introdujo un dedo, moviéndolo con brusquedad, buscando algún objeto imaginario. Contuve un gemido, de dolor y de una vergüenza tan profunda que me quemaba por dentro. El examen continuó. Vega me ordenó darme vuelta y la inspección se repitió por detrás, igual de brutal e innecesaria. Mordí el papel desechable para no gritar.

Cuando parecía haber terminado, la sargento se dirigió a la puerta y la abrió.

—Pueden entrar.

Entraron otros dos guardias, hombres jóvenes, con expresiones a medio camino entre la curiosidad y el morbo mal disimulado. Se pararon junto a Vega, mirándome, mientras yo seguía desnuda y expuesta sobre la camilla.

—Inspección de seguridad completada, negativa —dijo Vega, como quien da un parte—. Solo falta la verificación visual final por protocolo.

Era una mentira descarada. No existía ningún protocolo que incluyera esto. Los guardias recorrieron con la mirada cada centímetro de mi cuerpo, los ojos deteniéndose aquí y allá, intercambiando gestos cómplices. Uno carraspeó. El otro sonrió apenas. Los segundos se estiraron en una eternidad de exposición obscena. Cerré los ojos con fuerza, pero sentía sus miradas como manos sucias sobre la piel.

—Bien. Puede vestirse —dijo Vega por fin, con desdén—. La llevarán a la sala especial. Tiene veinte minutos.

***

Me vestí con manos temblorosas, sintiendo que la tela del vestido ya no me cubría, que la humillación lo había impregnado todo. Los guardias me escoltaron por otro pasillo hasta una sala pequeña dividida por un vidrio grueso y rayado, con teléfonos a cada lado.

Al otro lado del cristal apareció Damián, escoltado por un guardia. Apenas lo reconocí. Había adelgazado de forma alarmante. El traje, que antes le quedaba perfecto, ahora le colgaba de los hombros. Tenía ojeras profundas, la barba crecida y desaliñada. Pero lo más devastador eran sus ojos: antes llenos de ambición, después de confusión, ahora solo reflejaban un miedo animal y una derrota absoluta.

Al verme, los ojos se le agrandaron. Se dejó caer en la silla y acercó el teléfono a su oreja con manos que temblaban. Yo tomé el mío.

—Mariela… —su voz salió quebrada, un hilo de sonido—. ¿Estás… estás bien?

Asentí, incapaz de hablar, la garganta cerrada por un nudo de emociones contradictorias: pena, ira, asco y una extraña y distante compasión.

—Lo siento… Lo siento tanto… Te arruiné todo… —empezó a sollozar, el cuerpo encogido. Las lágrimas le surcaban el rostro sin control—. Me muero aquí, Mariela… No puedo… Son animales… Me tienen…

Lo observé llorar, ese hombre roto, ese marido que había sido mi cómplice y mi verdugo, reducido ahora a un condenado aterrado. Sus lágrimas eran auténticas, el llanto de un niño perdido. Y en ese instante comprendí que Octavio había logrado su obra maestra. No solo había destruido nuestra vida, nuestro matrimonio y el cuerpo de Damián. También había aplastado su espíritu, dejándolo así: un hombre llorando tras un vidrio, mientras yo, su esposa, llevaba en la carne la marca fresca de otra humillación diseñada por el mismo arquitecto de nuestra ruina.

El rigor de la ley era duro, sí. Pero el rigor de Octavio Belmonte era infinito. Y yo, al otro lado del cristal, solo podía mirar el naufragio final, sabiendo que mi propia sumisión había pavimentado el camino hasta esa celda. Los veinte minutos pasaron en silencio, rotos apenas por los sollozos de Damián, hasta que un guardia le tocó el hombro y señaló que el tiempo había terminado.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (4)

SombraRoja

dios mio, que bueno. me dejo sin palabras!!

ClaraVLT

Espero que tenga continuacion, quede con muchas ganas de mas

RobertoLector

Que manera de escribir, se siente real sin ser burdo. Increible relato, de verdad.

LuisCba99

genial!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.