Las sirvientas del palacio me hicieron su esclavo
Mi padre era un hombre de mundo en el sentido más literal. Su trabajo en el sector de inversiones internacionales lo mantenía en perpetuo movimiento: esta semana en Singapur, la siguiente en Frankfurt, el mes siguiente negociando contratos en ciudades cuyo nombre yo apenas sabía pronunciar. Para él, los aviones eran autobuses y los hoteles de cinco estrellas, dormitorios habituales. Su nombre circulaba entre financieros y empresarios con la misma facilidad que el dinero que movía.
Para mí, sin embargo, era poco más que una voz al teléfono y un rastro de colonia cara en la almohada cuando pasaba por casa. Sus visitas eran irregulares y breves: aparecía con regalos caros que no había pedido, cenaba sin soltar el móvil, dormía en la habitación de mi madre —muerta cuando yo tenía cinco años— y desaparecía antes de que me levantara. Me había criado en esa ausencia como otros se crían en el campo o en el bullicio de una familia numerosa. Era mi paisaje habitual.
Nuestra casa era impresionante. Una villa de tres plantas en una urbanización cerrada, con jardín, piscina y una cocina que yo nunca usé porque para eso estaba Beatriz. Beatriz llevaba con nosotros desde antes de que yo tuviera memoria. Era una mujer de cincuenta años con manos grandes y siempre calientes, delantal eterno y el don de saber cuándo uno necesitaba que le dejaran en paz y cuándo necesitaba que le pusieran un plato de comida caliente delante sin preguntar. Era lo más parecido a una madre que conocí.
El día que mi padre apareció sin avisar y se sentó frente a mí a la mesa del desayuno con esa expresión de hombre que lleva semanas ensayando lo que va a decir, supe que algo había cambiado. Me anunció que se casaba. Una mujer europea, de familia noble, condesa de algo que no entendí bien la primera vez. La condesa de Valcueva. Nos marchábamos a vivir con ella a su palacio en el norte de Europa. Ese sería nuestro nuevo hogar, corrigió, sonriendo como un adolescente enamorado.
No protesté. Nunca protestaba. Mis opiniones ocupaban en aquella casa el mismo espacio que las de los muebles.
***
La boda fue un espectáculo que no entendí. Cuatrocientas personas en un palacio de piedra gris bajo un cielo que no conseguía decidirse entre la lluvia y las nubes. Yo me moví entre los invitados como alguien que asiste a la fiesta de cumpleaños de un desconocido: educado, invisible, completamente ajeno. No hablaba el idioma del país. No conocía a nadie. Y mi padre, flanqueado por su nueva esposa, brillaba con una felicidad que nunca le había visto antes.
La condesa de Valcueva debía tener cincuenta y cinco años, aunque los llevaba con una elegancia que hacía que el número sonara irrelevante. Alta, estructura ósea perfecta, mirada oscura y evaluadora. Hermosa en el sentido en que lo son ciertas construcciones antiguas: imponente, fría, diseñada para impresionar y no para habitar. La observé durante la ceremonia con una mezcla de admiración y cautela que no supe definir bien hasta mucho más tarde.
Lo que sí entendí enseguida fue que aquella mujer no había elegido a mi padre por amor. Lo había elegido por capital. Su título era antiguo y su fortuna, antigua también pero consumida. Mi padre era el instrumento que necesitaba para mantener el palacio, el servicio y la apariencia de un linaje que llevaba décadas desangrándose en silencio.
***
La primera decisión de la condesa como mi madrastra fue despedir a Beatriz. No con crueldad abierta, sino con la eficiencia fría de quien elimina una variable innecesaria de una ecuación. «Traeré a mis propias personas», dijo, y así fue. Mi padre asintió sin parpadear.
El día de nuestra llegada definitiva al palacio, la condesa nos presentó al servicio en el vestíbulo principal. Eran dos mujeres. Dos mujeres que parecían sacadas de otro siglo: cuerpos robustos y pesados, rostros profundamente arrugados, cofias blancas sobre cabellos completamente grises, delantales negros sobre vestidos oscuros. Las llamaban Celestina y Dolores. Calculé que podían tener entre setenta y ochenta años, aunque sus ojos —pequeños, duros, brillantes como guijarros mojados— tenían algo que no encajaba con esa cifra. Algo demasiado despierto. Demasiado alerta.
Las observé con la incomodidad de quien ve algo que no debería existir en el presente, y ellas me devolvieron la mirada con una indiferencia calculada. Yo tenía veintiún años, estaba fuera de mi país, solo en una casa que no era mi casa, y la única persona que conocía en ese edificio era mi padre, que a los tres días se marchó a cerrar un acuerdo en otra parte del mundo.
El palacio era enorme y estaba helado. Los muebles eran pesados y oscuros. Las ventanas, pequeñas y enrejadas. La lluvia golpeaba los cristales sin descanso desde el primer día, como si el cielo llevara años esperando que alguien llegara para descargarse.
***
Me aburrí con una violencia que no había conocido antes. Sin idioma, sin amigos, sin nada que hacer más que caminar por pasillos que olían a cera fría, comencé a portarme mal. Era consciente de que era una forma de infancia retrasada, de que lo hacía porque podía y porque no encontraba otra salida, pero lo hacía igualmente. Le exigía a Celestina que me cocinara platos que no estaban en el menú. Le movía los objetos a Dolores mientras limpiaba para que tuviera que volver a hacerlo. Entraba en las habitaciones sin llamar. Dejaba barro en los suelos que acababan de fregar.
Las dos viejas encajaban mis maldades con una paciencia que me resultaba más inquietante que cualquier reproche. Celestina tensaba la mandíbula y volvía a la cocina. Dolores recogía sin decir nada. Solo a veces, cuando creían que no miraba, se intercambiaban una de esas miradas largas y calladas que significan más de lo que dicen las palabras.
Yo lo interpretaba como odio. Me gustaba interpretarlo como odio. En aquel palacio vacío y silencioso, provocar algo en alguien, aunque fuera resentimiento, me hacía sentir que existía.
***
La verdad sobre la condesa llegó de forma fragmentada, como llega casi todo lo que importa: a través de rumores y silencios. Los pocos locales con quienes conseguí comunicarme mediante gestos y un diccionario de bolsillo me dejaron claro que la condesa no era querida en el pueblo. Déspota, decían. Arruinada. Un título vacío que se sostenía sobre deudas y apariencias. Mi padre era la solución. Su fortuna, el oxígeno que necesitaba el palacio para seguir en pie.
Y yo, descubrí unas semanas después de su última partida, era el problema que se interponía entre ella y ese dinero.
Mi padre había dejado testamento. Todo pasaba a mis manos. La condesa recibiría una pensión digna pero no el control absoluto que necesitaba. Cuando encontré esa información entre los papeles que él había dejado en su escritorio —sin esconderlos, con la ingenuidad de quien no cree necesitar protegerse—, entendí muchas cosas a la vez.
Entendí que mi padre era un obstáculo superado.
Entendí que el «accidente» del que me habían informado por teléfono con una frialdad que me pareció extraña en ese momento ya no me parecía accidental.
Y entendí que yo era el siguiente problema que resolver.
***
Lo oí desde el pasillo. No fue difícil: la condesa hablaba con sus criadas en el salón principal sin molestarse en bajar la voz, como si las paredes le pertenecieran tanto como el resto del palacio y los secretos que guardaban también fueran suyos.
—Todo va según lo planeado —dijo, con una voz que no tenía nada de la frialdad que exhibía en público. Era casi satisfecha. Casi cálida, a su manera—. Mi esposo ya no complica las cosas.
Hubo una pausa. Luego dijo lo que me detuvo en seco en el pasillo, con la espalda contra la pared y la sangre latiendo en las sienes.
—El chico es el heredero. Eso no cambia los planes, solo los ajusta. Lo necesito aquí, en el palacio, fuera de circulación. Que firme lo que haya que firmar y que no hable con nadie que no seáis vosotras.
Celestina respondió algo que no llegué a escuchar bien. La condesa soltó un sonido entre el suspiro y la risa.
—Es vuestro. Haced con él lo que necesitéis para que aprenda a obedecer. Mientras no salga del palacio y no pueda contar nada, me importa poco el método.
Dolores habló entonces, y su voz era más grave de lo que recordaba, más segura:
—Entendido, señora. Esta noche le daremos la primera lección.
***
Intenté procesar lo que había escuchado en el frío de mi habitación, sentado en el borde de la cama con las manos entre las rodillas. Podía intentar escapar. Podía intentar llamar a alguien. Podía intentar muchas cosas que, mientras las pensaba, iban revelándose imposibles: no tenía teléfono —me lo habían quitado dos semanas antes bajo el pretexto de repararlo—, no hablaba el idioma, no conocía el territorio, y el palacio estaba a kilómetros del pueblo más cercano.
Mientras seguía atando imposibilidades, la puerta se abrió.
No llamaron.
Celestina entró primero. Llevaba algo en la mano derecha, un objeto delgado y largo que tardé un segundo en identificar. Una fusta. De cuero oscuro, con el mango envuelto en tela negra. La sostenía con la naturalidad de quien carga con algo que lleva usando toda la vida.
Dolores cerró la puerta detrás de ellas.
—Ya es hora —dijo Celestina, y su voz no tenía ninguna de la deferencia con que me hablaba durante el día. Era directa. Era otra persona. O quizás era la misma persona que siempre había estado ahí, esperando que le dieran permiso para mostrarse—. Ponte de pie.
Me quedé donde estaba. No por valentía, sino porque las piernas no me respondieron.
Celestina avanzó dos pasos. No levantó la fusta, no hizo ningún gesto amenazante. Solo se acercó lo suficiente para que yo tuviera que inclinar la cabeza para mirarla, y en su expresión no había rabia ni crueldad. Había algo peor: calma. La calma de alguien que sabe exactamente lo que va a pasar a continuación y no tiene ninguna prisa.
—La condesa nos ha dado instrucciones muy claras —dijo—. A partir de esta noche, vas a aprender cómo funcionan las cosas aquí. Y la primera lección es que cuando te digan que te pongas de pie, te pones de pie.
Dolores se había colocado junto a la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho, bloqueando la salida sin necesidad de moverse.
Me puse de pie.
Celestina asintió despacio. Me estudió de arriba abajo con unos ojos que ya no tenían nada de la indiferencia opaca de la sirvienta. Me estudió como se estudia algo que se va a usar.
—Manos a la espalda —dijo.
Vacilé. Lo noté en mi propio cuerpo: la resistencia inicial, el impulso de decir que no, de preguntar qué derecho tenía, de recordarle quién era yo y qué posición ocupaba en esa casa. Todo eso duró exactamente un segundo. Después, sin saber bien por qué —por miedo, por agotamiento, por algo más oscuro que no tenía nombre todavía—, junté las muñecas a la espalda.
Celestina pasó a mi lado sin tocarme. Dolores se había acercado sin que la oyera moverse y, antes de que pudiera reaccionar, algo frío y seco se cerró alrededor de mis muñecas. Una cuerda delgada. Un nudo que apretaba lo suficiente para recordarme constantemente que estaba ahí.
—Esta noche aprenderás a obedecer —dijo Dolores, con una voz que no era la voz de una anciana. Era la voz de alguien que lleva décadas acumulando paciencia para un momento como este—. Mañana, si aprendes bien, quizás hasta te tratemos con un poco de consideración.
Celestina se colocó frente a mí. La fusta descansaba en su mano con la misma naturalidad con que yo sostenía antes un tenedor en esa misma casa en la que mandaba. En esa misma casa en la que les daba órdenes y les movía los objetos y les exigía platos que no querían cocinar.
—¿Lo entiendes? —preguntó.
Asentí.
No fue suficiente.
—Con palabras —dijo.
—Sí —respondí. Y la voz me salió más pequeña de lo que hubiera querido.
La primera vez que la fusta rozó mis muslos —apenas un toque, casi una advertencia— pensé que era lo peor que podía sentir. Me equivocaba. Lo peor fue lo que vino después: la espera entre un golpe y el siguiente, ese silencio en que la única presencia era el sonido de mi propia respiración acelerada y la calma absoluta de las dos mujeres que se movían a mi alrededor sin prisa, sin rabia, con la precisión tranquila de quien hace algo que domina desde hace mucho tiempo.
Celestina alzó la barbilla y me hizo una seña corta con la fusta, obligándome a girar. Dolores aflojó apenas la cuerda para que pudiera dar un paso, y luego la volvió a tensar en cuanto obedecí. Sentí el tirón en las muñecas, el cuerpo rígido, el corazón martilleándome en el pecho. Celestina se colocó detrás de mí y dejó que el cuero resbalara primero por la parte trasera de mis muslos, luego más arriba, trazando una línea lenta que me hizo contener el aire. No había ternura en el gesto. Había inspección. Control. Una manera de recordarme que ella decidía el ritmo, la distancia y la intensidad.
—Baja la cabeza —ordenó Dolores.
La bajé.
Noté una mano grande, áspera, apretándome el hombro para inmovilizarme. Celestina soltó el primer azote serio en la parte baja de la espalda, justo encima del cinturón del pantalón. El golpe sonó seco, brutal, y el dolor me arrancó un jadeo involuntario. El segundo cayó inmediatamente después, más abajo, en el mismo sitio. El cuero mordía la piel a través de la tela, levantando calor a cada impacto, y el cuerpo me respondió con una mezcla de tensión y calor que me avergonzó de manera instantánea. No era solo dolor. Era la humillación de estar ahí, atado, respirando como un animal acorralado mientras ellas me desnudaban sin quitarme la ropa, arrancándome una reacción detrás de otra.
—Así —dijo Celestina, muy cerca de mi oído—. Así se aprende.
Me obligaron a caminar hasta el borde de la cama con pasos cortos, las manos aún sujetas a la espalda. La cuerda tiró cuando intenté enderezarme. Dolores me empujó en los omóplatos y caí de rodillas sobre el colchón. El cuerpo se hundió bajo mi peso y por un instante quedé doblado hacia delante, con la cara casi contra las sábanas frías. La posición me exponía más de lo que hubiera querido admitir, y el rubor subió por mi cuello mientras oía el roce de faldas, el movimiento preciso de dos mujeres que sabían exactamente qué estaban haciendo.
—Quítale la chaqueta —dijo Dolores.
Celestina obedeció sin mirarme. Sus dedos, sorprendentemente firmes, abrieron botones uno por uno. La chaqueta cayó al suelo. Luego aflojaron la camisa y dejaron al descubierto mi espalda y el borde de mi estómago. El aire helado del cuarto me erizó la piel. Dolores me tomó por el mentón y me obligó a mirar al frente, hacia el espejo alto que había sobre la cómoda. No quería verme así. No quería ver mis mejillas encendidas, la mandíbula tensa, la respiración rota. Quería apartar la vista, pero el reflejo me la devolvía con una claridad insoportable.
Celestina pasó la punta de la fusta por mi costado, muy despacio, y el gesto, más que el golpe, me hizo estremecer. Después vino otro azote, esta vez sobre la nalga izquierda, y el dolor se expandió en oleadas calientes que me tensaron todo el abdomen. Dolores soltó una risa breve, seca, sin alegría.
—Mírate —dijo—. Tan dispuesto a mandar por la mañana y tan dócil por la noche.
—No... —empecé, pero la palabra se ahogó cuando Celestina me golpeó otra vez, ahora en la otra nalga, con fuerza suficiente para hacerme arquear la espalda.
La respiración se me volvió irregular. Noté el sudor en la nuca, la tela pegada a la piel donde antes no sentía nada, el pulso desbocado entre las piernas. El cuerpo tenía su propia lógica, una lógica que no le importaba nada la vergüenza. El miedo me encogía el estómago, sí, pero al mismo tiempo cada orden, cada contacto, cada segundo de atención concentrada sobre mí despertaba algo confuso y humillante que no quería nombrar. Ver que ellas lo notaban fue casi peor que los golpes.
—No te muevas —dijo Dolores cuando intenté apartarme por reflejo.
Su mano descendió desde mi hombro hasta la cintura, firme, posesiva, manteniéndome exactamente donde quería. Celestina dejó la fusta sobre el colchón y, con una lentitud insoportable, me desabrochó el cinturón. Luego la cremallera. Luego el botón. No se apresuró. Cada sonido de metal y tela cayendo era una orden más. Yo tragaba saliva con dificultad, mirando mi propio reflejo sin reconocer del todo la cara que me devolvía el espejo.
—Más abajo —dijo Celestina.
Y entonces, con una naturalidad brutal, me bajaron el pantalón y los calzoncillos hasta los muslos. El aire frío me golpeó de inmediato, dejando al descubierto mi erección involuntaria, tensa, vergonzosamente evidente entre mis piernas. Me quedé inmóvil por puro shock, sintiendo el calor subir por la cara como si me hubieran desollado la dignidad en capas.
Dolores chasqueó la lengua.
—Míralo —murmuró, como si comentara el estado de una fruta demasiado madura. —Tanto miedo y tanta polla dura. Eres más fácil de leer de lo que crees.
Quise cerrarme, apretar las piernas, esconderme. No me dejaron.
Celestina me agarró por la cadera y me obligó a separarlas un poco más. Su mano era dura, dominante, nada vacilante. Luego pasó la fusta por la cara interna del muslo, justo al lado del sexo, sin tocarlo del todo, haciéndome estremecer por la anticipación y por la vergüenza de reaccionar así. Dolores se inclinó delante de mí y me tomó por la barbilla, levantándome el rostro para obligarme a mirarla.
—Si vas a estar aquí —dijo—, vas a hacerlo como se debe. Nada de esconderse. Nada de fingir que no sientes lo que sientes.
Su otra mano me rodeó el miembro con firmeza, sin delicadeza, y la sensación me atravesó como una descarga. No fue un gesto cariñoso; fue un agarre calculado, exacto, que me obligó a reconocer de inmediato mi propia excitación. Gemí, más humillado que aliviado, y ella apretó un poco más, como si quisiera exprimir de mí cualquier resto de orgullo que quedara intacto.
Celestina se colocó detrás, pegada a mi espalda, y me sujetó las caderas mientras Dolores mantenía la mano cerrada sobre mi polla. Me vi reflejado en el espejo: arrodillado, medio desnudo, atado, con dos mujeres mayores usándome el cuerpo como si estuvieran leyendo un texto que ya conocían de memoria. El contraste era tan grotesco que me temblaron las piernas.
—Abre la boca —ordenó Celestina.
Lo hice antes de pensar.
Dolores soltó mi sexo solo el tiempo justo para llevarse dos dedos a la boca y humedecerlos. Luego los pasó por la punta de mi polla, despacio, distribuyendo la humedad con una precisión cruel. El jadeo que se me escapó sonó demasiado alto en la habitación. Celestina soltó una burla apenas audible.
—Así que también aprendes rápido cuando te conviene.
La mano de Dolores volvió a cerrar alrededor de mi eje, bombeando una vez, dos, con firmeza suficiente para hacerme temblar. Celestina, por su parte, desató por completo la cuerda de mis muñecas solo para voltear mis brazos con un movimiento brusco y llevarme hacia atrás, obligándome a apoyar el pecho en el colchón. Quedé inclinado, con el culo alzado, la ropa medio bajada y el miembro expuesto entre sus manos, y la posición me hizo sentirme todavía más vulnerable, todavía más suyo.
—No te muevas —repitió Dolores.
Y entonces me invadieron por todas partes: una mano en la nuca presionándome contra la cama, la otra recorriendo mis nalgas castigadas y abriéndome las piernas con impaciencia, la fusta apoyada de nuevo en la piel como un recordatorio de que el castigo seguía ahí, disponible, si me atrevía a resistirme. Celestina se inclinó sobre mi espalda y rozó con la boca el lóbulo de mi oreja, apenas un contacto, casi un susurro, pero me hizo estremecer con violencia.
—¿Sigues creyendo que mandas algo aquí? —preguntó.
No respondí. Solo apreté los dedos contra las sábanas y dejé escapar otro jadeo cuando Dolores empezó a masturbarme de verdad, sin piedad, con la mano deslizándose por mi polla dura en un ritmo firme, sucio, metódico. El cuerpo reaccionó solo, tirando hacia delante, buscando más fricción, más presión. Mi respiración se volvió errática, rota, y el calor me subió desde el vientre hasta la cara en una oleada que me dejaba casi sin juicio.
Celestina separó mis nalgas y pasó un dedo por la entrada todavía cerrada de mi culo, trazando un círculo lento, exploratorio, como si estuviera decidiendo la siguiente fase del castigo. La sensación me hizo arquear la espalda con un gemido ahogado. Dolores soltó una risa baja.
—Mira cómo te pones —dijo—. Solo con que te toquemos ya estás perdido.
El siguiente dedo entró despacio, con lubricación fría, y el cuerpo se tensó de inmediato. Luego otro, abriéndome más, forzando la resistencia de una forma dolorosamente intensa. El dolor fue real, punzante al principio, pero debajo de él había una presión húmeda que me hacía retorcerme y gemir sin control. Celestina sostuvo mis caderas con una mano y me obligó a aguantar, mientras Dolores seguía con la polla, ahora más rápida, más pesada, llevándome al borde de algo que no supe nombrar porque me daba vergüenza reconocerlo.
—Eso es —murmuró Celestina—. Quédate quieto y déjanos hacer.
Dolores se inclinó, me lamió el hombro con la punta de la lengua, y luego me mordió apenas la piel, lo justo para hacerme soltar un gemido más agudo. La combinación de dolor, dominio y atención estaba desarmándome. Sentía el sexo ardiendo en su mano, las nalgas abiertas, el culo invadido por sus dedos, la cara aplastada contra la cama y el espejo devolviéndome una imagen que no quería mirar y que no podía dejar de mirar.
—La próxima vez —dijo Dolores, empujando un dedo más adentro— no harás falta que te sujetemos tanto.
Celestina retiró la mano de mi nuca y la llevó a la entrepierna, frotándome los testículos con una suavidad humillante que me hizo convulsionar. Me escapó un gemido quebrado, y el cuerpo entero empezó a acercarse al límite con una rapidez que me aterrorizó. Había humillación en cada segundo, pero también una entrega involuntaria, una capitulación física que iba más allá de lo que mi cabeza quería aceptar.
—¿Quieres correrte? —preguntó Dolores, con una sonrisa que oí más que vi.
No supe responder.
Celestina me dio una palmada seca en la nalga castigada.
—Contesta.
—Sí —dije al fin, y la palabra me salió rota, desesperada, totalmente indecente.
—Entonces pídelo bien.
Temblaba tanto que apenas podía pensar. El cuerpo entero era un nudo de calor y dolor y vergüenza. El miembro me latía en la mano de Dolores, la respiración se me rompía en la garganta, y la presión en el culo seguía creciendo con los dedos que me abrían con una paciencia feroz. Me oí a mí mismo suplicar en un tono que nunca había usado, bajo, avergonzado, casi inaudible.
—Por favor.
Dolores soltó un siseo de satisfacción. Celestina apretó las caderas con fuerza y me obligó a arquearme un poco más. La mano que me masturbaba aceleró, y al mismo tiempo el dedo dentro de mi culo se hundió un poco más, provocando una descarga que me atravesó entero. El orgasmo llegó de golpe, brutal, sin elegancia, haciéndome gemir contra la cama mientras la corrida me salía a borbotones sobre la mano de Dolores y manchaba también la sábana y parte de mis muslos. Sentí cada pulsación con una claridad obscena, como si el cuerpo quisiera dejar constancia de su rendición.
Dolores no se apartó. Siguió ordeñándome lo justo para exprimir la última contracción, observando cómo me derrumbaba sobre el colchón, respirando a sacos, temblando todavía bajo sus manos. Celestina retiró por fin los dedos de mi culo y me dio un pequeño golpe con la fusta en la nalga enrojecida, esta vez casi cariñoso en comparación con lo anterior.
—Muy bien —dijo, y la voz sonó satisfechamente precisa—. Ya entiendes la diferencia entre pedir y mandar.
Me dejaron allí unos segundos más, con los pantalones por los muslos, el pecho hundido en las sábanas y el sexo todavía palpitando por el exceso de estímulos. Luego, con la misma calma con que habían entrado, comenzaron a vestirme de nuevo, acomodándome la ropa, limpiando con una tela lo que habían dejado sobre mí, como si se tratara de un asunto doméstico más.
Aquella noche aprendí que hay una diferencia enorme entre provocar a alguien y estar en su poder. Que el miedo y la excitación no son siempre tan distintos como uno querría. Y que había entrado a ese palacio creyendo que era el dueño de algo, sin saber que lo único que era, desde el primer momento, era su prisionero.