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Relatos Ardientes

La bailarina que sometía a cada hombre del campus

En el campus privado de Verlent, un complejo que parecía más un club exclusivo que una universidad, con piscina climatizada, gimnasio y aulas de tecnología propias, estudiaba Nadia. Una chica de cabello oscuro, menuda, de muslos firmes y un culo que delataba años de danza. Tenía cara de ángel y una sonrisa que desarmaba a cualquiera. Lo que casi nadie sabía era su afición secreta: disfrutaba haciendo caer a los hombres más creídos, golpeándolos justo donde más les dolía el orgullo.

Sus dos amigas inseparables, Bianca e Iris, eran iguales de letales. Más altas que ella, una pelirroja y la otra rubia, populares, deseadas y siempre con un «no» en los labios para los chicos que se les acercaban. Juntas eran un problema andante para cualquier presumido del campus.

¿Cuándo había empezado todo? Nadia recordaba una conversación con su madre, años atrás, cuando esta le contó entre risas que aquello que hacía fuertes a los hombres era también su mayor debilidad. La idea se le quedó grabada. Lo confirmó por primera vez con Darío, un compañero de su primer año en la facultad.

Estaban en el baño de una fiesta del campus. Ella le había mostrado la ropa interior después de tanta insistencia y él, ansioso, se bajó los pantalones sin pensarlo. Lo que vio no la impresionó en absoluto; fingió interés mientras él se tocaba contra la pared, con los ojos cerrados.

—Joder, Nadia, estoy a punto… —jadeó, levantando la barbilla.

Ella esbozó una sonrisa traviesa. Pobre iluso. Justo cuando lo notó al borde, levantó la rodilla con fuerza. El grito de Darío quedó ahogado por la palma que ella le clavó en la boca.

Sintió un placer extraño al notar cómo el cuerpo del chico primero se tensaba y luego temblaba contra ella. Lo dejó apoyado en los azulejos, doblado sobre sí mismo.

—¿Y con esto os creéis los reyes del mundo? —preguntó, coqueta, antes de recoger su bolso—. Esperaba bastante más de ti, Darío. Hemos terminado.

Salió de aquel baño como si nada. Esa misma semana empezó a leer sobre ballbusting, sobre la gente que disfrutaba del dolor y del control. Le sorprendió descubrir cuántos hombres pagaban por exactamente lo que ella regalaba gratis.

***

El campus le sentó como un guante. En cuestión de días ya era popular, y al mismo tiempo había confirmado su teoría: la mayoría de los chicos eran unos babosos. En Bianca e Iris encontró cómplices perfectas, lealtad absoluta y un gusto compartido por la travesura.

El primero en pagar fue Marcos, un pervertido que se dedicaba a fotografiar a las chicas a escondidas en el vestuario. Nadia decidió darle una lección que no olvidaría. Lo citaron en el aula de tecnología, vacía a esa hora. Iris, sin perder un segundo, se desabrochó la blusa y dejó sus pechos al aire. Marcos prácticamente babeaba.

Todos sois iguales, pensó Nadia mientras lo miraba caer en la trampa.

Entre las tres le ataron las manos a la espalda y le cubrieron los ojos. Él se rio, nervioso pero excitado.

—Tranquilo —ronroneó Nadia, bajándole el pantalón—. Vas a tirarte a una de nosotras. Solo tienes que adivinar a cuál.

—A ver con cuál de estas zorritas me estreno —se envalentonó él, sacando pecho.

Lo guiaron hasta uno de los tornillos de banco que se usaban para sujetar las piezas en clase. Cuando lo tuvieron en posición, en lugar de lo que esperaba, las dos mordazas de metal se cerraron despacio sobre él. El grito que iba a soltar quedó cortado por la mano de Bianca.

—¿De verdad creías que ibas a poder con alguna de nosotras? —le quitó la venda de golpe. Marcos se quedó blanco al verse atrapado.

Nadia, apartada, se abanicaba con la mano. Hacía calor, y la escena le gustaba demasiado. Sin disimular, deslizó los dedos por debajo de su falda mientras Iris y Bianca le mostraban al chico sendos martillos de taller.

—Vamos a poner esa actitud en su sitio, ¿de acuerdo? —Iris alzó el martillo por encima de la cabeza.

Marcos forcejeó, sollozando, pero cuanto más se movía, peor.

—No llores —le susurró Bianca, besándole la mejilla—. Te va a venir bien aprender un poco de humildad.

A la señal de Nadia, las dos descargaron el martillo con todas sus fuerzas… contra la mesa de metal. El estruendo retumbó. Marcos chilló, se desmayó y, de paso, se meó encima.

—Vaya, eso no lo esperaba —Nadia llegó al orgasmo casi sin tocarse, y se limpió la mano con calma.

—¿Qué hacemos con él? —preguntó Iris.

—Dejadlo ahí —respondió, encogiéndose de hombros antes de salir.

Marcos no contó nada. Lo encontraron unos compañeros que tampoco dijeron una palabra, para no avergonzarlo aún más.

***

La piscina climatizada era el lugar favorito de todo el mundo, sobre todo de los chicos, que iban a babear con las chicas en bañador. Nadia siempre llamaba la atención. Recordaba a Leo, el típico alto, musculoso y presumido, ídolo de medio campus. Un día, aprovechando que el agua estaba especialmente fría, fingió resbalar y se sujetó del bañador del chico, bajándoselo de un tirón delante de todas sus amigas.

El espectáculo fue inolvidable. Las chicas estallaron en carcajadas, y cuando Leo bajó la mirada, antes de poder cubrirse, Iris le clavó la rodilla con fuerza. Hasta las dos monitoras de natación tuvieron que acudir, mordiéndose los labios para no reírse de la escena.

Pero la broma favorita de Nadia llegó otro día. Con sus amigas se colaron en los vestuarios masculinos. El reglamento del campus obligaba a marcar cada prenda con nombre y apellido del propietario, así que sabían perfectamente de quién era cada cosa. Eligieron la ropa interior de los que habían soltado comentarios sobre sus cuerpos o las habían llamado cualquier cosa.

Vaciaron un bote de pegamento de contacto dentro de cada bóxer y se retiraron a esperar el resultado en el pasillo, comiendo chucherías como si nada.

El desfile hacia la enfermería fue digno de ver. Chicos caminando rígidos, con lágrimas en los ojos, escoltados por profesores. Nadia y sus amigas se asomaron tapándose la boca. Separar la tela costó lo suyo, y al final hubo que afeitar a unos cuantos para liberarlos.

—Al menos ahora todos están bien depilados —susurró Nadia, y las tres tuvieron que salir corriendo para que no las descubrieran.

***

La directora del campus, Renata, sospechaba desde hacía tiempo que Nadia estaba detrás de cada incidente. Pero sin pruebas, tenía las manos atadas. Hasta que ocurrió lo de su propio hijo.

Damián era estudiante también, y un día tuvo la mala idea de encarar a Nadia. Había oído a su madre quejarse por teléfono de los problemas que le estaban dando aquellos «accidentes», y quiso defender su honor. No contaba con lo lejos que estaban dispuestas a llegar las tres.

Lo atraparon en un aula apartada. Desnudo, con las manos atadas a la espalda y de rodillas, sujeto por Iris y Bianca, Damián sudaba mientras Nadia, frente a él, hacía estiramientos de bailarina con una sonrisa cruel.

—Bien —dijo ella, flexionando la pierna—. Vamos a ver de qué estás hecho.

—¡No, por favor! —pero le colocaron la mordaza antes de que terminara la frase. Siempre llevaban una encima.

—Vamos, Nadia, dale tu mejor golpe —la animó Iris, sujetando con firmeza al chico aterrado.

Nadia tomó impulso. El golpe fue tan certero que sus dos amigas se llevaron la mano a la entrepierna por puro reflejo, agradeciendo no tener nada ahí. Damián se dobló, vomitó al quitarle la mordaza y acabó desmayado en el suelo.

Esa vez se les fue la mano. Cuando lo atendieron, la noticia fue grave de verdad. A Renata le hirvió la sangre.

***

La directora la citó en su propia casa, decidida a darle la lección de su vida. Nadia acudió sin pestañear, sabiendo perfectamente lo que había hecho.

—Pasa —dijo Renata, seria, con la mirada cargada de rabia.

En el salón le anunció que iba a pagar por todo. Era una mujer alta y fuerte, y la tumbó sin esfuerzo sobre su regazo, le bajó las bragas y le dejó el culo al descubierto.

—¿Qué va a hacer? —preguntó Nadia, fingiendo inocencia con una sonrisa.

—Primero te dejaré el trasero rojo. Después te enseñaré modales de verdad.

Empezaron los azotes. Nadia apretaba los dientes, pero pronto los gemidos que se le escapaban no eran de dolor. Renata se quedó perpleja al notar cómo, en lugar de quebrarse, la chica se humedecía con cada palmada.

—Ya sabía yo que eras una descarada —masculló la mujer, levantándose para buscar algo con lo que rematarla.

Mala idea darle la espalda a alguien como Nadia. En cuanto se giró, la chica le clavó un golpe seco en el vientre que la dobló, y aprovechando su flexibilidad de bailarina le barrió las piernas y la tumbó.

No le costó atarla. Antes la desnudó por completo, y admitió para sus adentros que la directora tenía un cuerpo magnífico. Renata quedó inmovilizada, jadeando entre la rabia y algo que no quería reconocer.

Nadia se tomó su tiempo. Recorrió sus pechos con la lengua, succionando los pezones despacio, bajando por el vientre hasta los muslos sudorosos. Cuando llegó al centro, Renata no pudo contener un gemido contra la mordaza. Nadie le había hecho aquello con semejante destreza.

—No puedo… dejar que esto… siga así… —balbuceó la mujer, temblando.

Nadia deslizó los dedos en su interior sin dejar de lamer, hasta que el cuerpo de Renata se arqueó de golpe en un orgasmo largo que la dejó sin aire.

Entonces, con calma, la joven tomó un consolador del cajón que la propia directora había ido a buscar, lo lubricó y le abrió las piernas. Le colocó los pies sobre los hombros y empezó a embestir.

—¿Te gusta, eh? —murmuró Nadia, marcando el ritmo. No sentía nada físico, pero el sonido de aquel cuerpo cediendo bajo ella la encendía como pocas cosas.

En mitad de la escena, al mirar hacia la puerta, descubrió a Damián apoyado en unas muletas, mudo, incapaz de apartar la vista de lo que veía.

—¿Por qué no te masturbas? —le soltó ella entre risas.

El chico se marchó cojeando, derrotado, mientras los gritos de su madre llenaban la casa. Un último embate arrancó a Renata un orgasmo que la dejó completamente vencida.

Nadia la liberó. La mujer no podía ni moverse. Se vistió tranquila, satisfecha de haber sometido a quien pretendía castigarla. Hombre o mujer, daba igual: nadie podía con ella. Salió de allí con una sonrisa de oreja a oreja.

***

Esa misma noche, en su casa vacía y junto a sus amigas, la celebración continuó. Habían aprobado los exámenes y Nadia acababa de firmar como bailarina profesional en una compañía importante.

—Así… sigue, Iris… —gemía Bianca mientras la rubia le devoraba el sexo.

Nadia, detrás de ambas, marcaba el ritmo con un consolador, recordando la patada al hijo de la directora, acelerando hasta que su propio cuerpo estalló en un orgasmo poderoso. Echó la cabeza atrás, los mechones sudados pegados a la cara, y dejó escapar un grito largo.

Las tres acabaron enredadas, sudorosas y riéndose, y Nadia les dijo que eran las mejores amigas que podía tener… y las peores influencias. Ellas soltaron una carcajada cómplice.

***

Para rematar la celebración salieron a beber. De vuelta a casa, algo achispadas, cruzaron el parque y se toparon con un exhibicionista que se abrió la gabardina enseñándoles todo.

—Vaya, esa sí que es grande —comentó Nadia acercándose, lo que puso al tipo aún más excitado.

El hombre, sonriente, se contoneó orgulloso. Nadia, que normalmente medía la fuerza, esa noche con el alcohol en la sangre no se contuvo. El golpe lo mandó al suelo de inmediato.

Minutos después lo tenían a cuatro patas, desnudo, mientras se turnaban con él entre risas. Nadia lo mantenía quieto con una mano firme y en la otra sostenía una lata de cerveza. Cuando la terminó, quiso aplastarla con el puño para presumir; se confundió y apretó otra cosa. El alarido del hombre se oyó en medio parque antes de que se desmayara.

—Joder, Nadia, estaba a punto —protestó Bianca—. Ya se me quitaron las ganas.

—Pues ven aquí —Iris se abrió de piernas en un banco cercano.

—Dicho y hecho —respondió Bianca con una sonrisa.

Sentada sobre la espalda del desmayado, Nadia contempló a sus dos mejores amigas devorándose en el banco, y no tardó en unirse.

—Por presumir tanto, te dejo un recuerdo —le ató las bragas alrededor de la cintura al hombre y le dio un beso en la mejilla.

Se fueron del parque entre risas y restos de alcohol. Al día siguiente, cuando vieron la noticia en la televisión delante de sus familias, los hombres del salón se cubrieron la entrepierna por instinto, mientras las mujeres asentían diciendo que los pervertidos merecían justo eso.

El nuevo día empezó y Nadia volvió al campus con sus amigas, preguntándose a quién le tocaría aprender humildad. Quizá al profesor de gimnasia, ese que siempre se las arreglaba para marcar paquete delante de ellas.

Nadia tenía cara de ángel y alma de demonio. Más de un creído estaba a punto de descubrirlo… por las malas.

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Comentarios (5)

juancho88

brutaaal!!! me enganche desde el primer parrafo, hay que seguir con esto

lector_secreto

La personalidad del personaje principal es lo que mas me atrapó. Muy bien lograda, no se puede parar de leer.

CarlosDelRío

Excelente relato! Se hizo muy corto, quiero saber que pasa despues

NachoCba

jaja este relato tiene una energía distinta a lo que suelo leer acá. Me gusto mucho. Seguí escribiendo!

Mery_21

Me encanto como lo contaste, se siente muy real sin ser burdo. Esperando la segunda parte :)

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