Sus jueves pertenecían a otra mujer
Cada mes, con la exactitud de un rito que nadie más conocía, Camila reservaba un jueves de mañana para ella sola. No era una cita médica ni una clase de yoga ni un café con amigas, aunque ante su marido podía adoptar cualquiera de esas formas sin dificultad. Era simplemente el tercer jueves, y bastaba pensarlo para que el cuerpo empezara a responder con una anticipación que ningún otro plan en su agenda le provocaba.
Tenía cuarenta y tres años, un marido que trabajaba en una firma de inversión y dos hijas que cursaban bachillerato. Vivían en un piso amplio del barrio de Chamberí, con librerías hasta el techo y una terraza donde en verano desayunaban los domingos. Era una vida buena. Ordenada. Sin fisuras visibles. Salvo una.
La primera vez había llegado al portal con las manos frías a pesar del calor de octubre. Se quedó plantada frente al interfono durante casi tres minutos, el pulgar a centímetros del botón, diciéndose que podía seguir de largo, que nadie la vería, que todavía era tiempo de olvidar que había buscado aquella dirección y la había guardado en los contactos como «dentista nueva». Pero algo más profundo que la razón le retuvo allí, en esa acera de adoquines irregulares, con el bolso cruzado sobre el pecho.
La hicieron pasar a un salón discretamente iluminado con luz cálida. Cuatro mujeres esperaban, sentadas o de pie. Silvia, la dueña del local junto a su pareja Roberto, le explicó en voz baja cómo funcionaba todo. Luego las chicas se presentaron, una por una. Camila escuchó los nombres sin retenerlos del todo hasta que llegó a la última.
Elena tenía el pelo rubio largo, los ojos de un gris que cambiaba según la luz y llevaba únicamente un conjunto de lencería beige y unos zapatos de tacón bajo. Se presentó con naturalidad, sin artificios, mirándola a los ojos como si ya se conocieran. Camila bajó la vista, sintió el calor subiéndole a las mejillas y pensó en la excusa que daría en casa si volvía antes de lo previsto.
No volvió antes. Elena se acercó, le puso la yema de los dedos en la mandíbula con una delicadeza que era a la vez una pregunta y una invitación, y la besó despacio. Un beso corto, con los labios apenas entreabiertos. Camila tardó un segundo en comprender lo que estaba haciendo su propio cuerpo cuando descubrió que le estaba devolviendo el beso.
La habitación estaba en penumbra. Elena la ayudó a desvestirse sin apresurarse, doblando cada prenda sobre la silla como si le concediera tiempo suficiente para arrepentirse. Camila no se arrepintió. Se tumbó en la cama y cerró los ojos cuando los labios de Elena comenzaron el descenso lento por el cuello, la clavícula, el costado de los pechos, el vientre. Cuando llegaron más abajo, Camila dejó escapar un sonido que no sabía que guardaba y se olvidó, por un rato, de todo lo demás. De las hijas en el instituto. Del marido en la oficina. De los años transcurridos en una cama conyugal donde ya nadie buscaba nada con esa urgencia.
Eso fue hace dieciséis meses.
***
Ahora caminaba por la calle con unos pantalones de lino beis y una camisa blanca bajo la que no llevaba nada. El sol de media mañana le calentaba los hombros. En su mente repetía, desde hacía media hora, las palabras que iba a decir en cuanto Elena abriera la puerta.
Un hombre de mediana edad la adelantó caminando deprisa. Una pareja joven salía de una panadería. Un mensajero frenó su bicicleta en la acera de enfrente. Nadie la miraba con ningún interés especial, y sin embargo Camila sentía que su cuerpo era demasiado evidente, que el pulso acelerado y la humedad que ya notaba entre los muslos tenían que ser de algún modo visibles para quien supiera mirar.
Hoy se lo digo. Hoy termina esto.
Lo había pensado antes, en versiones distintas. Lo había redactado mentalmente en el taxi de vuelta, con el olor de Elena todavía en la piel, convenciéndose de que aquello era un capricho, una anomalía, algo que una mujer adulta y sensata podía decidir dejar atrás. Pero el siguiente tercer jueves siempre llegaba, y con él la agenda marcada y los pies que la llevaban allí con una fidelidad que no tenía nada que ver con la razón.
Esta vez es diferente, se dijo. Esta vez lo digo en serio.
***
El segundo encuentro lo había organizado ella, aunque tardó tres semanas en atreverse a plantear lo que quería. Se lo dijo a Elena por teléfono, en voz baja desde el baño de su casa, con la ducha abierta como pretexto. Elena escuchó sin interrumpirla y, cuando terminó, le dijo simplemente que viniera como le había pedido y que dejara el resto en sus manos.
Camila llegó con el pelo en dos coletas altas, una falda de cuadros corta y un jersey de cuello redondo de color blanco. La noche anterior se lo había preparado todo frente al espejo del armario, ruborizada de su propio deseo, sin acabar de creerse que fuera ella quien estaba pensando en eso.
Se sentó en el borde de la cama y esperó. Olió el perfume de Elena antes de escuchar sus pasos. Luego notó su presencia a la espalda, el roce de los mechones rubios sobre la nuca, el aliento tibio junto al lóbulo de la oreja derecha.
—Tengo entendido —dijo Elena muy despacio, pronunciando cada sílaba con cuidado— que has estado teniendo pensamientos que no debías. Eso tiene consecuencias.
Camila mantuvo la vista clavada en el suelo.
—Lo siento —respondió con la voz casi inaudible—. No volverá a ocurrir.
—Claro que no. —Una pausa que duró lo suficiente—. Levántate, quítate la falda y túmbate boca abajo sobre mis piernas.
Obedeció. El corazón le latía en la base de la garganta mientras se ponía de pie, se desabrochaba la falda y la dejaba caer al suelo. Cruzó los pocos pasos que la separaban de Elena, que estaba sentada en el sillón con las piernas juntas, y se recostó sobre sus muslos con los brazos colgando a los lados. La posición era incómoda. Eso también formaba parte.
El primer golpe llegó sin aviso aunque lo estuviera esperando. Un chasquido seco sobre la nalga derecha que le arrancó un jadeo contenido. Luego otro, precedido por una caricia lenta que hacía que la piel ardiera de una manera diferente. Camila tenía los dientes apretados, los hombros en tensión, las yemas de los dedos hundiéndose en la moqueta. Sentía el peso firme de los muslos de Elena debajo de ella, la mano que alternaba la caricia y el golpe con una cadencia que ella no controlaba, y que precisamente por eso la vaciaba de todo pensamiento excepto ese cuarto, esa voz, ese momento.
Cuando Elena la incorporó y le apartó el pelo de la cara, Camila tenía los ojos húmedos y las mejillas encendidas. Elena la estudió un instante, buscando algo.
—¿Bien? —preguntó en voz baja.
—Bien —contestó Camila. Y era verdad.
Elena la besó con una lentitud que se parecía mucho a la ternura, o quizás era exactamente eso, y luego le susurró algo al oído que Camila no había podido olvidar en todos los meses siguientes.
***
El portal tenía un árbol de hoja perenne en un tiesto de cerámica junto a la puerta, siempre igual, siempre verde. Camila lo reconoció desde la acera y pensó, no por primera vez, que ese árbol era parte de su vida de una manera que no se había propuesto. Marcó el código, empujó la puerta y subió en el ascensor.
El espejo del ascensor le devolvió su imagen: los pómulos altos, las primeras líneas finas junto a los ojos, el gesto serio de quien está a punto de decir algo difícil. Se pasó los dedos por el pelo. Cogió aire despacio y lo soltó.
En cuanto la vea. Directo, sin preámbulos. Elena, he venido a despedirme.
El ascensor se detuvo en el tercer piso. La chica que la acompañó hasta el dormitorio —una morena joven a quien conocía de vista— le sirvió una copa de cava sin preguntarle y cerró la puerta al salir. Camila se bebió la mitad de pie, frente al ventanal que daba a un patio interior donde una paloma caminaba por el alféizar.
Dejó la copa sobre la mesita. Volvió junto a la cama. Se sentó en la butaca y cruzó las piernas. Se levantó. Volvió a sentarse. Miró sus manos, que ya no temblaban como la primera vez pero que tampoco estaban del todo quietas.
Se levantó una vez más y se miró en el espejo del baño. Las patas de gallo junto a los ojos, que la acompañaban desde los treinta y nueve. La línea suave que cruzaba la frente. No estoy mal, pensó, y le sorprendió pensarlo sin el filtro habitual de la duda. Soy yo. Esto soy yo.
Volvió al dormitorio y se quedó de pie junto a la cama con los brazos cruzados. Aún vestida. Esperó.
Entonces se abrió la puerta.
Elena entró despacio, con la melena rubia recogida sobre un hombro y el cuerpo cubierto únicamente con un camisón corto de seda casi transparente. Los labios pintados de un rojo oscuro. Los pies descalzos sobre el suelo de madera. Cruzó la habitación sin apartar los ojos de ella, con esa calma que Camila siempre había percibido como una forma de poder. Cuando llegó a su altura, le puso la palma de la mano en la mejilla y la miró con atención, como se lee algo que importa.
Camila abrió la boca.
Las palabras que había ensayado durante todo el camino —la despedida razonada, amable pero firme, con la explicación de que era lo correcto para las dos— no salieron. Se habían disuelto en algún punto entre la intención y el momento en que los ojos grises de Elena se posaron sobre los suyos.
Lo que salió en cambio fue otra cosa. Le agarró la nuca con ambas manos y la besó con una urgencia que no tenía nada de controlada. Elena respondió sin sorpresa, como si lo supiera de antemano, como si hubiera esperado exactamente eso y no otra cosa.
Cuando por fin se separaron para respirar, Elena apoyó su frente contra la de ella. Estuvo así unos segundos, sin hablar, respirando cerca, los labios a centímetros de los suyos.
—Hoy —dijo por fin en voz muy baja— no follaremos.
Camila escuchó esas palabras como se escucha algo que ya se ha soñado antes.
—Hoy —continuó Elena— te haré el amor.
La fue desnudando con paciencia, desabrochando cada botón sin apresurarse, dejando caer la ropa al suelo pieza a pieza como se deshace un nudo que ha estado demasiado tiempo apretado. Camila se dejó hacer con los ojos cerrados. Sintió las manos de Elena recorriéndole los hombros, las costillas, las caderas, con una atención que no era mecánica sino genuina, y esa diferencia —sutil, difícil de nombrar— era precisamente lo que Camila no había encontrado en ningún otro lado.
No pensó en nada de lo que tenía pendiente. No pensó en el almuerzo sin preparar ni en la reunión del colegio de la semana siguiente ni en los años por delante tomando decisiones razonables y viviendo una vida que era buena pero que no era suficiente.
Solo pensó que el pelo de Elena olía igual que siempre, y que eso, de alguna manera que no sabía nombrar, era lo más parecido a estar en el sitio correcto que había sentido en mucho tiempo.
Se tumbaron juntas. Elena le apartó el pelo de la cara, la miró sin decir nada, y luego se inclinó sobre ella con la misma lentitud que la primera vez, cuando Camila todavía no sabía lo que iba a descubrir sobre sí misma.
Fuera, la ciudad seguía igual de indiferente. El sol había cruzado el mediodía. Las hijas en clase. El marido en su despacho.
Y ella, abrazada a Elena como alguien que ha dejado de luchar contra algo que siempre iba a ganar, era exactamente quien quería ser durante el tiempo que aquello durase.