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Relatos Ardientes

Mi musa virtual quería un trío y yo solo la quería a ella

Hace seis años conocí a Iara a través de una aplicación de lectura. La misma app que había mencionado antes, donde una podía comentar capítulos y terminaba hablando con desconocidas de cualquier parte del mundo. Ella tenía veintitrés y yo veinte. Pelinegra, alta —medía un metro setenta y dos según me dijo orgullosa la primera noche—, con un cuerpo que parecía sacado de revista. Estudiaba algo relacionado con administración o marketing, nunca terminé de entender qué exactamente, porque cuando hablaba de la universidad lo hacía con desdén, como si todo le resultara aburrido.

Yo nunca había imaginado salir con una chica así, ni siquiera de manera virtual. Soy consciente de que no soy físicamente atractiva, al menos no en el sentido convencional que la gente premia. Estaba acostumbrada a mirar de lejos. Y de pronto Iara empezó a contestarme los mensajes con una rapidez que me dejaba sin aliento.

***

Vivíamos en países distintos. La diferencia horaria era de tres horas, y eso significaba que cuando ella terminaba de cenar yo ya estaba acostada en la oscuridad de mi cuarto, con el celular pegado a la cara y el volumen apagado para que mi madre no entrara a preguntar con quién hablaba.

Mi madre. Esa es otra historia. Yo todavía no había salido del clóset y dudo que vaya a hacerlo en mucho tiempo. Mis padres son evangélicos estrictos, del tipo que cita Levítico cuando alguien menciona el matrimonio igualitario en las noticias. Para las que también pertenecen a la comunidad LGBTQ+ y crecieron en una casa así, no hace falta que explique más. Saben de qué hablo. La doble vida no es un drama, es una rutina. Te acostumbras a borrar mensajes, a usar nombres falsos, a sonreír en la mesa familiar mientras adentro tienes un volcán.

—¿Cómo te llamas en realidad? —me preguntó Iara una noche, después de un mes hablando.

—Ya te dije mi nombre.

—No me dijiste el real.

Le di el real. Ella se rió. Dijo que le gustaba más el nombre falso, y desde entonces me llamó así. Como si fuera ella la que me había inventado.

***

Antes de Iara yo había tenido otras dos relaciones virtuales. Ninguna había llegado a nada parecido a lo que tuvimos nosotras. Eran conversaciones tibias, fotos de paisajes, llamadas que se cortaban a los veinte minutos. Iara fue distinta desde el principio. Tenía una forma de preguntar que parecía examen. Quería saber qué libros leía, qué música escuchaba, qué pensaba sobre el control, sobre la obediencia, sobre la confianza. La palabra confianza la repetía mucho.

A los dos meses me propuso que fuera su sumisa.

No fue una broma. Me mandó un documento de varias páginas, con reglas, jerarquías, límites duros y blandos. Yo lo leí entero esa misma noche, escondida bajo las sábanas, con las mejillas ardiendo y la mano derecha metida dentro del pantalón del pijama sin darme cuenta, frotándome el coño encima de la bombacha mientras leía la parte de los castigos. Nunca había escuchado tantos términos juntos. Yo apenas sabía qué era el BDSM por algún post viejo y por una serie que vi a escondidas en un hotel cuando viajé con mi tía.

—No tienes que decir que sí ahora —escribió—. Quiero que lo pienses.

Lo pensé tres días. Me masturbé cada una de esas tres noches pensando en ella, con dos dedos hundidos hasta los nudillos, mordiendo la almohada para no gemir. Después dije que sí.

***

Quizá si hubiera tenido más experiencia habría visto las señales. Pero a los veinte una no ve señales, ve oportunidades. Y Iara era una oportunidad enorme, brillante, peligrosa.

Las primeras semanas fueron mejores de lo que había imaginado. Me mandaba audios largos en los que me decía exactamente qué quería que hiciera y a qué hora. Tenía que mandarle una foto cada mañana en cuanto me despertaba. Otra al mediodía. Otra antes de dormir. Si me demoraba más de diez minutos sin avisar, había castigo.

Los castigos eran tareas. Escribir cien veces una frase. Quedarme una hora arrodillada en el piso mientras le contaba algún recuerdo íntimo. Una vez me hizo subir un cubo de hielo por el muslo y describirle el frío, segundo a segundo, hasta que se derritió contra mi piel. Cuando el hielo llegó al pliegue de la ingle ya estaba medio derretido y el agua helada me chorreó directo sobre los labios del coño. Se me escapó un grito que traté de tragarme con la almohada. Iara, del otro lado del audio, se rió bajito y me dijo que siguiera, que me lo pasara por encima del clítoris hasta que se terminara.

—Ahora abrite bien —me ordenó—. Quiero escucharte los dedos, chapoteando. Bien mojada.

Obedecí. Me abrí los labios con dos dedos de la mano izquierda y con la derecha empecé a hundírmelos, uno primero, después dos, mientras el agua fría y mi propio flujo caliente se mezclaban y me corrían por el perineo hasta el culo. El sonido era obsceno, húmedo, imposible de disimular. Ella no dijo nada durante varios minutos, solo escuchaba. Después me pidió que me la sacara, que me llevara los dedos empapados a la boca y que le contara a qué sabía. Le conté. Con la voz temblando. Me hizo repetir la palabra coño diez veces, en voz alta, tan alta como me atreviera con mi madre a tres puertas de distancia. Esa noche apenas dormí. Me corrí tres veces seguidas, la última con la boca abierta contra el colchón para no despertar a nadie.

—Eres muy obediente —me decía—. Más de lo que esperaba.

Yo lo recibía como un trofeo.

***

Pasaron cuatro meses así. Me sabía sus horarios mejor que los míos. Sabía cuándo trabajaba, cuándo iba al gimnasio, cuándo veía a sus amigas. Yo había ordenado mi vida alrededor de la suya, y por primera vez en mucho tiempo me sentía elegida. No solo deseada. Elegida.

Las videollamadas se habían convertido en una ceremonia. Yo tenía que aparecer desnuda o casi. Ella me miraba largo rato antes de decirme nada, en silencio, evaluando. Una vez me tuvo diez minutos con las piernas abiertas frente a la cámara sin hablar, solo mirándome el coño, hasta que yo empecé a temblar de vergüenza y de ganas. Después me dijo, muy tranquila, que me escupiera dos dedos y me los metiera en el culo mientras me frotaba el clítoris con la otra mano. Que no me viniera hasta que ella lo permitiera. Aguanté como pude, con las mejillas rojas y las tetas subiendo y bajando frente al lente, hasta que ella soltó un "ahora" y yo me vine con un espasmo tan fuerte que casi me caigo de la silla. En la pantalla, Iara sonreía. Nunca se desnudaba ella. Nunca. Ese era el pacto.

Entonces empezaron las peleas.

No recuerdo cuál fue la primera. Quizá un comentario que dejé en el perfil de otra chica de la app. Quizá una foto vieja que aparecía en mi galería y que ella encontró cuando le pasé el celular en una videollamada. Lo que sí recuerdo es la voz que puso. Esa misma voz tranquila de las primeras noches, pero ahora vaciada por dentro, como si me estuviera dictando una sentencia.

—No me gusta sentir que tengo que vigilarte.

—Iara, no pasó nada.

—Eso lo decido yo.

Las discusiones se hicieron semanales. Después diarias. Yo lloraba a escondidas, en el baño, con la ducha abierta para tapar el ruido. Le pedía disculpas por cosas que no había hecho. Inventaba culpas para que ella se calmara.

***

Su solución, cuando los celos ya no la dejaban dormir, fue rara. Tan rara que la primera vez que me la dijo pensé que era una prueba.

—Quiero abrir la relación.

—¿Cómo?

—Que cada una pueda estar con quien quiera. Sin esconderse. Sin mentir.

Yo no entendía. No quería estar con nadie más. Yo nunca había querido estar con nadie más. Si hubiera querido, no estaría todas las noches debajo de las sábanas con el celular caliente entre las manos, esperando que ella me hablara primero.

—No estoy de acuerdo.

—Vas a estarlo.

Y desapareció.

***

Cuando digo desapareció no exagero. Se borró de la aplicación, dejó de leer mis mensajes, no contestó las llamadas. Una de las reglas más estrictas que me había impuesto era que yo no podía buscarla por otros medios. Nada de redes sociales, nada de mails, nada de mensajes a sus amigas. Así que la regla, ahora que ya no estaba, igual seguía operando. Yo me sentaba en la cama a esperar como una perra educada.

Tardó once días en volver. Once. Los conté.

—Lo pensé —dijo—. No quiero una relación abierta.

Yo respiré.

—Quiero un trío.

Yo dejé de respirar.

***

Un trío virtual. Esa era la idea. Una tercera persona que se sumara a las videollamadas, a los chats, a las dinámicas. Era, según Iara, una de sus fantasías más antiguas. Quería verme con alguien más mientras ella daba las órdenes. Quería compartirme. Quería —y esto lo dijo con una sonrisa por audio que todavía recuerdo— ver hasta dónde llegaba mi obediencia cuando se la mostrara a otra persona.

Yo no compartía esa fantasía. Yo soy monógama hasta el ridículo. Mi idea del placer no incluía un tercero, ni virtual ni real. Pero estaba a un pelo de perderla otra vez, y la idea de otros once días era tan insoportable que dije que sí.

Dije que sí por miedo. No por deseo.

***

Las primeras candidatas las eligió ella. Primero una chica, Camila, una rubia tatuada que vivía cerca suyo y que apareció en una llamada conjunta una sola vez. Camila me pareció encantadora, en realidad. Me preguntó cosas, se rió de mis chistes, no se mostró ansiosa por avanzar. En un momento, obedeciendo a Iara, se sacó la remera y me mostró las tetas, dos tetas chicas con pezones rosados perforados con anillitos plateados que le brillaban al mover el torso. Yo, también por orden de Iara, me abrí de piernas frente a la cámara y me pasé un dedo por el coño de arriba abajo, lento, para que Camila lo viera. Ella se mordió el labio, dijo "qué linda que sos" con la voz medio ronca, y yo, en vez de calentarme, sentí una cosa rara en la boca del estómago, como cuando una está a punto de vomitar. Seguí igual. Me metí dos dedos, me los saqué brillosos, me los chupé mirando la cámara. Iara aplaudió por audio. Camila se rió incómoda. A los dos días Iara me dijo que Camila no funcionaba. No me dio detalles. La descartó como quien descarta una prenda en el probador.

Después aparecieron dos chicos, hermanos según ella, aunque sospecho que no eran hermanos sino amigos que ella había agrupado para hacer la propuesta más atractiva. Uno se llamaba Mauro y el otro Damián. Ninguno de los dos llegó a la primera videollamada. Iara los intimidaba. Eso fue lo que dijeron antes de bajarse: que ella era demasiado intensa, que no se sentían cómodos. Iara los insultó en privado conmigo. Decía que eran cobardes, que no servían para nada, que los hombres siempre eran lo mismo, que ni sabrían dónde meter la verga si se los guiaba con un mapa. Yo asentí en silencio. Tenía razón en parte. Iara intimidaba. Por eso yo había aceptado todo, también.

***

Después se desapareció otra vez. Más larga que la anterior. Casi un mes.

Durante ese mes yo terminé los exámenes finales, salí con una amiga del trabajo, me corté el pelo. Pasaron cosas pequeñas y todas se sentían como un alivio. Sin sus audios, sin las fotos obligatorias, sin las reglas, podía dormir hasta tarde un sábado. Podía ir al cine sin avisarle. Podía existir sin estar pendiente del celular. Y la verdad es que existir sin estar pendiente del celular fue lo más erótico que me había pasado en meses.

No es que ya no la deseara. La deseaba. Una noche me masturbé pensando en ella, con la mano lenta entre las piernas, imaginándomela dándome órdenes al oído; me vine rápido, sin drama, y me dormí de costado. Antes esa misma corrida me habría dejado despierta hasta el amanecer, revisando el chat cada cinco minutos. Ahora no. El cuerpo se me había acostumbrado a otra cosa: a estar tranquilo.

***

Cuando volvió, traía un chico nuevo. Mateo. Veintiún años, simpático, un poco torpe en cámara. Quería complacerla a ella, eso era evidente. Y quería complacerme a mí, lo cual era confuso para los tres.

Hicimos una videollamada. Después otra. Después una en la que se suponía que yo me iba a tocar mientras él me daba indicaciones y ella las supervisaba. Yo me desnudé hasta la cintura. Iara estaba en una pantalla, Mateo en otra. Yo en el medio, sentada en el borde de mi cama, con la luz de la lámpara apuntando al ángulo correcto para que mi madre no escuchara desde el pasillo.

—Chupate los dedos primero —me dijo Mateo, tímido, mirando de reojo a Iara para chequear que estuviera bien lo que pedía—. Los tres. Bien ensalivados.

Me los chupé. Los tres.

—Ahora agarrate una teta con la otra mano y pellizcate el pezón. Fuerte.

Obedecí. Me pellizqué hasta que el pezón se me puso duro y rojo, del color de una frutilla madura.

—Bajá la mano —intervino Iara, quitándole el turno—. Metete los tres dedos de una. No de a poco. De una.

Los metí de una. Me dolió un segundo y después no. En la pantalla de Mateo se veía cómo él se había bajado el short y se estaba haciendo una paja con la verga apuntando a la cámara, gorda y venosa, la mano subiendo y bajando rápido. En la de Iara solo se veía su cara, quieta, evaluando.

—Cogete —ordenó ella—. Como si fuera una verga. Rápido.

Me cogí con los tres dedos, rápido, haciendo ruido a propósito porque sabía que era lo que ella quería escuchar. Con el pulgar de la otra mano me frotaba el clítoris en círculos. Mateo gemía del otro lado, cada vez más rápido, y decía cosas como "qué rica sos", "qué bien lo hacés", frases automáticas que sonaban leídas. Iara le pidió que se corriera en la cámara. Él lo hizo a los pocos segundos, con un espasmo que le sacudió todo el torso, y el semen le salió a chorros contra la lente y el escritorio.

—Ahora vos —me dijo Iara.

Me vine. Mi cuerpo respondió porque mi cuerpo siempre respondía a Iara, aunque mi cabeza estuviera en otra parte. Me arqueé, apreté los dientes, sentí la contracción entera del coño alrededor de mis propios dedos. Pero adentro no había nada. Ni excitación real, ni vergüenza, ni curiosidad. Solo cansancio. Un orgasmo mecánico, obediente, vacío. Como firmar un papel.

Cuando terminamos, Iara me dijo que había estado bien. Mateo, que había estado increíble. Yo cerré la videollamada, me limpié los dedos con un pañuelo, me tapé hasta el cuello con el edredón, y miré el techo durante una hora con los muslos todavía pegajosos.

***

A los pocos días le dije que no quería seguir.

Ella desapareció una tercera vez. Esta vez por dos meses. Yo no la conté en días. No la conté en nada.

Cuando volvió a contactarme yo había vuelto a leer libros sin pensar en sus comentarios, había vuelto a charlar con otras chicas en la app sin sentir que cometía un delito, había vuelto a dormir bocarriba en lugar de dormir agarrada al celular.

Me escribió un audio largo, conciliador. Decía que se había equivocado, que el trío no había sido idea suya en realidad sino una fantasía que se había metido en la cabeza y de la cual no sabía bajarse, que extrañaba a la versión mía que mandaba fotos obedientes a las siete de la mañana. Al final del audio, con la voz medio quebrada, me pidió que me tocara para ella una última vez. Que le mandara aunque fuera un audio corto, un gemido, algo. Que necesitaba escucharme correrme pensando en ella.

Lo escuché entero, dos veces. Y no le contesté. Esa noche me toqué, sí, pero no pensando en ella. Pensando en nada. Terminé rápido, con dos dedos, la mano libre acariciándome el vientre como si me estuviera consolando a mí misma. Y me dormí.

***

A veces, cuando releo nuestras conversaciones —las guardo, no me preguntes por qué— me asombra cuánto deseo cabe en una pantalla. Cuántas horas se pueden vivir adentro de un chat. Iara fue mi primera relación importante, aunque nunca nos hayamos tocado fuera del wifi. Me enseñó cosas del cuerpo y de mí misma que no habría aprendido sola. Me enseñó cómo se abre un coño con dos dedos frente a una cámara, cómo se sostiene la mirada mientras una se chupa lo que se acaba de sacar de adentro, cómo se dicen ciertas palabras en voz alta sin morirse de vergüenza. Pero también me enseñó algo que a esa edad no entendía: que la obediencia no es amor, y que cuando una desaparece y vuelve sin consecuencias, lo que sigue ya no es deseo, es entrenamiento.

Hoy todavía estoy en el clóset. Mi familia sigue siendo la misma. Yo sigo borrando mensajes y usando nombres falsos. Pero hay algo que cambió. No vuelvo a esperar a alguien que se va sin avisar.

Ese, me parece ahora, fue el verdadero punto final.

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Comentarios(8)

RocioBaires

increible relato, me dejo sin palabras!!

MajoLect

Por favor necesito una segunda parte, no puede quedar asi. Me enganche desde el principio.

PatriciaK

Me recordo a cuando yo tambien conoci a alguien por internet y resulto ser muy distinto a lo que esperaba. Eso de querer algo que el otro no quiere es demasiado real, me llego mucho.

Valentina_mdp

La dinamica entre las dos esta muy bien lograda. Se siente tension en cada parrafo, no solo lo fisico.

SilvinaR

Se hizo corto!!! quiero saber como sigue eso

ElenaMar

Genail jaja, se nota que lo sentiste de verdad. Eso es lo que hace que los buenos relatos enganchen de verdad.

LorenaQ92

Que bueno encontrar un relato con tension emocional de verdad, no solo lo fisico. Sigue escribiendo asi!

CharlasNocturnas

tremendo final, no me lo esperaba para nada

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