Esa noche decidí que mandaba yo en la cama
Era una de esas noches de junio en las que el calor se queda pegado a la piel aunque ya sea tarde. Mateo y yo volvíamos andando de una cena con amigos, despacio, con ese silencio cómplice que se instala cuando los dos sabemos perfectamente lo que va a pasar al llegar a casa. La charla, las risas y demasiado vino habían encendido algo en mí que llevaba toda la velada apretando los muslos para disimular.
Mientras subíamos la cuesta hacia nuestro portal, dejé que mi cadera chocara contra la suya a cada paso. No era casualidad y él lo sabía.
—Estás muy callada —dijo, con esa media sonrisa que conoce de sobra el efecto que tiene sobre mí.
—Estoy pensando —contesté.
—¿En qué?
—En todo lo que te voy a hacer cuando cierre la puerta.
Lo noté tragar saliva. Me apretó la mano un poco más fuerte y apuró el paso. Esta noche no voy a ser yo la que suplique, pensé.
***
En cuanto el cerrojo hizo clic, lo empujé contra la pared del recibidor. No le di tiempo a encender la luz. Lo besé con hambre, mordiéndole el labio inferior, mientras mis manos ya peleaban con los botones de su camisa. Él intentó tomar el control, llevar sus manos a mi cintura, y entonces se las aparté.
—No —le dije contra la boca—. Esta noche no tocas nada hasta que yo te lo diga.
Se quedó quieto. Sentí cómo su respiración se aceleraba solo con esas palabras. Llevábamos tiempo coqueteando con esto, con la idea de que yo llevara las riendas de verdad, pero nunca habíamos cruzado del todo la línea. Esa noche la íbamos a cruzar.
Lo guie a oscuras hasta el salón, con la mano abierta sobre su pecho, empujándolo hacia atrás paso a paso. Cuando sus piernas chocaron con el sofá, lo dejé caer de golpe sobre los cojines.
—Quítate todo —ordené—. Despacio. Quiero mirar.
Mateo obedeció. Se desabrochó el pantalón sin apartar los ojos de mí, y yo me quedé de pie frente a él, todavía vestida, disfrutando de la diferencia. Había algo embriagador en verlo desnudo y expuesto mientras yo seguía con el vestido puesto y los zapatos por estrenar. El poder no estaba en la ropa, pero la ropa lo dejaba clarísimo.
—Las manos detrás de la cabeza —dije.
—Carla... —empezó él, con la voz ronca.
—No he dicho que hablaras.
Se calló y obedeció. Cruzó las muñecas por detrás de la nuca y se reclinó, ofreciéndose. Su respiración subía y bajaba el pecho con rapidez. Me acerqué por fin, me quité el vestido por la cabeza con una lentitud calculada y me senté a horcajadas sobre él sin llegar a tocarlo donde más lo deseaba.
Lo rocé apenas, dejando que sintiera el calor sin darle nada concreto. Mateo apretó la mandíbula y movió las caderas buscándome.
—Quieto —susurré, posando un dedo sobre sus labios—. Si te mueves, paro.
Lo torturé así un buen rato. Me deslizaba sobre él, lo sentía duro contra mi piel, y cada vez que lo notaba a punto de perder la cabeza me apartaba un poco. Sus brazos temblaban del esfuerzo de mantenerlos donde le había ordenado. El sudor le brillaba en el cuello.
—Por favor —dijo al fin, y esa palabra me supo a victoria.
—¿Por favor qué?
—Por favor, déjame.
Me incliné hasta que mis labios rozaron su oído.
—Esta noche pides permiso para todo —murmuré—. Y todavía no te lo he dado.
***
Cuando por fin lo dejé entrar en mí, lo hice a mi ritmo, marcando yo cada movimiento, apoyando las manos en su pecho para mantenerlo clavado contra el sofá. Él intentaba acompañarme, empujar hacia arriba, y cada vez que lo hacía yo me detenía en seco hasta que volvía a quedarse quieto. Aprendió rápido. Aprendió que el placer le llegaba solo cuando se entregaba del todo.
—Así —jadeé—. Quieto y callado. Déjame usarte.
El gemido que se le escapó fue casi de derrota. Le encantaba. Lo veía en cómo se le cerraban los ojos, en cómo apretaba los puños detrás de la cabeza para no desobedecer. Me moví sobre él con más fuerza, persiguiendo mi propio placer sin pensar en el suyo, y esa sensación de tomar lo que quería me llevó al borde más rápido de lo que esperaba.
Me corrí apretándome contra él, con las uñas clavadas en su pecho, ahogando el grito en su cuello. Mateo aguantó, tenso, esperando una orden que no llegó. No le había dado permiso para terminar, y no lo iba a hacer todavía.
Me separé de él jadeando y me quedé sentada a su lado un momento, recuperando el aliento. Él me miraba con una mezcla de deseo y desconcierto, sin entender por qué me detenía justo cuando lo tenía al límite.
—No hemos terminado —le dije, levantándome—. Ni de lejos.
***
Fui hasta el dormitorio y abrí el cajón de abajo de la cómoda, donde guardábamos las cosas que solo sacábamos en ocasiones especiales. Cogí el arnés con el consolador que habíamos comprado hacía meses y que apenas habíamos estrenado por pura vergüenza. Esa noche la vergüenza no tenía sitio.
Cuando volví al salón con el juguete en la mano, Mateo abrió los ojos como platos.
—¿Vas a...? —no terminó la pregunta.
—Sí —respondí, ajustándome las correas alrededor de las caderas con una calma que lo ponía más nervioso aún—. Voy a hacerte exactamente lo que tú me has hecho tantas veces. Y vas a aguantar todo lo que yo decida.
Lo vi dudar. Era un terreno nuevo para los dos, y por un instante pensé que diría que no. Pero entonces asintió despacio, y esa rendición silenciosa me gustó tanto como cualquier palabra.
—Date la vuelta —ordené—. De rodillas en el sofá, el pecho hacia abajo.
Obedeció. Se colocó como le había dicho, con la frente apoyada en el respaldo y la espalda arqueada. Verlo así, entregado y expuesto, me provocó una oleada de deseo que no esperaba. Tomé el lubricante de la mesa, me serví una buena cantidad y empecé despacio, con los dedos primero, dándole tiempo a acostumbrarse.
—Respira —le dije, pasando la mano libre por su espalda—. Relájate. Confía en mí.
Sentí cómo se tensaba al principio y cómo, poco a poco, dejaba de luchar contra la sensación. Cuando lo noté listo, me coloqué detrás de él y empujé con cuidado, atenta a cada reacción suya.
—Despacio... —pidió entre dientes.
—Despacio voy —contesté—. Avísame si quieres que pare.
No quiso que parara. Empujé un poco más y entré del todo, y el gemido grave que soltó no era de dolor sino de algo mucho más complicado. Me quedé quieta un momento, dándole espacio, con las manos firmes sobre sus caderas.
—¿Bien? —pregunté.
—Bien —respondió con la voz quebrada—. Sigue.
***
Empecé a moverme con embestidas lentas y profundas, controlando yo el ritmo igual que había controlado todo lo demás esa noche. Al principio Mateo se mantenía rígido, concentrado en aguantar, pero a medida que avanzaba lo sentí soltarse. Su respiración se volvió un jadeo continuo. Empezó a empujar él hacia atrás, buscándome, pidiendo más sin necesidad de decirlo.
—Eso es —murmuré, clavándole los dedos en la cadera—. Ahora sabes lo que se siente.
—Joder, Carla... —gimió, y ya no había ni rastro de duda en su voz.
Aceleré. Lo follé con más fuerza, disfrutando del control absoluto, del sonido de su placer llenando el salón, de tenerlo completamente a mi merced. Cada embestida le arrancaba un gemido más alto, y verlo deshacerse así, él que siempre llevaba la iniciativa, era lo más excitante que había vivido nunca.
Llevé una mano por debajo de su cuerpo y lo rodeé, marcándole el ritmo también ahí, sincronizando todo, sin dejar de embestir.
—¿Puedo...? —jadeó, y entendí que por fin estaba pidiendo permiso para correrse.
Lo hice esperar un par de segundos más, solo por el placer de hacerlo.
—Ahora —concedí.
Se corrió con un grito ahogado contra el respaldo del sofá, todo su cuerpo sacudiéndose bajo mis manos. Lo acompañé hasta el final, sin soltarlo, hasta que se quedó tembloroso y flojo, apoyado en los cojines.
***
Me retiré con cuidado y me quité el arnés. Mateo se dejó caer de lado en el sofá, jadeando, con una sonrisa idiota y satisfecha en la cara. Me tumbé a su lado y le aparté un mechón de pelo húmedo de la frente.
—¿Estás bien? —pregunté, ya sin el tono de orden, otra vez solo yo.
—Estoy... —se rio sin aliento— jodidamente increíble. No sabía que podía ser así.
—¿Te ha gustado que mandara yo?
—Me ha encantado —admitió, girándose para mirarme—. Y creo que vamos a tener que repetirlo.
Le di un beso lento, distinto a los de antes, sin prisa ni control, solo cariño. Luego nos quedamos un rato abrazados en el sofá, recuperando el aliento, con la piel todavía caliente y pegajosa.
—Vamos a la ducha —dije al fin, levantándome y tirando de su mano.
Bajo el agua caliente, mientras le enjabonaba la espalda, no pude evitar sentirme orgullosa de mí misma. Habíamos derribado una barrera que llevábamos meses rondando sin atrevernos, y los dos habíamos salido del otro lado deseando más.
—Te quiero —susurré, abrazándolo por la espalda bajo el chorro.
—Yo también —respondió, cubriendo mis manos con las suyas—. Y ya estoy pensando en lo próximo que se te ocurra.
Sonreí contra su hombro. Ideas, desde luego, no me iban a faltar.