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Relatos Ardientes

Cuarenta y ocho horas sin nombre ni luz

El día que Rebeca anunció la «prueba de élite» fue el primero en nueve meses en que no sonó la alarma militar a las cinco de la mañana. En su lugar, un silencio espeso, casi sólido, se filtró por debajo de la puerta de mi celda. Me desperté con un sobresalto, la piel erizada, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración. Afuera, en el patio, las demás seguían con su rutina de siempre: jadeos, pasos sobre la gravilla, órdenes en voz baja. Yo, en cambio, estaba sola. El número 317 tatuado en mi nalga derecha pulsaba con un ardor sordo, como si supiera lo que se aproximaba.

Intenté comer algo del tazón que había quedado de la noche anterior. Estaba vacío. Lo habían vaciado mientras dormía, como un aviso.

A las siete, la puerta cedió con un chasquido electrónico. Dos guardias de rostro cubierto entraron sin pronunciar palabra. Me arrancaron la sábana —mi único privilegio desde hacía semanas— y me pusieron de pie. Desnuda, como siempre. Me ataron las muñecas a la espalda con una cuerda de nylon que se hundió en las cicatrices de los castigos anteriores, las que ya no dolían porque la piel se había endurecido. No hubo desayuno. Solo un vaso de agua turbia que me obligaron a tragar de un solo golpe. Sabía a cloro y a rendición.

Rebeca apareció en el umbral con su varilla de madera balanceándose entre los dedos como un péndulo. Llevaba el mismo uniforme de siempre: pantalón negro, camisa blanca, botas de suela gruesa. Nada la diferenciaba de cualquier otra persona en el mundo exterior, excepto la manera en que me miraba. Como si fuera un objeto en proceso de terminación.

—Felicidades, 317 —dijo, sin mirarme a los ojos—. Has alcanzado la marca. Eres una de las cinco mejores.

No respondí. El silencio era la única moneda que aún conservaba.

Me llevaron por un pasillo que nunca había visto. Las luces eran más tenues; el suelo de cemento pulido reflejaba mis pies descalzos como un espejo opaco. El pasillo no tenía ventanas ni señales. Solo puertas sin números, sin marcas, sin ninguna indicación de lo que había del otro lado. Al final, una puerta de acero sin manija. Uno de los guardias extrajo una tarjeta negra y la deslizó por un lector empotrado en la pared. La puerta se abrió con un siseo hidráulico, como si tomara una bocanada de aire. Dentro: solo oscuridad. Un vacío que olía a goma y a desinfectante frío.

—Adentro —ordenó Rebeca.

Crucé el umbral. El frío del suelo me trepó por las piernas hasta la cintura. La puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco que resonó en los huesos. No en los oídos: en los huesos.

Entonces la oscuridad se hizo absoluta.

No había paredes visibles. Me moví un paso, dos, tres. Mis dedos rozaron algo acolchado, como espuma gruesa cubierta de tela. Giré. Lo mismo en todas direcciones. Una caja. Una tumba blanda que no dejaba eco ni rastro de sonido. Intenté gritar, pero mi voz se ahogó en el relleno y regresó a mí distorsionada, como si fuera otra persona hablando desde mi propia garganta. El pánico subió.

La voz de Rebeca llegó desde algún lugar detrás de mí, fría y precisa:

—Escucha bien, 317, porque no lo repetiré. Durante las próximas cuarenta y ocho horas suprimiremos todos tus sentidos. Tapones en los oídos, antifaz de cuero, bozal. Ni luz, ni sonido, ni tacto más allá del acolchado. Cada seis horas recibirás un batido proteico por vía anal: es tu única nutrición. No intentes resistirte. No hay nada que puedas hacer. Cuando salgas de aquí, ya no serás Laura.

Sentí sus dedos fríos en mi nuca mientras ajustaba el antifaz. El cuero aplastó mis párpados con una presión uniforme. El mundo se apagó.

Unas manos invisibles me empujaron al suelo. Sentí los tapones de silicona encajarse en mis oídos: el silencio se volvió absoluto, sin textura, sin la respiración ajena que hasta entonces me había dado escala. Luego el bozal de goma llenó mi boca, con un tubo delgado que descendió por mi garganta. Solo podía respirar por la nariz, en bocanadas cortas y húmedas que sonaban enormes dentro de mi propio cráneo. Por último, correas de velcro rodearon mis tobillos y muñecas, inmovilizándome en posición fetal.

Y entonces… nada.

Ni luz. Ni sonido.

Ni tacto más allá del acolchado que me envolvía como una segunda piel que no me había pedido permiso para existir.

Solo el latido de mi corazón, amplificado en la cavidad del pecho, contando segundos que no llevaban a ningún lado.

***

Pensé en Nicolás. En su abrazo el día que me fui. En cómo olía a plastilina y a fruta. Intenté reconstruir su voz diciendo «mamá», pero el recuerdo se deshizo como humo en las primeras capas: primero el tono, luego el volumen, luego la sílaba inicial. El vacío no guardaba recuerdos. Los procesaba y los devolvía vacíos.

Conté para no perder el hilo.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Llegué a trescientos cuarenta y siete antes de olvidar desde cuándo contaba.

El pinchazo llegó sin advertencia. Un tubo frío se deslizó adentro, seguido de un líquido espeso y tibio que se expandió con lentitud, llenándome con una presión obscena y constante. Intenté expulsarlo. El cuerpo no obedeció. El líquido se instaló ahí, pesado, recordándome que incluso eso ya no era decisión mía.

Empecé a hablar sola. O creí hacerlo.

—Andrés… por favor… sacame de acá…

Mi voz regresó distorsionada por el acolchado.

Soy Laura. Soy Laura. Tengo treinta y dos años y un hijo que huele a plastilina.

El vacío respondió en algún lugar dentro de mi cabeza: Eres 317.

Las alucinaciones no avisaron. Vi a Nicolás en el patio de una casa que nunca existió, corriendo detrás de una pelota roja. Corrí hacia él, pero mis piernas no se movían. Recordé que estaba atada. Él se giró y me miró. Sus ojos eran dos agujeros negros sin fondo.

—Mamá, ¿por qué tenés cuernos? —preguntó, con su voz exacta, la que creí haber olvidado.

Intenté tocarlo. Mis manos eran garras.

La pelota explotó en un silencio blanco.

***

El batido llegó una segunda vez. Esta vez quemaba. Sentí cómo se expandía lentamente, hinchándome. Grité dentro del bozal. El sonido salió como un gemido animal, apagado e inútil, tragado por el acolchado antes de existir del todo.

En la oscuridad vi a Andrés. Estaba en nuestra cama, con otra mujer. Ella era delgada, con mi cara de antes de la marca, de antes del número. Él la besaba en la boca que yo ya no usaba para nada propio.

—Laura está muerta —dijo él, sin tristeza—. Esta es la nueva versión.

Perdí la noción del tiempo.

El vacío se volvió sólido. Me aplastaba el pecho, ocupaba el espacio entre los pulmones. Empecé a contar de nuevo para anclarme.

Uno. Dos. Tres.

Los números se mezclaban con los latidos, con el recuerdo de los castigos anteriores, con el olor a cloro que ya no podía oler porque el acolchado absorbía todo.

Cien. Ciento uno. ¿Cuánto llevaba aquí? ¿Minutos? ¿Días?

El tubo se retiró. El líquido salió de mí en un chorro caliente y humillante. El olor era ácido y definitivo, una forma de olvido que avanzaba desde abajo. Intenté llorar. No había lágrimas. Solo un vacío seco en el lugar donde antes vivían los ojos.

Entonces escuché una voz. No era la mía.

—317… 317… —susurraba Rebeca desde algún lugar dentro de mi cabeza—. Ya no eres Laura. Eres el vacío.

Vi a Rebeca en la oscuridad, aunque la oscuridad no debería permitir que se vea nada. Estaba desnuda, con mi cuerpo de antes. Se reía de una manera tranquila, sin crueldad, como si solo constatara algo evidente.

—Mirá lo que lograste, 317 —dijo, señalando algo detrás de mí.

Me giré. En la oscuridad había un espejo que no podía existir pero existía. Yo era huesos. Piel floja colgando de los brazos como alas que nunca aprendieron a desplegarse. Los pezones eran dos heridas abiertas. El número 317 brillaba en mi nalga como una marca de hierro caliente.

Intenté gritar.

El espejo se rompió.

Los fragmentos cayeron adentro de mí y no hicieron ruido.

***

La puerta se abrió.

La luz me quemó los ojos como ácido. Unas manos me arrastraron afuera. Caí al suelo de cemento pulido. El aire olía a cloro y a algo metálico que no supe identificar. El sonido llegó de a poco: primero el siseo de ventilación, luego pasos, luego voces que no formaban palabras todavía.

Intenté hablar.

—Tres… uno… siete…

Rebeca se acuclilló frente a mí. Me acarició el cabello con la misma paciencia con que se calma a un animal asustado.

—Bienvenida de vuelta, 317 —dijo—. Dos kilos menos. Y tres días de tu mente.

Me levantaron. Las piernas no respondían del todo, como si hubieran olvidado su función durante la ausencia. Caminé con ayuda hacia el pasillo.

Vi a las otras cuatro de élite. Todas balbuceaban números en voz baja. Todas tenían los ojos vacíos, como pantallas apagadas después de una tormenta eléctrica. Una de ellas —la 408, la que una vez me pasó un trozo de pan debajo de la mesa del comedor, hace tanto que parecía otra vida— se orinó encima sin darse cuenta. Nadie la limpió. Nadie se apartó. Nadie pareció verlo.

Algo dentro de mí quiso sentir compasión. No encontré el lugar donde guardarla. El lugar estaba ocupado por el vacío.

***

Esa noche, en mi celda, me trajeron un espejo pequeño. Lo sostuve con las dos manos temblorosas. Los pómulos hundidos. Los ojos rodeados de sombra oscura, como si alguien hubiera dibujado arcos con carbón. La etiqueta de la oreja estaba oxidada en los bordes. El tatuaje de la nalga era ahora una costra brillante que picaba cuando rozaba la tela.

Intenté decir mi nombre.

—Lau…

Nada. Solo un graznido seco, sin consonante final.

Me acurruqué en la cama, con el espejo boca abajo sobre el suelo para no verlo más. El vacío seguía dentro de mí, instalado como un huésped que no había pedido permiso. No era una mujer. Era un hueco con la forma exacta de alguien que antes se llamaba Laura.

Cerré los ojos.

La oscuridad ya no me asustaba.

Era lo único que conocía con certeza.

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Comentarios (6)

DarkSur77

tremendo... se me cortó la respiración leyendo esto

NochePrima

Por favor que haya segunda parte, lo necesito!! Me quede con ganas de mas

SombraLarga

Hace tiempo que no leia algo que me dejara tan quieto despues de terminarlo. Hay algo en como esta escrito que no te suelta ni al final.

lino40

increible!!!

ViajeraNocturna

Es de esos que se leen dos veces. La primera para engancharte y la segunda para entender todo lo que paso. Impresionante.

Marcos_Uy

me recordo a algo que vivi hace años... este tipo de relatos te deja una marca. Gracias por escribirlo tan bien

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