Le confesé que quería que me dominara
Hay cosas de mí que la gente que me conoce no sabe. Tengo veintiséis años, trabajo en diseño gráfico, salgo a correr los sábados por la mañana y cocino bien. En las reuniones soy tranquila, puntual, responsable. La chica que no da sorpresas.
Lo que nadie había sabido hasta esa noche es que desde que tengo memoria fantaseo con que me manden. No de forma vaga ni romántica. Con que alguien tome el control de todo, que me diga qué hacer y cómo hacerlo, que la decisión no sea mía. Hay algo en la entrega total, en decir sí antes de pensar, que me resulta más erótico que cualquier otra cosa que haya imaginado.
Rodrigo lo descubrió un jueves de febrero.
Llevábamos año y medio siendo amigos, primero a través del mismo grupo, después por nuestra cuenta. Él tenía treinta y ocho años. Alto, hombros anchos, voz que no necesitaba volumen para que la gente prestara atención. Cuando hablaba, pausaba las frases en los lugares exactos. Cuando me miraba de frente, tenía esa forma de estar en silencio que hacía que yo quisiera hablar solo para llenar el espacio.
Le propuse pasar el jueves con vino y una película en mi departamento. Eso era lo que dije. Lo que no dije era que llevaba semanas preparándome para contarle algo que no le había contado a nadie.
Me vestí con cuidado. Dudé entre el vestido negro entallado y algo más cómodo, y elegí el vestido. Sin sujetador. Unas medias de red y botines de tacón bajo que tenía sin estrenar. Me quedé frente al espejo más tiempo del necesario y decidí que no había vuelta atrás.
Rodrigo llegó puntual. Cuando abrí la puerta, sus ojos bajaron un momento por mi cuerpo antes de encontrar los míos. Esa pausa fue lo suficientemente larga como para saber que era intencional.
—Estás diferente esta noche —dijo, pasando adentro con una botella de tinto en la mano.
—¿En qué sentido?
—Ya lo sabes —respondió sin girarse.
***
Pusimos la película. Me senté en el extremo del sofá con las piernas cruzadas y él se acomodó en el centro. Cerca, pero no tanto. Bebimos la primera copa con la pantalla de fondo y ninguno de los dos le prestaba atención a lo que pasaba en ella.
A la mitad de la segunda copa empecé a prepararme para decirlo.
Pensar en las palabras era fácil. Decirlas en voz alta, a alguien real, a alguien que me conocía, era distinto. Llevaba esos pensamientos guardados desde hacía tanto tiempo que sacarlos al exterior me producía algo parecido al vértigo.
En el momento en que la botella ya estaba casi vacía, lo hice.
—¿Puedo decirte algo que no le he dicho a nadie?
Rodrigo apagó el volumen del televisor y se giró hacia mí.
—Dime.
Me quedé mirando el fondo de mi copa un momento antes de levantar la vista.
—Fantaseo con ser dominada. No solo en el sentido físico. Con obedecer de verdad, con que alguien tome el control de todo y yo solo siga instrucciones. Llevo años pensando en esto y nunca había sabido a quién decírselo. —Hice una pausa—. Ahora lo sé.
El silencio que siguió fue tan largo que sentí que me había equivocado de persona, de noche, de todo. Luego Rodrigo dejó su copa en la mesita.
—Cuéntame más —dijo.
No era lo que esperaba. Esperaba incomodidad, una broma para aligerar la tensión, o entusiasmo mal disimulado. No esa calma.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Qué quieres exactamente. Con detalle.
Tragué saliva y lo dije. Que quería que me mandara. Que me dijera cómo ponerme, qué hacer. Que tomara decisiones que yo normalmente no cedía a nadie. Que la autoridad viniera de afuera, no de adentro. Lo dije sin pausas, mirándome las manos, y cuando terminé levanté la vista.
Me miraba sin apartar los ojos. Cuando terminé, asintió.
—Eso requiere confianza concreta —dijo—. Saber que cuando algo no funciona, lo vas a decir, y que yo voy a parar sin cuestionarlo ni un segundo.
—Lo sé.
—¿Y confías en mí así?
—Sí —respondí—. Por eso te lo digo a ti y no a otro.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Siguió mirándome con esa concentración que hacía que yo sintiera que leía algo escrito detrás de mis ojos.
—Establece una palabra —dijo—. La que significa que todo para.
Pensé un segundo.
—Invierno.
—Invierno —repitió—. Si dices esa palabra, paro inmediatamente. En cualquier momento, sin preguntas. Mientras no la digas, yo decido. ¿Entendido?
—Entendido —dije. Me salió más bajo de lo que pretendía.
Tomó mi copa y la dejó junto a la suya en la mesita sin apartar los ojos de mí.
—Ponte de pie.
***
Me puse de pie frente al sofá. Él se quedó sentado, mirándome desde abajo. Esa diferencia de perspectiva, yo de pie y él sentado eligiendo observarme, tenía algo que me resultaba más íntimo que cualquier contacto físico que hubiera tenido antes.
—Quítate el vestido.
El calor me subió por la garganta. Alcancé el cierre lateral y lo bajé despacio. El vestido cayó al suelo. Me quedé en las medias de red y la ropa interior que había elegido esa tarde: un conjunto negro de encaje fino que se transparentaba en los bordes.
Rodrigo me miró sin apresurarse. Examinando, sin disimulo, sin la incomodidad que la gente fingía para parecer educada.
—Date la vuelta. Despacio.
Di un giro lento y me detuve cuando me lo ordenó. Me quedé de espaldas a él. Escuché cómo se ponía de pie. Sus manos llegaron a mis hombros primero, luego descendieron por mis costados con calma. Me desabrochó el corpiño sin prisa y lo dejó caer. Pasó ambas manos hacia adelante y tomó el peso de mis pechos un momento, apretando apenas.
—Inclínate. Manos en el respaldo.
Me incliné, apoyando las palmas en el respaldo del sofá.
Su mano abierta recorrió mi espalda hasta la cadera. Una caricia larga y deliberada que terminó cuando levantó la mano y la trajo de vuelta con decisión. No fue suave, pero tampoco fue sin control. Fue exactamente lo suficiente para que yo entendiera que la conversación había terminado y que esto era algo completamente distinto.
Hice un sonido involuntario.
—Quieta —dijo.
Lo hizo varias veces más, alternando con caricias que no anticipaba, cambiando el ritmo cada vez que yo empezaba a acostumbrarme. Para cuando me tomó de la mano y me llevó al dormitorio, ya no pensaba en palabras. Solo en lo que sentía y en lo que iba a seguir.
***
Me tumbó boca arriba sobre la cama y se quedó de pie mirándome. La poca luz que entraba por la persiana le iluminaba la mitad de la cara. Así, de pie sobre mí con esa calma que nunca perdía, era exactamente lo que había estado imaginando durante años.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—¿Quieres continuar?
—Sí.
Se desnudó sin apartar los ojos de mí. Cuando se acostó a mi lado, su mano recorrió mi cuerpo desde el cuello hasta la cadera, estudiando. Cuando llegó a mis pechos se detuvo. Los tomó con cuidado al principio, luego con más presión, leyendo cada reacción antes de seguir.
Bajó la boca. Primero el cuello, después la clavícula, después más abajo. Cuando llegó a mis pezones alternó entre la lengua y la presión de los dientes de una forma que me hacía tensar la espalda de manera involuntaria, incapaz de controlar el gesto.
—No te muevas —ordenó contra mi piel.
Lo intenté. No lo logré del todo.
Rodrigo levantó la cabeza y me miró con paciencia.
—¿Qué te dije?
—Que no me moviera.
—¿Y qué hiciste?
—Moverme —admití.
Tomó mis muñecas y las sujetó contra el colchón por encima de mi cabeza con una sola mano. La otra siguió recorriendo mi cuerpo, tomándose su tiempo, sin nada de la urgencia que yo sentía por dentro.
Eso era lo que más me afectaba de él. La calma. No había prisa. Solo atención total.
Cuando bajó la mano entre mis piernas, lo hizo gradualmente. Empezó por encima de la ropa interior, presionando con los dedos, observando. Cuando la tela ya estaba empapada, la corrió a un lado e introdujo dos dedos despacio, doblándolos hacia adelante con precisión. Cambió el ritmo varias veces hasta que yo dejé de intentar anticiparme y simplemente estuve en lo que sentía.
Para cuando me preguntó qué quería, lo dije sin rodeos y con las palabras más directas que tenía. Eso también era parte del acuerdo, aunque no lo hubiéramos enunciado: la entrega incluía decir las cosas sin esconderlas detrás de medias palabras.
—¿Así? —preguntó.
—Más —respondí.
—¿Más qué?
Tuve que decirlo con todas las letras. Lo dije.
***
Cuando me penetró, lo hizo despacio, dándome tiempo. Una mano en mi cadera, la otra sujetando mis muñecas contra el colchón. Marcó el ritmo él solo desde el principio y cada vez que yo intenté modificarlo me lo impidió con las manos o con una sola palabra.
—Yo decido el ritmo.
El efecto de esa frase fue inmediato y completamente desproporcionado respecto a su simpleza.
Me puso boca abajo y continuó. Una mano en mi nuca, sin presionar, pero sin soltarme tampoco. La otra en mi cadera, controlando cada movimiento. Habló poco durante esta parte, solo lo necesario: mi nombre cuando quería que lo mirara sobre el hombro, una orden breve cuando quería que cambiara de posición, mi nombre otra vez en un tono diferente, más bajo, cuando estaba cerca de terminar.
Me corrí con la cara enterrada en la almohada, con un ruido que no reconocí como mío hasta que ya había salido. Rodrigo siguió moviéndose a través de eso, más despacio, dejando que durara. Para cuando se detuvo yo tenía las piernas temblando y no sabía exactamente cuánto tiempo había pasado.
Me preguntó si podía terminar dentro. Le dije que sí.
***
Nos quedamos en silencio durante un rato que no supe medir. Él se tumbó de espaldas y yo me acomodé contra su costado. Afuera llovía. Ese sonido de fondo que hace que el interior parezca más quieto, más separado del resto.
—¿Cómo estás? —preguntó eventualmente.
—Bien —dije.
Era la primera vez en bastante tiempo que esa palabra significaba exactamente lo que decía.
Me pasó una mano por el cabello, sin hablar durante un minuto más. Luego:
—Lo que me dijiste antes, que llevabas años pensando en esto. ¿Por qué no lo habías dicho antes?
Tardé en responder.
—Porque hay cosas que cuando las dices en voz alta dejan de ser solo tuyas. Y no sabía qué hacer si la reacción era la equivocada.
—¿Cuál sería la reacción equivocada?
—Entusiasmo sin entender lo que significa —dije—. O lo contrario: tratarlo como si fuera algo raro que hay que manejar con cuidado.
Rodrigo asintió despacio.
—Ninguna de las dos —dijo simplemente.
Me quedé un rato mirando el techo, escuchando la lluvia afuera.
—¿Esto fue lo que imaginabas? —preguntó.
Pensé en los años de fantasías sin forma concreta, en las veces que había intentado explicarme a mí misma lo que quería sin encontrar las palabras, en la diferencia entre imaginar algo en abstracto y que ese algo ocurra de verdad con alguien que sabe lo que hace.
—Mejor —respondí.
Rodrigo se giró hacia mí y me observó un momento.
—Esto no funciona bien como algo que se hace una vez y se deja ahí —dijo—. Si seguimos, lo hacemos con tiempo. Entendiendo cómo funciona entre los dos específicamente.
—¿Eso es una propuesta?
—Es una condición —respondió.
Sonreí contra su hombro.
Esa noche no dormí casi nada. Pero no por la clase de insomnio al que estaba acostumbrada, ese ruido de fondo que me acompañaba desde hacía años y que nunca terminaba de irse. Fue diferente. Era la primera noche en mucho tiempo que me quedé despierta por algo que quería seguir pensando, no por algo que quería evitar.
A las cuatro de la mañana, con la lluvia todavía afuera y el cuerpo de Rodrigo todavía caliente a mi lado, entendí que lo que había estado buscando no era tan complicado.
Solo necesitaba decirlo en voz alta.