Lo que escuché al otro lado de mi pared
Llevaba tres años en ese apartamento sin conocer a nadie. Tercero derecha, Valencia, un edificio de los años setenta con las tuberías ruidosas y la cal descascarada en los techos. Mi trabajo era remoto, mis amigos vivían en otras ciudades o se habían ido diluyendo en el tiempo como suele pasar, y había desarrollado una especie de rutina invisible: compra los martes, gimnasio los miércoles, el resto del tiempo frente a la pantalla. Era el tipo de soledad que no duele porque ya no reconoces que existe. Te instalas dentro de ella y te convences de que así está bien.
Las vi por primera vez un jueves de octubre. Yo salía a tirar la basura y ellas entraban con cajas. Dos mujeres. Una con el pelo oscuro recogido en un moño alto, piel morena y una manera de moverse que recordaba a alguien que no tiene prisa porque sabe exactamente adónde va. La otra —Irene, como la llamaría después cuando leí su nombre en el buzón— tenía el cabello rojizo y una manera de moverse que hacía difícil no mirar. Irene era alta, de hombros estrechos y caderas marcadas, con una elegancia que no encajaba del todo con las cajas de cartón. Cargaba la más pesada como si no pesara, con los brazos largos y la espalda recta. Fue cuando se agachó a recoger algo del suelo que lo noté: un contorno que tardé medio segundo en procesar. Y cuando lo procesé, no pude dejar de mirarlo.
Las saludé con un gesto torpe, ellas respondieron con una sonrisa breve, y seguimos cada uno con lo nuestro. Nada que merezca recordarse. Y sin embargo, al volver a mi apartamento, me descubrí pensando en ellas. En el ángulo de la muñeca de Irene al sostener la caja. En la manera en que la otra —que después supe se llamaba Nadia— me había mirado de arriba abajo sin ninguna intención aparente de disimularlo.
Esa noche tardé en dormirme.
***
En los días siguientes empecé a notar cosas. El sonido de sus pasos sobre mi cabeza —vivían en el piso de arriba— tenía un ritmo propio, como una conversación entre dos personas que se conocen bien. Música que llegaba amortiguada a través del techo, a veces jazz, a veces algo más moderno. Risas en el rellano cuando volvían juntas a casa.
Las vi otras tres o cuatro veces antes de que cruzáramos más de dos palabras. Una tarde coincidimos en el ascensor y Nadia me preguntó si sabía dónde había una lavandería cerca. Le expliqué. Irene no dijo nada, solo me observó con una expresión tranquila que resultaba imposible de descifrar.
Había algo en ella que me descolocaba completamente. No solo su aspecto, sino algo en la forma en que ocupaba el espacio, como si tuviera muy claro qué lugar le correspondía en él y no necesitara que nadie se lo confirmara. Cuando el ascensor llegó a su planta y salieron, me quedé dentro un momento antes de pulsar el botón de mi piso.
La siguiente vez fue más extraña. Era tarde, casi medianoche, y yo volvía de pasear sin rumbo —algo que hacía cuando no podía dormir—. Irene estaba apoyada en la puerta del edificio, fumando sola. Me vio llegar, me sostuvo la mirada un momento, y luego desvió los ojos hacia la calle como si yo no existiera. No fue hostil. Era simplemente que para ella yo no era relevante todavía. Esa sensación —la de ser invisible para alguien cuya presencia te llenaba la cabeza— fue la primera vez que noté que me había metido en algo.
Deja de comportarte como un idiota.
Pero ya era tarde para ese consejo.
***
El problema con la soledad, cuando llevas suficiente tiempo dentro de ella, es que cualquier punto de luz te parece una hoguera. Empecé a ajustar mis horarios sin ser del todo consciente de ello: salir a tirar la basura cuando calculaba que ellas podían estar llegando, quedarme un poco más en el rellano buscando el correo que en realidad ya había recogido.
Por las noches, escuchaba. No a propósito, al principio. Los apartamentos viejos transmiten los sonidos como si las paredes fueran de papel, y el de ellas estaba justo encima. Voces que se superponían, el ruido de sillas, pasos de un extremo al otro. Nada privado, nada que no pudiera oírse desde cualquier edificio con los muros delgados.
Pero una noche de noviembre, tumbado en la oscuridad con el techo blanco sobre mí, empecé a escuchar algo diferente.
Un quejido. Bajo, casi inaudible. Después otro. Y entonces la voz de Nadia, clara y firme, diciendo algo que no alcancé a distinguir pero cuyo tono era inconfundible: no era una pregunta, era una orden.
Me quedé quieto, con el cuerpo tenso, sin respirar del todo.
La voz de Irene llegó después, más suave pero con el mismo filo. Y entre las dos, ese sonido de hombre que intenta aguantarse y no puede, que cede poco a poco ante algo que lo supera.
Me levanté a orinar y al volver me senté en el borde de la cama, con los codos sobre las rodillas, mirando el suelo. Me había puesto duro sin darme cuenta. Tenía calor. El quejido de arriba continuaba, irregular, con pausas largas entre cada uno, como si alguien estuviera eligiendo cuándo y cuánto permitírselo.
Metí la mano bajo la ropa y me toqué despacio, con la cabeza agachada, escuchando. No pensé en nada concreto. Solo estaba allí, presente, con ese sonido llenándome la cabeza. Me corrí rápido, casi sin querer, y después me quedé sentado un momento mirando la mano antes de ir a lavarla.
Cuando terminé, el sonido de arriba seguía. No se había interrumpido. Como si mi pequeño clímax en silencio no hubiera sido más que el ruido de fondo de algo mucho más grande que ocurría encima de mí. El hombre de arriba seguía respondiendo a algo que yo no podía ver. Y las voces de ellas seguían guiándolo, controlándolo, decidiéndolo todo.
No dormí en toda la noche.
***
Pasaron semanas. La situación siguió un patrón que empecé a reconocer con una mezcla de vergüenza y anticipación: noches tranquilas, a veces sin ruidos, y entonces de repente una sesión que podía durar una o dos horas, con esa misma dinámica —voces de ellas, marcando el ritmo; voz de hombre, sometiéndose a él.
No siempre era el mismo hombre. Una noche el timbre sonó tarde y escuché pasos que no reconocía, una voz diferente hablando en el rellano. A veces llegaban con alguien, a veces estaban solas. Cuando estaban solas, las noches eran más silenciosas pero no completamente: algún objeto que se movía, pasos lentos, música baja. Una intimidad que no me estaba dirigida y que yo recibía igual, sin poder hacer nada con ella.
Me masturbé pensando en ellas más veces de las que soy capaz de contar. En Irene, en la manera en que sus manos largas sostenían las cosas, en la línea de su cuello y en lo que debía haber debajo de su ropa —ese extra que la hacía ser lo que era, una mujer con algo que yo no sabía muy bien cómo nombrar pero que me fascinaba sin remedio—. Pensaba en su polla. Lo pienso ahora con la misma claridad con que lo pensaba entonces: me la imaginaba larga y suave como el resto de ella, y me excitaba tanto que me costaba manejar el ritmo. En Nadia pensaba de otra manera, más oscura: en su mirada directa, en la voz de mando que le había escuchado a través del techo, en el peso de su autoridad. Me imaginaba en ese apartamento de arriba, en el lugar del hombre que gemía, y la imagen me resultaba tan intensa que necesitaba apartarla antes de terminar porque si no terminaba demasiado rápido.
Era una obsesión en toda regla. Lo sabía y no hacía nada al respecto.
***
La noche que cambió todo fue un viernes de diciembre. Había terminado tarde de trabajar, me había tomado dos cervezas solo frente a la ventana mirando la lluvia, y me había metido en la cama con la sensación pesada de quien lleva demasiado tiempo haciendo siempre lo mismo.
Los ruidos empezaron pasada la medianoche.
Pero esta vez eran distintos. Más intensos. El hombre de arriba no estaba aguantándose: estaba llorando. No era un llanto de dolor sino de rendición, ese tipo de llanto que sale cuando algo se rompe dentro de ti y paradójicamente es alivio. Y sobre ese llanto, la voz de Nadia —clara, sin piedad y sin crueldad, solo presente—, marcando algo que sonaba a instrucción. Y la voz de Irene, respondiendo con una suavidad que era más demoledora que cualquier dureza.
Me levanté sin decidirlo del todo.
Estuve un rato de pie en el centro del dormitorio, con la oscuridad a mi alrededor y ese sonido filtrándose desde arriba. Con el corazón golpeándome las costillas. Pensé en todas las veces que me había dicho que era una fantasía, que no era real, que lo que imaginaba no tenía nada que ver con lo que ocurría en ese apartamento. Tres años de no cruzar ninguna puerta que no fuera necesaria, de no pedir nada a nadie, de sobrevivir con lo mínimo de contacto humano. Y ahora esto. Un piso encima. Dos personas que ni siquiera me habían invitado pero que de alguna manera habían entrado en mi cabeza y no tenían ninguna intención de salir.
Pero ya no estaba seguro de querer seguir creyendo que aquello solo era fantasía.
Me puse una camiseta y salí al rellano descalzo. El suelo frío del pasillo me heló los pies. Las escaleras crujieron bajo mi peso. Me detuve frente a su puerta, con la mano levantada, y escuché desde cerca: los sonidos eran más nítidos aquí, sin la amortiguación del techo, y durante un momento me quedé completamente inmóvil, incapaz de decidir nada.
Tres años de soledad frente a una puerta cerrada.
Llamé.
Los sonidos se detuvieron al instante. Hubo un silencio de varios segundos, pasos, y entonces la puerta se abrió. Nadia me miraba desde el umbral, con el pelo suelto y una bata de seda oscura anudada en la cintura. Detrás de ella, el apartamento estaba iluminado con una luz cálida y baja. No vi al hombre. No vi a Irene.
Nadia no dijo nada. Solo me miró, con esa expresión suya de quien ya sabe lo que va a pasar antes de que ocurra, y esperó.
—Escucho todo —dije, y no supe cómo continuar.
—Ya lo sé —respondió ella.
Y se apartó para dejarme entrar.