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Relatos Ardientes

La primera vez que tragué mi propia corrida

Llevaba años frecuentando el estudio del centro. No era el tipo de sitio que aparecía en ningún directorio ni que se anunciaba en ninguna parte: lo encontré por recomendación de un conocido, en una conversación a medias que terminó con una tarjeta sin nombre y un número escrito a mano. Desde entonces, cada vez que el peso de la semana se volvía demasiado, cogía el metro, subía cuatro plantas por unas escaleras que olían a madera vieja, y llamaba al timbre discreto del apartamento. Lo que encontraba al otro lado era lo único que silenciaba ese ruido constante que llevaba en la cabeza.

Mi ama se llamaba Vera. Treinta y tantos años, pelo negro recogido, manos grandes y precisas que sabían exactamente dónde presionar. El ritual empezaba siempre igual: ella elegía el conjunto, lo ponía sobre la cama y esperaba a que yo me vistiera. Medias de rejilla hasta el muslo, tanga de encaje negro, falda ajustada que no tapaba nada que valiera la pena tapar. Cuando terminaba de vestirme, me sentaba frente al espejo y me maquillaba con la misma calma que una esteticista profesional: base, colorete, pintalabios rojo oscuro, pestañas postizas. Al final me ponía los tacones de plataforma negros y me decía que me mirara.

Siempre miraba. Y siempre había algo en ese reflejo que me ponía cachondo de una forma que no sabía explicar bien.

—Estás muy guapa para ser tan guarro —decía Vera, y en su voz había cariño y desprecio a partes iguales.

Después venía el pasillo. Me sacaba afuera del cuarto, donde otras chicas del estudio estaban entre sesiones o simplemente esperando. Cuatro, cinco mujeres jóvenes con ese aire de quien ya lo ha visto todo y no se impresiona por nada. Me miraban de arriba abajo, comentaban en voz alta sobre mi postura, sobre el maquillaje, sobre los tacones que me costaba manejar. Yo aguantaba de rodillas en el suelo del pasillo, con la cara ardiendo y la polla empujando contra el encaje, intentando no moverme ni mirar a ninguna de ellas directamente.

—Mirad cómo tiembla —decía una.

—Es que sabe perfectamente lo que es —respondía otra.

Yo bajaba los ojos y esperaba a que Vera me llevara de vuelta a la habitación.

***

La última sesión fue distinta.

Llegué con una idea que llevaba semanas dando vueltas, fija y nítida, de esas que no desaparecen cuanto más tiempo pasa sino que se vuelven más concretas. No sabía si Vera lo aceptaría, y en cierta manera tampoco sabía del todo qué quería que dijera. Pero necesitaba pedirlo.

Hice el ritual completo. El conjunto, el maquillaje, los diez minutos de pasillo con los comentarios de siempre. Cuando volvimos a la habitación y Vera cerró la puerta con llave, me quedé de rodillas en el suelo de madera barnizada, como siempre, y esperé.

—¿Qué quieres hoy? —preguntó. Era una pregunta que a veces hacía y a veces no.

Levanté la vista hacia ella.

—Quiero más.

—¿Más qué?

Tardé unos segundos. No por dudas, sino porque buscaba las palabras exactas, las que describieran exactamente la imagen que tenía en la cabeza.

—Quiero que cuando la próxima vez alguien del estudio vaya a correrse... que lo haga en mi cara. En mi boca. —Hice una pausa—. Pero primero quiero probar conmigo mismo.

Vera no respondió enseguida. Se quedó mirándome con esa expresión que tenía cuando evaluaba si iba en serio o si era uno de esos momentos de excitación que no se sostendrían en frío. Yo aguanté la mirada.

—Eso lo hablamos después —dijo finalmente—. Primero vamos a ver si te lo mereces.

***

Me ató los tobillos con los grilletes del arnés de techo. Los de cuero negro, con las hebillas de metal pesado. Empezó a subirme despacio con el mando a distancia, sin ninguna prisa, midiendo cada centímetro con la misma atención que ponía en todo.

Cuando mis caderas quedaron a la altura de su pecho, paró.

Abrió el cajón lateral y sacó el dildo negro grande, ese que tenía un grosor que siempre me hacía dudar si iba a poder con él. Lo lubricó delante de mí, sin apartar los ojos de mi cara, y lo colocó en la entrada del ano con una precisión que no admitía vacilación. Lo empujó en tres movimientos lentos y calculados, cada uno más profundo que el anterior.

No grité. Cerré los ojos, apreté los dientes y emití un sonido que era algo entre un gemido y una queja que no terminó de salir. El dildo entró hasta el fondo y me dejó lleno de una forma que me resultaba imposible ignorar.

—Quieto —dijo Vera.

Me quedé quieto.

Empezó a moverlo con un ritmo constante, ni rápido ni lento, de esos que no te dejan subir del todo pero tampoco te permiten bajar. La habitación olía a cuero y al lubricante de siempre, ese aroma que a estas alturas bastaba solo para llevarme a ese estado de atención alerta y abandono simultáneo que no encontraba en ningún otro sitio. Mis manos colgaban libres a los lados. No tenía dónde agarrarme y eso era parte de ello: la ausencia de cualquier cosa a la que sujetarse.

—¿Cuánto llevas sin tocarte? —preguntó.

—Dos semanas —dije.

Vera sonrió muy levemente.

—Se nota.

***

Al cabo de un rato, Vera salió de la habitación y volvió con la encargada.

La conocía de vista: una mujer de unos cuarenta años, morena, pelo corto a la altura de la mandíbula, con esa calma de quien dirige un negocio sin necesitar demostrar nada. Me miró colgado del arnés con una expresión evaluadora, sin el menor asombro ni el menor disgusto. Solo análisis.

—Así que quieres correrte en tu propia boca —dijo. No era una pregunta.

—Sí.

—¿Y crees que llegas?

—Creo que sí.

Intercambió una mirada con Vera. Después señaló el mando de control.

—Bájalo más.

Vera accionó el control. El arnés descendió lentamente. Mis hombros rozaron el suelo barnizado, mis caderas subieron, mi columna se dobló en un ángulo que nunca había probado. Toda la sangre empezó a acumulárseme en la cabeza. Mi polla, completamente dura desde hacía rato, señalaba directamente hacia mi propia cara. La encargada me miró durante unos segundos y asintió.

—Mastúrbate —dijo—. Pero despacio. Sin correrte.

Empecé con la mano derecha. El dildo seguía adentro, inmóvil, y cada pequeño movimiento de cadera que hacía sin querer lo desplazaba ligeramente. El único sonido en la habitación era el de mi propia respiración, más entrecortada de lo que me habría gustado, y el crujido suave del cuero del arnés.

—Más despacio —dijo la encargada.

Tuve que parar dos veces. La primera porque estaba demasiado cerca y la encargada lo vio en mi cara antes de que yo dijera nada. Me ordenó soltarme. Esperé con los ojos cerrados mientras Vera reanudaba el movimiento del dildo, lento y circular, que no bajaba la excitación sino que la mantenía suspendida en un punto insoportable, como un hilo tensado al máximo sin llegar a romperse.

La segunda vez avisé yo.

—Todavía no —dijo la encargada.

Esperé. Conté respiraciones. Cuando el borde se alejó lo suficiente, asentí.

—Ahora sí —dijo ella—. Cuando estés a punto, nos dices.

***

La tercera vez no tuve margen de aviso.

—Ahora —dije, y sonó más urgente y más roto de lo que quería que sonara.

La encargada me agarró las caderas con las dos manos y las empujó hacia arriba. Vera metió el dildo con fuerza hasta el fondo. La geometría funcionó exactamente como la imagen que llevaba semanas en mi cabeza: la punta de mi polla rozó mis propios labios pintados de rojo.

Abrí la boca.

No hubo tiempo para pensar en lo que estaba haciendo ni en si era extraño o perfecto o las dos cosas a la vez. Solo el peso del momento, el calor, y el primer chorro espeso que llegó directo a la lengua antes de que pudiera prepararse del todo.

Me corrí durante lo que pareció más tiempo del habitual. Chorros calientes y densos, con ese sabor salado y ligeramente amargo que no había conocido de cerca hasta ese momento. Tragué lo que pude. El resto se me escapó por las comisuras de la boca, se mezcló con el pintalabios corrido, me cayó por la mejilla pintada hasta el suelo. La encargada me sostenía las caderas sin soltar. Vera mantenía el dildo adentro, quieto, hasta que yo terminé de vaciarme del todo.

Después lo sacó, despacio. Ese sonido húmedo que siempre me daba vergüenza y que siempre me excitaba en igual medida.

Me bajó del arnés. Me desató los tobillos. Me tendió una toalla sin decir nada.

Me senté en el borde de la camilla con las piernas temblando y el sabor de mí mismo todavía en la boca, sintiéndome pequeño y saciado y perfectamente ridículo al mismo tiempo.

***

La encargada no se había ido.

Estaba apoyada en el marco de la puerta, mirándome con los brazos cruzados. Cuando me vio más o menos recompuesto, se acercó y habló en voz baja.

—La semana que viene tenemos a un cliente nuevo. Lleva meses viniendo, es de confianza. —Hizo una pausa—. Si quieres, puedo organizar que su sesión termine aquí. Contigo.

Tardé un momento en entender lo que me estaba ofreciendo.

—Polla de verdad —aclaró, como si hiciera falta—. Caliente. No plástico.

Vera estaba en la otra punta de la habitación, recogiendo el arnés y el dildo, sin intervenir. Dejaba que lo decidiera yo.

—¿Con cuánto tiempo habría que avisarte? —pregunté.

—Tres días. —La encargada se encogió de hombros—. Si no lo haces, no pasa nada. Pero si lo haces, llegas a la hora exacta y no preguntas.

Salió sin esperar respuesta.

***

Bajé las escaleras del edificio con los tacones en la mano porque no me fiaba de mí mismo en los escalones. Afuera hacía frío. Me quedé en el portal un momento, respirando el aire de la calle, escuchando el ruido normal de una noche cualquiera en cualquier ciudad.

Saqué el teléfono. Abrí el calendario.

Conté tres días hacia adelante y bloqueé la tarde entera.

Soy un vicioso sin remedio. Y ya hace tiempo que dejé de considerarlo un problema.

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Comentarios (5)

Raul

Tremendo relato!!! Fui leyendo sin poder parar

martu_rio

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de saber mas

ElSolitarioLect

Me recordo a una experiencia que tuve hace años... ese limite que uno cruza y ya no hay vuelta atras. Muy bien contado.

Lector_Curioso

¿Fue algo real o es ficcion pura? Se siente demasiado autentico para ser inventado, lo lei como si fuera una confesion real

TeoGutierrez

Increible como transmitiste esa mezcla de verguenza y deseo al mismo tiempo. Muy pocos relatos logran eso.

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