Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El día que dos hermanas me enseñaron a obedecer

Era un sábado de agosto y la ciudad entera parecía haberse vaciado. Daniela y yo teníamos el departamento para nosotros solos, algo que casi nunca pasaba. Habíamos terminado el primer año de la universidad y arrastrábamos la mañana tirados en el sofá, viendo una serie y hablando de cualquier cosa, con las cortinas a medio cerrar para que el calor no entrara del todo.

La conocía desde hacía años. Éramos amigos de esos que se cuentan todo, o casi todo, porque había una cosa que yo nunca le había dicho: estaba enamorado de ella desde mucho antes de saber qué significaba esa palabra. Daniela era morena, de estatura mediana, con una forma de reírse que me desarmaba. No era ningún secreto que a ella le sobraban los pretendientes; el secreto era cuánto me dolía a mí ser solo «el amigo».

A medida que pasaba la tarde, fuimos quedándonos sin espacio entre los dos. Uno de los capítulos tenía una escena subida de tono, y la tensión en el sofá se volvió tan densa que se podía cortar. No sé quién se acercó primero. Lo único que recuerdo es que, de pronto, nos estábamos besando.

Fue lento al principio, casi tímido, y después dejó de serlo. Yo sentía el corazón en la garganta. Llevo años esperando esto. Por un instante el mundo se detuvo y me creí, de verdad, el dueño de algo.

Al separarnos, mi codo golpeó la taza de café que había dejado en la mesa. El líquido tibio me empapó los vaqueros de golpe.

—¡No, no, quítatelos antes de que se manche todo! —dijo ella, riéndose, ya de pie.

Me bajé los pantalones ahí mismo, en mitad de la sala, y se los entregué. Me quedé en ropa interior, incómodo, porque después de aquel beso mi erección era de las que no se disimulan. Daniela bajó la mirada un segundo, fingió no ver nada y se mordió el labio para no reírse.

—Voy a meterlos en la lavadora antes de que sea tarde —murmuró, y se fue al lavadero con mis vaqueros en la mano.

Me quedé solo en medio del salón, en calzoncillos, con el corazón a mil y la cabeza llena de planes. Esta es la tarde. Por fin es la tarde.

***

Justo cuando escuché el ruido de la lavadora arrancando, la puerta principal se abrió de golpe.

Renata, la hermana mayor de Daniela, entró cargada de bolsas. Era un año mayor que ella y tenía fama de ser la complicada de la familia: temperamento corto, mirada filosa, una de esas personas a las que no conviene contradecir. No esperaba encontrar a nadie en casa, y mucho menos a un tipo en ropa interior, de espaldas, con una erección imposible de esconder.

No preguntó. No dudó. Soltó las bolsas, dio dos pasos y me pateó entre las piernas con una precisión que jamás le he perdonado.

El aire se me fue de un solo golpe. Caí al suelo doblado en dos, las manos apretadas entre los muslos, viendo manchas blancas. No podía gritar, no podía respirar, solo rodar de un lado a otro mientras un dolor sordo me subía hasta el estómago.

—¡Renata! —Daniela apareció corriendo desde el lavadero—. ¡Es Mateo! ¡Es mi amigo, idiota!

Hubo un silencio de medio segundo. Y entonces, en lugar de ayudarme, las dos se echaron a reír.

No una risa cualquiera. Una carcajada limpia, sin freno, de esas que se contagian y rebotan en las paredes. Yo seguía en el piso, retorciéndome, y ellas se sostenían una a la otra para no caerse.

—Pensé que era un ladrón —logró decir Renata entre lágrimas—. Un ladrón muy mal equipado.

—Te lo juro que no era así como me imaginaba esta tarde —dijo Daniela, secándose los ojos.

La humillación me pesaba más que el dolor. No entendía cómo podían reírse de algo que me tenía al borde de las náuseas. Cuando por fin logré apoyarme en una rodilla, todavía con la cara torcida, me di cuenta de que aquel no era, ni de lejos, el final que había imaginado para mi gran momento.

***

Pasaron unos minutos hasta que pude sentarme en el sofá, todavía en calzoncillos porque mis vaqueros giraban en la lavadora. Las hermanas se acomodaron a cada lado, una en el reposabrazos y la otra con las piernas cruzadas, observándome como dos gatas que acaban de descubrir un juguete nuevo.

—Lo siento de verdad —dijo Daniela, aunque la sonrisa la traicionaba—. ¿Estás mejor?

—Supongo —musité, sacudiendo la cabeza.

Y entonces ocurrió algo que ni yo mismo entendí. El dolor empezaba a ceder, pero en su lugar quedaba un calor extraño, una vergüenza que se mezclaba con otra cosa que no quería nombrar. Bajé la vista y vi que, contra toda lógica, me había vuelto a poner duro.

Renata lo notó antes que nadie.

—Mira, Daniela —dijo despacio, alargando cada palabra—. Mírale. Si no le hubiera visto llorar hace cinco minutos, juraría que le gustó que una chica le partiera los huevos.

Quise decir que no, que era ridículo, que cualquiera se confunde. Abrí la boca y no salió nada. Las dos me miraban fijo, y en esa mirada compartida sentí que algo se inclinaba, que el suelo bajo mis pies cambiaba de dueño.

—Contesta —dijo Renata, ya sin reírse—. ¿Te gustó?

—No… no sé —fue todo lo que pude articular.

—Eso es un sí —sentenció ella.

Daniela me observaba con una expresión nueva, curiosa, casi tierna en su crueldad. La chica de la que llevaba años enamorado me estudiaba como si por fin entendiera para qué servía yo.

—Ponte de rodillas —dijo en voz baja, probando las palabras.

Y yo, que un rato antes me creía el rey del mundo, me deslicé del sofá y me arrodillé en la alfombra sin discutir.

***

El aire del departamento se había vuelto otra cosa. Renata se inclinó hacia adelante con los codos en las rodillas, midiéndome.

—Así que esto te pone —dijo—. Que te traten mal. Que te manden. Que dos mujeres decidan qué hacer contigo.

No respondí, pero el calor que me subía por el cuello respondió por mí. Daniela se levantó, dio una vuelta lenta a mi alrededor y se detuvo a mi espalda. Sentí su mano apoyarse en mi nuca, sin presión, solo recordándome quién mandaba.

—Las manos detrás de la espalda —ordenó—. Y no las muevas hasta que yo lo diga.

Obedecí. Crucé las muñecas a la altura de los riñones y me quedé inmóvil, de rodillas en medio de la sala, con las dos rodeándome. La humillación seguía ahí, pero ya no me ardía igual: ahora tiraba de mí hacia abajo, hacia un sitio donde rendirse era casi un alivio.

—Mírame solo a mí —dijo Daniela, plantándose enfrente—. ¿Cuántas veces te imaginaste esta tarde?

—Muchas —admití.

—¿Y en cuántas de esas mandabas tú?

Tragué saliva.

—En todas.

Se rió, suave, y el sonido me recorrió entero.

—Pues olvídalas. Ninguna era de verdad.

Renata se acercó por un costado y me sujetó la barbilla con dos dedos, obligándome a girar la cara hacia ella.

—Regla número uno —dijo—: cuando hablemos, contestas «sí». Regla número dos: te aguantas lo que te demos, lo bueno y lo malo. ¿Entendido?

—Sí —respondí, y la palabra me salió más fácil de lo que esperaba.

Lo que vino después fue un juego de paciencia que ellas controlaban a su antojo. Daniela me hacía esperar, se acercaba lo justo para que la sintiera y se apartaba antes de tiempo, repitiendo en voz baja lo bien que me quedaba el papel de obediente. Renata observaba desde el sofá, dando instrucciones, decidiendo cuándo podía moverme y cuándo no, con esa autoridad que me había tirado al suelo de una patada y que ahora me mantenía de rodillas sin tocarme siquiera.

Cada negativa, cada orden, cada burla calculada me hundía un poco más y, contra toda razón, me gustaba más. Descubrí que la tensión que llevaba años confundiendo con amor tenía otra cara, una que solo aparecía cuando dejaba de pretender que tenía el control.

—Pídelo —dijo Daniela en algún momento, con los labios casi pegados a mi oído—. Pide permiso. Aprende a pedir.

Y lo pedí. Pedí con una voz que no reconocía como mía, ronca y deshecha, mientras las dos intercambiaban una mirada de complicidad por encima de mi cabeza. Tardaron en concedérmelo. Lo alargaron hasta que me temblaban las piernas, hasta que la espera dolía casi tanto como aquella patada, y cuando por fin Renata dijo «ahora» fue como si todo el día entero —el beso, el café, la humillación, el suelo— estallara de golpe.

***

Después me quedé sentado en la alfombra, agotado y todavía en calzoncillos, mientras la lavadora pitaba en el fondo anunciando que mis vaqueros estaban listos. Daniela me alcanzó un vaso de agua sin dejar de sonreír, esta vez con algo distinto en los ojos.

—Para que veas —dijo Renata, estirándose en el sofá como si nada hubiera pasado—. Y yo que pensé que solo eras un intruso mal equipado.

Me reí, y esta vez la risa no me dolió. Las dos hermanas me miraban desde arriba, dueñas absolutas de una tarde que yo había imaginado de mil maneras y que había terminado siendo mejor, y mucho más extraña, que cualquiera de mis fantasías.

—Supongo que esta es una historia que no vamos a olvidar —dijo Renata, y Daniela asintió mordiéndose el labio.

Recogí mis vaqueros tibios del lavadero y, mientras me los ponía, supe que volvería. Que la próxima vez que estuviéramos solos no iba a fingir que mandaba yo. Y que, por primera vez en años, no me importaba en absoluto.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (6)

Beto_Cordoba

excelente!!! sigue subiendo mas relatos

FetishLctr

Por favor una segunda parte, me dejo con demasiadas ganas jaja

LauraM_ok

Me encanto como arranca, esa situacion es de las que no olvidás. Muy bien escrito!

Diegillo91

jajaja el del cafe... no la vio venir para nada. muy bueno

NocheDeCarnaval_84

me recordó algo que me paso hace tiempo, diferente pero esa sensacion de sorpresa es igual jaja. buenísimo

TotoR

increible, uno de los mejores que lei por aca

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.