Sus pies me sometieron en el último vagón del metro
Mi problema podría parecer una tontería, pero les aseguro que no lo es. Vaya donde vaya, me encuentro con la horma de mi zapato, y eso no me lo quita nadie. En invierno respiro un poco: la gente se cubre los pies y el suplicio se vuelve soportable. Pero imagínense lo que es subir al metro un día cualquiera de julio, o caminar por una avenida cuando todo el mundo va en sandalias.
Chancletas, alpargatas, tacones con la puntera abierta, dedos al aire por todas partes y a todas horas. Para unos ojos como los míos, es una tortura constante. ¿Se imaginan no poder pisar la playa con tranquilidad? No les hablo ya de una piscina. Terrible. No se lo deseo a nadie.
También debo reconocer que lo llevo bastante disimulado. Nadie nota que no puedo apartar la mirada de los pies que tengo enfrente, porque finjo siempre tener la vista perdida en el suelo. Pero no es así. Analizo el empeine, cada dedo, cada uña, hasta las durezas del talón. No se me escapa un detalle.
Intento, no siempre con éxito, no imaginar esos deditos —rechonchos en unos casos, finos y huesudos en otros— deslizándose entre mis labios, a merced de mi lengua. Recorrería cada recoveco si me dejaran. Pequeños mordiscos, jadeos contenidos. Cuando tengo un pie en la boca no jadeo: bramo, disfruto como un animal. Por suerte, rara vez una mujer advierte el efecto que sus pies provocan en mí. Aunque alguna vez, cuando dejé volar demasiado la imaginación, me sorprendieron tratando de disimular lo evidente bajo el pantalón.
***
Hace no mucho viajaba en la línea que cruza la ciudad de punta a punta, con la mirada clavada en el suelo, frente a unos pies preciosos. Lucían una pedicura francesa de un blanco impecable que resaltaba el bronceado de la chica sentada enfrente. Me había perdido en ellos cuando, de pronto, otro par de pies vino a cruzarse a escasos centímetros de los primeros, el uno sobre el otro.
No levanté la vista. No me interesaba lo más mínimo el aspecto de aquella otra mujer. Pero no pude evitar la comparación. Se notaba que eran de alguien de más edad, y no estaban tan cuidados; de hecho, no llevaban esmalte. Eran mucho más grandes —calzaría un cuarenta y uno, por lo menos— y los tobillos prometían unas piernas largas y firmes.
Los dedos de aquellos pies eran los más largos que había visto en mi vida. Y las uñas, desnudas, sin una gota de laca, habrían avergonzado a cualquiera. A ella, desde luego, no. La pedicura francesa sobre la piel morena quedó eclipsada de golpe.
Cuando por fin reuní el valor para mirar a su dueña, en mi cabeza ya había lamido cada milímetro de aquellas dos maravillas, y mi pantalón de lino levantaba una carpa de circo. Suelo tener cuidado con esas cosas. Pero esos pies eran algo fuera de lo común, y no quise dejar pasar la ocasión de disfrutarlos, aunque solo fuera con la imaginación.
Ella me estaba esperando.
En cuanto nuestras miradas se cruzaron, con sus ojos fijos en los míos, me dejó claro al instante que sabía perfectamente lo que me rondaba la cabeza. Su mirada era lasciva, sucia, arrogante. Dominante. Diría que casi agresiva. Te voy a meter el pie en la boca, quieras o no. Eso me decía sin abrir los labios.
Mi respuesta gestual debió ser igual de transparente. Porque cuando se le antojó dejar caer la sandalia y estirar la pierna hasta rozarme la espinilla con descaro, lo hizo sin titubear, sin dejar de mirarme, mordiéndose el labio inferior y soltando un ronroneo tan bajo que solo lo escuchó la chica del móvil que tenía al lado, que nos observó con estupefacción.
Aquel pie enorme empezó a recorrer mi pierna sin el menor disimulo. La de la pedicura francesa pidió permiso para salir y se marchó, poniendo fin sin saberlo a la caricia que me estaba volviendo loco.
Quedamos solos, frente a frente, en esa zona del vagón con seis asientos libres alrededor. Había gente delante y detrás, pero junto a nosotros no se sentó nadie. Su mirada seguía siendo la misma: me doblegaba sin decir ni hacer nada.
No retomó la caricia de inmediato. Mantuvo el pie descalzo balanceándose sobre el otro y esperó a que mis ojos le suplicaran que volviera a empezar. No lo hizo. En cambio, cruzó una pierna sobre la otra, llevó el pie derecho a la altura del muslo y se entretuvo acariciándolo, pasando los dedos de la mano entre los del pie, gozando abiertamente de la excitación que veía en mí.
Yo intentaba mirar con indiferencia. Era imposible. Escuché la voz impersonal del altavoz anunciando mi estación y, un minuto después, vi por el rabillo del ojo cómo el andén quedaba atrás. Iré a donde quiera esta mujer.
***
Ayudándose con la mano, se llevó aquel pie magnífico hasta la nariz y aspiró con fuerza. Exhaló con un suspiro de placer y estiró la pierna hasta dejar los dedos a un palmo de mi cara, invitándome a olerlos también.
Tomé el pie con las dos manos y hundí la nariz en él. Aspiré hondo y gimoteé, casi al borde del llanto. Entonces oí su voz por primera vez. Firme. Serena.
—Abre la boca —dijo, sin alzar el tono.
Así lo hice.
Me incliné un poco para no llamar la atención y me entregué. Pasé la lengua por cada pliegue, succionando, chupando, lamiendo entre sollozos leves, completamente extasiado, fuera de mí. El sabor a sudor y a calle me embriagaba más que cualquier perfume.
La siguiente parada nos trajo compañía. Un grupo de cuatro chicos, algo bebidos, ocuparon los asientos del otro lado del pasillo. Ya no estábamos solos. Me detuve en seco. Pero aquel pie seguía frente a mí, desafiante. No lo bajó al saberse acompañado. Al contrario: separó los dedos delante de mis ojos, recordándome que mi lengua debía seguir su trabajo.
Muerto de vergüenza, sin atreverme a mirar al costado, volví a abrir la boca. Y ella continuó. Se hizo el silencio. Solo se oía mi respiración pesada mientras me hundía de nuevo en la lujuria. Lamí aquel pie de extremo a extremo, del talón a las uñas, hasta que lo bajó y lo apoyó en mi entrepierna, subiendo el otro a ocupar su lugar.
Volví a olerlo con devoción antes de chuparlo. A nuestro lado empezaron los cuchicheos y las risas mal contenidas. No quise mirar. Sabía que se reían de mí. Y no es que no me importara: es que no podía dejar de lamer.
Seguí a lo mío, respirando con dificultad, mientras notaba el pie recién lamido apretando mi erección. Aquella mujer descarada me frotaba con un pie a la vez que separaba los dedos del otro para que yo deslizara la lengua entre ellos.
Así estuvimos hasta la parada siguiente. Los chicos ya no disimulaban: se burlaban abiertamente. No me importó. Estaba demasiado ido como para preocuparme por ellos. Si a mi diosa no le molestaba, a mí tampoco.
***
Aquel pie que tenía entre las piernas sabía moverse. No era la primera vez que acariciaba a un hombre así, de eso no me cupo la menor duda. Lo frotaba de la base a la punta, con fuerza y con delicadeza, mientras me ordenaba, allí, delante de todos:
—Separa bien los labios. Quiero el pie entero dentro.
Obedecí. Claro que obedecí, sin dejar de mover la lengua. Empujó hasta el fondo de mi boca al tiempo que intensificaba el roce de la entrepierna. Cuando, poco después, me sobrevino el orgasmo, jadeé ahogado, completamente fuera de mí, incapaz de soltar aquel pie maldito que me hacía perder el juicio.
Las risas se convirtieron en carcajadas mientras mi musa devolvía cada pie a su sandalia, se levantaba y se dirigía a la puerta, dejándome a merced de las burlas, con el pantalón manchado y la saliva brillando en la barbilla.
Se apeó sin mediar palabra en la estación siguiente, llevándose consigo aquellos pies tan relucientes como mi mentón. La seguí con la mirada, sin que me importara ya nada de lo que escuchaba a mi alrededor.
Me quedé a solas con el cuarteto de las risitas. Miré las puertas. Aún no se habían cerrado. Tenía tiempo. Si saltaba del asiento, podía bajar, terminar con la humillación y reencontrarme con ella. Pero me quedé paralizado, incapaz de moverme.
***
Bajé en la parada siguiente y cambié de andén para regresar a mi destino, que había quedado atrás hacía rato. Al pasar por la estación donde ella se había apeado, busqué su figura entre la gente con una desesperación ingenua. Fue en vano.
Nunca volví a verla.
Ahora, en mis ratos libres, recorro ese tramo del trayecto en una dirección y en la otra, con la esperanza de cruzármela de nuevo y ponerme a sus pies, en el sentido más literal de la expresión. Todavía no he dado con ella, pero no pierdo la fe.
La amo. Sé que tarde o temprano la encontraré y volveré a lamer aquellos dedos largos, coronados por uñas magníficas y sin esmalte. Puede que no sea esta semana, ni este mes. Pero daré con ella. Y seré feliz para siempre, siendo su esclavo, sometiéndome a su voluntad, adorándola y besando sus enormes, deliciosos, maravillosos pies.
Algún día la encontraré.