Sometí a la esposa mientras su marido obedecía
Todo empezó por lo que escribía. Mis palabras la encendieron, eso lo supe desde el primer correo. Carolina insistía en que era una mujer decente, casada, ordenada, con una vida sin sobresaltos. Lo repetía tanto que daba la impresión de que intentaba convencerse a sí misma más que a mí.
Pero había un punto en el que esa vida ordenada se le quedaba estrecha. Me lo confesó entre líneas: con su marido necesitaban probar algo distinto, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.
Yo me limité a ser yo mismo. Contesté sus mensajes sin prisa, midiendo cada frase, dejando que ella misma fuera cavando el deseo. Y, como era previsible, un día llegó la invitación.
«Si me sigues encendiendo así, te invitaremos a cenar mi marido y yo.»
La cena llegó tal como la había anunciado. Un restaurante caro, manteles blancos, una carta de vinos que ninguno de los tres leyó del todo. Aunque era yo quien iba a hacerla sentir mujer aquella noche, me trataron casi como a un invitado de lujo, y eso me divertía. Aquel restaurante no era más que la antesala de lo que vendría después.
Me mantuve en mi sitio. No paraba de observarlos: tan tranquilos, tan correctos, tan de manual. Nadie en las mesas vecinas habría imaginado lo que estaba a punto de ocurrir.
—¿Cuántos años lleváis juntos? —pregunté, más por calibrarlos que por curiosidad.
—Veintidós —respondió ella sonriendo, antes de vaciar la copa de un solo trago.
Esteban, su marido, asintió en silencio. Tenía las manos quietas sobre el mantel y una calma que no terminaba de ser calma. Yo todavía no sabía hasta dónde estaban dispuestos a llegar, así que me contuve. Como el chico educado que finjo ser cuando me conviene.
***
No fue hasta llegar a la habitación del hotel cuando nos desatamos.
Cerré la puerta a mi espalda y observé cómo Esteban se servía una copa, como si necesitara algo en las manos. Carolina se quedó de pie a los pies de la cama, esperando, sin saber muy bien qué hacer con su propio cuerpo.
—¿Quién ha pagado la habitación? —pregunté.
—Yo —dijo él al fin, con la voz un poco baja.
Lo miré despacio, dejando que el silencio pesara.
—Te gusta ser un cornudo educado…
Esteban levantó los ojos y en ellos vi el deseo sin disfraz. Le gustaba aquello. Le gustaba que lo dijera en voz alta, que lo rebajara delante de su mujer. Era exactamente lo que había venido a buscar.
Carolina empezó a desabrocharse el vestido por su cuenta. Me acerqué y le solté una bofetada seca, no fuerte, pero suficiente para que entendiera.
—¿Quién te ha dicho que lo hicieras?
Se calló de golpe y bajó la mirada, esperando mi siguiente orden. Le metí la mano por dentro de las bragas y le introduje dos dedos sin avisar. Estaba empapada. Se estremeció, se mordió el labio y buscó mis ojos.
—A mí no me mires —le dije—. Míralo a él.
En cuanto giró la cabeza hacia su marido, dejó escapar el primer gemido. Esa mezcla de autoridad y vergüenza la había puesto a mil. Seguí moviendo los dedos despacio, sintiendo cómo su cuerpo empezaba a contonearse contra mi mano. Apenas se sostenía de pie.
Le saqué los dedos con desprecio y la dejé temblando mientras me acercaba a Esteban. Hundí esos mismos dedos en su copa y, sin darle tiempo a reaccionar, se los metí en la boca.
—¿Sabe bien tu mujer cuando la toco yo?
Los chupó desesperado, sin un gramo de orgullo.
—Mmmf… —fue todo lo que pudo decir, y entendí aquel sonido como un sí.
—Ven aquí.
Lo agarré sin delicadeza y lo llevé hasta la cama. Dejó la copa en cualquier sitio. Lo hice tumbarse boca arriba, con la cabeza colgando en el borde, justo a los pies del colchón.
—Desvístete —le dije a Carolina—. Ahora sí.
Obedeció rápido, casi torpe por la prisa. La coloqué encima de la cara de Esteban, como si él fuera a comerle el sexo. Pero esa no era la idea, todavía. Los dos quedaron al borde de aquella cama enorme que el cornudo había pagado para esa única noche.
—Miraos —ordené.
Ella bajó la cabeza para verlo a apenas unos centímetros. Él la miraba desde abajo, hipnotizado.
***
Me quité los pantalones y la ropa interior, y la agarré del pelo para acercarla a mi sexo.
—No quiero que le comas el coño a tu mujer —le advertí a él—. Todavía no.
Carolina empezó suave, con la lengua, y terminó tragándomela entera. Subía y bajaba con una ansiedad que delataba cuánto lo necesitaba. Lamía, escupía, volvía a meterse todo en la boca. En un par de ocasiones intentó ir más allá y le vinieron las arcadas, pero ni siquiera entonces se detuvo. Sentí la excitación trepar tan rápido que tuve que apartarla del pelo para no terminar antes de tiempo.
—Abre la boca —le dije a Esteban.
Sujeté a Carolina por la mandíbula y le ordené:
—Escupe. Y apunta bien.
Dio en el blanco. La saliva cayó de lleno dentro de la boca abierta de su marido, que la recibió sin apartar la cara. Le solté otra bofetada a ella, suave, casi una caricia áspera.
—Túmbate.
La hice recostarse boca arriba sobre el cuerpo de Esteban, como si él fuera el colchón. La cara de él quedó justo bajo el culo de su mujer. Le separé las nalgas con las dos manos y lo miré a los ojos.
—Lámele el ano —le dije—. Solo el ano. Nada más.
Sacó la lengua y, a partir de ahí, me olvidé de él. Por encima de aquella escena tenía el sexo de Carolina al alcance. Se la metí de una sola embestida. Ella ahogó un grito y arqueó la espalda. Vi cómo sus pechos colgaban hacia los lados con cada movimiento.
—Menuda zorra estás hecha —murmuré.
—Sí… —respondió, deseosa.
—¿Esto es lo que te gusta? —pregunté, empezando a follarla lento pero con embestidas profundas.
—Sí… —repitió, casi sin voz.
—¿Se le da bien a tu marido comerte el culo?
Le di un azote en uno de los pechos y gimió de nuevo.
—Sí, joder…
Estaba tan mojada que el líquido le resbalaba desde el sexo hasta el ano, justo donde la lengua de Esteban seguía trabajando.
—Tiene que estar disfrutándolo ahí abajo —dije en voz alta.
Subí el ritmo hasta que el choque sonaba como aplausos secos, interrumpido solo por sus chillidos. De vez en cuando rozaba la cara del marido, que no se movía de su sitio.
—Lame bien ese culo —le dije, tirándole del pelo—. Que ahora estará sudado.
Seguí hasta que la sentí tensarse entera y correrse contra mí. Entonces supe que era el momento de cambiar. Se la saqué y el sonido fue húmedo, viscoso.
—Ponte a cuatro —ordené.
***
Carolina se giró y ahora Esteban tenía el sexo de su mujer a un palmo de la cara. Volví a metérsela, y esta vez mis testículos chocaban contra su nariz a cada embestida.
—¿Qué tal huele por ahí abajo? —pregunté entre risas.
—A sexo… —respondió él, ronco.
Se la hundí hasta el fondo. Ella no opuso ninguna resistencia. La agarré del pelo y tiré hacia atrás. Volvió a chillar como la sumisa que era esa noche.
—¿Te gusta así, puta?
No pudo contestar: se corrió de nuevo, y le tiré más del pelo para ahogarle el gemido en la garganta.
Seguí un rato más, hasta que le abrí las nalgas y le vi el ano. Lo escupí, pasé el pulgar y le introduje solo la punta. Volvió a gemir. La azoté hasta dejarle las nalgas completamente rojas, sin dejar de follarla.
Cuando sentí que estaba a punto, me la saqué. Terminé con la mano, corriéndome sobre su culo, mientras con la otra le abría las nalgas para apuntar mejor. Le dejé todo el trasero perdido y le restregué la punta contra el ano, despacio, marcando territorio.
—No te muevas de ahí —le ordené.
Cogí a Esteban y lo saqué de debajo de ella. Lo puse de pie detrás, para que la viera entera, a cuatro patas y cubierta de mí.
—Está sexy así, ¿eh?
Él se mordió el labio sin contestar.
—Tócate —le dije—. Apunta a las plantas de sus pies.
Lo dejé allí, masturbándose con la imagen de su mujer arrasada. Me coloqué delante de ella, ya sin la misma dureza.
—Límpiamela —le dije—. Está llena de restos y me da asco que vengan de una zorra como tú.
Se la metió en la boca encantada y me la dejó impecable.
Oí entonces el gemido contenido de Esteban y supe que se había corrido. Carolina sintió su descarga sobre las plantas de los pies. Levanté la vista y lo miré: respiraba con dificultad, suspirando, vencido. Tal como imaginé, su semen brillaba en los pies de su esposa, mientras el mío seguía resbalando por su culo hasta alcanzarle el sexo.
—¿No pensarás dejar así a tu mujer? —le dije—. Vamos. Límpiala. Empieza por lo tuyo.
Esteban agachó la cabeza hasta los pies de ella y empezó a lamer.
***
Volví a mirar la cara de Carolina. Seguía disfrutando, incluso gimiendo bajito mientras su marido la limpiaba como un perro obediente.
Cuando terminó con los pies, pasó a las nalgas. La miré a ella y le hablé al oído:
—Ábrete el culo, para que lo limpie bien.
Apoyó la frente en la cama y, con las manos, se separó las nalgas. Le puse el pie sobre la cabeza, sin apoyar todo el peso, solo lo justo. Volvió a gemir. Cuando él acabó, le di la vuelta y la dejé medio sentada contra el respaldo.
—Termina de limpiarle el coño —le dije a Esteban—. No desperdicies ni una gota.
Me senté en la silla del rincón para observarlos con calma. Carolina le agarró la cabeza y lo apretó contra ella, obligándolo a comerla bien.
—¿Huele a polla? —pregunté desde la distancia.
Él ahogó un sí dentro del sexo de su mujer. Ella se corrió otra vez, despacio, hasta que el ritmo de los dos fue frenando solo.
Cuando acabaron, quedaron exhaustos y me buscaron con la mirada, como esperando un veredicto.
Esteban empezó a vestirse en silencio. Carolina se acercó a mí y fue a darme un beso, pero aparté la cara.
—No beso a zorras.
Aquello, lejos de ofenderla, la encendió todavía más.
—La próxima vez… —dijo dudando, mirando de reojo a su marido, que le devolvió la mirada con un asentimiento mudo—, puedes entrar por detrás.
Sonreí con malicia.
—¿Os ha gustado? —pregunté, simple y llanamente.
—Nos ha encantado —respondió ella por los dos—. Gracias…
Le solté una última bofetada, suave, y le puse la mano abierta delante de la cara. Carolina la miró un instante y la besó, despacio, con devoción. Así era exactamente como me gustaba: que besara la misma mano que la golpeaba.